"Sin amor no hay libertad, sino egoísmo que es el infierno."

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30 de agosto de 2022

garbanzos

Estoy con mi abuelo y otros familiares, en el salón de una vivienda, capeando nimias cotidianías.
En éstas que me fijo en un chicuelo que tengo al lado, y resulta que se le ven las ideas.
Mejor dicho: La parte superior de su cabeza es bastante traslúcida y se aprecia con suficiente detalle su interior.
Resulta que no tiene cerebro y que esa oquedad contiene una ración generosa de garbanzos.
Garbanzos con su guarnición aún intacta, como si se hubiera zampado todo eso sin masticarlo.
Veo cómo se le reorganiza ese batiburrillo cada vez que gesticula o mueve la cabeza.
Eso me causa a la vez asquito y penilla.
Poco más recuerdo de esa escena.
Ahora, si lo pienso, creo que ese cabeza-hueca simboliza el estar demasiado distraído con menudencias.
O quizás también representa el estar demasiado empapuzado por terceros.
Sea como sea, parece fiel reflejo de estos tiempos.

31 de octubre de 2021

fragmentos

Voy de vacaciones con mi familia a una casa rural. Entramos en ella felices y llenos de curiosidad, como si esta vivienda fuese nuestra desde hace poco y la estuviéramos estrenando por primera vez. Vamos recorriendo las diferentes habitaciones para ubicarnos en su distribución y para deleitarnos con cada detalle. En un patio me topo con una rata muerta y me la meto bajo la camiseta, sobre mi ombligo. Ha sido un acto reflejo, como si me diese pena o vergüenza que los demás se asqueasen o desilusionasen al verla. Nuestra alegría vacacional es tan estupenda que no quiero que nada la chafe. Pero entonces veo que llegan por la entrada otros familiares que no esperábamos y ya me entra la prisa por buscar el modo de deshacerme del fiambre. Barajo diferentes posibilidades, pero todas tienen algún inconveniente y no me decido por ninguna. Para cuando me quiero dar cuenta, después de mucho andar de una habitación a otra, estoy dentro de la bañera dándome un baño de espuma con la ropa puesta. Y por un momento me olvido del roedor que porto escondido, hasta que lo redescubro casualmente y vuelven mis cuitas al respecto.

Estoy en una ciudad nocturna, hay poco tráfico y menos gente por las calles. Lo curioso es que a través de las ventanas de los edificios se observa densa vegetación. Es como si enormes árboles hubiesen invadido por completo el interior de todas las edificaciones. Esto me causa asombro e inquietud, pues adivino que la presión de esas plantas va a hacer estallar los cristales de un momento a otro. Y efectivamente, alguna que otra ventana revienta súbitamente. Para colmo, a mi lado está un famoso actor de telecomedia que se dedica a lanzar piedras a las ventanas. Eso me parece una temeridad muy insensata y estoy pensando en decírselo. Pero no me da tiempo, pues ya los cristales despedidos de una ventana le han alcanzado de lleno y un gran trozo se le ha clavado bajo la clavícula izquierda.

Estoy en la antigua casa de mi abuelo. Me acompaña un chicuelo que tiene sed. Abro el armarito donde se guardan los vasos y cojo uno. Pero resulta que todos los vasos allí guardados están llenos de agua casi hasta el borde. Ese peso inesperado hace que el vaso se me escape de la mano, se caiga al mostrador y se deslice con su propia inercia casi hasta llegar al borde. Por fortuna no ha seguido hacia el suelo ni ha derramado su contenido.

13 de septiembre de 2020

parto

Voy por el pueblo callejeando, debido a varias cuitas, acompañado por un par de amigos.
En una barriada remota y serena, vemos un charco verdoso.
Mi amigo el cocinero se interesa entusiasta por ese caldo y se pone a trajinar en él.
En un abrir y cerrar de ojos, el charquito se ha convertido en tremendo río que cubre toda la calle y sigue curso por la lejanía.
Su caudal llega casi hasta las ventanas de las casas y sus aguas son de un verde oscuro que tienen un no-sé-qué de vibrante y vivificante.
Nos colocamos en un repecho desde el que se aprecia mejor el lecho de esa balsa novedosa.
Apenas puede apreciarse corriente en sus mansas aguas.
Hay varios peces grandecillos, de un rojo intenso, nadando plácidamente por aquí y por allá.
Me aproximo a la orilla y veo que el verdor se debe a infinidad de trocitos vegetales, que se reparten uniformemente por todo el volumen.
Meto la mano y compruebo la suave liviandad de esos fragmentos, nada molestos ni pegajosos.
Después continuamos con nuestro camino, de buen humor.
Vemos cruzar la calle a un viejo que anda hacia nuestra dirección.
Se mueve con paso tembloroso y torpe, cual precario autómata.
Además va hablando en voz alta consigo mismo.
Se dice una y otra vez las mismas cosas.
Cuando lo perdemos de vista, imitamos sus ademanes de pobre loco.
Luego llegamos a la antigua casa de un antepasado mío, pero que ahora está sorpresivamente remozada por dentro.
Estamos cinco o seis parientes y amigos, esperando un aviso o algo así.
Pasamos el rato bromeando tontamente en el salón.
Varios sacan de sus bolsillos una salchicha gordota, envuelta en un plastiquete, y se ponen a toquetearla.
Resulta que los teléfonos móviles ahora son así.
En el centro de la habitación hay una mesa cuadrada no muy grande, que está ocupada completamente por un acuario más ancho que alto.
El acuario apenas tiene un dedo de agua, y más bien está repleto de ramajes retorcidos y musgosos, por los que pululan tortuguillas y otros bichos similares.
Me dedico a ir tirando fuera del acuario a cuanto animal detecto.
Creo que estaba buscando alguna cosa en concreto, pero ya no recuerdo la que era.
Al momento, estamos en un pequeño hospital, de una sola planta, sombrío y abandonado.
La cantidad de conocidos que andamos por ese sitio, se ha multiplicado.
Una buena amiga está de parto y a todos nos invade una inquietud electrizante.
Flotan en el aire inciertas profecías funestas, respecto a dicho nacimiento.
Nosotros no estamos aquí de adorno, estamos batallando metafísicamente contra algo invisible que pretende desencadenar la calamidad malogrando el alumbramiento.
Hay bastante ajetreo por todas las salas.
Acudo apresurado a una sala de la que llega un alboroto paritorio.
Pues sucede que el ente maligno ha embarazado a uno de nuestros amigos, que pugna por expulsar la criatura que tortura su interior.
Cuando logra sacarla, resulta que es un cajón y el sufriente estalla en un ataque de furia descontrolada.
Entre el gentío veo fugazmente el rostro malévolo de nuestro enemigo.
Su frente y ojos están dos o tres dedos más hundidos de lo normal, y su sonrisa es espantosamente rectangular.
Reina la confusión y se suceden varios percances extraños, sin tregua.
Después, de algún modo, logramos reagruparnos y nos ponemos a rezar para centrarnos y fortalecernos.
Como consecuencia de eso, el techo desaparece y en los nocturnos nubarrones del cielo se abre un claro circular, justo sobre nosotros.
Aprovechando ese remanso provisional, me elevo a los cielos para recobrar mis poderes de santo.
Regreso repleto de potencia justiciera y voy montado en un bravo y carismático coche-robot.
En cuanto tocamos suelo, el vehículo adopta su configuración de humanoide guerrero y se va a supervisar las salas colindantes.
Acudo a donde sigue la amiga con sus contracciones y tal.
Llevo un papel en las manos, cuya viñeta central es de plástico transparente.
Esa capa límpida va retrayéndose lentamente, desde el centro hacia el contorno, dibujando grietas serpenteantes.
En el modo en que esa telilla se ha replegado, puedo adivinar presagios sobre el futuro inmediato de la parturienta.
Eso me da confianza en un buen desenlace.
Pero todavía no han terminado nuestros problemas.
De nuevo sale un bullicio alarmante desde otra sala.
Llego raudo y veo salir corriendo a un perro de dibujos animados y grande cual caballo.
Las nubecillas de su huida despavorida y los pelillos que deja tras de sí, me causan risa.
Luego miro hacia el rincón de la sala y veo a otro colega, al cual le ha salido una fea raja junto a la oreja.
Me explica que por allí le ha nacido un bebé muñeco, que luego se ha disuelto.
Para poner fin a este caos endiablado y lesivo, nos reunimos en un pasillo y hacemos una especie de pacto-juramento que provoca la llegada de un gigantón imponente.
Su rostro tiene leves rasgos de trol antediluviano, su vestimenta es simple, con algún lazo céltico, y su porte es robusto, mítico, indeleble.
Con su ayuda, damos por finiquitado el incordio del villano huidizo.
Sin embargo, nos aguarda una última jugarreta del ruin aquél.
Resulta que el padre del bebé nasciente, nos confiesa acerca de sí mismo que lleva bastante tiempo muerto.
Y vemos cómo su rostro y cuerpo se van demacrando rápidamente.
En los breves instantes que le quedan, nos comparte telepáticamente su estancia en el infierno.
Pues debido a una argucia del canalla ese, fue despojado de su cuerpo y desterrado allí por una temporada.
Inmersos en dicha revivenciación, padecemos la erosionante angustia atemporal de un entorno desalmado, vacío de esperanza.
En aquél horrendo lugar, vemos cómo los condenados se van convirtiendo en torres rectangulares de ordenador.
Metálicas carcasas que los recién llegados se dedican a aporrear y destrozar con ciega saña inhumana.
Tras lo cual, cesa la conexión telepática y el infeliz expira finalmente.
Nosotros, perplejos y aliviados, estamos de vuelta en el lúgubre hospital.
Y seguimos esperando.

19 de abril de 2020

ultrapoda


Este texto puede leerse en el número 0 de la revista Amalgama:

https://zarracatalla.blogspot.com/2020/04/amalgama-la-revista-digital-de.html

26 de marzo de 2020

precursividad

Soy de nuevo un estudiante de secundaria.
Estamos en clase, a finales de curso.
El profesor nos está repartiendo las hojas del último examen que debemos realizar.
Nos dice que es muy sencillo y que solo contiene cuatro preguntas.
Pero cuando lo ojeo veo que es grueso como un libro y está lleno de texto por todas partes.
Apenas quedan huecos para insertar alguna que otra palabra o cifra.
De todas formas, la pregunta que más me llama la atención es una en la que el profesor nos pide que dibujemos a su profesor.
Nosotros no lo hemos visto nunca, tan solo conocemos de él dos o tres anécdotas que nuestro profesor nos ha ido contando a lo largo del curso.
Esa tarea me resulta chocante, por inesperada e incomprensible.
Pienso dibujar un simple monigote esquemático, sin detalles ni complicaciones, para quitarme de encima ese absurdo requisito ridículo.
Pretendo dedicarme primero a las demás preguntas, pero mi mente no deja de pensar en lo del dibujo.
Esa tonta y arbitraria cuestión, me intriga y espolea mi imaginación.
Cuantas más vueltas le doy, más me gusta el reto que plantea.
Creo poder esbozar un retrato bien definido y aproximado, extrapolando los pocos datos de los que dispongo.
Puedo sopesar, sospechar, intuir y barruntar: La edad en la que ejerció de profesor, su vestimenta propia de la época y los rasgos de su carácter.
Me entusiasma abordar ese bosquejo aproximatorio altamente especulativo.
Mi actitud rebosa de confianza y optimismo, pero a la vez soy consciente del amplio margen de error que implica tal aventurado ejercicio de adivinación.
A ello me dispongo y busco algún espacio en blanco para plasmar mi magna obra, pero como ya he dicho, las hojas del examen están repletas por doquier de párrafos mecanografiados.
Menudo fastidio.
Busco y rebusco pasando página tras página, hacia adelante y hacia atrás.
Cada vez va quedando menos tiempo para completar el examen.
Y ya me despierto.

20 de enero de 2020

perro-lobo

Tras varios afanes y  ajetreos, desemboco en un solitario patio sombrío, rodeado por fríos bloques de pisos. El aire huele a mortecino amanecer ceniciento. Un opresivo manto de nubes cubre el cielo y parece haber detenido el tiempo. De pronto, un silencioso perro-lobo, salido de un pasillo cercano, se me abalanza por un costado y atrapa mi antebrazo izquierdo entre sus fauces. Su dentellada no es fiera pero sí deliberada. Su intensa presión, provoca mi automática reacción. Raudo separo sus mandíbulas y me libero de su mordisco. Con ambas manos mantengo bien abierta su boca y veo asomar caminando sobre su lengua una especie de ratón-erizo, que parsimonioso sale, emitiendo una risilla traviesa.

23 de octubre de 2019

debacle

Estoy en un amplio patio trasero vecinal, con unos amigos.
Llevamos bastante rato de celebración veraniega y yo ya tengo ganas de marcharme a mi casa.
Se lo comento a un colega, pero su entusiasmo y sus ganas de juerga parecen inagotables.
El muy suertudo acaba de encontrar no sé dónde un cetro de aspecto egipcio, que parece susurrarle ignotos secretos internamente.
Así pues, de buenas a primeras mi amigo se encamina hacia una pared del edificio colindante y se adentra en ella como si estuviese hecha de arena.
Sin embargo, inmediatamente tras su paso, el muro se recompone recobrando su firmeza y consistencia.
Este insólito suceso me asombra y me llena de creciente inquietud, pues algo me dice que nada bueno va a salir de eso.
Los demás no se han enterado de nada y siguen a lo suyo.
Al poco, retorna nuestro colega pero viene ataviado con una especie de gruesa armadura faraónica, hecha de roca, que recubre todo su ser y le da un aspecto imponente.
Su voz suena alegre y divertida, lo cual me resulta tremendamente insensato por su parte.
Está claro que no comprende las posibles consecuencias de su imprudencia, y todo esto me da muy mala espina.
Intento hacerle recapacitar, pero parece cegado por su nuevo poder.
Solo atiende a los increíbles conocimientos con los que ese traje le pone en contacto.
Farfulla entrecortadamente, como quien quiere expresar demasiadas cosas al mismo tiempo.
Dice que al otro lado del muro existe un templo piramidal ultra-importante, dotado de prodigiosos artilugios indescriptibles.
Al poco, recuerda algo que le hace adentrarse de nuevo en la pared, riéndose de una manera que me hace temer lo peor.
Después emerge de la pared una enorme pantera negra, cuya temible fiereza inspira barruntos apocalípticos.
En dos saltos se pierde de nuestra vista, pero ya todos notamos que algo fatídico se ha desencadenado con su presencia.
Y efectivamente, la tierra tiembla atronadoramente y por el cielo descienden inmensos bloques negros, que uno desearía que fuesen irreales.
Parecen gigantescos molares redondeados, de oscura superficie cromada.
Descienden lenta y ordenadamente, hasta formar una cúpula hermética, de unos cientos de metros, que nos rodea por completo.
Cesan el estruendo y el temblor, y un atroz pasmo nos embarga.
El desorden y la confusión se nos apoderan.
Esta espeluznante situación inesperada, nos sobrepasa con creces.
No sabemos qué intención o sentido tiene algo así, pero sentimos en las entrañas que este es el último reducto que ha quedado del mundo, que esta es una prueba final y definitiva.
Observo que los azabaches bloques intersecan limpiamente con los edificios, cuando lo esperable sería que su superposición hubiese provocado demolición y escombros.
No entiendo nada.
Lo único que se me ocurre es ponerme a seguir un riachuelo que de pronto recorre el patio como si siempre hubiese estado ahí.
Sobre el agua, en unas precarias barquichuelas, navegan varios desconocidos de tamaño reducido.
Esa especie de duendoides, gesticulan y maniobran con apremio y apuro.
Sigo su trayectoria caminando a la par por la orilla.
Parecen ignorarme completamente.
En un recodo, vuelcan sus embarcaciones por su atolondrado manejo y pierdo su rastro bajo las aguas.
Tomo el relevo y prosigo su ruta, tratando de averiguar el lugar al que se dirigían.
Llego a una zona donde hay unas plataformas metálicas que esconden trampas con pinchos.
Las supero con algún que otro accidente de poca monta.
Y desemboco en la calle, en la porción de calle que ha sobrevivido dentro de la negra cúpula.
Por la siguiente transversal, asoma caminando un grupillo de seis personas.
Sus cabellos están pintados multicolores y peinados en punta.
Me basta ver su porte y sus sonrisas, para saber que son sanguinarios homicidas y que están de cacería.
Retrocedo apresuradamente para alertar a los demás y para ponerme a salvo si es posible.
Trepo cual lagarto por la pared de un piso y trato de cobijarme bajo un alféizar.
Pero de poco me sirve, pues pronto me divisan y me hacen bajar.
Parecen haber adoptado una estrategia de disimulo, pero a mí no me engañan con su palabrería.
Pierdo de vista a mis amigos y supongo que están siendo dejados fuera de combate uno a uno.
No sé cómo, me hago con el paraguas de uno de esos nefarios y lo utilizo para neutralizarlos.
Supongo que dicho paraguas esconde algún tipo de arma, y es por eso que mi intimidación tiene efecto sobre ellos.
Los encamino hacia un pequeño bar que hay en un rincón y luego atranco la puerta dejándolos allí encerrados.
Luego transcurre bastante rato sin nada más que hacer.
Parece como si se hubiese detenido el tiempo.
Es angustiante.
La duda nos corroe: Vamos a estar en esta absurda situación indefinidamente?
Y entonces sucede algo extremadamente inesperado.
Se diría que el suelo ha empezado a perder su solidez.
Algunos amigos son tragados en un abrir y cerrar de ojos, dejando tras de sí apenas su silueta en el suelo.
Pero esta vez esas aberturas no se reconstruyen, sino que se van desmigajando poco a poco, cada vez más.
Esos negros abismos crecientes, nos horrorizan sumamente.
Es el sálvese quien pueda.
Cada uno intenta huir en cualquier dirección, pero nuestros cuerpos desarrollan poca tracción y menos inercia.
Ya no hay sensación de peso ni de agarre por ningún lado.
Somos satélites a la deriva, sin capacidad de impulso ni de freno.
Para colmo, las paredes se tragan igualmente a cuantos las atraviesan.
Y en un instante, soy el único que queda todavía.
Mi errático deslizamiento me está llevando hacia el bar, que ahora tiene su puerta abierta.
A medida que me aproximo, compruebo que está vacío y que su aspecto es peculiarmente distinto.
Ahora sus paredes parecen ser de metacrilato luminiscente o algo así.
Además, están semi-derruidas y tras ellas se contempla una nítida blancura esperanzadora.
El caso es que, cuando ya estoy rebasando dichas paredes fragmentarias, con el pie golpeo sin querer una porción del muro, que se desprende y sale flotando.
Veo que ese translúcido proyectil tiene en una de sus caras la marca de un refresco, graciosamente esmerilada.
Y también veo que, dicho vestigio volátil, está a punto de chocar contra la cara de un transeúnte salido de vete a saber dónde.
Percance que va a repercutir sobre mi inminente Juicio Final y cuyas posibles derivaciones provocan mi inmediato despertar.

27 de agosto de 2019

semi-engullidos

Todos los objetos y bienes de consumo están absurda y caóticamente tirados por los suelos, inutilizados.
La cantidad de trastos esparcidos es tal, que resulta imposible circular con ningún vehículo.
Además, toda criatura viviente ha sido semi-engullida por los pavimentos.
La mayoría ya ha fallecido, otros están en ello y algunos mantienen resignado temple y cordura a pesar de hallarse casi plenamente sepultados, cosa que causa un contraste grotesco y chocante.
Solo unas pocas personas parecemos habernos librado de semejante espantoso destino.
El panorama es atroz y desolador, por todas partes asoman porciones y segmentos corporales, con signos vitales o con terrible inertitud.
El aire empieza a oler sutilmente a cadáver y descomposición.
Es nefasto avanzar por entre ese sólido mar salpicado de cachos fatídicos.
Y lo peor de todo es no saber la causa de ese horror ni la razón de nuestra excepción.
Esa incertidumbre nos hace debatirnos entre la esperanza y el pánico.
Queremos creer que exista algún posible remedio o solución, pero al mismo tiempo tememos que nuestra zozobra es inminente e inexorable.

7 de agosto de 2019

inundable

Estoy en mi pueblo, después de haber pasado una larga época fuera.
Lleno de la ilusión del retorno y de sensación de reencuentro.
Ayudo con los preparativos de una celebración familiar importante, una graduación o boda o algo así, de una prima mía.
Mi regalo para ella, consiste en las secciones de una alta valla de reja de alambre, suficientes para establecer un perímetro de seguridad.
Parece un obsequio inusual, pero quizás significativo.
La ceremonia tendrá lugar dentro de unos pocos días, y me veo envuelto en el trajín de todo eso.
Hay varios pre-compromisos que me tienen ocupado, todos agradables. Cena con unos familiares, comida con otros, y tal y cual.
Todo preñado de acogedora amabilidad y fraternal felicidad.
En una de esas idas y venidas me topo con una amiga conocida, que reclama mi ayuda para completar una parte de su acicalamiento de cara a la inminente ceremonia de pasado mañana.
Va con un grupo de colegas suyos que muestran una alocada euforia generalizada, a la que me sumo sin caer en sus excesos pero sin ser un lastre tampoco.
El devenir de los acontecimientos se me antoja ligeramente absurdo, pero por simpatía hacia quienes me rodean sigo la corriente.
Hay una sencilla complicidad espontánea en todo esto, típica de las poblaciones pequeñas y sanas.
Parece ser que mi amiga lo que pretende es que yo le haga la manicura, cosa de la que no tengo ni idea. Aun así, ella está más que convencida de mi potencial, pericia y capacidad respecto a eso.
Llegamos a una localmente afamada peluquería, abarrotada de clientas. Mi amiga se cuela con descaro y al dueño le pide prestados varios instrumentos, necesarios para mi manual cometido.
Luego vamos a la sede de una peña importante, que es el centro neurálgico de entre lo más granado y activo del pueblo.
El recibidor interior parece estar en permanentes reformas, debidas a la ilimitada inventiva y ambición de algún genio creativo. Y en verdad que ese lugar presenta cada día algo nuevo y sorprendente en su diseño y decoración. Esto gusta a todos y los espolea en su espíritu emprendedor y sus conjuntas iniciativas.  
Sin embargo, a pesar de tanto dinamismo y brío animoso, esta peña se muestra exigente y selectiva respecto a los no-socios. Para poder entrar allí conmigo, mi amiga debería rellenar bastante papeleo, pero dada su urgencia, logra posponer esa formalidad.
Parece que eso de salirse con la suya, no se le da nada mal. Casi como si fuese capaz de piratear la realidad para modificarla a su favor. Pero esto es más una sospecha que una certeza.
Ya dentro, la amplia sala central bulle de actividad. Por todas partes hay grupillos enfrascados en diversos proyectos y afanes, casi todos de carácter fabril, artesanal o cosas así.
En nuestro rincón asignado, de alguna manera cumplo con mi deber y mi amiga queda gratamente complacida con el resultado.
Luego salimos a la calle y retornamos varias veces, debido a distintos encargos y recados que nos van surgiendo.
En una de esas, tomamos un pasaje que atraviesa un edificio. Transitamos por dicho pasillo sombrío, cuyos laterales abundan en tiendas y negocios varios.
Al final de ese corredor, hay una puerta acristalada que debemos abrir para seguir a calle abierta con nuestro rumbo. Pero algo se interpone y obstaculiza nuestro camino. En una mesita cercana hay alguien sentado ojeando un periódico, y a sus pies reposa una especie de chucho extraño y grotesco.
Ese bicho grandote, está tumbado de tal manera que impide que podamos abrir la puerta.
Parece un engendro salido de otro mundo, su rostro es bastante humano pero con rasgos un tanto delirantes. Su sonrisa de dientes irregulares y salientes, da tirria y repelús.
Casi sospecho que se trata de alguien disfrazado, a modo de surreal reclamo publicitario o algo por el estilo. Pero no las tengo todas conmigo.
Para colmo, el esperpento ese se me acerca y se pone a propinarme memos mordiscos breves, altamente exasperantes.
Al poco, se transforma en un perrillo convencional y lo aparto sin más contemplaciones para abrirnos paso y salir.
Algo después, nos encontramos por la calle con varios conocidos que también van de regreso a la peña.
Conversamos y comento que lo que más me ha sorprendido del local al que nos dirigimos, es saber que en invierno queda inundado con agua del río cercano, y que aun así los socios siguen allí como si nada, cubiertos de agua hasta el pecho pero empeñados en continuar con sus actividades a pesar de todo.
Tal vez eso explica en parte su admirable vitalidad y su bravo vigor indómito, que tan contagioso resulta.
Ahora estoy de nuevo allí dentro, pero sin mi amiga. Asique me toca hacer todo su papeleo pendiente, trámite que se torna en ayudar a montar una estantería y en recoger escrupulosamente ordenadas varias herramientas y utensilios, en sus correspondientes compartimentos.
De pronto, sin solución de continuidad, ya es fin de semana por la noche y la peña se llena de gente con ganas de fiesta.
Veo a un par de antiguos conocidos, que se han convertido en solterones empedernidos. Están elegantemente acicalados y en su actitud se adivinan similares esperanzas, su respectivo anhelo de destacar favorablemente por comparación con el otro. Pero en realidad son tan semejantes entre sí, que eso parece poco probable.
También me encuentro con otro viejo amigo de la infancia, que feliz me cuenta lo que ha sido de su vida.
Resulta que se emparejó con una acróbata y se unió a su circo, haciendo de payaso durante muchos años.
Es el oficio que menos se podría esperar de él, pero me alegra su buenaventura.
Empiezo a imaginarme un posible proyecto personal: Hacer una novela gráfica que narre la vida de mi amigo.
Ya hasta visualizo alguna escena de eso, y me atrae la idea.
Luego, sigo topándome con más gente conocida y ya me despierto.

2 de octubre de 2018

sillón-cocina

Soy adolescente y estoy de viaje de estudios con algunos compañeros.
Nos encontramos en un inespecificado país vecino, muy similar.
Se nos ha dado alojo en los almacenes de inventario de un centro comercial.
Aquí disponemos de pocas comodidades.
Las instalaciones son sombrías y austeras. No hay camas ni habitaciones, tan solo taquillas y estanterías.
La única ventaja de estar aquí es que nos dan acceso libre a cualquier producto disponible en la tienda.
Esto significa comida gratis, pero debemos cocinarla por nuestra cuenta.
Para eso contamos con un peculiar sillón-cocina que hay en un recóndito rincón de una olvidada área de empleados.
Ya es mediodía y nos disponemos a preparar nuestro menú, en tan rocambolesco armatoste.
El sillón-cocina tiene aspecto robusto y tosco. Su tapicería es parduzca y anticuada. En el asiento asoman los fogones y dudo mucho que puedan utilizarse sin ocasionar fatal incendio.
El horno se abre bajo el asiento y parece razonablemente aprovechable.
Vamos preparando varias recetas sobre las bandejas metálicas, para hornearlas.
Entonces nos llevamos la desagradable sorpresa de que el cable de dicho sillón-cocina no es compatible con el enchufe de la pared.
Necesitamos un cable con toma de tierra o el horno no va a funcionar.
Espoleados por nuestra creciente hambre, accedemos al centro comercial para dar con el cable adecuado que solvente nuestro apuro.
Pero no lo hay. Increíblemente.
Explorando por la zona privada, doy con una abandonada máquina recreativa.
Por suerte, su cable nos sirve.
Lo acoplamos al sillón-cocina y procedemos a insertar las bandejas en el horno, que ya se va caldeando.
La bandeja inferior se dobla por el peso y derrama su contenido sobre la base del horno.
Debemos apresurarnos a extraer dichos condumios antes de que se carbonicen y atufen nefastamente todo lo demás.
Además, necesitamos cazos para achicar el abundante caldo que también se ha depositado en el fondo.
Y con esa cuita y premura, me despierto.

29 de mayo de 2018

poema

Sueño que soy chavalín y estoy en el colegio.
Queda poco tiempo para que termine la clase y la profesora nos manda una tarea. Tenemos que escribir un pequeño poema.
Me pongo a ello con entusiasmo, pero veo que no me queda espacio libre en mi cuaderno.
Le pido un folio a la profesora y enseguida lo lleno con el esbozo de mi poema.
Ahora le pido una hoja al compañero de la mesa de detrás.
También la lleno de versos y modificaciones.
Mi inspiración está a tope, a tutiplén.
Disfruto mucho con esto, pero a la vez me angustia el poco tiempo disponible.
Pronto la clase concluye y yo sigo bregando tenazmente con la plasmación de mi creación, que se resiste a ser finiquitada.
De nuevo le pido otro folio a la profesora y de nuevo me quedo sin espacio para pasar a limpio el poema que me hierve en la mente, ya que continuamente se me ocurren matices y alteraciones que aplico a mi escrito.
La profesora ya ha perdido la paciencia y se marcha, al igual que hacen los demás alumnos.
Yo me empeño en redactar mis versos, como pueda y donde sea.
Incluso empiezo a anotarlos sobre la mesa.
Y ya me despierto.
Por un fugaz momento, conservo vivo el recuerdo del poema completo.
Tan solo consiste en unos pocos versos.
Comprendo claramente que me he excedido con tanto retoque y modificación, que la simple idea inicial era mejor que el abigarrado resultado final.
Ese proceso de elaboración le ha restado frescura y carga simbólica, pero al mismo tiempo ha sido una experiencia apasionante.
Supongo que este es siempre el peligro del poeta.
Descubrir una gema y caer en el delirio del orfebre, cuyo sublimador afán implica un alto riesgo de arruinamiento de lo manipulado.
En fin, devaneos aparte, a la postre solo he logrado rescatar del olvido el último verso de dicho onírico poema:
...sin pausa, hordas de ratas rompen contra la mole cernícala.

ascensor

Es de noche. Salgo de la celebración del cumpleaños de algún familiar. En realidad me he perdido casi todo el festejo, pues he estado afanado en la imposible tarea de escribir en un papel mis datos de contacto, para dárselos a una persona. La típica situación agónica de querer escribir bien y no lograrlo e intentarlo una y otra vez, siempre fallando.

Salgo pues, agotado y frustrado.
Me dirijo hacia mi casa, que resulta estar cerca.
Estoy en una ciudad genérica, que podría ser cualquiera.
Según parece, vivo en un alto edificio que desconozco, pero a la vez me resulta vagamente conocido.
Le sigo el juego al sueño, casi notando que estoy soñando. Aunque esta lucidez es muy tenue y va oscilando, desvaneciéndose predominantemente.
Me embarga una neblinosa sensación de precaria inercia, incómoda y confusa. Cual náufrago flotando a merced de una inescapable marea absurda.

Abro la puerta del rellano y entro en el ascensor, medio durmiéndome por momentos.
No recuerdo la planta en la que se encuentra mi piso. Vagamente intuyo que se encuentra hacia la mitad del edificio, o un poco más arriba.
Para colmo, los botones del ascensor tampoco son los habituales. Por alguna extraña razón, varias plantas están agrupadas de tres en tres, en varios botones.
Pulso con desgana el botón que me parece que más se aproxima a la supuesta localización de mi piso, con la creciente certeza de que no voy a hallarlo ni por equivocación. Más aún, dudo mucho que hacer esto me lleve a ninguna parte.

Se cierran las puertas y se pone en marcha el ascensor.
Noto que no se está desplazando ascendentemente sino lateralmente.
Con fastidio y medio dormido, miro mejor y veo con horror que no estoy en el ascensor sino en una especie de cestita pensada para el servicio técnico.
Me aferro a tan exiguo parapeto y soporto apurado el creciente vértigo.
Ahora percibo que nuestra trayectoria es descendente y deduzco que esta cestita se encuentra en el contrapeso del ascensor, asique adivino que el ascensor se está elevando y que el contrapeso va a cruzarse con él en algún punto.
Tengo la sospecha de que esta cestita no está pensada para ser ocupada cuando el ascensor está en funcionamiento, asique temo por mi integridad física.

Entonces, se produce la típica elipsis onírica imperceptible y ahora me descubro desplazándome lentamente por fuera del edificio, suspendido de la cestita, que se ha girado ciento ochenta grados y se ha vuelto totalmente invisible, al igual que el raíl por el que supuestamente avanza.

A través de pasillos, curvas y esquinas, voy topándome con personas medio indiferentes o sorprendidas por mi flotante desplazamiento.
Veo que me aproximo hacia la puerta de otro ascensor y supongo que este es el final de mi trayecto. Puesto que no me apetece aventurarme en otro incierto viaje ascensoril, me despierto.

13 de marzo de 2018

tubular

Voy por la calle y aparece una especie de serpiente gigante negra, que se me traga. Se supone que forma parte de los festejos que están teniendo lugar, o algo.
Su interior es confortable.
Para quedar de nuevo en libertad, debo esperar hasta que otra persona sea atrapada y ocupe mi lugar.

Esta criatura no es una serpiente, pues no tiene cabeza ni cola.
Forma un canuto de unos diez metros de largo, con un diámetro de metro y pico.
Su origen es desconocido, lo mismo puede ser extraterrestre o natural. Pero está claro que posee inteligencia.
Es de color negro intenso, completamente.
Su piel es lisa por fuera, y por la cara interior es cual dendro-piloso coral. Gracias a la voluntaria y coordinada orientación de sus vellosidades, es capaz de adentrar a su presa y retenerla enmedio.
Permanecer en su interior resulta sedante y reparador. Como un tierno retorno al seno materno.
Se desplaza ondulando su cuerpo oblicuamente, así mantiene a su rehén sumido en una 'u' balanceante inescapable.

Tan impresionante ensoñación, da paso a no pocas cavilaciones y figuraciones. Pues me tienta el imaginar un mundo gestionado por dichos seres tubulares.

La población adulta, sería su objetivo preferente y prioritario; menores y ancianos quedarían libres de su acción, salvo situaciones críticas.
El propósito de su tutela, sería rectificar nuestras taras y elevar nuestra conciencia. Interfiriendo e impidiendo las acciones nocivas y alentando los buenos pasos.

Por supuesto, tendrían capacidad para leer la mente o adivinar las intenciones. Así, optarían por servirte cuando tu objetivo fuese legítimo, y te engullirían cuando tu meta fuese perniciosa.
En su interior, te masajearían sabiamente para propiciar tu autorreconocimiento y la enmienda de tu mal encaminamiento.

Con tan inmediata y sencilla privación de libertad, se impedirían grandes abusos y desmanes. Y pronto el planeta sería un paraíso feliz y armónico.
Por supuesto, los malévolos pertinaces quedarían neutralizados a perpetuidad, hasta que abandonasen sus pretensiones.

Estos seres tubulares, también podrían cumplir muchas otras funciones prácticas. Por ejemplo, como transporte.
O como lecho nocturno.

Cada adulto tendría asignado su propio ser tubular particular, con quien establecería un vínculo profundo y duradero.
Y así, en bella simbiosis, la humanidad despertaría a una vida más madura y significativa.

O bueno, soñar es gratis.

microzoom

Este es un fragmento muy breve.
Estoy en casa de un familiar, en el salón; mirando hacia el pasillo, que está negro como boca de lobo. Al fondo del pasillo se ve el ventanuco de la puerta, por el que entra algo de luz.
Estoy solo pero presiento que hay alguien más en la casa, que alguien va a aparecer de repente por el pasillo.
Por eso miro hacia allí fijamente.
Entonces noto un vértigo, pequeño pero intenso. Como si la casa se viniera hacia mí, o como si yo saliese de mi ser y me expandiese hacia ella.
Casi parece un corto pero súbito zoom.
El ventanuco al fondo del pasillo parece haberse aproximado unos pocos metros.
Ese efecto tan aparentemente insignificante, me ha alarmado sobremanera, cosa que hace que me despierte de inmediato. 
Mejor dicho, el vértigo de salirme del cuerpo en el sueño, ha sido simultáneo al vértigo de reentrar en mi cuerpo en la vigilia.
A esta caída hacia fuera a la par que hacia dentro, cabría llamarla un vuelque paradójico.
Y daría pie a interesantes reflexiones acerca de los planos y las dimensiones de la existencia, pero eso ya mejor en otro momento si acaso.

15 de noviembre de 2017

ruleta

Este fragmento corresponde a una escena dentro de una secuencia más larga de situaciones inconexas que ni me interesan ni recuerdo apenas.

Hace un día nublado, la luz es gris pero no triste, su tenuidad es cómoda y da alegría a la vista, se ven las cosas incluso más nítidas de lo normal.
Gotea una leve lluvia mansa, que casi ni moja ni molesta.
Estoy viviendo en una casa compartida. La casa es humilde y arcaica.
Se compone de dos o tres toscas viviendas, repartidas por un pequeño patio terroso. El terreno es empinado. Estoy en la casucha de lo alto.
La construcción es simple y austera. Todo de cemento. Techo, suelo, cuatro paredes, ventana, puerta y para de contar. El agujero de la puerta lo tapa una cortina de tela, pero no hay puerta, y en el agujero de la ventana tampoco hay cristal ni nada.
Bajo la ventana hay un colchón con algunas sábanas revueltas, y en la esquina hay una silla de mimbre, todo de aspecto cochambroso.
Aquí tengo una carpeta grande con mis dibujos, y una bolsa de deporte con otras menudencias de poca monta.
He trasladado la carpeta a mi habitación de la casa baja, pues allí dispongo de más comodidades y privacidad.
Ahora me dispongo a hacer lo mismo con la bolsa de deporte.
Subo por el camino terroso.
Noto la suela de mi calzado ligeramente pesada y resbalosa, pero el barro adherido no es mucho, asique no supone mayor inconveniente.
Llego de nuevo a la casucha.
Pero me detengo en el balcón lateral. Decir balcón es decir mucho, tan solo consiste en un suelo de cemento y las paredes laterales. Ocupa igual área que el cuartucho. Casi da la impresión de que se quedaron sin materiales en plena obra y dejaron media casa como mirador o algo así.
El balcón no tiene barandilla ni murillo ni nada que impida al imprudente caer al vacío.
Impresiona por esto mismo.
El paisaje es cutre, a tono con la vetustez predominante. Se ve un amplio descampado muy abandonado y solitario.
Desde el balcón hasta el suelo hay una caída de bastantes metros, los suficientes para quedar malherido o peor.
A un lado, justo sobre el borde del balcón, flota un dron que más bien es un minihelicóptero silencioso.
Estirando el brazo, alcanzo su carcasa verde.
Con gran vértigo, giro su orientación para que mire hacia otro lado. Ya no recuerdo la razón por la que era conveniente eso.
Entonces, llega otro compañero y me alejo rápidamente del borde.
Intercambiamos algunas palabras y se mete en la casucha.
El tipo no me inspira confianza, sin embargo, decido dejar lo de la bolsa de deporte para otro momento.
Ahora me incomoda la música que sale de una pequeña radio que hay tirada en el balcón.
La cojo y giro su ruleta del volumen, para silenciar la música.
A cada movimiento de la negra ruedecilla dentada, salen de su hueco bastantes hormiguillas negras, que invaden mi mano y trepan raudas hacia el brazo. Y para colmo, la música no modifica su volumen.
Me inquieta esa inesperada aparición insectil y su diminutez y negrura.
No parecen malignas ni peligrosas, tan solo ocasionan microcosquillas con sus patitas. Me las intento quitar cepillándome con la otra mano, pero apenas despacho alguna. Asique suelto la radio y sacudo el brazo hasta librarme de ellas.
Luego, vuelvo a intentar silenciar la música y otra vez pasa lo mismo. Hasta que veo en el costado el interruptor de apagado, y desactivo la radio.

1 de enero de 2017

redención

Sueño que veo, o que estoy dentro de, un capítulo de una serie de dibujos animados muy famosa, protagonizada por unos personajes de piel amarilla.

Este es un capítulo muy especial. Tengo la clara conciencia de que ni en un millón de años harían un capítulo así, pero a la vez tengo la viva sensación de estar viendo verdaderamente algo excepcional.

Todo el capítulo es en blanco y negro, con unos tonos de gris muy tenues y suaves. Las líneas de los contornos son también limpias y sencillas. Sobrias y elegantes.
Todo resulta acogedoramente minimalista y evanescente.

Durante la primera parte del capítulo, la cámara se coloca en el punto de vista subjetivo del protagonista. A saber: El padre calvo y gordo.
Sin embargo, su comportamiento aquí es sorprendentemente sereno y maduro. Habla con profunda lucidez y humanidad. Resulta inspirador y gratificante apreciar estas virtudes en alguien con un pasado tan terriblemente esperpéntico.

El prota, avanza andando por una calle vacía. De vez en cuando se acerca hasta algún árbol y pronuncia sentidas palabras de mística reverencia y honda admiración, dedicadas al solemne vegetal y a la vida en general.

Así, por dos o tres ocasiones.

Luego toma una calle que, a pesar de su esquematismo, reconozco como perteneciente a mi pueblo.
Allí se encuentra con otros tres personajes de la serie. El camarero del bar y los dos inseparables compañeros de trabajo.

Entonces, la cámara abandona el plano subjetivo y encuadra la escena para mostrar a los cuatro, que mantienen una conversación que me resulta ininteligible.

De todas maneras, ahora mi atención se centra en su apariencia.
Porque están dibujados de una manera extremadamente inusual.

Imagina una persona con una tremenda miopía, y a la vez con una tremenda hipermetropía. Esa persona solo podría ver enfocada una estrecha franja de la profundidad de campo, y el resto quedaría desenfocado. Pues bien, los personajes aquí, están dibujados contorneando solamente esa franja nítida, y todo lo demás es como si fuese invisible.

Por ejemplo, la barriga del prota se ve como una O grandota, y a través de su oquedad central, se ve el paisaje que queda detrás.

Este efecto resulta fascinante a la par que inquietante, sobre todo en sus rostros, pues nunca se les ven los ojos, y sus rasgos quedan reducidos a unas formas cambiantes de lo más abstractas, en las que casi hay que adivinar nariz, o frente y pómulo, o boca, etc.

Con todo, la sensación dominante durante todo el rato, es la de jubilosa redención. La de estar siendo testigo de un anticipo de un futuro harto lejano o improbable. Y no es su remoticidad lo que le da ese aire extraordinario, sino el salto cualitativo en su estilo narrativo y en su contenido significativo.

30 de abril de 2016

nupcial

Un prestigioso joven pianista de jazz se dispone a dar un recital, el auditorio está abarrotado y espectante en la oscuridad. El escenario es sobrio y oscuro, la iluminación es tenue y solemne.
Apenas el artista ha comenzado a tocar unas notas, empieza a caer del techo una inesperada lluvia de confeti brillante.
A un lado del escenario se recorta la silueta de una mujer, que entra en escena y todos inmediatamente reconocen como la pareja del pianista. En su andar, en su vestido y en su sonrisa radiantes, se adivina una alegría exultante, propia de la sorpresa que está provocando.
Resuelta y felina, se sube a la cola del piano y se pone a cuatro patas, ofreciendo su trasero a su pareja, con la falda levantada.
En sus blancas bragas hay una frase en inglés: Empujar para casar.
Ni corto ni perezoso, el pianista se avanza y le da un par de firmes y apasionados besos-topetazos en la diana expuesta.
Entonces ella se hace a un lado, él se sube al piano, se baja los pantalones y exhibe sus blancos calzoncillos con la frase: Tirar para casar. A lo que ella procede, con deleite y entusiasmo.
El público prorrumpe en aplausos y vítores, se desata un eufórico alborozo, grandioso y efervescente, bravío y oleante, incontenible e inolvidable.

17 de febrero de 2016

película

Floto en el aire y voy viendo escenas sueltas como de una película, sin estar en ningún momento corpóreamente presente.
Al principio formo parte por completo de la historia que se está desarrollando. Luego poco a poco voy tomando conciencia de mi papel de cámara-espectador conforme sigo al protagonista.

El prota es un viejoven fofisano, rellenito sin ser gordo, largo sin ser alto, de aspecto este-europeo, gafas retro, peinado y ropas ídem e inocencia ingenua. Simpático a la par que patético, más lo primero que lo segundo. Genuino.

Conduce una especie de coche-caravana estrafalaria, ridículamente estrecha y absurdamente alta y larga, de chapa gruesa pintada de verde pino chillón. Dentro, cuelgan del techo varias paelleras y sartenes-wok que van sacudiéndose con el ajetreo. Todas están sujetas por sus asas con cuerdas para que miren al techo, para así hacer de antenas parabólicas caseras.

El prota se gana la vida haciendo de taxista clandestino, conduciendo semejante engendro rodante. Parece dedicar casi toda la jornada a esto, ya que en el vehículo no faltan todo tipo de utensilios cotidianos, cazos de cocina, adornos, etc.
Vive en una gran ciudad norteamericana, de clima frío, donde desempeña su oficio con no poca ilusión y sí poco éxito.

Utiliza las antenas para orientarse con su gps, pero parece haber contratado la señal de unos satélites kazajos-o-algo-así, que tienen problemas de organización en el espacio. Tan pronto están demasiado dispersos como demasiado apelotonados, con lo cual la señal falla frecuentemente.

Vemos al prota hacer una videollamada para quejarse de esto a los técnicos. Y mientras en la pantalla el encargado se excusa como puede, tras éste se oye brevemente una voz que pide socorro, de algún secuestrado. Detalle que pasa totalmente desapercibido para el prota, pero que pretende ser un toque cómico-paródico respecto al país kazajo-o-lo-que-sea y su corrupta cultura.

Luego vemos al prota volver a su humildísimo piso, donde le recibe su mujer y saluda a sus hijos, dos adolescentes, chico y chica, que miran embobados videoclips en la televisión. Televisión arcaica de tubo catódico y pésimo sonido, que obliga a elevar su volumen para distinguir apenas lo que suena. En respuesta al paternal saludo, la chica hace una pompa indiferente con su chicle y el chico le dedica a su padre un feo dedo ofensivo. Ambos reaccionan así, no por maldad, sino más bien por imitación de lo que ven en la tele, como ensayo actitudinal.

El padre cena en la cocina, viendo otro pequeño televisor de bolsillo.
Su mujer está a su lado, mordisqueando un boli mientras va escribiendo una carta.
Cuando termina de cenar, él hace un gesto como de abatimiento y súplica, pero ella reacciona mecánicamente llenándole el vaso con más soda, sin despegar los ojos de la carta que está manuscribiendo.

A la mañana siguiente, él sale hacia su trabajo y ella le sigue apresurada, tratando de endosarle unas cuantas cartas ensobradas. Esta es una costumbre habitual en ellos, pues resulta que esa sobre-correspondencia está destinada a él y en ella su mujer le expresa todo tipo de comentarios, afectos y demás. Y no es que sea muda, pero por alguna razón su relación viene funcionando así desde hace tiempo.

El prota parece estar más que harto y desesperado por todo. Ella insiste y él se resiste, y entre una cosa y otra han llegado hasta la entrada de su edificio, cuya planta calle resulta estar ocupada por unos grandes almacenes, cosa que produce un llamativo contraste con la cutrez de las demás plantas.

En el centro del recibidor hay una amplia y luminosa plazoleta, por la que cruzan los consumidores con sus bolsas y carros, entrando y saliendo de los diversos establecimientos. En este espacio libre hay montada una pequeña exposición temática, de la que se destaca una bola del mundo, de poliestireno, que va girando lenta y mecánicamente, mientras hace lo propio a su vez un pequeño satélite artificial, redondote y generosamente desproporcionado, sobre el que se lee: Sputnik - Maravilla de la técnica rusa.

El prota lo ve y tiene una idea brillante.
Ha decidido solucionar sus problemas trasladándose con su familia hasta Rusia. Así que al momento siguiente los vemos embarcar, con su monstruo-caravana, en un trasatlántico, del que por cierto también vemos salirse marcha atrás, en punto muerto, otro coche, que rueda inercialmente hasta chocar con un edificio.

Y así termina el sueño, con la clara sensación de que quedarían todavía dos tercios de la película por desarrollarse. De la que me ha gustado ese tono de indi-comedia que se ríe de sí misma y que también sabe ser humana cuando toca.
Me queda la sensación de que bien merecería existir esta película, o quizás ya exista. Quién sabe.

6 de diciembre de 2015

ejercicio

Acudo a un edificio de cemento gris, cuyo interior es igual de cementogrisado, sin luces, baldosas ni ornamentos.
Los pasillos son bajos y rudimentarios, su recorrido es tosco y accidentado, como si la construcción estuviera diseñada bajo ignotas prioridades extrahumanas. Así que adentrarse por tales corredores, inciertos, sombríos y desangelados, da una leve aprensión inhóspita.
Sin embargo esta impresión dura poco en mí, ya que acudo con un objetivo claro y, supuestamente, ya he estado aquí otras veces, según creo intuír, aunque mi memoria nada me aporta al respecto.

Debo llegar puntual a una clase de algún curso artístico que, por lo visto, estoy estudiando.
Desemboco en un recibidor, la pared frontal está ocupada casi al completo por una hoja de papel inusualmente grande, en la que hay escrito apresuradamente, con letra manuscrita igual de desproporcionada, una escueta tabla de horarios y programas, apenas inteligibles.
Al verla, de inmediato viene a mi mente la razón de esa nota. Resulta que en la habitación que queda justo a mi derecha hay un estudio radiofónico, en el que ahora mismo está actuando un grupo nacional de pop bastante mítico. La típica leyenda viva olvidada que reaparece y todo el mundo readopta con renovado disfrute y entusiasmo.

Se escucha ligeramente la canción que están tocando y yo prosigo mi camino por otro pasillo, tarareando alegremente el estribillo.
Al poco, recalo en mi aula. Ya debería estar todo el mundo pero tan solo hay dos chicas, con cara de aburrimiento. Miro mi reloj y veo que he llegado con 36 horas de retraso. Esto me sorprende sobremanera. He venido directo y sin demora, así que algo falla aquí injustamente. Confundido, me empeño en adivinar dónde está el error, sin éxito.

De improviso llega el profe, a tope de energía y explicando ya nada más entrar, hablando sin parar, el ejercicio que se le ha ocurrido pedirnos que hagamos. Lo dice como si se tratara de algo gracioso pero yo no le veo ningún sentido a lo que está enunciando.

Se trata de dibujar un cartel que muestre un primer plano frontal de un bajo vientre femenino al natural. Y luego añadirle un punto encima o no sé qué historias.

Para recalcarlo más claro se pone a esculpir él mismo un pubis, con vulva y todo. Está entusiasmado con su idea y yo mientras me dedico a hacerle preguntas para comprender mejor su planteamiento.

El caso es que poco a poco me voy interesando y formándome mi propia interpretación del ejercicio. Voy perfilando lo que quiero hacer y cada vez me atrae más esto. A partir de aquí el sueño va cediendo su puesto a la vigilia y juego mentalmente con el diseño hasta ir perfeccionando sus matices y detalles concretos.

Quiero que el punto sea más bien un círculo y que represente abstracta y proporcionalmente el diámetro o sección de un pene erecto. Quiero que mi cartel sea estático pero animado lumino-cromáticamente.
En mi imaginación, el bajo vientre femenino es negro y ligeramente estilizado, apenas sugiriendo su carnalidad y volumen. El círculo es rojo y se situa en el centro de la vulva, como si el pene estuviera efectivamente introducido en ella.
El círculo va mostrando sobre su superficie un leve degradado ovalado que se oscurece gradualmente hasta un tono casi negro, para luego volver gradualmente a desoscurecerse hasta el rojo, y así cíclicamente.
A su vez, la zona de la vulva también tiene un degradado, desde su centro hacia fuera, que la va enrojeciendo gradualmente hasta un tono casi rojo y luego vuelta atrás, también cíclicamente.
Ambas animaciones combinadas dan la impresión de que cuando el circulo parece adentrarse, la vulva parece encenderse por dentro.
Sugiriendo la transmisión de pasión del acto amatorio.

Y nada más, eso era todo.

7 de agosto de 2015

fideos

Llego tarde al colegio. El edificio se encuentra en una esquina de una plaza de una ciudad. La puerta es grande y de madera oscura, con múltiples relieves, como de iglesia o así.

Al entrar, alguien me entrega una bici y un llavero con llaves, para que me encargue de ambas cosas. Aparco la bici en el aparcabicis pero no le pongo el candado porque no sé de quién es. Miro el llavero, es de metacrilato. Alguien ha raspado sobre su superficie un nombre, que supongo el de su dueño.

Subo por las escaleras dos o tres pisos. Me encuentro con un amigo que está sentado en las escaleras. Le pregunto si conoce a fulanito, el del llavero. Me dice que sí, que está en la clase tal de este piso, a mano izquierda.

Voy, lo localizo, le digo que su bici está abajo y le doy las llaves. Marcho con el alivio del deber cumplido. Subo más escaleras. En el siguiente piso el pasillo está bloqueado por una gran telaraña. A través de ella veo al otro lado a un par de amigos que me lanzan frases desafiantes en plan de broma. Buscan hacer mofa y escarnio sobre algo que no me interesa en absoluto, así que paso de ellos y subo hasta el piso siguiente.

No recuerdo en qué piso está mi clase. Sé que estoy en el último curso, así que imagino que estará en el último piso. De pronto estoy en casa de unos tíos míos, de visita. Pero sigo con la idea de que llego tarde a clase, así que me voy despidiendo y salgo de ahí pitando.

Bajo las escaleras sin rozarlas siquiera, flotando por pura inercia. Esto me complace grandemente, sobre todo cuando prolongo esa ingravidez más allá de lo físicamente posible, cuando esa levitación se ve claramente fruto de mi voluntad y pericia.

Ando raudo por la calle y me cruzo con unos cuantos actores internacionales, famosos, que están interpretando sus personajes dentro de una peli. La trama de la misma parece delirante y futurista, medio esperpéntica. Veo todo como si yo fuese la cámara, con total nitidez y espectacularidad. La fotografía resalta bellamente la luminosidad y el cromatismo, del que sobresalen especialmente algunas cosas de vivo amarillo.

Reconozco en esto el estilo de un afamado director que me gusta. Veo al prota y le pregunto acerca del director para confirmar mi conjetura. Pero va y me dice el nombre de otro director diferente. Esto me sorprende bastante, me impresiona la osadía de tamaño plagio-homenaje o lo que sea.

Luego me encuentro con un amigo. Le comento eso que me ha dejado impactado. Se acerca tanto a mí para escucharme que me roza con sus pestañas y esto me provoca harto repelús.

Llegamos de nuevo al colegio, con la angustia de la de rato que hace que las clases han comenzado. Al poco, en un pasillo, me topo con otro amigo, pero que luce en extremo greñudo y desmañado, cual sintecho lunático. Está de pies sobre una rejilla circular que hay en el suelo. En la rejilla hay algunos fideos medio escurriéndose.

El pirado me dice, comedido a la par que desquiciado, que tengo que chillarle una tonelada de fideos. Resulta que al gritar con el brazo extendido puedes sacar fideos por el sobaco. Pero no me da la gana hacerle caso. Con lo tarde que ya llego, encima eso. Así que me hago el sordo y ni me paro a contestarle.

Sigo buscando mi clase. Me fastidia presentarme con semejante impuntualidad. El edificio me tiene bastante desorientado. Las escaleras parecen querer confundirme. Sus tramos se retuercen y ramifican, llevando a lugares inesperados, un centro comercial, la calle, etc.