aviso

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fin del aviso


12 de abril de 2008

Girado

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Me despierta un ruido espantoso, un tremendo estruendo, como si el mundo entero se estuviera derrumbando. Un horrible vértigo embarga mi corazón, tengo la sensación de caer en un profundo, terriblemente profundo, precipicio. Mi cuerpo choca violentamente contra el suelo y algo enorme cae sobre mí oprimiéndome con su peso. Ya está, es un terremoto y voy a morir aplastado por los pisos de arriba. Pero de repente se hace el silencio y la tierra deja de temblar, poco a poco voy recuperando la calma, parece que la estructura ha resistido, a pesar del desplome de los muebles. Intento arrastrarme y salir de debajo de esta mole asfixiante, al palparla veo que se trata de mi cama, no entiendo cómo ha podido caérseme encima. Me incorporo en la oscuridad y tropiezo con algo, lastimándome el pie. Mierda, se ha caído hasta la luz del techo. Entonces voy a moverla y noto que está atornillada al suelo, un sudor frío recorre mi espalda, mi mente empieza a comprender algo. Pero no, no puede ser, no me atrevo a pensarlo siquiera, a considerarlo, a c-co-comprobarlo. No me atrevo a moverme. Al rato se me pasa el canguelo y exploro con cautela la habitación, consigo subir (bajar) la persiana y que entre la luz del día, descubriendo a mis ojos la extraña escena que me rodea. La visión es grotesca, todo está volcado, desparramado, cara arriba, sobre el techo (que ahora es el suelo) y el suelo, inexplicablemente, se encuentra sobre mi cabeza, vacío, tranquilo, inocente, como si siempre hubiera estado ahí, como si ése fuera su lugar lógico y natural, bañado por la luz (curiosamente ascendente) que entra por la ventana. No logro comprenderlo, no logro entender lo que está pasando, es una pesadilla? Si es así no tiene gracia, quiero despertarme... (No da resultado) En fin, aparto algunos muebles para poder abrir la puerta de mi habitación, paso sobre el dintel, voy al baño, más de lo mismo: El váter y el lavabo están fijados al techo, inutilizables. La ducha cuelga, dócil, de su cable. Me subo a un taburete para accionar su grifo. Nada, no hay agua. Pulso el interruptor. Tampoco hay luz (pues sí que estamos apañados!) El suelo (techo) del pasillo es de escayola y se rompe con mi peso, voy pisando vigas, cables y tubos. Tengo que andar con cuidado si no quiero electrocutarme (estás tonto? acabas de decir que no hay luz.) La despensa está medio destrozada, pocas provisiones. La cocina es un caos, y tampoco hay gas, estupendo. Al fin me atrevo a mirar por la ventana, el cielo sobre los edificios es un techo gris lleno de aceras y de calles asfaltadas. Lo que más me impresiona es lo vacías que están esas calles, ni un solo coche, ni una sola persona, ni un solo contenedor de basura. Además todos los edificios se encuentran pegados a ese cielo a la misma altura, es opresivo. También resulta inquietante la visión de los árboles, que parecen raíces colgantes. Al igual que la contemplación de sus hojas, cayendo hacia el cielo, me ha sobrecogido y llenado de una intensa angustia que no se me quita del todo. El cielo... Brr!, maldito horror, maldito absurdo, ahí abajo, colgando, suspendido, donde no debería estar, debajo de todo!, monstruosa aberración, inversa espada de Damocles bajo mis pies. Cómo puede doler tanto algo tan puro y simple? No quiero verlo más, no quiero ver cómo los edificios penden hacia él, no quiero sentir tal pavor ante ese azul, tan límpido, tan vacío, que parece que te llama, te atrae, te engulle... No debo mirarlo, no debo pensar en lo que le falta, en la escandalosa y espantosa ausencia de nubes y pájaros. Y el sol. Ese fuego terrible, aguardando su alimento, paciente, calentando, dilatando, fundiendo los edificios, nuestro precario sustento, que poco a poco se van aflojando, soltando, cayendo, como dientes de leche, llenos de caries, uno a uno, lenta pero implacablemente, sin remedio, sin salvación. Para, no sigas con eso, no dejes que crezca en tu interior ese hondo eco, que no se adueñe de ti la desesperación (todavía no). Mira al otro cielo, mira lo graciosas que están las calles sin las tapas de las alcantarillas, mira la entrada del metro, que parece la única escapatoria posible a esta locura... Lástima que quede tan inalcanzable. Piensa, piensa. Cómo vas a salir de esta? Cómo vas a terminar esta historia, no vale lo de tirarse al vacío, eso está ya muy visto, tendrá que ser otra cosa. A ver, no hay agua, no hay alimentos, pero, hay vecinos, y hay palas. Hay que excavar hacia arriba, en el techo, llegar a las alcantarillas, y luego al metro. Hay que reunir víveres, llegar a las tiendas. Hay esperanza, queda una pequeña posibilidad, aún se puede hacer algo. Podemos lograrlo, siempre y cuando no pienses, no pienses en el mar: sin agua, en las vías: sin trenes, en los campos: sin piedras, sin ríos, vacíos, las playas: sin arena, las montañas: sin nieve, los aeropuertos, los aparcamientos, los carritos de la compra, las piscinas, los columpios, las tiendas de c-campaña, los nidos, los pozos, los timbres, la-las canastas, los, l-los, la, las, l-,... Bah, a la porra, no vale la pena.

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-Joven: (a su perro) Tú sí que eres un buen amigo... (se ve al joven en esqueleto, como en una radiografía) -Joven: Aunque, a veces me miras de una forma que...

El borra-pisos

Gran parte de la vida del señor De Castroligo sigue siendo un completo misterio, ni se espera lograr aclararlo en sus principales enigmas, ya que lo poco que sí se ha logrado dilucidar sobre dicha persona elimina toda esperanza al respecto.

Lo que sabemos de su vida es lo que sigue: Nacido de familia humilde, tuvo una educación normal, sin destacar especialmente en nada. Llevó una vida sencilla y ordenada hasta que se trasladó a la ciudad, momento en el que comienzan las lagunas. Y es que, desde entonces, ya nada más se supo de él. Se perdió toda pista o rastro lógico de su existencia, excepto por los documentos que llevaban su firma estampada y que tantos problemas desencadenaron luego.

No se sabe de qué vivía, nunca se le llegó a conocer ni un solo trabajo, ni un solo sueldo, ni una sola cuenta bancaria. Lo cual nos lleva al principal enigma que trae de cabeza a todo aquel que intenta estudiar el asunto, que consiste en averiguar de dónde demonios sacó las cantidades astronómicas de dinero que luego utilizaría para lo que todos sabemos.

Pero será mejor no anticiparse al relato de los hechos, antes conviene recordar el contexto en que su inquietante proyecto comenzó a manifestarse.

Por aquel entonces la burbuja inmobiliaria había ya estallado y muchas empresas del sector tenían serios problemas para seguir subsistiendo. Ahí fue donde apareció su firma por primera vez, ya que, insistimos, en persona nunca más fue visto.

De este modo fue adquiriendo bastantes de esas empresas constructoras. Lo curioso del caso era el uso que les daba una vez en su poder, pues las utilizaba para tareas de demolición, ya que, al mismo tiempo, se dedicaba a ir comprando edificios enteros (reubicando a sus inquilinos) para luego derrumbarlos, desmantelarlos por completo.

Tarea en la que se afanaban con esmero los peones, imaginando que luego levantarían en su lugar otro edificio nuevo. Ingenua suposición que nunca verían llevarse a cabo. Pues las órdenes del señor De Castroligo eran claras y específicas: Derrumbar, Desescombrar, Eliminar todo rastro de intervención humana y ya está, eso era todo.

De esta forma obtenían como resultado un fragmento de tierra 'virgen', 'liberada', devuelta a la naturaleza. Pero como dicho espacio seguía estando localizado en el interior del recinto urbano se tomaban una serie de medidas especiales para preservarlo tal cual, a salvo de especuladores, usurpadores y gente de similar calaña: Se instalaba en su centro una pequeña garita siempre ocupada por un guarda (relevado a turnos) con la firme consigna de mantener vacío aquel terreno, que para mayor seguridad era rodeado con una alambrada coronada de espinos que incluso se podía electrificar si se daba el caso. Nada más se hacía con un terreno que tanto esfuerzo y dinero había costado para poder disponer de él.

Proceso que se repetía cada vez con más frecuencia y en mayor número en toda la ciudad, al mismo tiempo que la edificación de nuevos edificios se iba volviendo cada vez más cara e inviable; Pues, como se supo más adelante, el señor De Castroligo también se dedicaba a adquirir las empresas suministradoras de útiles y materiales para la construcción, transformándolas luego en plantas de reciclaje de escombros y cosas así.

Con lo cual la ciudad comenzó a sufrir importantes cambios de forma paulatina e inexorable, empezaron a proliferar esos espacios vacíos, que daban un aire extraño al conjunto, a la vez que lo aligeraban de una forma que no desagradaba del todo a los urbanitas. Aunque esa sensación de amplitud podía ser un poco engañosa pues la realidad era que cada vez resultaba más difícil encontrar vivienda en la ciudad, a lo que se debe añadir la merma de servicios y puestos de trabajo que lógicamente desaparecían con los edificios que el señor De Castroligo tenía a bien de suprimir.

Cosas todas estas que podían haber generado muchas tensiones y problemas, de no ser porque todas las personas afectadas por dichos cambios eran automáticamente reubicadas o recontratadas. Muchas de ellas por empresas de demolición, sector en claro auge y expansión por aquellos días. Así, lentamente, la proporción masa-densidad de la ciudad iba desplazándose, despejándose, disolviéndose, volviéndose un reflejo fantasmal de lo que hasta hace poco había sido.

Pero ya va siendo hora de explicar la forma y los términos en que se realizaba la adquisición de los habitáculos (o 'habita-culos', como dicen los de allende) a sus respectivos y legítimos dueños. Primero de todo destacar que la oferta que recibían de parte del señor De Castroligo era sumamente generosa en cuantía, sobre todo teniendo en cuenta la tremenda devaluación que sufría el entorno inmobiliario. Además, aquella oferta se veía incrementada al ser principalmente sus receptores gente más bien apurada, los hipotecados (o sea, casi todo el mundo).

Aunque, dicha oferta tenía también una serie de condiciones muy especiales, a saber: La suma sólo sería entregada si el firmante aceptaba trasladarse a un pueblo x, que siempre quedaba considerablemente alejado del núcleo urbano (y a menudo con escasas vías de comunicación) y allí asistía a la Escuela de Ruralización (centros implantados y desarrollados, cómo no, por el señor De Castroligo) donde los asistentes aprendían todo lo necesario para poder llevar una vida satisfactoria a través del aprovechamiento sostenible y equilibrado de los recursos naturales en aquel lugar disponibles.

O sea que, en resumidas cuentas, la persona que vendía así su piso era inmediatamente trasladada a un entorno rural donde se le facilitaba la adaptación y los medios de subsistencia a cambio de lo cual adquiría el compromiso de no regresar jamás a la ciudad, bajo ningún concepto. Condición para cuya satisfacción, cumplimiento y garantía el señor De Castroligo se hizo con el control de los accesos de la urbe, limitándolos al mínimo imprescindible, medida que más bien le sirvió para evitar el asentamiento de nuevas gentes, pues a los expropiados nada les quedaba ya en aquel sitio por lo que regresar a él.

Si bien es cierto que hay algunos puntos oscuros respecto al destino de los que se resistían a vender o aceptar dicho acuerdo, nunca se pudo hallar la más mínima prueba incriminatoria de nada y para cuando la lenta justicia quiso tomar cartas en el asunto ya no había nada ni nadie sobre quien aplicarla, además de que el señor De Castroligo ponía mucho cuidado en la prevención y en la rauda resolución de las denuncias, solventando todo pequeño conflicto que pudiera surgir con suma generosidad y tacto.

De esta forma la ciudad se fue vaciando, cada vez con más facilidad, casi por sí misma, ya que la falta de perspectivas de futuro y alicientes de ocio hacían que perdiera todo su atractivo, por lo que la gente migraba hacia horizontes más prometedores. Con lo que aquel ambicioso proyecto pudo proseguir en su desarrollo hasta alcanzar el completo desmantelamiento de la ciudad y su entorno industrial, hecho lo cual se procedió a plantar un bosque en el espacio de este modo 'recuperado', igualmente protegido y mantenido por el número adecuado de guardas y guardias.

A partir de ese punto la historia adquiere tintes de leyenda, pero aun así no deja de tener datos o aspectos curiosos que la hacen digna de consideración; Pues, se dice que, tras tan magna obra el señor De Castroligo había ya agotado toda su misteriosa fortuna y energía y que ya nada más le quedaba por hacer en esta vida sino esperar la muerte. Pero que, algunas personas interesadas, impresionadas por su ejemplo, se las apañaron para encontrarle y obtener el secreto con el que continuar por su cuenta con la prosecución de su obra, aplicándola a otras ciudades.

Incluso se habla de una organización extendida a nivel mundial que se estaría preparando para ejecutar de forma coordinada y certera el ambicioso proyecto, que supondría la completa desaparición de las ciudades y el regreso a la vida sencilla y equilibrada de los pequeños núcleos rurales.

Otras voces apuntan a teorías aún más peregrinas que casi no merecen ni ser consignadas, como la que dice que el señor De Castroligo había muerto hace muchos años y que se servía de una médium para seguir firmando los documentos necesarios.

O la teoría de que en realidad nunca había existido tal señor, sino que era un nombre inventado a través del que actuaban una asociación de gentes poderosas con turbias e ignotas intenciones.

Sea como sea, el caso es que la gente en realidad nunca llegó a saber nada de tal persona y ni siquiera su nombre se hizo conocido, pues el ingenio colectivo supo asignarle un nombre mucho más descriptivo y acertado, con el que todavía hoy se asusta a los niños cuando no se portan bien: El borra-pisos.

fig. a

(un icono con forma de paraguas) debajo pone: 'PIJAMA'