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11 de junio de 2016

el monarca de los insurrectos

Un monarca es aquel que asume una autoridad sobre sus súbditos.
Un insurrecto es aquel que rechaza toda autoridad de terceros sobre sí.
Entonces, un monarca de los insurrectos es el colmo de la estupidez.

El circo de los parásitos siempre juega a disimular y disfrazar su rapiña. Y ya el súmmum es cuando se colocan la careta de libertadores.

Aceptar esa impostura es doblemente insensato. La población que se traga la cantinela adulterada, tira por la borda los ideales verdaderos. Mejor dicho, pierde el contacto con ellos.
Los ideales son indestructibles. Se trata pues de saber adoptarlos interiormente.

Abrazar mentiras maquilladas no es lo mismo que abrazar la verdad, y las consecuencias y el resultado tampoco son iguales, ni mucho menos.

A estas alturas, deberíamos estar más que entrenados y avezados en distinguir y reconocer lo verdadero de lo falso.
Pero poco se nota.
Los parásitos se lo curran a tope, emulan descaradamente el discurso sono-verosímil y sonríen más amplia y alicatadamente que nunca.  

Resulta patético y lamentable que la sociedad decida caer una y otra vez en el engaño.

Todas las promesas de los aspirantes al poder son tramposas, siempre lo han sido y siempre lo serán.
Van cocinando sus argumentarios para copar su porción del pastel. Y si hay que bailar con quien sea, pues venga, todo con tal de pillar cacho. Hoy te digo fea y mañana guapa, lo que convenga.

Los mercenarios es lo que tiene, que son mercenarios.

Ni todas las garantías de honra y dignidad personal pueden avalar ningún planteamiento que prosiga con la estafa intrínseca del pseudo-democrático sistema delegativo-representativo.

Pongamos un ejemplo: Pongamos que estamos esclavizados bajo la tiranía de una secta satánica. Y llega un menda autoproclamándose "mesías" y dice: Hacedme el jefazo y no habrá más capataces que os aticen con el látigo.

Grotesco, como poco.

Está clara la falacia. Con el pretexto del cambio, el impostor está perpetuando la estructura de mando. Y llegado a ese punto, puede permitirse el lujo de jugar con la opinión pública. Maquillar la situación, modificar lo irrelevante, sembrar polémica y discordia, engañar y enfrentar a las masas, confundir y distraer, mientras por otro lado usurpa y dispone todo para su capricho y beneficio.

Un verdadero mesías nunca toma el mando sobre terceros. Porque ese no es el camino. La libertad requiere responsabilidad y compromiso vivos, en el corazón de cada hermano.
A falta de esto, poca concordia puede haber y no queda sino predicar con el ejemplo.

Quien crea factible o justificable implantar forzosamente una conciencia más elevada, se engaña de la peor manera.

El amor no se instaura a puñetazos.
La paz no se establece mediante la guerra.
  
El farsante que se dice capaz de extirpar el abuso por las bravas, apunta maneras de matasanos. Seguro que cualquier irresponsable sabría atajar o despedazar lo más grueso y evidente, desplazando el problema a otra parte, desencadenando mayores dificultades o, peor todavía, desmantelando irremisiblemente la poca cordialidad que queda.  

A fin de cuentas, nada hay más gratuito que jugar con la vida de terceros. La gracia del cetro es esta, disponer de los siervos a voluntad. Y quien sufra que se aguante.

Los dolientes siempre van a buscar reparación y consuelo. Pero reverenciando falsos ídolos, no solo no mejoran sino que añaden a su tortura el expolio y latrocinio que ellos mismos han propiciado.

Es la mentalidad de esclavo la que hace al esclavo ser esclavo.

Por eso los falsos adalides siguen sacando provecho. Porque la mentira parece más dulce y bonita que la verdad. La verdad exige una madurez y responsabilidad personal importante, cosa que la gran mayoría ni quiere ni desea asumir.

Es mejor sufrir y quejarse.
Es más cómodo y entretenido tener caras visibles a las que despreciar y sobre las que descargarse.

Pero el precio de esto es atroz, degradante y dañino hasta extremos suicidas. Ya que el robo, la destrucción y el sufrimiento continúan y empeoran.

La degeneración colectiva es creciente. Cuanto más se avanza por el camino de la deshumanización, más torturador y pesadillesco se vuelve todo.

El sistema establecido es totalmente favorable para la persistencia de la estafa. Ya se cuidan muy mucho de que así sea.
Pero el sistema no es un ente ajeno, lo constituye el conjunto de la población, con cada una de sus acciones y decisiones.

Así que, el cambio consiste en despertar y plantearse la vida de otra manera. La dignidad se recobra al recuperar los principios, ideales y valores que nos hacen íntegros y leales. Humanos, conscientes, responsables y comprometidos. Hermanados en el amor, el respeto y el cuidado de la vida, a todos los niveles y escalas.

Trocar ideales por líderes es un error fatal.
El deber es intransferible, y al diablo le encanta convencer de lo contrario.

La perversión de los ideales tiene consecuencias monstruosas. Cuando el ser humano se desprende de la bondad, es capaz del peor infierno, como bien podemos ver.

El capitalismo exacerba el egoísmo y la codicia, que llevan a la competición y al saqueo, que siembran la desigualdad y la precariedad, que conducen al desquiciamiento y al sincriterio, que empujan a la alienación y al caos, en espiral abominable y demente.

Mientras la vileza rija en los corazones, no habrá curación ni remedio para nada, no habrá solución ni salvación.

Los ideales son cruciales, porque en ellos es donde nace el consenso, donde se da el encuentro.
Habrá quien crea que los ideales pueden ser muy dispares, pero esa diversidad es circunstancial. Hay que llegar más hondo para alcanzar verdades universales, realmente esenciales y conciliadoras.
A la postre, solo hay dos caminos: El bien o el mal.
Y los valores de cada uno son evidentes y opuestos.

El hombre íntegro asume la paz, amor y justicia, como eje sagrado.
De ahí la norma: Ama a tu prójimo como a ti mismo.

A partir de lo cual, la manera de organizarse y estructurarse es mediante democracia participativa directa, para administrarse económicamente mediante moneda controlada y solidaria, todo ello perfectamente imbricado e intrampeable, como ya dije, digo y diré. Solo de un modo semejante se puede ser realmente libres y soberanos, integrados y equilibrados, sostenibles y salutíferos.

Toda desviación de estos principios básicos, esconde intereses inicuos y espurios. Y el pobre que preste oídos a tales cantos de sirena, pronto se verá fatalmente esquilmado, para su desdicha.
Por eso es tremendamente imprescindible que todo planteamiento de cambio responda al ideal auténtico, cosa que se evidencia en su mismo proceder y diseño.

Ninguno de los charlatanes de pacotilla que se las dan de líderes tiene ni tendrá jamás la decencia de implementar previamente la estructura funcional leal, ya que eso lo volvería completamente irrelevante y prescindible, e impediría su verdadera meta, uséase, el pillaje y desvalijamiento.

Las principales ideologías actuales son profundamente deficientes y aviesas, ya que persiguen el poder y el lucro ante todo.
Llámese comunismo, llámese anarquía, llámese liberal-capitalismo,  tienen en común una visión adulterada y egoísta de la libertad: Libertad sin fraternidad.

Toda vez que defienden estructuras centralizadas y verticales de organización, dejan muy a las claras su idea de la sociedad como res explotable.
Hacen de la democracia una parodia insultante, inaceptable.
Reducen el consenso a un nivel primario y rudimentario, que denota una concepción burda y simplista de la vida.

Bien es cierto que la anarquía no es tan así, pero su problema es que prescinde de toda estructura, lo cual sigue permitiendo el abuso y supone un retroceso. Para el caso es como volver al analfabetismo, pensando que eso acabará con la mentira.

De ninguna de las maneras el ser humano va a poder eludir su deber y responsabilidad si de verdad quiere crecer y madurar, cosa que implica una clara y decidida conciencia de comunión.

Sin fraternidad, se desprecia al prójimo y se entiende la existencia en términos depredatorios.

Si algo brilla por su ausencia en los sin conciencia, es la ecología y espiritualidad, la comunidad convivencial, la convivencia comunal, el amor y gratitud a la vida, el respeto y mesura, la paz y armonía.

Materialismo, egoísmo y ateísmo van de la mano.
Quien desecha un elevado ideal y compromiso para con la existencia, no puede obtener mas que su justa penitencia.

Las altas virtudes no caen del cielo por arte de magia, hay un trabajo interior que hacer para comprender y adoptar los ideales adecuados.
Sobre todo en este sistema pérfido y perverso, que troquela y deforma al ser, amputando y asfixiando su humanidad. La reflexión es crucial para deshacer toda esa carga de falsedad tóxica inculcada.

Quien adopta reduccionismos aislacionistas, está dando prueba de su mísera miseria miserable. Esto se evidencia claramente en su vocabulario, ya que lo centran todo en la "propiedad privada" y destierran casi por completo la noción de "bien común". Lamentable desequilibrio de consecuencias nefastas.

El egoísmo es cortoplacista por definición.
Lo fácil es mercadear sin miramientos.
Lo comprometido es interactuar mediante protocolos seriamente establecidos para velar por una correcta solidaridad y sostenibilidad positiva para todo y todos.

De ahí la importancia total de los ideales, pues son la piedra angular sobre la que se sustenta nuestro futuro y porvenir.
Aquí no cabe la impostura.
Quien no tiene verdadera fraternidad, no va a jugar limpio, por más que pretenda aparentarlo. No va a apostar sinceramente por el camino solidario.  

Por eso, se trata de establecer un marco amparador y empoderador de la virtud, justo y bueno, salvo y sano, radiante y sublime, en el que realizarse en plena dicha impecable y responsable. Que deje de recompensar el abuso, que imposibilite el estrago, que extinga la ruindad.

Gesto a gesto, pasito a pasito.
Y que el tiempo dicte su veredicto.

La conciencia de cada cual, determina la manera en que interactúa con la vida, y esto dará lugar a un mayor y mejor consenso, sustentado en la verdad. O seguirá reforzando la opresión y tortura imperantes, por pasividad y desidia.

Así que, dar inicio a un cambio positivo, implica apoyarse en principios más que sólidos: Infalibles, ineludibles, inviolables.
Transparencia y veracidad al máximo.
Para lo cual ya he escrito otros ensayos, esbozando su posible realización.

No quiero abundar de nuevo en ello.
Solo recalcar lo lejos que queda todo esto de las zafias promesas de los trepas vendetrolas de turno.

Es hora de abrir los ojos.
Para no comprar ya más engañifas torticeras.
Para no encumbrar más hipócritas pseudo-redentores.
Para no coronar a un nuevo monarca de los insurrectos, pues sonroja a la inteligencia más elemental, semejante fraude y trasunto.