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11 de marzo de 2017

respuesta a la locura

En estos días, estamos presenciando una polémica suscitada en torno a un tema que merece ser estudiado con seriedad.
Es muy de agradecer que surja esta cuestión, para que la población se dé la oportunidad de examinarla verdaderamente.
Pero es muy penoso ver la reacción del discurso imperante, que hace gala de descarada intolerancia y manipulación.

Básicamente, la cosa va de si es buena o mala la automutilación corporal.
Pero eso no es más que la superficie del problema, en el fondo se quiere hacer pasar por lícita y legítima una actitud y filosofía de vida egoísta y ajena a la naturaleza.

La sociedad actual, ha adoptado una cultura muy desconectada de la vida. Su noción de la realidad está gravemente mermada y distorsionada, cosa que se traduce en unos valores y en unos ideales de lo más deficientes y perniciosos.

En nombre de la libertad, pretenden anular todo sentido del bien y del mal.
Esta es la clave de todo el asunto.
El mal quiere borrar los límites, para poder medrar a sus anchas.
Porque, cuando la sociedad se atiene a un código moral íntegro y veraz, el mal no tiene posibilidad ni cabida. 

La libertad individual es evidente.
Cualquier destalentado, puede amputarse un brazo si ese es su capricho y deseo.
Lo que resulta absolutamente inadmisible es que encima se pretenda que la sociedad califique esa acción como positiva y saludable.

Aceptar la mentira, implica ir a la ruina.
Cada política contraria a la vida, es una venda que el mal coloca en los ojos de quien adopta tal camelo.

Es importante comprender nuestra responsabilidad, para permanecer fieles a los valores auténticamente vitales.
La humanidad tiene el potencial de convertir su existencia en un paraíso o en un infierno.
Y esto se determina con cada una de nuestras elecciones y acciones.

Los que llevan la batuta se dedican a sembrar confusión, para conducir a la perdición a cuantos más incautos mejor.
Cual jardineros, con sus ingenierías, ideologías y financiaciones, van podando y modelando la mentalidad y el comportamiento colectivo.
Y en sus tajos, injertos y remiendos se trasluce su pérfida malignidad.

Quieren hacer del ser humano una criatura ínfima y servil.
Fácilmente extenuable, exprimible y desechable.
Con esta intención y propósito, la frivolidad y el egoísmo son incentivados.
En este mundo desquiciado y demente, la ignorancia se paga muy cara. Bailar al son de las modas, lleva al abismo.

La mentira se disfraza para parecer aceptable y deseable, pero lo que esconde es hiel y brea. Veneno diseñado para degenerar, degradar, devaluar y desgraciar.

Los estafadores solo enseñan la cara llamativa, la apariencia maquillada, pero hay que conocer el fondo, el cuadro completo, para considerar plenamente las repercusiones y las consecuencias de la postura antibiológica que proponen y promocionan.

La naturaleza es la gran maestra de la vida.
Rechazar el orden inherente, es atentar contra el ecosistema.
Y a un nivel más profundo: Repudiar a Dios, es aliarse con el mal.

El mal odia la verdad, porque la verdad acaba con el mal.
El egoísmo, persiste mientras el individuo se niega a percibir lo sagrado.
Solo el que mantiene los ojos cerrados, vive en la ceguera.

Como siempre, la conciencia es la clave.

La conciencia es el fruto de nuestra atención y percepción.
El egoísta solo se oye a sí mismo, por eso su inteligencia tiene muy corto alcance. Esta limitada captación de la realidad, se traduce en conflicto constante con todo y todos.
El egoísta carece de empatía, así que su experiencia es siempre egocéntrica y autorreferenciada.
Ofuscado, va chocando con cada cosa, y a cada cosa con la que choca le pone la etiqueta de 'mala'.

Así pues, cuanto más egoísta es la persona, mayor es la paranoia que le envuelve.
Quien se aliena de los valores esenciales, vive atrapado en una pesadilla hostil, en la que es víctima sufriente, pues todo le sobrepasa.
Todo esto, consecuencia de su inmadurez y de sus decisiones egoístas y equivocadas.

Una persona así, está traumada.
Cualquier anomalía que contenga el cuerpo o la psique de esta persona, será exacerbada y potenciada por esa situación de irritación y alteración.
La enfermedad, va alternando fases de crisis aguda y de latente reposo.
Una persona sin conciencia, se comporta de manera irresponsable en ambas fases. Elude la reflexión profunda y el esfuerzo cognitivo, así que no aprende ni comprende, y así se perpetúa en su patología.

Quien huye del crecimiento verdadero, opta por el autoengaño.
Ese camino cuesta abajo, se hace infernalmente dañino y destructivo.

Lo peor que se puede hacer en esta vida es no ser consciente, porque entonces uno está perdido y predispuesto a sucumbir a las alternativas más lesivas, que se presentan como las únicas buenas, cuando la realidad es bien otra: Ni son las únicas ni son buenas.

El egoísmo nunca quiere reconocer su inmadurez.
Para no contagiarse de esa insensatez, conviene conocer bien las consecuencias de dicha manía alienante, con el ejemplo más crudo y directo: http://entra-por-los-ojos.blogspot.com/2017/03/the-swedish-theory-of-love.html

A esa atroz deshumanización invitan los impostores.
A abrazar una farsa que aumenta y empeora la desnaturalización.
Cosa que le interesa muy mucho al mal, pues quiere un ser humano no apto para la supervivencia por sí solo. O sea, que dependa completamente del mal, para poder jugar a su antojo con ese títere pelele, hasta aburrirse y tirarlo a la basura.

El mal busca el mayor escarnio, por eso persigue mancillar lo más sagrado.
Presume y se refocila en su afrenta, en su pretendida suplantación del de arriba, que no pasa de mofa y parodia.
Para el caso, se trata de una mosca sacándole la lengua al Sol.

Pero mucho cuidado, el mal no es inocuo aquí abajo.
Siempre quiere llevar su ultraje lo más lejos posible.
Cuanto más consiga extraviar y deconstruir a las personas, mejor.
Se aprovecha de los descarriados, los soborna y espolea con bulos zafios y espejismos baratos.

No todo lo que se puede hacer, se debe hacer.
El egoísmo carece de ética, por eso incurre en transgresiones cada vez mayores y de peores consecuencias.
La conciencia que solo se escucha a sí misma, tiene un serio problema. El sentimiento y el deseo, no siempre son motivo suficiente ni guía adecuada.

El ejemplo más claro, está en la depresión.
En la depresión puede darse un intenso deseo de morir.
La conciencia que da por bueno todo impulso íntimo, obedece a esa orden y se quita la vida.
Y esto es lo que pasa cuando la inteligencia es esclava del egoísmo, que se toman decisiones equivocadas en base a pulsiones que la persona no considera oportuno o pertinente examinar ni analizar.
Pues el egoísta se cree que su voluntad es la ley.
Y así le va.

Mientras tanto, la parada de los monstruos sigue ampliando su repertorio y galería de engendros.
Y el diablo aplaudiendo a rabiar de contento.

bi-bala virgen

Pues resulta que había un enconado conflicto de intereses entre el poder y la sociedad.
El poder quería reducir la población a toda costa, y la sociedad quería viento favorable para vivir y prosperar.
Este tira y afloja parecía no tener solución, hasta que un buen día apareció un invento que lo cambió todo.

Inesperadamente, ambas partes encontraron en aquel ingenio un camino válido para sus intereses.
El dispositivo en cuestión, consistía en una especie de chip microscópico que se implantaba junto al corazón.

La función de este chip era muy sencilla, se vinculaba con su chip gemelo, que a su vez estaba implantado en otra persona, de tal manera que, si se separaban más de cinco metros, ambos producían la muerte instantánea de sus portadores.

No hizo falta explicar nada. De golpe, la sociedad entendió cómo y por qué aquello le interesaba y convenía.
Lenta y consensuadamente, se fue diseñando el modo y la forma de aplicar y aprovechar eso.

A tales efectos, se promulgaron leyes extraordinarias.
Decidieron que todo puesto funcionarial, sería a partir de ahora vitalicio y parejil, esto es, ocupado por una pareja.
Con dos condiciones.
Cada miembro de la pareja debía llevar el chip de marras, que permanecía operativo durante el horario laboral.
Y, todavía más importante: La pareja era hasta-que-la-muerte-nos-separe. O sea, que no había opción a divorcio ni a separación.
La muerte de uno, significaba la muerte del otro.

Así que esto no era cosa de broma, para nada.
Grande era la responsabilidad, al igual que grande era la estabilidad que proporcionaba tal compromiso.

El éxito fue total.

Al principio, las muertes fueron abundantes y frecuentes.
La precipitación y las ansias, propiciaban emparejamientos endebles y efímeros, abocados a su pronta y fatídica terminación.

Poco a poco, las personas comprendieron que aquello requería auténtico cuidado y respeto.
Cada vez ponían más tiempo y esfuerzo en prepararse a fondo para permanecer fieles a su propósito y para asociarse en verdadera sintonía, y así poder disfrutar de una vida plena y dichosa.

A pesar de todo, la desproporción era inmensa: Había más aspirantes que puestos a cubrir.
Gracias a lo cual, las instituciones fueron progresivamente creciendo y ampliando su marco de acción, ramificándose hasta alcanzar todas las áreas habidas y por haber.

De pronto, la empresa privada se encontraba con un firme competidor implacable.
Muchas desaparecieron sin remedio, barridas por una fuerza que no podían asimilar ni manejar de ningún modo.
Ya que, todas las decisiones de los cuerpos funcionariales, debían ser consensuadas y refrendadas por su plantilla al completo.
Se comprenderá entonces que su prioridad era manifiestamente preservadora.

Y había otro detallito que ayudaba grandemente a esto.
Resulta que los puestos no eran fijos. Sino que cada día se repartían mediante sorteo, entre todos los funcionarios.
Así pues, la eliminación de cualquier puesto funcionarial, significaba que en el sorteo del día siguiente, alguien se iba a quedar sin sitio y a morir automáticamente por ello. 

Todo esto, tenía una tremenda capacidad de atracción que iba en aumento.
Casi toda la población anhelaba desesperadamente formar parte de dicho sistema tan compactamente organizado y estructurado, pues la recompensa era inigualable.
A sus ojos, brillaban más las ventajas que los riesgos.

Pero, claro está, no todo el mundo era tan sensato y civilizado.
Siempre hay una porción malévola que desea destruir lo que no puede alcanzar.
Así que, las instituciones debían tomar cada vez más medidas y precauciones.
Las fuerzas del orden se empleaban al máximo para defender y proteger las estructuras oficiales y a sus administradores. Labor que poco a poco se fue extendiendo hacia fuera, hasta lograr un entorno convivencial adamantino y propicio, donde los eventuales percances eran raudamente solventados y minimizados los daños.   

Convenía pues, equipar y preparar lo mejor posible a los funcionarios para desempeñar eficazmente tan cruciales tareas de salvaguardia.
Cosa a la que se dedicaba no poco seso y empeño.
El sistema sabía a la perfección que debía tener siempre de su lado a la población, o no sobreviviría. Por eso ponía absoluto cuidado en implementar políticas de desarrollo y amparo, para permanecer implicado y aliado. 

De esta manera, la sociedad participaba en las instituciones y supervisaba su correcto funcionamiento.
La continua y completa vigilancia era clave, para impedir toda falta o irregularidad operativa o procesal.
Para lo cual se utilizaba a pre-funcionarios.
Los pre-funcionarios eran ciudadanos corrientes que asumían la norma de la bi-bala, como se llamaba extraoficialmente al chip ese. Por lo tanto, para poder realizar sus labores, cada pareja de pre-funcionarios se instalaba el dispositivo aquel, y quedaba sujeta a las mismas leyes que los funcionarios. Pero con sueldo menor y con su empleo sujeto a examen. O sea, que en función de la calidad de su servicio, el pre-funcionario era más o menos solicitado, y ganaba más o menos puntos como aspirante a convertirse en funcionario.

Con todo esto, el control era cada vez mayor y mejor.
La ley y el orden imperaba en la sociedad y pocos eran los díscolos y descontentos, así como menguante su capacidad de traba o extorsión.

Aunque, cierto es, el chip también tenía sus limitaciones.
La ley de los cinco metros hacía fácil aniquilar a una pareja, simplemente impidiendo que uno de sus miembros pudiera acudir al trabajo puntualmente.
Por esto, existía una aplicación de móvil que permitía en todo momento conocer la localización de la pareja.
Además, dependiendo del alejamiento del sujeto o pareja y de la proximidad de su hora de incorporación al trabajo, se activaba un protocolo de reclutamiento. Las fuerzas del orden más cercanas, acudían y procedían al transporte del sujeto o pareja hasta su puesto de trabajo. Este servicio era luego descontado del sueldo conjunto de la pareja, al igual que sucedía con cualquier otra irregularidad o incumplimiento.

En caso de que la falta al trabajo fuese justificada o inevitable, de inmediato se bloqueaba la cuenta bancaria de la pareja y se activaba la ley de los cinco metros, prevenciones ambas que se mantenían indefinidamente, hasta que la institución viese resarcida dicha omisión del deber.

Y bueno, luego se inventaron unos nanorrobots para detectar y prevenir aún mejor cualquier amago de malevolencia y tal, pero esa es otra historia...