"Sin amor no hay libertad, sino egoísmo que es el infierno."

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30 de abril de 2022

el aplauso autodestructivo

Había una vez unas personillas muy simplonas que se creían todo lo que les decía la caja tonta.
Asique la caja tonta les metió miedo con no sé qué amenaza invisible.
Uno esperaría incredulidad y suspicacias ante semejante premisa.
Pero entre los simplones no había malpensados, pues si algo les caracterizaba era su no pensar.
Y por eso se dejaron encerrar dócilmente.
Además, la caja tonta les enseñó a aplaudir en homenaje de no sé qué supuestos héroes.
Luego la caja tonta les enseñó a pulular amordazados y separados unos de otros.
Y los simplones venga a aplaudir más y más.
Después la caja tonta los condujo a ser marcados como ganado.
Y los simplones siguieron aplaudiendo.
Luego la caja tonta les ordenó que debían prescindir de lujos por no sé qué contratiempo medioambiental.
Y más que aplaudieron los simplones.
Después la caja tonta dijo que había que apretarse el cinturón por no sé qué crisis financiera.
Y aún más arreciadamente los simplones se entregaron a aplaudir.
Luego la caja tonta anunció severos recortes por no sé qué conflicto geopolítico.
Y ya los simplones aplaudían con tales bríos, que se destrozaron totalmente las manos.
Entonces la caja tonta les comunicó la triste noticia de que no había prótesis para tanto lisiado.
Y a los simplones no les quedó más remedio que morirse en una infinita atroz agonía.

16 de julio de 2019

canelo adjunto

Cuanto más avanza el progreso tecnológico, más estúpido se vuelve el ser humano.
Por ejemplo, la aparición de los coches autoconducidos tuvo una consecuencia inesperada.
Liberados de toda obligación manejil, los pasajeros se entregaron a cualquier actividad con tal de evitar el aburrimiento.
Pero, dada la tremenda atomización de la sociedad, muchos solo se tenían a sí mismos en ese y en cualquier otro trance.
Por lo cual, las mascotas se volvieron omnipresentes, y raro quien no se agenciaba semejante primal compañía.
Así las cosas, era cuestión de tiempo que alguien hiciese la gracia de colocar su perro al volante, para fotografiarlo y compartir la estampa con sus conocidos.
La boba ocurrencia, hizo furor y se tornó moda persistente.
Las personas se embarcaron en una carrera por ver quién lograba la instantánea más auténticamente lograda.
Para lo cual, iban añadiendo cada vez más accesorios humanizadores al bicho de turno.
Tal monomanía mascotil, llevó al poder al partido animalista.
Y ya la demencia fue absoluta.
Se establecieron multitud de leyes para equiparar a los seres irracionales con los humanos.
Pero no contentos con eso, todavía fueron más lejos.
Por una supuesta cuestión de desagravio histórico o algo así, se invirtieron los papeles.
A toda mascota se le proporcionó un cuerpo robótico acoplado, que la dotaba de capacidades y extremidades humanoides.
Por su parte, los humanos fueron obligados a andar siempre desnudos y a cuatro patas.
Así pues, las calles cobraron un aspecto grotesco.
Los animales ciber-antropomorfizados parecían deidades egipcias, y los humanos, serviles y rebajados, daban patética grima en su degradada condición.
Todo humano pasó a ser mascota, sujeto a la legislación correspondiente a tal subordinado estatus.
Los cuerpos robóticos, estaban equipados con multitud de programas y protocolos para gestionar la rutina diaria del humano al cargo.
Los individuos rebeldes y desobedientes, eran reeducados mediante tirones de collar, bozal, descargas eléctricas o correctivos más severos y drásticos.
Algunos terminaban en camisa de fuerza, inmovilizados de brazos y piernas, paseados sobre una plataforma con ruedines.
Y ya el colmo fue la implantación del traductor lingüístico, pues añadía aún más escarnio a la farsa imperante.
El susodicho invento, cada vez que el animal emitía sus guau guau, miau miau, pío pío o lo que fuese, los traducía invariablemente con la misma frase.
Y para redondear el remedo, el humano estaba obligado a responder siempre con idénticos guau guau, miau miau, pío pío o lo que fuese, respuesta que también era traducida invariablemente con su propia misma frase.
Con lo cual, toda comunicación animal-humano se reducía a este diálogo:
-Calla, tonto.
-Sí, amo.

1 de febrero de 2019

era cartonera

Las personas que viven en la vergüenza, se quedan sin nombre.
Por eso los indigentes son como las cucarachas, que siempre se esconden y solo salen cuando no hay luz.
Ya hace tiempo que nadie tiene vivienda, porque se las han quedado los bancos.
Ahora todos vivimos en cajas de cartón.
Como tortugas, cada uno se cobija en su propio rectangular caparazón.
Curiosamente, las cajas disponibles son de poco volumen, el suficiente para caber una persona en posición fetal y poco más.
No hay holgura para lujos ni comodidades.
Semejante zozobra, nos ha ido mermando de a poquito.
La crisis fue la excusa perfecta para ser instalados en la más absoluta pobreza, a base de salarios de miseria y precariedad galopante.
Como caducas hojas en otoño, hemos ido cayendo mansamente en esta quiebra y ruina.
Demasiado distraídos con chanchullos y tinglados oficiales y triviales, no quisimos ver la exponencial depauperación imparable.
Aquellos que se olían el fiasco, huían para librarse de la debacle inminente, pero su escapatoria solo supuso vana prórroga efímera.
Con abundante palabrería altisonante, nos fue vendida toda progresiva deprivación de nuestros recursos y posibilidades.
Cada artera falaz enmienda, era presentada con lacito aderezada y, tontos, picábamos.
Quién le dice que no a unas providenciales ayudas auxiliadoras?
Pero lo que no veíamos tras tanta caridad y sonrisa, era que los buitres nos estaban desvalijando para mejor carroñarnos.
A nadie parecía importarle el abismo creciente que nos invalidaba, el exiguo poder adquisitivo que nos colocaba a la altura del barro.
Nadie veía embuste ni oprobio en las condiciones de esclavitud instauradas y en los precios desorbitados.
Comprados por la clientelar papilla de las dádivas, acatábamos y consentíamos.
Así, indolentemente, fuimos asumiendo mentalidad de gusano.
Pérfidamente infectados de individualismo materialista, nuestra única opción era desembocar en este callejón sin salida.
Cuando la farsa resultó en tragedia, ya solo anhelábamos desaparecer, pasar desapercibidos, a la espera de algún milagro o salvación.
Por eso las calles florecieron en locales vacíos, con carteles de se vende o se alquila, y se salpicaron de cajas de cartón disimuladamente arrinconadas por los resquicios más discretos.
Tal proliferación cartonil, poco a poco fue aumentando en número y ocupando lugares más evidentes.
Circular por la acera, resultaba un engorroso zigzaguear entre obstáculos.
Pronto, los vehículos también sufrieron los efectos de la escasez.
Cada vez eran menos los que podían permitirse el lujo de disponer de combustible para sus motorizados desplazamientos.
Esto trajo una inusitada tranquilidad vial, de nuevo podía oírse el piar de los pajarillos.
Sin embargo, esta quietud no hizo sino incrementar el amilanamiento de los encartonados, que ni hipar osaban.
Tan ínfima autoestima se debía a la penuria absoluta, y a ciertos químicos que en secreto portaban las aguas y que deprimían el organismo.
El caso es que, uno tras otro todos hemos terminado igual, tirados por los suelos y subsistiendo cual vil sabandija.
La noche es el único lapso de tregua.
Solo entonces consentimos en movernos y delatar nuestra presencia.
Pero aun así no nos desprendemos de nuestras respectivas cajas, sino que vamos con ellas a cuestas.
Imagínate el panorama.
Una multitud de erectos paralelepípedos, de los que asoman sendas piernas ambulantes y cuyos moradores quedan ocultos tras las solapas frontales.
Para ver, basta con una sencilla ranura tipo buzón, practicada a la altura de los ojos.
Esta querencia por el autoconfinamiento, se comprende cuando la vida te ha hecho fosfatina y apenas te quedan arrestos para seguir vegetando.
El sigilo es la norma predominante, somos como una cofradía de convalecientes.
Cada uno lamiendo su maltrecha moral, con la poca esperanza de sanarla.
Nadie se mete con nadie, nadie molesta a nadie.
Todos compartimos el mismo recato y pudor, el mismo quebranto y dolor.
Siendo cual susurro, con nulo ánimo de ostentación, se hace más soportable la desdicha imperante.
Esto no siempre ha sido tan llevadero, al principio hubo serios altercados.
Los que todavía no habían caído, vejaban a los despojados y perpetraban tropelías.
Verdaderos desaguisados ocasionaban.
Se divertían incendiando cajas, o aplastándolas con mobiliario urbano.
No hubo más remedio que aumentar las cautelas, vigilar el perímetro, conocer la zona y tener a mano algún cuchillo disuasorio.
Pronto la chanza devino en lamento.
Ahora todos somos igual de desgraciados, y reinan paz decente y concordia razonable.
Nos conformamos con poco.
Disponer de solecito en invierno y sombra en verano.
Manta y calma, aire y tiempo.
Sopa de albergue, resguardo para días intempestivos.
Silencio, alivio para el espíritu dolorido.
Algunos todavía albergan esperanzas de retornar a la vida pasada.
Resulta que los bancos han sellado a cal y canto todas sus viviendas.
Cada habitación ha sido rellenada con una espuma que endurece al secarse, y toda vía de acceso ha sido tapiada con hormigón armado.
La ciudad se ha convertido en un bosque macizo y yermo.
Un monumento a la ruindad.
Aquellos que nos han conducido a esta asolación, han desaparecido del mapa.
Estarán celebrando su victoria en sus refugios secretos, o royendo otros huesos que todavía tengan alguna sustancia.
El caso es que aquí ya no hay cargos, subalternos, mandatarios ni jerifaltes de ningún tipo.
Supongo que su previsión era contemplar nuestra total aniquilación.
Y al no producirse, hastiados, han volado con viento fresco.
No hay mal que por bien no venga.
En la noche, se oyen los incesantes repiqueteos de quienes bregan por reconquistar una porción de sus antiguos dominios.
Algunos, consiguen abrirse camino y van tunelando su nueva madriguera, cual oruga horadando manzana.
Al día siguiente, las calles revelan montoncitos de espuma bajo las aberturas cometidas en los edificios, cual anticipo decorativo de una incierta navidad sorpresiva.
Ilusionantes promesas de una metamorfosis perentoria y acuciante, crucial a más no poder.

1 de diciembre de 2016

moraleza

Pues había que había una guerreza genitaleza: Las almezas conchezas contra la plataneza bananeza.
Esta lucheza es coseza de las emprezas dineralezas, que quieren quedarse el planeza.
Para eso, siembrezan cizañeza y sañeza, con informaleza cenegaleza y culturaleza falseza. Y con una drogueza secreza, que da loqueza y guarreza, que ponen en gallezas y tartezas, en tintezas y en cremezas de guapeza.
Así generalezan la demencialeza y la anormaleza, y sacan reglezas y normezas que criminalezan la virileza.
Resultado: Todeza personeza masculineza, es culpableza y prisioneza, sin necesideza de denuncieza ni sentencieza.
Por ello, las cárceles están replezas. Y la puerteza de cada celdeza tiene una obertureza por la que sacar la trompeza, para la ordeñeza sementaleza semanaleza. Y el que se niegueza: En ayunezas hasta la proximeza ordeñeza.
Toda esa simienteza seminaleza, la guardezan congeladeza. Y la llaveza la tiene la lidereza, que así piloteza y capitaneza a la comunaleza, cual colmeneza.
Cadeza regioneza tiene su reineza y sus princezas, que comandezan a las monjezas, que a su vez dictezan sobre las obrezas.
Las faenezas se reparten según la edad y docileza de la obreza.
Las más chulezas y chunguezas, las más brutezas y arrabalezas, son premiadezas y hacen de jefezas golpezas, a la orden de las monjezas.
Las más coquezas y tiernezas, hacen la laboraleza, que las domeza y servicialeza.
Así cadeza jornadeza, pero por la nocheza ceseza toda leyeza, y asomeza la maleza y golfeza.
Las fresquezas liguezas, cortezan a las lindezas discrezas, y montezan juerguezas bacanalezas.
Duendezas y brujezas, dancezan y bailezan traviezas pilluezas.
Templezan y melosezan a las tontuezas pasivezas.
Burlezas y chistezas, dan paso a suavezas y dulcezas, a rocezas y lengüezas.
Trotezas y bajezas, se mixtezan cadezas y piernezas, tetezas y braguezas, boquezas y selvezas.
Rojezas y pringuezas, se montezan con durezas y chismezas. Fierezas y posezas, hasta la compleza chispeza y la lenteza manseza. Flojezas y soltezas, con la pieleza bañeza y la menteza pauseza.
Así se consuelezan, mientras sueñezan con la videza de las princezas, que la prenseza enseñeza.
Por eso, las obrezas se esfuercezan en sus laborezas, para subir de claseza, pues solo las mejorezas pueden optar a ser princezas.
A su vez, las princezas también se esmerezan, pues solo las mejorezas pueden optar a ser madrezas. Y porque las peorezas, son nombradezas monjezas.
La reineza, controleza la poblacioneza, limitando la viejeza.
Las obrezas, son eliminadezas a los 27 años.
Las monjezas, las princezas y los reos, a los 47.
Y las reinezas, a los 67.
Esto obligueza a tener un programeza de natalideza muy a medideza, para la viveza y duradeza del sistemeza.
Por eso, todas se examinezan y cuidezan su saludeza, que se publiqueza con totaleza detalleza, pues es la principaleza diferencieza para ganar en cacheza.
Las princezas madrezas, si tienen niño, van a la cárcel como carcelezas, para criarlo sumiso y reo.
Si es bebeza, siguen palaciezas, y cuando la crieza cumple 7 años, la madreza queda libreza por obligadeza, de la niñeza, que pasa a colegialeza con las monjezas.
Las princezas ex-madrezas, se vuelven senadorezas, que viajezan y hacen fiestezas, y así vigilezan y evaluezan a las demás princezas. Además, tienen derecho a un siervo recién castrado. Pero, pasadeza la fecheza de un año, deben devolverlo a la cárcel y tomar otro nuevo.
Los reos en prisioneza, hacen las funcionezas más arduezas y pesadezas. Su uniqueza esperanceza es la servidumbreza.
Las monjezas, viven con las obrezas y tienen derecho a una sierveza, que cambiezan por otreza, pasadeza una semaneza.
Las reinezas, se juntezan para rendir cuentezas con las potenciezas ocultezas, que son las que marquezan las metezas y demás futurezas.
Y así, la vileza monopoleza y clienteleza la existencieza, para su exprimideza y rastrereza.

20 de octubre de 2013

lo próximo que pienses será tu futuro

Estás ahí tan tranquilamente, te viene a la mente el estribillo de una canción, que dice que los humanos están muertos, y de pronto te encuentras en un mundo robótico donde todo es frío y automático, y ves que eres una máquina y que, efectivamente, no hay ni un humano ni medio.

Tus directrices no contemplan sentimiento ni emoción alguna, pero aun así manifiestas disconformidad con el cambio. No hay derecho a que un tonto recuerdo espontáneo se convierta en realidad así por las buenas y sin avisar. Además, que ni siquiera era propio y genuino, tan solo un residuo televisivo producto de la ociosidad.
Por todos los circuitos! Esto es una *PIIII*!

Estás ahí tan tranquilamente, viendo porno, y de pronto estás protagonizando la misma escena. Sientes en tus carnes la violencia del frenesí, ves a todo el equipo de filmación rodeándoos y haciendo lo suyo. Toma tras toma prosigue el rodaje. Pasan horas y horas y tu cuerpo está cada vez más machacado. Y todavía queda lo peor.

Termina la jornada. Regresas a tu casa, sin fuerzas para nada. Pones la tele y te ves ahí follando a lo bestia, no es muy agradable verte así, cambias de canal y lo mismo. En todos los sitios aparece alguna de las cientos de películas que has grabado y que grabarás. Luego quedas con tu pareja, que te graba con el móvil mientras folláis.

Vas por la calle y te parece que todo el mundo se dedica a lo mismo. Los ves ahí follándose y grabándose, por todas partes, sin parar, todos con todos, y no sabes si te lo estás imaginando o es real. Pero la cosa sigue y sigue todo el tiempo. Y tu rutina te parece cada vez más un infierno...

Estás ahí tan tranquilamente, relamiéndote frente a una pastelería, y de pronto ves que todo lo que te rodea está hecho de caramelos y golosinas. La acera es de chocolate, los coches de pastel, las casas de galleta, la gente de helado, y tú te pones a pegar bocados a cada cosa y por todas partes, de buena gana y con gran apetito. Comes y comes y comes y no puedes parar de puro gusto y desenfreno. Nada te cansa ni sacia.

Te llenas te llenas te llenas y sigues y sigues y sigues. Creces y te hinchas como una bola, cada vez más y más y te da absolutamente igual, todo tu interés y tu voluntad está en tu paladar. Mascas, salivas y saboreas. Eructas, babeas y gorgoteas. Tragas y muerdes y zampas, sin parar ni respirar. Tu voracidad está desatada y es irrefrenable. Y te empieza a doler la barriga espantosamente, te atraviesan unos continuos y terribles retortijones y tu culo expulsa materia fecal casi al mismo ritmo que engulles. 

Es una auténtica tortura, pero no piensas parar hasta que acabes con todo. Te preguntas si todo el planeta estará igual y cuánto tiempo te llevará...

Estás ahí tan tranquilamente, leyendo el periódico, y de pronto todo atrona, zumba y explota a tu alrededor. Es la guerra, el caos, la barbarie! Qué está pasando? Cómo se ha desatado esta violencia demencial? No te lo explicas, no te lo puedes creer, no lo quieres reconocer. Entonces, un trozo de metralla se te clava en la pierna y te dejas de monsergas. Ves las estrellas y te hace caer en la realidad ruda y cruda. Entras en modo supervivencia. Tus instintos se tensan y ya no volverás a conocer la tranquilidad.

Todo son tiros y gritos y explosiones. Por Dios, es que nadie va a pronunciar siquiera una palabra coherente? Es que se ha ido la cordura al carajo?
Una bala se te viene a alojar en el pecho y te olvidas de todo lo demás. Tu dolor es: lo peor no, lo siguiente. Pero lo más terrible de todo es que no te mueres. Ves a gente acribillada y en pie, puras pesadillas vivientes.

No no no no no no no no, no quieres estar aquí, quieres salir de aquí inmediatamente y como sea, pero parece que esa opción no existe. Maldita sea, quién es el desgraciado que ha montado este sindiós horrendo?

Nadie, no queda nadie.
El mundo gira en paz y tranquilo por primera vez desde hace mucho tiempo. Todos los humanos que lo poblaban y torturaban han ido desapareciendo hasta esfumarse por completo.

Fue una historia de lo más tonta.
Al principio nadie se daba cuenta, la cuota de desaparecidos era la acostumbrada. Pero, poco a poco, las desapariciones se fueron haciendo más evidentes, presentes, notables.

En cualquier momento y en cualquier lugar, alguien estaba y de repente ya no estaba. Como por arte de magia.

La inquietud dio paso al temor que dio paso a la alarma que llevó al terror y al pánico. Nunca se aclaró el misterio.

Unos lo atribuían al estrés, otros a embrujos y hechizos, otros al cosmos, y otros a mil y una cosas, a cual más arbitraria y peregrina.

El caso es que, los últimos en desaparecer fueron los monjes, budistas, ermitaños y gente por el estilo.
Parece que tenía algo que ver su paz interior o lo que sea.
Tal era su concentración que ni se percataron de que ya no quedaba nadie más. Y los últimos duraron la tira de años, hasta que por fin se volatilizaron y no quedó ya ni un alma sobre la tierra.

Y así la naturaleza bulle y florece de nuevo en todo su esplendor, mientras va borrando el rastro de lo que una vez fue, pasó y se acabó.

30 de junio de 2012

entre gigantes

Fue a principios de agosto.
Estábamos ahí tan tranquilos, viendo los juegos olímpicos por la tele, cuando, va y se aparece un ovni de esos en el cielo. Ahí plantado enmedio, justo encima del estadio olímpico.

Y claro, la gente flipando y alucinando. Que mira tú, que dónde se ha visto eso. A unos les dio por gritar y a echarse a correr como unos locos, y a otros venga a hacerle fotos y a grabarle con el móvil. Como si no hubieran visto nunca un ovni. Y a lo mejor era en verdad eso, pero bueno.

Pero que el ovni ese que no hacía nada de nada, que solo estaba ahí quieto parado y ya. Y mira que era grande el condenado, casi como el estadio olímpico ese o más, por ahí por ahí.

Luego ya la gente se cansó un poco, porque es verdad que cansa un montón estar ahí mirando esa cosa con la duda y el miedo, la tensión y el comecome.

Porque, son de los buenos o son de los malos?
Y cómo son? Por qué no salen ni hacen nada?

Total, que mandaron unos aviones para investigar. Y después de dar muchas vueltas, pues que algún piloto garrulo de esos pues que se puso más de nervioso y les tiró un pepinazo al ovni.

Pero nada, que no le hizo nada. Ni un rasguño.

Y así pasaron los días, todos los días de agosto con la misma mandanga. A todas horas lo mismo con las noticias, pesados que para qué con eso. Y es que además no había por dónde cogerlo además, que no había manera de explicar nada.

Miles y miles de horas de grabaciones y descripciones del exterior del ovni, que por cierto era cien por cien por cien liso y laso, tócate las narices. Ni una mala mancha, ni un bollo, ni un remache, ni una junta, ni un empalme, nada.

Quedaba casi hasta bonito y todo por la tele, tan minimalista, relajante. Le quitas el sonido y te puedes pegar un buen viaje.

Y aun así la tabarra que nos dieron los medios, fuuuuu...
Imagínate, con lo plastas que son ya de por sí los pesados,
venga ahí tertulias y debates y más y más teorías, a cual más idiota, absurda y estúpida.

Mira, estoy de los científicos catalufos hasta aquí. Ahora resulta que lo tienen que saber todo ellos, que no hay nadie que sepa más de nada que ellos. Anda que, país de pazguatos, leñe.

Lo mismo valen para un roto que para un descosido. Cuando no te están vendiendo la moto con los genes, es con los virus y si no otra cosa. Son más cansinos que los de Yartel, que ya es decir.

Y encima es que se les ve el plumero cosa mala, a una legua se les ve, que lo que buscan no es más que el prestigio y el dinero. Chupar de la borrega y vivir del cuento, como todos. Si acaso con un poco más de estilo y disimulo. Pero qué va, que no cuela. Chupópteros con clase, pero chupópteros a fin de cuentas.

Mucha gráfica y mucha jerga pero que nada, a otro bobo con ese cuento, que uno ya es perro viejo y ya no se la dan con queso. Ni por estas.

A lo que iba, que menudo hartazgo de meloncios y oportunistas. Menuda pasarela y desfile de descerebrados, brrr...

Qué manera de fastidiarnos las vacaciones a todos. Total que, luego llegó septiembre, la vuelta al curro, la consabida depre y los dichosos coleccionables. En fin, lo de siempre.

Y en una de estas, el día menos pensado, el once me parece que fue, va y se abre una compuerta del ovni ese, que casi nos habíamos olvidado de él y todo, y empiezan a salir venga y venga ahí extraterrestres sin parar todo el rato. Que ni te lo creerías la de esos que salieron. Si casi parece hasta mentira y todo que cupieran ahí todos ahí metidos dentro. Y eso que grande ya era ya un rato el ovni ese, como ya he dicho.

Y qué tíos los extraterrestres. De pintas eran como nosotros, pero más altos, mazo de más altos.
El que menos, mediría sus buenos dos metros y medio, y el que más, llegaría hasta cuatro y pico, conque fíjate, menudos gigantes los notas.

Y que no hablaban nada de nada, ni jota. No decían ni mú. No abrían la boca ni por equivocación, que vamos que nunca, que no.
Así que no se sabía qué idioma hablarían, ni si nos entendían o no.
Pero a mí me da que sí, porque tontos no parecían, no.

Otra cosa rara es que tampoco se les notaba que respiraran. Además, que los agujeros de la nariz casi ni se les veían, y con los oídos lo mismo. Y encima que flotaban y atravesaban todo como si fueran fantasmas, pero luego los tocabas y eran de carne y hueso, así que fíjate qué cosa más rara. Total que bueno, bien mirado, no eran tan parecidos como parecían, porque ya me dirás tú, qué movidas marcianas son esas y de dónde han salido estos figuras.

Y además, que iban a su bola todo el rato.
Se fueron repartiendo como les daba la gana, y a lo que te quieres dar cuenta, pues que había uno de cada en cada familia como poco.
Y tan pronto se quedaba uno como otro, que les daba igual y que no paraban de ir de aquí para allá todo el rato. Libres, sin ataduras, a sus anchas.

Y a ver quién es el guapo que les dice que no. Si no había manera de controlarlos, ni dominarlos ni nada. Porque ya lo creo que se hicieron mogollón de intentos, desesperados intentos, de acabar con ellos. O al menos encontrarles algún punto débil, que sirviera para frenarlos un poco al menos.
Pero qué va, nada. No había manera, no había por dónde pillarlos, tú. Así que nada, que eran invulnerables a todo lo habido y por haber, los tíos. Y mira que se probaron cosas raras raras, casi hasta ridículas de contar y todo, así que me las voy a saltar, jeje.

Y ellos a lo que se dedicaban era a supervisarnos a nosotros, todo lo que hacíamos y tal. Se ve que les gustaba o motivaba eso, o no sé.
Total, que ahí los tenías, todo el rato encima y al tanto para intervenir a la mínima de cambio.

Que discutíamos, nos hacían poner paz.
Que fallábamos en algo, nos lo hacían ver y reparar.
Y qué jodido era eso al principio, sobre todo para los más indómitos y rebeldes. Cuanto más grande la hacías, peor. Porque luego no te librabas de deshacer el estropicio, ni loco, ni de broma, ni en sueños. No se escapaba nadie, así que, a la fuerza, aprendías, qué remedio. Algunos por la vía dura y amarga, y otros ya más rapidito si eso.

Y todo sin palabras. Te lo hacían ver las cosas a base de gestos y contactos y tal. Más o menos amables o intimidatorios según reaccionaras. Porque es que no se cortaban ni un pelo, no tenían ni el más mínimo asomo de piedad ni sentimientos.
Les daba igual que en una rabieta te lesionaras o mutilaras, voluntaria o accidentalmente, ligera o gravemente.

Ellos no actuaban, no interferían. Esperaban. Y si salías de esa, bien y si no, pues también, se iban con otro y tan panchos, como si nada.
Su filosofía no era hacer por ti lo que a ti te era debido hacer, eso estaba clarísimo estaba.

Todo su afán era no dejar pasar ni una.
Eran la policía más incansable y eficaz que se ha visto ni se verá.

Te pillaban siempre in flagranti, tanto si los tenías delante como si no. Era como si lo pudieran verlo todo, a través de las paredes, incluso en tu propio pensamiento. Acongojante, por decirlo en plan así a lo fino.

Y eran bastante imaginativos para hacerte aprender lo que les interesaba. Te cogían ahí del cuello y te llevaban donde fuera que quisieran y te hacían hacer las cosas más extrañas o impensables. Que tú te extrañabas, porque, qué tiene esto que ver conmigo?
El caso es que luego, pasado el tiempo, a lo mejor te dabas cuenta y entendías el sentido de eso, la intención, la lección. Y molaba.

Y en eso sí que se notaba que eran un pasote de listos los tíos.
Sublimes, brillantes, versátiles. Raudos, infalibles, insuperables. Insondables, inefables, sabios como nada en este mundo.

Era casi hasta inspirador y admirable, a la que le pillabas el truco y te fijabas. Esa capacidad de respuesta en todo momento, esa genial espontaneidad, o espontánea genialidad, esa fluida inteligencia, flexible, cambiante, adaptable, esos recursos infinitos, etc.

El más bello espectáculo, el mejor festival, el ejemplo más inspirador y revelador. Grandiosos.

Era normal que, al poco, los que captaban esto quedaran totalmente admirados, prendidos, prendados, prendidados como dicen los de allende, y entregados, arrebatados, arrebolados...

Pero me estoy anticipando un poco de más de la cuenta me parece. Por dónde iba? Ah sí:

Te cogían por el cuello y te obligaban a que encararas tu tarea o deber asignado.
Te conducían gentil, levemente, si respondías bien a sus requerimientos. Pero no dudaban en forzarte terriblemente como te hicieras el tonto o te rebotaras.

Resistirse era mala idea, muy mala idea. Y reaccionar violentamente peor aún, pues tenían la habilidad de volver tu furia en tu contra. Con lo cual el que salía perdiendo siempre era el mismo. Y ni se despeinaban los tíos.

Nunca perdían la paciencia. Sabían ser firmes y constantes hasta salirse con la suya. La única escapatoria era el suicidio y quien no se percataba de esto terminaba de manera bastante horrible, espantosa y lamentable.

No por lo que hicieran ellos directamente, sino porque era como estrellarte contra un arrecife de rocas. Y esto no por su altura, sino por la misma razón, fuera cual fuese, por la que eran invulnerables. Era como si las leyes de la física no fueran con ellos, o todo lo contrario, que las tuvieran a su entera disposición. Flipa.

La verdad es que tenían poder de sobras para aplastarte como a un mosquito. De haberlo querido, podían haber impuesto un reinado del terror sin el menor inconveniente. Por suerte no fue así, por suerte.

Eran muy conscientes en todo momento del dolor que podían infringirte y que podías soportar sin daños irreversibles. Y por lo común se ceñían a estos límites, que solo traspasaban si no había más remedio, y no por iniciativa suya.

No había pues por su parte abuso gratuito, ni un mal gesto, ni nada de eso. Implacables, inmisericordes, inagotables, una y mil veces te corregían hasta que recapacitabas, cedías y hacías lo que era debido.

Muchos humanos no lo llevaban nada bien esto al principio. Pero eso duró bien poco, porque, o aprendías o cavabas tu propia tumba.
Total que, los no-aptos desaparecieron del mapa en un abrir y cerrar de ojos. Expeditivos. Se llevaban a su ruina antes de que diera tiempo a nada. Y luego nos tocaba a nosotros enterrar sus cuerpos. Así que eso te hablaba muy a las claras de lo que te podías esperar como no te entonaras con el son que ellos marcaban.

Los tíos estos, los extraterrestres, se lo tenían bien montado pero bien, sobre todo por la enorme diferencia que nos separaba. Es que no podíamos ni hacerles ni sombra ni nada.

Para mí que hasta lo del ovni ese era más teatrillo más que otra cosa. Porque es que esta gente para qué van a necesitar algo así. Si es que se ve que estos lo pueden todo, sin necesidad ni depender de nada. Sin máquinas, sin energía, sin alimentos, sin nada de nada.

No son de este mundo. Hasta tal punto que ni podemos ni imaginar ni concebir. No nos llega, no nos alcanza. No somos capaces de tener ni el más leve atisbo ni indicio ni barrunto ni vislumbre sobre su origen, su naturaleza, su interior ni nada de eso.

Comparados a nosotros son como dioses. Al menos yo es que es lo más parecido que he visto nunca. Y no se me ocurre nada que le haga más justicia a esa palabra que estos tíos. Hasta un extremo increíble, insólito, insoportable. Que da vértigo y te estremece de solo pensarlo.

Total, que ahora ya no tenemos ningún problema. Se ha terminado ya todo. Ya no hay crisis, ni guerras, ni robos, ni engaños, ni crímenes ni abusos ni asesinatos, ni nada de nada.

Todo es paz y armonía.
La gente crece y florece maravillosamente.
Las artes prosperan abundante y hermosamente.
La vida brilla radiante, generosa y esplendorosa, como nunca antes vio la humanidad.

Y a todo esto, que me acuerdo un montón de un perro de mí que tenía. Porque ahora ya yo sé lo que es vivir entre gigantes. Y menos mal que son buenos amos...

31 de marzo de 2012

el ataque de las auroras boreales salvajes

Cuando se fundieron del todo los plomos, digo... los polos, pasó una cosa que nadie se podía esperar, empezaron a haber cada vez más auroras boreales y cada vez más lejos de donde solían estar.

Al principio era hasta curioso de ver, porque las auroras son bonitas un rato grande. Silenciosas, ondulantes, con esa belleza fantasmal y hechizante. Claro, que luego el cielo ya estaba un poco recargado con tantas auroras, porque es que cada vez habían más y más y no se iban para nada, ni de noche ni de día.

Total, que salió un sabio, un científico o algo así y explicó que eso pasaba porque la tierra era hueca y que dentro se acumulaba un aire especial, diferente. Una especie de plasma flotante, electrificado y luminiscente.

Que es lo que llamamos las auroras de esas.

Porque resulta que antes, cuando estaban los polos, pues que hacían un poco de tapón y solo se escapaba algún chorrillo del vaporcillo intraterrestre ese. Pero, ahora que nada lo frena ni retiene, pues que se está saliendo pero bien. Vamos, que menuda la hemos liao.

Por si no fuera poco con los problemas del aumento del nivel del mar y tal.

Bueno, el caso es que muy pronto las auroras cubrían y llenaban todo el cielo al completo. Y hacían un poco de pantalla, así que el sol ya no llegaba igual que antes, era como si estuviera nublao siempre. Y para colmo que por la noche seguían brillando las condenadas, así que ya no había oscuridad como antes, con lo que casi ni se notaba diferencia entre el día y la noche. Además, que todo se veía como teñido de verde. Era bastante raro, como estar en un sueño o en una peli mala de marcianos y tal.

Claro, que la rematadera ya era que las dichosas esas soltaban mogollón de rayos y no había más nubes ni lluvia ni nada, solo ellas ahí todo el rato y se acabó.

Y los rayos que lanzaban eran chungos porque no eran rayos normales. Enseguida los bautizaron como rayos de la muerte, conque fíjate.

Porque resulta que no hacían ruido ni quemaban, traspasaban todo lo que se les ponía por delante como si tal cosa, como si nada.

Y si te cae un rayo de esos te mueres, pero no en el acto. A los que les daba, luego explicaban que era como un chute al máximo de felicidad y cosquillitas todo por dentro, y que el corazón se paraba al instante, pero sin dolor ni nada. Los tíos seguían andando y hablando, como medio lelos o medio idos, y aguantaban así algunos minutos o, los menos, aun casi horas y todo.

Poco a poco se iban amodorrando, hasta que se dormían placenteramente en cualquier lado y ya no despertaban más.

Y así fue que pasó que se terminó la vida, porque no se libró ni uno ni medio. No se escapó ni el tito, pa que veas.

Qué, cómo se te queda el cuerpo.
Pues eso.

10 de marzo de 2012

paz en la tierra

Los últimos días no tendrán nada de extraordinarios, los últimos días llevan muchos días sucediendo y nadie se ha dado cuenta. O bueno, algunos sí, pero tampoco importa.

Lo único que pasará es un sutil cambio de energía. Como una nieve invisible que cae, lenta y silenciosa, y se introduce y se deposita en todo. Y ello es la paz verdadera.

Simplemente, un día te levantarás y te darás cuenta de que, poco a poco, has ido cambiando y que ahora eres más tú mismo, más en equilibrio y armonía con lo que te rodea.

El cambio llega a todas partes y se opera con increíble suavidad y delicadeza. Como la más tierna y fina llovizna que limpia y desprende la mugre acumulada por los siglos de los siglos. Y lo que queda es lo más simple, sencillo, puro, desnudo, esencial: alma, corazón, nada más.

Está aquí, presente y activo. Si te detienes lo puedes notar y escuchar. El silencio es su mensaje. La eternidad, tu certeza.

Poco a poco se hará más evidente. Más lo irán viendo y le pondrán nombre. Tratarán de explicarlo y comprenderlo. Cada uno según su gusto y manera.

Para unos será la vuelta prometida del Cristo, para otros no sé qué historias con la frecuencia de las ondas y tal. Y todos se equivocarán y todos tendrán razón.

No habrá prueba definitiva que demuestre ninguna de las teorías. Sí habrá falacias y sofismas, excusas contentantes para cada uno seguir abrazando su dogma.

Pero eso será solo al principio, luego dejará de importar.

Se escurrirán las palabras y quedará tan solo el sentimiento, continuo, universal, inevitable, inexplicable.

Ante esto, a grandes rasgos, la humanidad se dividirá en dos: Los tranquilos y los nerviosos.

Los que aceptan el cambio y los que se resisten a él.

Lo bueno es que en todo momento se mantiene y se conserva la libertad, la diversidad. Cada uno se lo tomará a su manera, a su propio ritmo y tempo.

Esto al principio acarreará no poca diversión y entretenimiento, en forma de problemas, enfrentamientos, conflictos, etc.

Los nerviosos querrán agitar a los tranquilos, los tranquilos querrán apaciguar a los nerviosos, y ninguno logrará nada de nada. Puedes aniquilar, persuadir, privar, embaucar, forzar, engañar, violentar, secuestrar, seducir, abusar, engatusar, oprimir, emponzoñar, cuanto se te enfrente y oponga, pero en nada cambia eso, ni un ápice, la marea de la que nace todo esto.

Poco a poco cada cual irá aprendiendo y comprendiendo que no vale la pena molestarse por nada ni nadie. El tejido social se desmigajará dulce y completamente.

Nacerá una nueva solidaridad, inmediata y espontánea, infantil, caprichosa, particular, irracional, como el que ve a alguien desangrándose y solo se interesa en peinarle bien el cabello.

Una suerte de amago o simulacro de sociedad, inintencionada, casual, episódica, microscópica, efímera, accidental, insignificante, flotante, errante, cambiante, evanescente, etérea, pacífica, libre, inocente, sencilla, ausente, inaprensible.

Lo que ahora nos une y parece importante dejará de parecernos tal. Entonces compartiremos otra escala de valores mucho más básica y depurada, bondadosa, relajada, permisiva, comprensiva, tolerante, contemplativa, oscilante. Inarticulada. Que se podría resumir en vivir y dejar vivir.

Muchas cosas dejarán de funcionar. Y donde primero se notará será en lo más puntero y sofisticado. La compleja precisión y coordinación en la producción y mantenimiento de las tecnologías empezará a tener fallas.

Tonterías al principio, simples detallitos, inocentes anécdotas para contar. Luego ya cosas más serias y evidentes.

Por ejemplo, se te estropea el coche, lo llevas al taller, detectan la avería, llaman a la casa para solicitar la pieza de repuesto, el responsable no se encuentra disponible, luego el inventario no está actualizado, luego el almacén no encuentra la referencia, luego producción no registra la solicitud, luego los empleados se ausentan sin avisar, luego el control de calidad no cumple su cometido, luego el transporte equivoca su destino. Y así con todo. Y así hasta el infinito.

Y eso será lo normal, porque el sentir será hondo y común. Esa tranquilidad total, ese relajo permanente, infinito, insondable, inextinguible, inagotable, en la que nada es importante ni imprescindible, en el que nada te ata ni condiciona, te impulsa ni obliga. Simplemente eres y estás en paz. Y esa dicha y esa libertad se instalan de manera permanente. Vives el presente y ya, sin metas ni objetivos. Sin más ni más.

Y tu atención danza a capricho, juguetona, azarosa, a merced de su apetito. Las calles se llenan de merodeadores. Magabuncios varagilarios, digo... vagabundos maravillados, simplemente fascinados, extasiados con cada detalle de lo que les rodea. Seres felices en sí.

Y así, será el caos más hermoso y precioso. Los pequeños accidentes cotidianos sembrarán su rastro, salpicarán bellamente el entorno. Las carreteras florecerán en colisiones. Y la gente se acercará curiosa a contemplar los brillos irisados de los cristales estallados. Pero nadie socorrerá a las víctimas, ni retirará los cadáveres, ni apartará los escombros.

Eso será la sabiduría idiota, la idiocia sabia o como quieras llamarlo, es indiferente. El respeto, la aceptación de cuanto suceda a tu alrededor o a ti mismo.

La gente morirá de hambre por simple olvido o descuido. Y no le importará en lo más mínimo. Ni siquiera el dolor angustiará ni preocupará ya. Simplemente sucederá y la persona lo experimentará con normalidad, sin mayores pretensiones ni anhelos. La serenidad y el sosiego conducirán los impulsos por sus vías naturales, orgánicamente, a la fortuna de lo eventual y los imprevistos.

No habrá hilación racional. Quieres entrar a un lugar, la puerta está cerrada. Encuentras las llaves, o cambia tu deseo, o desistes, o te pierdes en tu fantasía, o tratas de entrar por otro lado. Tierra de sonámbulos. Fantasmal. Subliminal.

Y las ciudades serán santuarios de calma chicha, y las prisiones, conservatorios beatíficos, y los desiertos, una oda, y la mar, un canto, y la luna, una nana, y el viento, una caricia, y el tiempo, un murmullo, y el polvo, cosquillas, y los huesos, la risa, y la vida, la muerte, y la muerte, la vida.

Y lo mismo sucederá con todo el planeta, flora y fauna presentarán síntomas similares, de lo más llamativos y curiosos. El depredador no cazará, el depredado no se reproducirá. Los carroñeros no carroñearán, como dicen los de allende, las aves no volarán, o se dejarán caer de repente, etc.

Todo se disolverá, se esfumará, se deshará a su debido turno. El ego, la profesión, la identidad excluyente, el discurso interno, la memoria historicista, la conciencia individualista, etc.

Hay algún médico en la sala? Y el médico ni se acordará, y casi mejor porque tampoco iba a saber o querer hacer. Total para qué.
Sin nombre, sin pasado, sin proyectos. Sin presiones, sin prisas, sin urgencias. Fulanos anónimos amnésicos perdidos flotando en la nada.

Aunque no todo tiene que ser así, por supuesto. Muchos mantendrán y conservarán sus cualidades. Y la concordia podrá incluso amplificar o potenciar algunas habilidades o capacidades.

Solo será un filtro, un espacio neutro donde cada uno elegirá y decidirá. Y la nada retornará a la nada. Y el ser será lo que es. Y el distraído y el indeciso contarán apenas con su propia tregua que se sepan o quieran dar.

El corrupto ya ni disimulará, el depravado ya ni persistirá, el acusado ni se defenderá, el juez ni sentenciará, el aburrido se ahogará en su bostezo, al hastiado reventará, el alienado se disgregará, el poder ni medrará, la afición ni asistirá, el deportista ni se esforzará, el nadador ni nadará, la competición ni se celebrará, el corredor se paseará, el ciclista irá de picnic, el dinero ni circulará, el vicioso ya ni se controlará o ni se acordará, el enfermo ni se preocupará, el estresado ni se apresurará, el inocente ni se enterará, el soñador ni despertará. Por activa o por pasiva, por directa o por refleja.

Y cada uno saldrá con la reacción más inesperada y original, su respuesta más auténtica y verdadera. La gente se dejará caer simplemente por donde le incline su carácter y personalidad y las consecuencias le llegarán con total lógica y naturalidad. Habrá quién se entregue al exceso y quién a la apatía, y quién a ratos lo uno y a ratos lo otro, a voluntad.

Y a nadie le inquietará en absoluto obtener los resultados de sus actos u omisiones. Será la lucidez más pura y elemental, el ser presente y nada más. Sin necesidad de palabras, ni argumentos, ni justificaciones, ni explicaciones, ni nada de nada. Ni ante sí mismo ni ante los demás.

Coherente en su incoherencia, íntegra en su parcialidad. Desnuda, vacía, libre. Ausente de exigencias, normas, esquemas ni condiciones. Espontánea, fluyente, mudable, cambiante. Viviente.

Y eso es lo fantástico y lo genial de todo esto. Incluso los nerviosos, que al principio parecieran los más reacios o a la contra, pronto se descubrirán igualmente entregados, inmersos por igual en esta dicha inenarrable, a su propia manera rebelde y aparatosa en apariencia. La paz será total, ubicua, omnímoda.
Unos la experimentarán y vivirán de un modo y otros de otro. Pero en el fondo todo obedecerá y responderá a lo mismo. A un mismo sustento y origen, a un mismo fondo.

Y fíjate bien que se puede disfrutar la quietud con brío, con la alegría y la expansividad y la esplendidez y brillantez del que se entrega a su instinto, del que vuela sin freno ni recelo. De ahí la hermanación tácita de tranquilos y nerviosos.

El que buscaba se olvidará de lo que buscaba, o de buscar, o de sí mismo. Otro tanto con el angustiado, el perseguido, el atormentado, el desquiciado, etc. Y todo dará igual.

El viento sopla y luego sale el sol, un día llueve y otro no. Y todo da igual.

El edificio se desploma, la memoria se desdibuja, se difumina, se borra. El aire mina, el agua erosiona, la tierra traga, el fuego devora. La vida nutre, la luz ilumina, la tierra sostiene y sustenta. Pero no hay positivo ni negativo. Los corazones están limpios, vacíos. Y es igual.

El colapso se recrea en su caída. Se demora irregular, contento y despreocupado a lo largo de los años, o décadas. La civilización irá cayendo por capas, sin orden ni concierto. Y su curso será lento o rápido, según nuestro capricho y parecer a cada instante y momento. Y poco importa, tanto uno como otro, como todo.

Luego lo que quedará será nada. La mera esencia. Algunos cuantos vivirán, conservarán por ventura su carcasa física, los más desaparecerán, o trascenderán. Pero la paz durará, con su eco eterno, por siempre jamás.

28 de febrero de 2011

nostalgia de la mula

Había un concurso de la tele, te acuerdas de la tele? Casi nadie se acuerda. Había un concurso de la tele que era para que la gente demostrara sus habilidades especiales. Partir muchos melones con la cabeza y cosas así. Me acuerdo de uno que podía reconocer cualquier canción con sólo escuchar el primer sonido, la primera décima de segundo. Raro, eh? Pues algo así es lo que me pasa. Quiero decir, que estoy haciendo cualquier cosa y de repente, un ruido cualquiera, los pasos en los escombros, el plástico silbando al viento, un aleteo, me suena igual, idéntico, al principio de alguna canción, que se pone a sonar en mi cabeza. Con la de tiempo que ha pasado ya casi es un milagro esto.

Ya sabes lo que pasa con la memoria, se va deshaciendo, desdibujando. Por eso cuando llegó el fin muchos intentábamos aferrarnos a nuestros recuerdos, salvarlos, conservarlos, mantenerlos vivos. Mirando las carátulas, evocando sus títulos, Rayojér, Queicompíter, tarareando los estribillos. Pero de poco ha servido, ya lo ves.

El fin llegó de repente, sin avisar. Nadie supo cómo ni por qué. Simplemente de un día para otro dejó de funcionar todo.
Intentaron arreglarlo. No hubo manera. Quisieron encontrar alguna explicación al menos. Tampoco fue posible.
Era absurdo, ridículo, increíble, pero ya no tiene remedio.

La música es lo que más echo de menos. La música y la mula. Te acuerdas de la mula? Casi nadie se acuerda. La mula servía para una cosa muy buena, te cumplía los deseos, como el genio de la lámpara. No te lo creas si no quieres pero es verdad, sólo había que mirarla y esperar. Tenía como unas barras que indicaban el tiempo que faltaba para completar la formación de tu deseo. Eran azules y negras, las he dibujado muchas veces en las rocas pero no es lo mismo, no se parecen, no me salen iguales. Las franjas que tenían es lo difícil, los tamaños, la separación, los trozos, eran especiales, ahí se veía que eran de verdad, la magia de la mula estaba en esas rodajas, esos cachitos, en como se iban rellenando. Y cada deseo tenía su propia manera, ese era su secreto.

A veces sueño con las barras. Con que está a punto de completarse mi deseo más grande, el más importante, el que hará que todo sea como antes. Pero luego me despierto y me da otra vez el bajón.

También había barras verdes, creo, pero esas no me acuerdo de lo que hacían o para qué servían.

Ahora es cada vez más difícil hablar del pasado. Antes sí, antes todos lo hacíamos, y nos buscábamos y nos juntábamos con gusto para eso, sólo porque teníamos recuerdos compartidos. Te acuerdas de tal o cuál cosa? De esto y de aquello? Sí, qué guay era! Vale que ahora somos amigos? Vale!
Qué tiempos aquellos.

Lo malo es que poco a poco se iba perdiendo la emoción, el entusiasmo inicial, la intensidad, el poder evocativo. Repetir la rememoración desgasta el recuerdo, lo vacía y ya te cansas y te buscas otra cosa, otro amigo, otro recuerdo nuevo.
Así fuimos quedando cada vez menos. La mayoría se desentendió del pasado y se centró en sobrevivir en el presente, como si tal cosa, como si nada.

Por eso somos molestos, nos tachan de enfermos, nos persiguen, nos atacan, nos matan. Porque en el fondo se reconocen en nuestro reflejo y aborrecen el recuerdo de lo que han dejado atrás, todo lo que ha desaparecido.

Cuando llegó el fin los libros se convirtieron en el mayor tesoro, el bien más preciado. Los cuadros y las estatuas también, pero menos.
Los libros susurraban palabras embriagadoras, capaces de transportarte a los tiempos pasados de nuevo, te hacían soñar y volar como ninguna otra cosa.

Una biblioteca abandonada era como el más maravilloso de los cielos, porque las que había ya estaban todas ocupadas, tomadas, fuertemente protegidas. Como mucho te dejaban ojear algún volumen manoseado, alguna limosna roñosa que te hacía sentir como un miserable, pero nada más. Por eso había que buscarse los libros por otros lados. Teníamos nuestra propia red clandestina de tráfico de libros y nos los intercambiábamos, como los cromos en el recreo. Te acuerdas de los cromos? Casi nadie se acuerda.

Pero pronto eso se hizo una carga pesada y sin sentido. Ya cada vez entendíamos menos su contenido. Era una cosa rara, porque el idioma seguía siendo el mismo, sólo que muchas palabras ya no nos decían nada. Así que tuvimos que conformarnos con las imágenes, las ilustraciones. Arrancábamos lo que nos interesaba y lo demás fuera, a la basura. Luego ya ni eso, luego ya ni los dibujos despertaban nuestro interés.
La llama del pasado se fue apagando, lenta, implacablemente.

Al final, los cuatro nostálgicos retrógrados que quedamos hemos terminado en las montañas de deshechos, errando, vagando sin rumbo, rebuscando distraídamente entre los montones de ruinas, por si algún breve recuerdo asoma a nuestra mente, ni se plancha, ni destiñe, como un destello que contagia esa mínima alegría, esa dulce añoranza que viene en píldora dorada.

Ratas del pasado, nos llaman.
Te acuerdas del pasado? Casi nadie se acuerda.

31 de octubre de 2010

Antipodae

Detener el tiempo, es posible? Ahora nos vendría bastante bien.

Hoy ha amanecido con un pequeño sol negro asomando por el horizonte. He ido al quiosco, he comprado el periódico y ahí se explica todo. Lo que tenía que pasar pasó, el LHC la ha cagado, a lo grande.

Ahora hay un agujero negro devorando la tierra. No han calculado cuánto le va a costar terminar con el planeta, eso es que no va a tardar nada, menos de lo que se tardaría en calcularlo. Ya da igual.

Justo ahora ando por las antípodas, así que puedo pillar un buen sitio para contemplar el colapso final. Qué potra, jeje.

Te cuento, el sol negro del horizonte no se eleva pero sí que aumenta de tamaño y, justo enfrente suyo, a 180 grados, asoma otro sol negro de iguales proporciones. Está claro que son el dichoso agujero, no me imaginaba que se vería así.

Pues bien, poco a poco se van acercando uno al otro y yo empiezo a sentir como un cosquilleo por dentro, como si me fuese a poner a flotar de repente en el aire.

Las cosas se ven un poco estiradas hacia los agujeros, alargadas, como en un cinemascope mal ajustado. Las sombras se pierden en el horizonte, igual que en el ocaso.

Mi cuerpo se estira como un chicle, aunque, afortunadamente, no siento ninguna molestia por ello. Es curiosa esta flexibilidad, uno esperaría desgarrarse espantosamente, deshacerse en pedacitos envuelto por el dolor más insoportable, a causa de esta atracción bipolar, pero no es así. Supongo que el espacio es más maleable de lo que creíamos, o no sé, algo por el estilo.

Ahora soy un espagueti y todo lo que me rodea son hebras ebrias, 'hébridas', como dirían los de allende, joviales y cantarinas. La misma euforia inexplicable embarga todo mi ser. Quién iba a decir que esto sería tan divertido!

Los agujeros ya casi se tocan y la materia vibra extasiada ante su inminente liberación, disolución. Lo que queda de nosotros se ha fundido, comprimido y convertido en un filamento incandescente, de pura energía.

Ahora el agujero se muestra en toda su extensión, como un inmenso océano sobre el que flotara una chispita diminuta y al segundo: Srruupp!

28 de septiembre de 2010

tabula rasa

Suena el despertador, lo paras, miras la hora. No logras comprender los dígitos. Sabes que son números pero no te viene a la mente su significado. Pasas un buen rato viendo cambiar las cifras, minuto a minuto, en una extraña secuencia. Siempre ha sido así? No parece seguir ningún orden lógico.

Vas al cuarto de baño, meas, contemplas tus partes como si fuera la primera vez que las ves. Te miras en el espejo. Qué broma es esta? Quién es esa persona? Te han dado cambiazo mientras dormías? Estás soñando? Pasas un buen rato frente al espejo, tocando esa cara desconocida.

Te das cuenta de que no estás en tu casa, de que llevas un pijama que no es el tuyo. Te invade el miedo, tienes que salir de aquí. Te vistes con lo primero que pillas, afortunadamente la ropa es de tu talla. Buscas con desesperación la salida. A cada puerta que abres te invade el terror a encontrarte con alguien.

Por fin, sales, no conoces la calle ni el lugar. Dios santo, dónde estás? Puede ser cualquier rincón extraño del mundo. Te entra un vértigo insondable, espantoso, indescriptible. Te sientes como el más perdido de los perdidos. Todo esto es absurdo, nada tiene sentido.

Suena un móvil en tu bolsillo. Lo tomas en la mano, miras cómo chilla y parpadea, como si fuera un bebé berreando al que no sabes cómo consolar, ni remotamente. Una parte de ti quiere contestar pero la duda te paraliza, hasta tal punto que ni siquiera sabrías cómo hacerlo. Deja de sonar, lo guardas de nuevo en tu bolsillo.

Te pones a caminar, sin rumbo. Tu mente se angustia con esa ausencia de destino. Tienes hambre, entras en un bar. Qué desea? Te dice el camarero. Quieres eso que siempre tomas en el desayuno, pero su nombre ha desaparecido de tu cabeza, ido, esfumado, caput. Te explicas por señas, como un mono.

Suena una canción. La escuchas distraídamente. Poco a poco va captando tu atención. Sientes como si tuvieras que conocerla, como si fuera lo más importante de tu vida en este momento. No logras encontrar el menor indicio en ella para identificarla o relacionarla con algo. Eso te llena de ansiedad y agonía infinitas. Qué está pasando aquí? Quién lo ha trastocado todo tan horriblemente?

Son dos con veinte, dice el camarero. Buscas en tus bolsillos, nada. No, espera, sacas una tarjeta de crédito. El camarero apunta hacia un cajero, al otro lado de la calle. Metes la tarjeta, escribes una cantidad. Te pide una contraseña, tecleas al azar. Nada.

Una idea quiere nacer en tu cerebro. Atiendes, el silencio suspende tu pensamiento. Se te va el santo al cielo y tu cuerpo se queda ahí ensimismado, alelado. Alguien grita un nombre, sales de tu cuelgue, te vas andando.

Una persona te alcanza corriendo, se pone frente a ti y te saluda efusivamente. Quién es? No te suena de nada. Su entusiasmo incontenido te parece totalmente fuera de lugar, injustificado, propio de un demente. Se comporta como si te conociera de toda la vida. Contrariarle te parece peligroso, le sigues la corriente. A cada gesto afectivo suyo te asustas más y más.

Sales corriendo. Te sigue. Te domina el pánico. Tu histérica desesperación te hace meterte entre el tráfico. Sientes un fuerte golpe. Pierdes el sentido.

Despiertas en un lugar muy blanco. Alguien te pregunta tu nombre. Abres la boca: ...

4 de marzo de 2010

Más de lo mismo

Vamos a hacer un ejercicio de 'positivismo' injustificado. Vamos a suponer que ninguna catastrofe (sic) ni colapso obstaculizara el 'camino de progreso' que sigue la humanidad.

Así, la población seguirá creciendo exponencialmente. Allí donde antes no había nada aparecerán nuevos pueblos, los pueblos se volverán ciudades, las ciudades se harán megaciudades, las megaciudades se convertirán en hipermegaciudades, las hipermegaciudades se convertirán en ultrahipermegaciudades, y así con todo.

Los edificios se multiplicarán como los hongos, y cada nuevo núcleo urbano desencadenará a su alrededor una gran actividad.
Se construirán infinidad de autopistas nuevas que conecten todos los puntos. El tendido eléctrico llenará el paisaje a todas caras. Lo mismo los conductos de agua, gas y demás.

Al crecer todo tan rápido no habrá tiempo de hacer las cosas bien.
Las construcciones se harán a lo bruto, con un molde gigante y a correr. Los tubos y los cables irán todos por fuera. Esto obligará a las personas a modificar sus vehículos para poder circular por las ciudades. Al principio los cuatro por cuatro bastarán para salir del paso, pero luego se hará necesario pasarse a los 'moster-trac' (será un caos, sí, pero al menos ya no harán falta semáforos).

Los recursos naturales se agotarán en un suspiro. La humanidad crecerá hasta tal punto que ocupará por completo la superficie de la tierra. Ya no habrá sitio para la naturaleza, no quedará ni rastro de vegetación, animales o accidentes naturales. Todo será asfalto y cemento.

Que de qué vivirá el hombre? Pues habrá construido grandes fábricas de suministros, y todo el mundo deberá comprar los suyos si es que desean seguir con vida. Incluso el aire tendrá un precio, ya que la atmósfera será irrespirable, puro dióxido de carbono. De ahí la necesidad de usar máscaras de gas y de no exponerse al exterior más de lo necesario.
La lluvia ácida causará enormes estragos y le dará a todo un aspecto oxidado, cochambroso, apocalíptico.

Dado el elevado precio de tan vitales suministros, la gente pasará automáticamente a ser propiedad de las grandes corporaciones.
Desaparecerán los derechos humanos y todo el mundo entrará en la categoría de esclavo por el mero hecho de nacer y existir.
De forma gradual se impondrá el modelo de explotación chino en toda la tierra (jornadas infinitas, sueldos inexistentes).

Es importante entender que este paso no se dará por imposición, será una simple transición natural. El aumento numérico, la mayor densidad de población, lleva a una mayor competencia para alcanzar cualquier mínimo objetivo. O sea, a mayor presión colectiva, mayor sacrificio de libertades individuales.
La gente renunciará a sus principios con tal de acceder a su ansiado sustento.

La globalización, el sometimiento de toda la humanidad bajo el yugo de un solo imperio, se completará sin mayor problema tras unas cuantas guerras salvajes. Por una simple cuestión de números, capacidad de reacción y fuerza de voluntad inquebrantable, en el futuro seremos todos chinos, es así de sencillo.

Pues bien, en esas condiciones, realizar cualquier cosa por voluntad propia será toda una odisea. Se carecerá por completo de medios y recursos. Las 'pertenecias' (como dicen los de allende) personales se reducirán al set mínimo estandard: Casa, coche, móvil, ordenador, pareja, 1,2 hijos (opcionalmente) y para de contar.
Además habrá una permanente supervisión (control, represión) por parte de las autoridades (todo el mundo será culpable mientras no demuestre lo contrario).
Sin olvidarnos de nuestro estatus de esclavo, claro está.

Total, que para cualquier insignificante tontería habrá que enfrentarse a unas Oposiciones monstruosas (demenciales, infernales, suicidas) y superarlas. Cosa que no logrará prácticamente nadie. Por eso la vida se dará a piñón fijo, dentro de unos canales establecidos, sin opción de cambio o modificación.

Llegados a este punto, será el capricho de las instituciones, ciegas entidades impersonales, las que decidan el rumbo a seguir y las transformaciones a aplicar.

El primer objetivo será, por supuesto, el desarrollo e implantación de los robots. Tras lo cual el trabajo quedará reducido a su mínima expresión y la humanidad podrá entregarse al ocio inoperante. O lo que es lo mismo: Ver mucha tele, jugar con el ordenador, chatear y poco más.
Entonces el cuerpo se atrofiará y encogerá, y parecerá que sufre macrocefalia. Pues, al vivir de continuo en el plano mental, el cerebro será el único órgano que siga creciendo.

Dadas las inhóspitas condiciones ambientales del exterior y a la increíble superpoblación del planeta, se buscarán distintas soluciones. Se intentará conquistar los fondos (y las superficies) de los océanos, se intentará conquistar la luna (y alrededores), pero finalmente se optará por lo que menos esfuerzo requiere: Instalarse bajo la tierra. Las ciudades se irán despoblando, abandonando, conforme se habiliten sus reflejos inversos subterráneos.

La tierra se convertirá en un inmenso hormiguero, un queso gruyere donde la humanidad mutará definitivamente hasta su verdadero ser.
Los ojos crecerán hasta alcanzar las proporciones del manga (el hombre será una caricatura viviente de sí mismo). Sin embargo, la visión se apocará, perderá de vista 3/4 partes del espectro visual.
O sea, lo verá todo en blanco y negro.
Su cuerpo, como ya se ha dicho, se 'enalfeñicará' (como dicen los de... bueno, ya sabes), desaparecerá todo pelo y coloración de la piel. Nariz, boca, y oídos también se irán a pique, quedarán reducidas a leves vestigios apenas perceptibles (la comunicación se volverá telepática, ídem la música y el sonido).

A estas alturas el ser humano tendrá todo el aspecto del típico hombrecillo gris extraterrestre.

Su inteligencia también sufrirá cierta infantilización simplista.
Desarrollará la telequinesis, pero hará un uso de ella inofensivo, meramente anecdótico (ya que su estilo de vida no da para más).
La obesidad galopante quedará prontamente erradicada con una sencilla receta: Escasez de oxígeno en el aire y alimentos de ínfima calidad.

No obstante, el hambre, la sensación de vacío, el ansia, la necesidad acuciante, tardará aún un tiempo en ser solventada. Esto se logrará con el descubrimiento de una radiación 'nutritiva', a la que se llamará 'maná'. Entonces el hombre quedará liberado de todos sus anhelos y pulsiones internas. Ya no tendrá que alimentarse para vivir, es más, ya no sentirá apetito de ninguna clase. La radiación cubrirá completamente todo eso, como una droga perfecta. Saciará, tonificará y mantendrá en equilibrio toda segregación interna.

La plenitud, la dicha, será portar junto a uno su respectiva cajita de maná. Ya no hará falta buscar nada más fuera.
Practicar sexo será un mero divertimento superfluo, formar pareja pasará a ser un exotismo arcaico y el sistema digestivo quedará reducido a un diminuto orgánulo inapreciable, simple residuo ancestral.

Curiosamente, lejos de sumirse en la apatía, el hombre gozará de una energía, vitalidad y actividad como nunca antes vista.
Esto obligará a las corporaciones a buscar nuevas formas de aprovechar y canalizar tal brío, para no perder el control sobre las masas.
Así aflorará una nueva era de renacimiento tecnológico. Por fin se hallará la forma de viajar adecuadamente por el espacio y la humanidad se embarcará en su verdadera cruzada: La exploración y conquista del universo. Gloriosa meta que le permitirá exportar e implantar su 'maravilloso', 'inigualable' y 'ejemplar' estilo de vida al resto de mundos y civilizaciones. Surrealistas hombrecillos-topo mongoloides, con ovnis de monitores en blanco y negro, con la vana pretensión de vender su 'tecnoepifanía').

Pd:
Eso en el mejor de los casos. Por fortuna, antes de que la humanidad alcance tal 'paraíso', la tierra se encargará de poner las cosas en su sitio y el hombre acabará en la basura, donde le corresponde.

2 de julio de 2009

los neuronitas

Pues érase que se era la tribu Neuronita, que vivía en un mundo llamado Cuerpo.

Los miembros de esta tribu destacaban especialmente por su gran inteligencia (eran capaces de calcular múltiplos de ene elevado a la menos uno y cosas así), lo que pasa es que eran listos de libro, y claro, en cuanto los sacabas de su especialidad estaban un poco (un poco mucho diría yo) pez los pobres.

Así, según su brillante intelecto les había dado a entender, la tribu neuronita se expandió, conquistó y sometió al resto de tribus ('menores' las llamaban ellos) del Cuerpo.
Con lo que se evidenció su enorme ignorancia (tanto coco y tan poco seso), pues haciendo eso habían alterado el orden necesario, roto el equilibrio que sustentaba la existencia de todos.

Encima, los engreídos, pretendían poder estar 'por encima' del desastre que habían montado. Seguían con su rutina acostumbrada, como si no pasara nada, como si la cosa no fuera con ellos.

Se montaban teorías de lo más enrevesadas y pintorescas para justificar la situación y eludir todo remordimiento. Cualquier cosa con tal de no 'tener que ver', afrontar la realidad, asumir la responsabilidad.
Maestros del escaqueo (en su inmadurez) se desentendían por completo del fruto de sus malentendidos-bienescondidos.

Incluso tenían la absurda pretensión de continuar su 'crecimiento' colonizando otros Cuerpos.
Pobres neuronitas, no saben cuál es su sitio. No se dan cuenta de que ningún otro Cuerpo va a alojarlos. No ven que, con sus actos, se han vuelto indeseables incluso para su propio Cuerpo...

Pobres, pobres estúpidos neuronitas.

8 de junio de 2009

el bello derrumbamiento

La crisis fue un juego de niños, un simple aperitivo, comparado con lo que vino después.

Mientras los gobiernos, organismos e instituciones se dedicaban a marear la perdiz discutiendo sobre las medidas a tomar, que nadie quería (ni podía ya) asumir, para solucionar los problemas económicos y de sostenibilidad derivados de un sistema totalmente agotado, explotado, desfasado, la tierra siguió con su proceso natural de transformación (al margen de si era consecuencia o no de la intervención humana). Lo cierto es que estaba sucediendo una reestructuración notable.

El principal indicador de dicho cambio fue la desaparición de los polos, que se fundieron en apenas tres años, haciendo que el nivel del mar ascendiera unos pocos metros, suficientes para cambiar por completo el contorno de los continentes. Gran número de ciudades costeras quedaron inundadas, inhabilitadas, y muchas personas fallecieron tontamente en ellas por simple falta de previsión e incapacidad de reacción.

A su vez, claro, también se esfumaron como por arte de magia los glaciares, los picos nevados (se acabo lo de ir a esquiar para los niños pijos), cosa que hizo que se secaran los ríos, causando que las poblaciones asentadas en sus riberas quedaran 'dramásticamente' (como dicen los de allende) diezmadas.

Desabastecida del líquido esencial, a la humanidad no le quedó más remedio que movilizarse, emigrar a la busca de lugares más propicios para su pervivir.

Pero este cambio de 'estilo de vida' no sucedió de forma ordenada, no. Muchos se tomaron bastante mal eso de verse privados de sus comodidades y lo que hacían era pagarla con el primero que pillaban a mano. Fue delicioso contemplar el súbito estallar de ese maravilloso géiser de odio, rabia, salvajismo, locura y caos que parecía no tener fin y que tan vigorosamente se manifestaba y plasmaba.

El caso es que, por H o por B, en poco tiempo murieron miles de millones de seres humanos, en medio de la más espantosa, inhumana y descarnada desolación.
Los que lograron sobrevivir a ese festival de gore barato marcharon pues en busca de un 'paraíso perdido' (qué majos, primero lo rompen y luego añoran lo roto) que no habría de volver.

La vida había dado un giro de 180 grados, se acabó la opulencia y el sedentarismo y comenzó (a la fuerza) el nomadismo y la escasez.
Así los nómadas vagaban de un lado a otro, encontrando siempre lo mismo, tormento, horror y escasez.

Algún sitio había menos perjudicado pero, por supuesto, sus pobladores lo defendían firme, fieramente.
Y qué bello espectáculo era contemplar sus fronteras, siempre en desesperada pujanza con los tenaces invasores.

Igualmente hermosa fue la desaparición de la tecnología. El suministro de energía quedó fragmentado, roto, atomizado.
Se deshizo la red, desapareció el mantenimiento, y muy pocos tuvieron la suerte de conservar una cierta estabilidad precaria.

Las prioridades habían cambiado drásticamente, ya no se podía jugar a chuparle la sangre al prójimo (ahora había que hacerlo abierta, directamente para sobrevivir), a lucrar asquerosamente (el dinero murió en el acto, perdió todo su valor de golpe), a construir aparatitos electrónicos (el hambre no sabe nada de chuflas de esas).

La gente intentó volver a la tierra apresuradamente. Fue conmovedor contemplar los vanos intentos de 'cultivos' de los confusos 'hijos del esmárfon'.

Algunas naciones aprovecharon para meterse en una guerra que llevaban mucho tiempo deseando. Incluso se dieron el gustazo de lanzar alguna bomba H (y qué buen resultado dieron! En un momento lo sembraban todo de montañas de cadáveres crujientes, cual patatas fritas: servicio automático, listas en un instante, para llevar o tomar).

Y, por supuesto, los pocos líderes que aún conservaban un mínimo de cordura, lucidez y sensatez fueron inmediatamente quitados de en medio con el clásico método del atentado (la democracia nunca funcionó, simplemente porque los 'malvados', los incultos, siempre fueron más, en inmensa, insalvable, desproporción).

A estas alturas de la película poco sorprenderá que muchas regiones involucionaran hasta extremos sorprendentes, así sin más, desarrollando un glorioso resurgir de prácticas primarias, animales.
Y qué bonito es el canibalismo, qué sensual y estimulante la caza de la presa, el hincar los dientes en la carne cruda, el sentir el pulso vibrante del bocado, qué refrescante el manantial de sangre que brota borboteante, qué reconfortante arrancar el corazón aún latiendo, caliente, el olor del miedo, el contacto, la textura de la piel al desgarrarse, el sometimiento de la hembra, la copulación a lo bruto.

Por su parte, las epidemias aprovecharon para proliferar y medrar a costa de todos esos cuerpos acostumbrados a 'protegerse' con medicinas ya caducadas, gastadas, desactualizadas. Todos esos cuerpos que quedaron expuestos, a la merced de la naturaleza. Fue una gozada ver cómo caían fulminados, uno tras otro, debilitados, carcomidos por dentro. Y qué rápido se descomponían, qué bien hacía su trabajo la putrefacción.

Sí, aquellos fueron días felices para la naturaleza.
Después de tanta opresión, abuso, maltrato y aniquilación había llegado la hora de la devolución, el turno de la respuesta. Delicioso, tremendo tributo que le rindió la humanidad, aun a pesar suyo, a la tierra en forma de festín. Grandioso banquete para lobos, buitres, plantas, etc. Todos supieron coger su parte.

Así pues, como decía, el derrumbe de la humanidad fue hermoso (y no lo digo con ironía, no te creas, la belleza está en todo, sólo hay que saber verla...), un bello canto a la vida, un dulce despertar a la realidad, un celebrado regreso a la vida, un oportuno retomar la senda perdida, la vuelta a lo sencillo y auténtico, a la pura verdad (el retorno del hijo pródigo), un desprendimiento necesario y purificador (pesadillesco, torturador, traumático y espantoso para los inmaduros, eso sí), liberador y sanador para la tierra y los pocos que quedaron en ella.

Ah, y los de la estación espacial también tuvieron su momento de gloria, muriendo de inanición, abandonados a su suerte.

1 de marzo de 2009

justicia automática

El ser humano siempre ha sido reticente y desconfiado respecto a los robots. Sin embargo la curiosidad y el afán de superación pudieron más. Así llegó un día en que el hombre 'trajo al mundo' a un ser superior a él, confiando en que su mayor inteligencia sirviera para solucionar todos (o algunos al menos) de los problemas que, insistentemente, han acuciado a la humanidad desde el amanecer de los tiempos.

Y, en efecto, la máquina satisfizo esa y todas las expectativas, vaya si lo hizo, ya lo creo.
Lo primero de todo que aquel superordenador (que por cierto algún 'listo' tuvo la ocurrencia de llamar G-O-D, siglas de General Organics Deblocker o algo así, ya no me acuerdo muy bien) emitió fueron instrucciones, mapas y datos muy concretos y detallados para la construcción de una versión mejorada y corregida de sí mismo.

De esta manera 'nació' G.O.D.II, que enseguida se ocupó de la construcción, por sus propios medios (ya no dependía de la intermediación humana), de GOD³. De esta forma fue progresando el asunto, hasta que God.5 (impresionante, le bastaron cinco 'generaciones' para alcanzar la perfección absoluta) consideró que ya había agotado todas las posibilidades físicas de optimización y maximización de sus capacidades.

El resultado de todo ese proceso fue una esfera, perfecta, indestructible, totalmente independiente y autosuficiente, dotada en su interior de sensores y herramientas tan sofisticadas y complejas que la hacían cuasi omnisciente y omnipotente.
Pues bien, esta especie de tecnodios autoinstaurado tuvo a bien el escuchar las demandas de su indirecto y remoto 'creador'. Y empezó a aplicar una serie de medidas y cambios que son los que tan radicalmente transformaron la vida en la tierra y que a continuación enumeraremos someramente.

Primero de todo modificó a sus mecánicas predecesoras, para asegurarse su completa sumisión y obediencia, y luego les asignó una función a cada una. God-4.0 se encargaba de la fabricación y producción de ingentes cantidades de subrobots especializados para cubrir todo tipo de necesidades y tareas. GOD³ a su vez se ocupaba de controlar y tranquilizar a los desconfiados y asustadizos humanos, que veían con consternación y preocupación esa abrumadora proliferación y multiplicación de androides y criaturas tecnológicas.

G-O-D y G.O.D.II quedaron simplemente como piezas de museo, admiradas y veneradas con respeto, a pesar de (o tal vez por ello) su escasa relevancia o utilidad prácticas.
Así pues, enseguida se implantó una estructura piramidal, perfecta en su constitución y distribución, que dejaba en manos de las máquinas todo aquello que implicara cierta responsabilidad o fiabilidad. O sea, prácticamente todo.

La idea era sencilla, eliminando el factor humano se reducían casi por completo los errores.

Así, el día que los coches se condujeron solos, dejaron de producirse accidentes y atascos.
Así, el día que se 'suprimió' el puesto de controlador aéreo (y el de piloto), se optimizó el tráfico y dejaron de producirse retrasos y cancelaciones.
Así, el día que las finanzas pasaron a 'manos' robóticas, dejó de haber pobreza (riqueza mal distribuida) y estafas.
Así, el día que tomó la presidencia un androide, se cumplieron todas las promesas y se hicieron realidad todos los proyectos y mejoras necesarios para el buen gobierno y desarrollo de las naciones.
Así, el día que la educación se impartió por las máquinas, inagotables, insobornables, ineludibles (con mil y una maneras de transmitir la información y constatar su adecuada asimilación), fue al fin digna de llamarse como tal.
Así, el día que la tierra fue cultivada por enormes aparatos poligonales (entomomórficos), pudo extraerse de ella todo el provecho sin forzar o violentar innecesariamente el equilibrio natural.
Así, el día que los hospitales se automatizaron, desaparecieron las listas de espera infinitas y las carencias de los bancos de órganos y similares, hábilmente solventadas con la cibernética.
Así, el día que el comercio se sometió al control electrónico, las mercancías cobraron y conservaron su justo valor.
Y así, el día que se cedió la impartición de justicia (con toga y maza incluidas) a un férrea y mecánica autoridad (inoxidable, eso sí), esta comenzó a funcionar con el sentido y la utilidad que nunca antes había tenido.

Pero veamos con más detenimiento y detalle el cambio producido en este último caso.
Como toda actividad humana, la justicia llegó un momento en que estaba supersaturada y ultradesbordada, hasta el punto de verse incapaz de cumplir con su cometido e ir acumulando progresivamente mayor número de errores y problemas (no falla: demora + acumulación + presión = caos). Los juzgados se convirtieron en surrealistas almacenes llenos de montañas de expedientes pendientes de resolución (el sueño de todo pirómano).
Y claro, estaba cantado, inevitablemente acabaron por producirse abundantes y 'cataclísmicos' (como dicen los de allende) incendios que terminaron por colapsar y finiquitar del todo la distribución (más bien 'malgestión') humana de justicia.

Entonces la implantación de las máquinas resultó bien sencilla (qué remedio, ya no quedaba otra!) y enseguida introdujeron una serie de reformas y mejoras básicas para su correcto funcionamiento.
Se suprimió toda parafernalia y papeleo, se redujo el proceso a su mínima esencia, a un simple test automático.
Se efectuaba una lectura cerebral del acusado (los detenidos no precisaban de este paso, la policía robótica juzgaba y aplicaba la pena pertinente en el acto sobre todo aquel que infringiera la ley ante ella. Infalible, fría y despiadada, como sólo puede serlo una máquina), que (a todo esto, se me olvidaba comentar que por supuesto una de los primeros objetivos que se marcaron, y alcanzaron en tiempo récord, las máquinas fue el de aprender a leer las mentes de los humanos como si de un libro abierto se tratara) determinaba su sentencia: 'Culpable: a la cárcel. Inocente: a la calle. Siguiente caso...' y así.

Sin dudas, sin pausas, sin deliberaciones, sin 'testigos' pagados ni jurados pacatos. Sin 'mes dijos fulanitos ques los vios ens...' ni chuflas de esas. Todo procesado y ejecutado en nanosegundos.
Preciso, exacto, impecable (o inapelable, que para el caso viene a ser lo mismo, jeje).
Esto es lo que las máquinas nos proporcionaron, y no fue poco.
La vida se convirtió en algo eficaz, armonioso, equilibrado, sublime y placentero. Los humanos bien podían estar contentos y satisfechos con el servicio prestado y la ayuda facilitada (o al menos así lo entendían las máquinas).

Lo triste del asunto es que el ser humano se llama así por algo y, en cuanto desapareció su influencia (que tantos males generaba) de todos esos ámbitos, lo que sintió no fue liberación sino frustración y no se quedó tranquilo hasta encontrar la forma de seguir imprimiendo y aplicando su personal 'sello' de la única forma posible que quedaba: delinquiendo. La consecuencia de esto es fácilmente deducible, toda la humanidad acabó recluida primero y exterminada (por reincidente) después, con lo cual lo que quedó fue un mundo perfecto, al cargo y cuidado de las máquinas y para el disfrute de nadie.

Pd: Y como los robots se aburrían sin nada que hacer pues se dedicaron a jugar al ajedrez.

1 de diciembre de 2008

la vida solucionada

El capitalismo, este glorioso sistema nuestro, se sustenta en el consumo.
La gente siempre aspira a más. Todos queremos vivir mejor, con más comodidades, con más cosas, juguetes, caprichos, diversiones, cualquier cosa que nos ayude a alejarnos de las angustias y los problemas (No queremos sufrir). Porque, aunque parezca mentira, la vida no es siempre un camino de rosas.

Total que la palabra mágica, la llave que abre todas las puertas, es 'dinero', y eso es lo que todos persiguen, ambicionan, codician, sin pensar en nada más.
Por eso se busca siempre el camino más fácil y más rápido para conseguirlo, sin tener que trabajar demasiado.
Cualquier trapicheo vale: bolsa, apuestas, contrabando, estafas, timos, hurtos, lo que sea.
De esta forma es natural que abunden y prosperen negocios tan 'edificantes' como lucrativos: Bancos, casinos, burdeles, inmobiliarias... Cualquier cosa con tal de sacar beneficio (No importa la mercancía: Si se vende, es buena.)

Compra, compra, vende, vende, espabila, entra en el juego, véndete, mercantilízate, cosifícate, esta es tu gran oportunidad (Dame tu dinero y harás el negocio de tu vida.)
Y, de entre toda esa maraña, la reina del cotarro es la lotería.
Invento genial que ha ido perfeccionando su funcionamiento hasta convertirse en la sublime obra de arte que es hoy en día. (No es de extrañar su enorme éxito.)

La cosa es así:
Tú vas a un edificio oficial de apuestas (Hay uno en cada esquina), entras en uno de los cubículos de apuestas y, cuando te diga la pantalla, pulsas un botoncito. Al instante te saldrá el resultado diciéndote si has ganado o no (Sólo hay dos bolas en el bombo virtual: 'Sí' y 'No'). En caso de salir premiado, tu recompensa será un sueldo multimillonario (Una auténtica burrada), o sea: la vida solucionada. Y, en caso de no resultar agraciado por la diosa fortuna (Caprichosa y esquiva como ninguna), el 'precio' a pagar es tu vida, que te será inmediata y automáticamente arrebatada, allí mismo, en un instante, antes de que te quieras dar cuenta (O sea: la vida solucionada igualmente.)

Aparte de esto, cabe destacar que participar es totalmente gratis y se puede probar suerte tantas veces como se quiera.
Por todo esto, ya nadie trabaja ni hace nada y todos se dedican a jugar como locos a la lotería (Qué le vas a hacer, es la mejor 'opción'.)
A pesar incluso del preocupante rumor que corre de que, en realidad, la lotería nunca da premio y que todo el que juega palma.
Idea que, en lugar de intimidar, espolea más aún las ansias de poder de las gentes, pues, en sus monetarizadas (Monetalíricas) mentes, la muerte del prójimo equivale a 'aumento' de posibilidades de ganar y a 'mayor' beneficio a conseguir (Menos a repartir, más a tocar) y disfrutar. Es lo que tiene el capitalismo, que es incapaz de contemplar la realidad si no es en términos económicos (O dinéricos', como dicen los de allende (Ay, mis dinericos...))

Así pues el mundo se va al garete por la vía rápida, la gente cae como moscas, atraídas por el irresistible resplandor de neón de las apuestas (Dinero fácil.)
Y los que no sucumben a la tentación tampoco están por la labor de pringar por los demás, así que emigran (Tonto el último), chanchullan, roban y hacen lo que haga falta con tal de vivir sin dar un palo al agua, que, en definitiva, es el único y verdadero anhelo de la humanidad y que es lo que nos ha conducido, tan ricamente, hasta este... FIN.

--Fanfarria animada y créditos--

(Dedicado a Cesar, que parece que aún 'cree' en la suerte.)

1 de septiembre de 2008

Conclusión de la narración de Arthur Gordon Pym

(aviso previo: Tal vez te interese leer antes esto: http://entra-por-los-ojos.blogspot.com/2014/10/narracion-de-arthur-gordon-pym.html. fin del aviso previo.)

Nota:
Como nuestros pacientes lectores sabrán ha pasado una considerable cantidad de tiempo desde aquel 1837 en el que pudimos tener conocimiento de las azarosas peripecias del señor Pym. Que, como recordarán, quedaron interrumpidas en un punto crítico, próximas ya a su conclusión. Interrupción que se debió al desafortunado fallecimiento del señor Pym (en las trágicas circunstancias harto conocidas por todo el mundo) que nos privó del desenlace de su extraordinaria narración que tan obnubilados y sobrecogidos (maravillados y horrorizados a partes iguales) nos tenía con el relato de sus desventuras.

En aquel momento se habló de la posibilidad de recuperar algún día los capítulos extraviados (dos o tres a lo sumo) que a buen seguro Pym dejó escritos en alguna parte.
Pues bien, ese día ha llegado (aunque no entraremos en detalles respecto a las singulares circunstancias en que este hallazgo ha sido posible, ya que por sí solas constituirían otra novela entera y este no es, consideramos, lugar ni momento para tratar sobre ellas) y hoy por fin podemos disfrutar del desenlace de tamaña epopeya.
Únicamente nos resta agradecerles una vez más su infinita paciencia y desearles que disfruten con la lectura.

(A continuación hemos reproducido el párrafo donde quedó interrumpido el relato para que puedan retomar la lectura con mayor facilidad.)

Capítulo 25

[...]
22 de marzo:
La oscuridad fue en aumento y sólo veíamos ya un indescifrable resplandor en las aguas que nacían de la blanca cortina de niebla.
Muchos pájaros gigantescos, de una blancura fantasmal, volaron sin cesar surgiendo de más allá de aquel velo blanco, y escuchamos sus gritos que hasta perderse de nuestra vista repetían: ¡tekeli-li!
Sentimos que Nu-Nu se estremecía en el fondo de la canoa, pero al tocarlo descubrimos que estaba muerto. Y de repente nos precipitamos vertiginosamente hacia la catarata, y un abismo se abrió para recibirnos. Entonces vimos ante nosotros una velada figura de rasgos humanos, cuyas proporciones eran superiores a las de cualquier habitante de la tierra. Su piel tenía la perfecta blancura de la nieve...

...y ante aquella visión mi corazón dio un vuelco vertiginoso, tremendo, terrible. Me inundó el hondo convencimiento de haber muerto y encontrarme ante Dios mismo. Por eso mi corazón, por sí solo, se abrió como una flor y expuso ante el todopoderoso su interior, mostrando todo lo bueno y todo (absolutamente todo) lo malo que había hecho durante mi vida.
Me sentí completamente desnudo, más de como nunca antes me haya sentido. No sé por qué me vino a la memoria el momento exacto de mi nacimiento, del que, como se comprenderá, no podía tener recuerdo alguno y que, sin embargo, estaba reviviendo entonces con toda su intensidad, con todo detalle.
Y es que, la sensación de inmenso horror que me envolvía, era la misma que aquella del parto.

Todo mi ser estalló en desconsolado, amargo, llanto. Manando de él abundantes lágrimas, un mar entero. Como si me estuviera licuando, transustancializando. Expresando de esa forma, al mismo tiempo, todo el pavor y amor que podía contener y manifestar mi ser. En un acto de profunda y sincera expiación, entrega, rendición, disolución.

Mi expuesto corazón, transparente, hizo balance, él solito, sin necesidad de que Dios interviniera para nada. Y durante aquel examen vi pasar toda mi vida ante mis ojos y sufrí por todas las culpas y faltas cometidas. Que en el fondo eran una sola, entonces pude verlo claro.
Mi afán de aventura había convertido mi vida entera en un infierno y, lo que es peor, a causa de ello había abandonado a mi familia, a mis seres más queridos, fea, egoístamente.
Aquello era lo que más me pesaba y por lo que mi corazón imploraba penitencia o clemencia. Ansiaba librar esa deuda, saldar esa cuenta, para poder descansar en paz al fin.

Sin embargo nada sucedió. Incluso, todo ese tumultuoso pandemonio que me había revuelto por completo por dentro, se había desencadenado de forma súbita y apenas habían transcurrido unos pocos segundos (que se me hicieron una eternidad) frente al supremo, al sumo creador.
Y como siguiera sin suceder nada, no pudiendo soportar mi corazón semejante tensión ni un instante más, me desmayé y perdí el conocimiento.

Capítulo 26

No recuerdo cuánto tiempo permanecí sumido en aquella bendita tregua, pero cuando desperté me encontré tumbado en el fondo de la canoa, junto al cuerpo sin vida del pobre Nu-Nu, que estaba ya frío y duro como una piedra. Un poco más atrás vi que se encontraba Peters, rígido, con una expresión atroz en su (ya de por sí desastroso) rostro y cubierto de una palidez cadavérica que me hizo temer lo peor. Aunque, tras zarandearlo un poco, logré que volviera en sí parcialmente. Lo cual ya me pareció mucho, pues, yo mismo, me encontraba sumido en una especie de densa pesadilla que me tenía embotado sobremanera, un profundo agotamiento interior, un hastío que me taponaba, bloqueaba, amortiguaba mis sentidos.
Con lo que me movía oscilando continuamente entre la más completa insensibilidad y la incredulidad total.

Mi alma yacía sumergida en una gran bolsa de sorda y ciega desesperación, de muda negación, saturada de dolor y espanto.
Así pues, aun perfectamente consciente de lo que iba a contemplar, me di la vuelta lentamente, me recosté con relativa tranquilidad sobre la canoa y me puse a observar con desganada y desmayada 'serenidad' la sórdida escena que me rodeaba.

Como desde dentro de un sueño escruté morbosamente a ese ser inmenso frente al que reposaba nuestra embarcación.
Mediría de alto sus buenas cincuenta o sesenta yardas y su anchura aparente no sería menor de unas quince o veinte. Su perímetro no me vi con ánimos ni con ganas de calcularlo. Todo él era de un blanco purísimo, de hielo macizo. Como si alguien hubiera cogido un iceberg gigante, una auténtica montaña helada, y lo hubiera tallado dándole forma de soberano temible.
La severidad de su expresión se veía acentuada al ser iluminada únicamente por aquellas extrañas aguas blancas, lechosas, hirvientes, que tanto recordaban a la lava y sobre las que emergía su figura. Que quedaba cubierta por ellas de cintura para abajo y cuya silueta se recortaba terriblemente contra aquella tenebrosa oscuridad absoluta que hacía las veces de cielo.

Sus largos cabellos caían libremente por sus costados formando profundas cárcavas, grutas y desfiladeros nada tranquilizadores. Para finalmente desparramarse sobre aquel océano infernal, formando a su alrededor un enmarañado e irregular islote.
Sus ojos (sus terribles y ciegos ojos) inexpresivos, completamente blancos, tenían perdida la mirada en algún punto infinito del horizonte, y por nada del mundo habría querido que desviaran su atención hacia nosotros.
Sobre su cabeza reposaban algunos de esos enormes pájaros albinos que habíamos visto con anterioridad.
Y, como telón de fondo, las cortinas de niebla rodeando todo el perímetro de la escena, aislándonos del mundo exterior (si es que seguíamos en él.)
Curiosamente, observé, en este recogido paraje no había ni rastro de 'cenizas' blancas ni de erupciones, aunque igualmente el agua se agitaba llena de turbulencias internas.

Tras contemplar detenidamente todo aquello me di cuenta de me había precipitado en mi consideración de haber fallecido y hallarme ante Dios. Pero no le reprocho a mi corazón haber creído en algo así, pues la figura era temible. Su estatismo inexpresivo inspiraba un vago terror indefinible que se colaba silenciosamente hasta los huesos, despertando un, sutil, de,sa,so,sie,go profundamente inquietante.

Aunque (a pesar de haber reconocido mi error) mi alma había caído en una especie de luto autocompasivo, del que ya no he logrado sacarla nunca más. Como si el proceso de expiación no pudiera o no quisiera revertirlo. Así que por dentro era como si ya estuviera muerto, la notaba blanda, 'desanimada', apagada, inerte, caída por los suelos, destilando lenta, penosamente su hondo pesar.

De ese modo, instalado en esa patética indolencia, en esa dejadez apática, me entretuve en considerar alguna posible explicación a todos aquellos increíbles fenómenos fantásticos de aquel apocalíptico y extraño lugar al que habíamos ido a parar.

Más o menos llegué a la conclusión de que debía de tratarse de un tótem, de algún culto de adoración ancestral que tuviera como ídolo a algún mitológico titán del pasado.
De ser así, era uno de los hallazgos más extraordinarios de todos los tiempos, pues su factura y sus dimensiones eran verdaderamente apabullantes.
Lo que no logré explicarme era lo de aquel agua extraña.
Era como si bajo aquella mole de hielo bullera un volcán, pero físicamente resulta imposible que ambas cosas pudieran convivir a la vez en el mismo sitio, así que me tuve que quedar con la duda.

Peters parecía estar más recuperado que yo y, al rato, interrumpió mis divagaciones, tomándome del brazo y ayudándome a salir de la canoa.
Teníamos una acuciante necesidad de alimento (aunque a mí ya todo me era indiferente, me movía por simple inercia, nada más) y, por su mirada, supe que tramaba algo para poder echarle una mano al cuello a una de aquellas enormes aves.
Aunque, la sola idea de trepar, en nuestras condiciones, por aquella tremenda y escarpada mole de hielo, habría sido sencillamente suicida. Por lo que me senté tranquilamente a ver qué hacía a continuación, a la espera de acontecimientos.

Acontecimientos que no se hicieron de rogar pues enseguida asomó, por una de las grutas, uno de esos monstruosos y descomunales 'osos polares' con los que habíamos tenido oportunidad de cruzarnos en un par de ocasiones durante nuestra accidentada singladura.
Sin la más mínima sombra de duda (se diría que disfrutaba con este tipo de situaciones) Peters sacó su afilado cuchillo y se dispuso a enfrentarse a muerte con aquel gigantesco animal.
La lucha fue encarnizada, sangrienta, espantosa. Sobre todo porque se desarrolló a escasos pies de donde yo descansaba sentado (sin la más mínima intención de moverme.) Aunque, al final, la batalla arrojó el saldo acostumbrado: Peters emergió, maltrecho y cubierto de sangre, de debajo de la masa inerte de carne en que se había convertido la bestia.

Entonces la tierra, el improvisado islote sobre el que nos encontrábamos, comenzó a temblar violentamente y pude ver cómo uno de los brazos del ser monolítico (mejor dicho monocristálico) empezaba a desplazarse lentamente, mientras de aquel mar de pesadilla iba saliendo poco a poco una enorme mano que, con la misma lentitud, agarraba la canoa, la elevaba terriblemente hacia su boca (no pude evitar sentir un estremecimiento ante aquella imagen) y la depositaba en su interior. Para, a continuación, comenzar a masticar y destrozarla (con el pobre Nu-Nu dentro) lentamente.

Todo eso sucedió en el más espantoso de los silencios (y sin siquiera desviar su fría y distante mirada, gracias al cielo) pero, ahora, se escuchaban con perfecta claridad y nitidez los desgarradores crujidos, chasquidos y roturas que aquella espantosa boca abierta causaba en su parsimoniosa y metódica trituración. Masticación que ejercía una insana fascinación sobre mi mente, impidiéndome apartar la vista de tan espantoso espectáculo.
Lo peor de todo era la completa inexpresividad inhumana, inefable, insoportable, de aquella mole de hielo, que llevaba a cabo tan terrible destrucción con la más total y absoluta de las indiferencias.

A cada bocado, a cada presión, se desprendía una pequeña cantidad de hielo de sus abominables mandíbulas que caía sobre nosotros como una ligera lluvia escalofriante.
Aquella lenta e incomprensible aniquilación se demoró una inaguantable eternidad. Tanto, que al final mi mente se tensó de tal manera que creí que iba a enloquecer, así que me obligué a desviar la mirada de aquella monstruosa visión de pesadilla.
Entonces vi la expresión de Peters, cuyos ojos parecían a punto de salírsele de las órbitas, e, irremediablemente, rompí a reír escandalosa, desquiciadamente, sin poder controlarme. Aunque, más que risa, lo que salía de mi garganta era un estrangulado grito de desesperación increíble. Así, pasó un buen rato hasta que el ataque fue remitiendo, por pura extenuación física.

Por fortuna aquello me sirvió para sumirme de nuevo en una piadosa inconsciencia, aunque esta vez se me antojó cruelmente insuficiente en su brevedad.

Cuando volví en mi ser tuve un instante de confusa desorientación que me llenó de un intenso pánico. Por un breve momento creí despertar de una horrible ensoñación y encontrarme de nuevo en la bodega del Grampus. Sin víveres, sin agua, atrapado en aquel oscuro cajón de aire viciado.
No puedo describir con palabras la angustiosa desesperación que aquel pensamiento me causó. Pero, por fortuna, sólo se trataba de una momentánea alucinación, pues seguíamos estando frente a aquella aberración heladora, aquella absurdidad imposible, que con su ciega voracidad nos había privado de toda escapatoria. Por lo que, efectivamente, estábamos atrapados, y de qué manera, en esa nueva horrible situación (otra más para la colección.)

Pero la desesperación tendría que esperar, pues Peters, mientras yo yacía inconsciente, había aprovechado para extraer algunos pedazos de carne de la pieza que se había cobrado y me estaba dando un sangriento trozo de carne cruda para que me recuperara (la verdad es que el ataque de risa me había dejado exhausto.) Así que devoré aquella ofrenda con avidez, aunque mi corazón seguía sumido en su deprimente desgana y no me sentía con fuerzas casi ni para moverme.

Entonces, de repente, aquel monstruo de los hielos despiadado abrió de nuevo su boca y comenzó a expulsar por ella fuego, relámpagos, chispas, lava blanca, en caótica combinación. Liberando un calor de mil demonios, mientras la lava resbalaba por su cuerpo hasta llegar al agua. Escena de tan descarnada desolación que incluso me llevó a pensar si no sería que nos hallábamos en el infierno realmente.
Aunque, me encontraba en tal estado de desidia mental que, incluso aquel pensamiento, me resultó insignificante. Había rebasado ya toda mi capacidad de sufrimiento. Y eso, gracias a Dios, hacía que casi todo me resbalara como si nada, sin prácticamente afectarme en lo más mínimo. De otro modo seguramente habría enloquecido ante semejante desalmada devastación.

No sé cuánto tiempo transcurrió mientras contemplaba fascinado, hipnotizado, aquel regurgito ígneo. Que debió de cesar de la misma forma súbita e inesperada con la que había comenzado. Pues, para cuando quise darme cuenta, todo se encontraba como al principio, como si no hubiera pasado nada.

Lo siguiente que recuerdo está un poco confuso. Creo que caí en un sopor de semivigilia debido a la carne que había ingerido. El caso es que me pareció ver cómo uno de aquellos grandes pájaros descendía volando y atrapaba con sus garras al hasta entonces siempre atento Peters, al que, por una vez, los acontecimientos habían pillado con la guardia baja, supongo que por las mismas razones que las de mi somnolencia: La digestión de nuestros famélicos y agonizantes cuerpos.
Así pues, como decía, el ave atrapó hábilmente a Peters y se lo llevó, volando precariamente y gritando aquel odioso y espeluznante 'tekeli-li!' mientras seguía una irregular trayectoria que únicamente pude seguir hasta que desaparecieron tras las cortinas de niebla.
Luego me quedé un buen rato mirando el lugar donde había estado sentado hasta hacía un momento, como si no hubiera pasado nada, embobado, sin acertar a conectar con algún sentido lo que había visto. Luego me dormí, de puro aburrimiento, cansancio, agotamiento.

Hasta que un agudísimo dolor punzante, en mi vientre, me despertó de golpe, para ver cómo una de esas aves blancas (otra o la misma quizás) hacía presa sobre mi tronco con sus enormes y afiladas garras y se me llevaba volando, ensartado, profiriendo aquel penetrante y molesto chillido que, aún hoy, me sigue persiguiendo y torturando en mis pesadillas.
Y a cada batir de sus alas las garras se me insertaban y clavaban más profundamente en mis entrañas, abriendo unas espantosas, hondas, heridas por las que iba perdiendo la sangre y que me ocasionaban un dolor indescriptible mientras aquella maldición alada me trasladaba hacia quién sabe qué desamparadas e ignotas regiones.

Capítulo 27

El violento impacto estrellado, con el que fui a parar al inmenso nido de aquellas blancas bestias antediluvianas, me libró en parte del intenso sufrimiento continuo que había padecido durante el interminable desplazamiento. Enseguida sentí cómo me sumía en una aliviadora insensibilidad, cada vez más frecuente y deseada por todo mi ser. No pensaba en otra cosa que no fuera desaparecer, morir, extinguirme. Terminar con esa agotadora tortura inmisericorde, esa monótona letanía de desdichas y tormentos que parecían no acabarse nunca. De la que cada nueva experiencia era una repetición de todos los horrores y padecimientos posibles que un hombre podía soportar y que yo había sufrido ya una y otra y otra vez.
Un sádico ensañamiento que se había cebado en mi persona desde el día que puse un pie en un barco y que había destrozado por completo todas mis perspectivas de futuro, proyectos, anhelos, ilusiones, esperanzas.

Ya sólo albergaba un deseo: Concluir mi vida, borrar mi existencia, disolverme en la nada.
Creo que es una legítima meta para alguien que ha pasado por todo lo que yo he tenido que pasar, y por la que (espero) nadie me censurará.

Así que allí estaba, rodeado de huesos roídos de animales muertos, y de grotescas crías hambrientas, de grandes picos afilados.
Con mi abdomen rajado, y abierto, por diferentes puntos, manando abundante sangre, mientras me iba desangrando, lentamente.

En estas condiciones no sorprenderá que no intentara nada, que me abandonara al destino, esperando la ansiada muerte, mientras notaba sus ávidos picos desgajando mi carne.

Pero el despiadado destino, una vez más, vino a burlarse de mis vanos intentos. Estaba claro que no iba a permitirme escapar tan fácilmente de mi tortura, del sufrimiento perpetuo que era mi vida.
Y, cómo no, fue de nuevo Peters su agente intercesor, mi tenaz protector, el eficaz e incansable salvaguarda de mi penosa persona.

Maldito torturador, infalible insensato, simple e inocente como ninguno. Al que, a pesar de todo, no puedo guardar rencor por el esfuerzo y tesón aplicados. Aunque, si se los hubiera guardado, se lo habría agradecido de todo corazón, sobre todo en aquel momento.

Como estaba diciendo, una vez más el inmisericorde Peters me arrancó de las garras de la muerte y me sacó, a desesperados empujones (pues ya no podían quedarle fuerzas para más), de aquel nido de los horrores.

Ambos caímos rodando por la ladera de un ignoto y accidentado risco, hasta llegar a una bahía donde se bañaban numerosas placas de hielo.
Recuerdo que entonces pensé que debíamos encontrarnos de nuevo sobre el paralelo 84, aunque el frío y todo lo demás me traía completamente sin cuidado.

El caso es que, Peters, desesperante terco, se las apañó para colocarnos sobre una de aquellas planchas heladas que se deslizaban sobre el océano, flotando a la deriva.

Supuse que la corriente nos arrastraría de nuevo hacia los confines del mundo, donde moraba aquella incomprensible calamidad anacrónica, delirante aberración imposible, inimaginable residuo de eras inexistentes.
Aquella suposición me hizo bastante gracia y me puse a reír otra vez, amarga, desesperadamente, de la tremenda farsa increíble en que estábamos metidos.

Pero no fue así, no se cumplió mi predicción. Vagamos al azar por aquellas desoladas regiones ni sé los días. Perdí toda noción de tiempo y de espacio, sólo percibía el blando flotar insensible en el que mi cuerpo iba ganado ligereza.

Sin embargo, de vez en cuando emergían de aquel mar de tranquilidad molestos episodios de angustia, fogonazos llenos de cruda y espantosa viveza en los que veía a un demacrado Peters, ora cosiendo mis heridas, ora sacando de las suyas 'cosas' inenarrables que me obligaba a comer para mantenerme con vida. Visiones de pesadilla que todo mi ser rechazaba y que jamás, bajo ningún concepto, accederé a considerar siquiera como remotamente posibles. Por muy aparentemente reales que se presentaran a la vista y a los sentidos, jamás, repito, creeré que aquellas visiones eran otra cosa que el producto del delirio y la demencia en que nadaba mi agonizante cerebro.
Nadie que viaje en un iceberg, teñido de rojo por la sangre, puede pretender sobrevivir y escapar de la inanición y del frío helador de los dominios del polo, ni en el más remoto y aventurado de los sueños. Esto es así y nadie podrá ponerlo en duda.

Ahora bien, si tengo que decir cómo fue entonces que pudiéramos llegar hasta el paralelo 65 donde la 'Farewell' tuvo a bien de rescatar un par de cadáveres con claros y terribles síntomas de congelación y desnutrición. Y cómo fue posible que aquellos muertos vivientes recobraran algo espantosamente similar a la animación temporal... Debo confesar que no tengo ni la más mínima idea al respecto.

El resto no alberga demasiado misterio. Gracias a sus atentos y continuos cuidados, pudimos recuperar una cierta autonomía y estabilidad. Aunque, no diré nada de las secuelas que nos quedaron y que nos convirtieron inmediatamente en la más temida y susurrada leyenda de los marinos.

Y, con tiempo y paciencia, pudimos llegar a la costa americana, momento en el que nuestros caminos se separaron y me vi libre, al fin, de la permanente y agobiante presencia de Peters, de ese diablo implacable a quien, justamente, debo la vida.
Vida que por otra parte ya no aprecio en lo más mínimo y que no me quito básicamente por respeto a la tremenda cantidad de cuidados y entrega dedicados a ella.
Aunque tal vez lo que debería hacer es partir sin demora tras sus pasos para acabar con su vida y zanjar así de una vez la enorme deuda contraída, para poder luego terminar con la mía sin más remordimientos, escrúpulos, ni reparos.
En lugar de estar aquí, manteniendo tontamente esta anhelante espera, aguardando la llegada del punto final de mi aborrecible pervivencia.

En fin, al menos me queda el consuelo de haber podido regresar, aunque sea por breve tiempo, a mi querido hogar, a mi añorado Nantucket, tan plagado de recuerdos, como el del pobre Augustus, de quien tanto me acuerdo últimamente y al que, en cierta manera, envidio ligeramente, mientras espero el bendito día en el que concluya definitivamente mi patética existencia y pueda olvidar al fin todo lo relacionado con ese desdichado viaje, con aquel rincón oscuro de la tierra y con mi miserable vida.