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Este blog no está recomendado para menores, así que tú mismo con tu mecanismo.

fin del aviso


17 de febrero de 2016

película

Floto en el aire y voy viendo escenas sueltas como de una película, sin estar en ningún momento corpóreamente presente.
Al principio formo parte por completo de la historia que se está desarrollando. Luego poco a poco voy tomando conciencia de mi papel de cámara-espectador conforme sigo al protagonista.

El prota es un viejoven fofisano, rellenito sin ser gordo, largo sin ser alto, de aspecto este-europeo, gafas retro, peinado y ropas ídem e inocencia ingenua. Simpático a la par que patético, más lo primero que lo segundo. Genuino.

Conduce una especie de coche-caravana estrafalaria, ridículamente estrecha y absurdamente alta y larga, de chapa gruesa pintada de verde pino chillón. Dentro, cuelgan del techo varias paelleras y sartenes-wok que van sacudiéndose con el ajetreo. Todas están sujetas por sus asas con cuerdas para que miren al techo, para así hacer de antenas parabólicas caseras.

El prota se gana la vida haciendo de taxista clandestino, conduciendo semejante engendro rodante. Parece dedicar casi toda la jornada a esto, ya que en el vehículo no faltan todo tipo de utensilios cotidianos, cazos de cocina, adornos, etc.
Vive en una gran ciudad norteamericana, de clima frío, donde desempeña su oficio con no poca ilusión y sí poco éxito.

Utiliza las antenas para orientarse con su gps, pero parece haber contratado la señal de unos satélites kazajos-o-algo-así, que tienen problemas de organización en el espacio. Tan pronto están demasiado dispersos como demasiado apelotonados, con lo cual la señal falla frecuentemente.

Vemos al prota hacer una videollamada para quejarse de esto a los técnicos. Y mientras en la pantalla el encargado se excusa como puede, tras éste se oye brevemente una voz que pide socorro, de algún secuestrado. Detalle que pasa totalmente desapercibido para el prota, pero que pretende ser un toque cómico-paródico respecto al país kazajo-o-lo-que-sea y su corrupta cultura.

Luego vemos al prota volver a su humildísimo piso, donde le recibe su mujer y saluda a sus hijos, dos adolescentes, chico y chica, que miran embobados videoclips en la televisión. Televisión arcaica de tubo catódico y pésimo sonido, que obliga a elevar su volumen para distinguir apenas lo que suena. En respuesta al paternal saludo, la chica hace una pompa indiferente con su chicle y el chico le dedica a su padre un feo dedo ofensivo. Ambos reaccionan así, no por maldad, sino más bien por imitación de lo que ven en la tele, como ensayo actitudinal.

El padre cena en la cocina, viendo otro pequeño televisor de bolsillo.
Su mujer está a su lado, mordisqueando un boli mientras va escribiendo una carta.
Cuando termina de cenar, él hace un gesto como de abatimiento y súplica, pero ella reacciona mecánicamente llenándole el vaso con más soda, sin despegar los ojos de la carta que está manuscribiendo.

A la mañana siguiente, él sale hacia su trabajo y ella le sigue apresurada, tratando de endosarle unas cuantas cartas ensobradas. Esta es una costumbre habitual en ellos, pues resulta que esa sobre-correspondencia está destinada a él y en ella su mujer le expresa todo tipo de comentarios, afectos y demás. Y no es que sea muda, pero por alguna razón su relación viene funcionando así desde hace tiempo.

El prota parece estar más que harto y desesperado por todo. Ella insiste y él se resiste, y entre una cosa y otra han llegado hasta la entrada de su edificio, cuya planta calle resulta estar ocupada por unos grandes almacenes, cosa que produce un llamativo contraste con la cutrez de las demás plantas.

En el centro del recibidor hay una amplia y luminosa plazoleta, por la que cruzan los consumidores con sus bolsas y carros, entrando y saliendo de los diversos establecimientos. En este espacio libre hay montada una pequeña exposición temática, de la que se destaca una bola del mundo, de poliestireno, que va girando lenta y mecánicamente, mientras hace lo propio a su vez un pequeño satélite artificial, redondote y generosamente desproporcionado, sobre el que se lee: Sputnik - Maravilla de la técnica rusa.

El prota lo ve y tiene una idea brillante.
Ha decidido solucionar sus problemas trasladándose con su familia hasta Rusia. Así que al momento siguiente los vemos embarcar, con su monstruo-caravana, en un trasatlántico, del que por cierto también vemos salirse marcha atrás, en punto muerto, otro coche, que rueda inercialmente hasta chocar con un edificio.

Y así termina el sueño, con la clara sensación de que quedarían todavía dos tercios de la película por desarrollarse. De la que me ha gustado ese tono de indi-comedia que se ríe de sí misma y que también sabe ser humana cuando toca.
Me queda la sensación de que bien merecería existir esta película, o quizás ya exista. Quién sabe.