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fin del aviso


21 de julio de 2011

susto

Estoy de vuelta en mi pueblo, tras un largo trayecto en bus. Me voy directamente a algún bar a comer, sin recoger del portaequipajes mi bolsa de viaje. Esto es altamente irregular en mí.

Tras la comida me dirijo de nuevo hacia la estación de autobuses, con la inquietud y preocupación añadidas de si podré recuperar mis pertenencias o habrán desaparecido, como muy probablemente sería de esperar.

Por si esto fuera poco, resulta que estoy en la otra punta del pueblo, con lo que este capricho irreflexivo me va a salir por una buena caminata y bastante tiempo dedicado a recuperar la dichosa bolsa. Y luego desde la estación todavía me quedará desandar otra tirada larga hasta mi casa, por listo. Conque fíjate qué gracia he hecho con esta ocurrencia.

Con esa angustia y no poco fastidio, por haberme metido tan tontamente en un aprieto semejante, encima sin que hiciera maldita la falta... Con este dándalo o comecome, decía, voy bajando por una calle en cuesta que me es desconocida.

Tiene un aire lujoso y pulido, y pronto, sin que se note la transición, presenta techumbre, con lo que se trata de una especie de pasaje interior, de aspecto distinguido y selecto.

Al poco, a la derecha, me encuentro con una fachada que se destaca de las demás y que llama mi atención. Me acerco a observarla con más detenimiento. Se trata de algo así como una iglesia acristalada o una especie de invernadero exquisitamente labrado en sus ornamentos. Al final ni una cosa ni la otra, resulta que es una biblioteca. Una placa identificativa me saca de la duda y me informa, de propina, de que su horario es de cinco a ocho y media.

Miro mi reloj, marca las cinco cincuenta y cinco.

Me digo que sólo faltan cinco minutos para que abran y que me gustaría entrar para indagar a ver qué tesoros bibliográficos alberga (delirios de bibliófilo, ya sé), pero llevo apuro y no debo entretenerme con esto ahora.

Efectivamente, hay una discrepancia cronológica aparente. Sin embargo, es cierto que está cerrada, así que el error, si es que lo hubiera, estaría en mi reloj, o en mi mirada, aunque ya se sabe cómo son estas cosas, tampoco hace falta liarse con eso.

Sigo descendiendo por el pasaje, me cruzo con tres personas que suben en sentido contrario, sigo a mi marcha, tranquilamente, con paso relajado, parece que ya me he olvidado del busilis que motiva mi ruta.

El caso es que llego hasta el fondo del pasaje y me encuentro con una pared que me impide continuar.

Parece un callejón sin salida pero no, simplemente apoyo mi mano, empujo y descubro que la pared está hecha de amplias láminas verticales, de madera, que ceden sobre un eje central, vertical también, como si dijéramos una persiana veneciana pero tumbada, algo por el estilo.

Así que, en un momento, lo que era compacta barrera se ha transformado en cinco o seis breves y estrechos pasillos paralelos entre sí, que me permiten pasar al otro lado tan ricamente.

Hay que decir que justo tras esa primera defensa hay otra inmediata de idénticas características, y que ambas se han despejado al mismo tiempo, tal vez por alguna suerte de efecto dominó o algo. Aunque, no sé por qué, tengo la convicción de que se pueden manipular de forma independiente, resultando así un pasadizo mucho más discreto.

Sea como fuere, tras este curioso acceso, me encuentro en el patio interior de casa mi abuela. Luce diferente, arreglado, luminoso.

Me dirijo hacia la puerta de salida, que tiene una gruesa cortina de tela cubriéndola, para salir a la calle y proseguir mi camino. Pero pienso que si oyen el chasquido del pestillo al cerrar, o algún crujido al abrir, se van a asustar, y si además se enteran de que he pasado por aquí sin entrar a saludar, se van a mosquear un rato.

El plural se refiere a mi abuela, perpetua convaleciente, y a mi tía, que cuida de ella. Así que me decido y me pongo a subir las escaleras que conducen a la casa, propiamente hablando.

Asciendo a cuatro patas, para no hacer ruido y que no se asusten. Aún sin incorporarme, ya en el rellano, abro con la derecha la puerta del recibidor, que es de aluminio con cristales rugosos, de estos con relieve tipo panal irregular, que forma celdillas bulbosas, que hacen un efecto de lente biconvexa, distorsionando lo del otro lado eficazmente, diseño típico del año la pera, hoy en día prácticamente inencontrable, mucho me temo, lamentablemente...

A lo que iba, abro la puerta y aún no he terminado de abrirla del todo cuando escucho: AAAYYY, QUÉ SUSTO ME HAS DADO!!!
El grito viene del cuarto que está justo al lado, la voz es la de mi tía y me ha pillado tan de sorpresa, tan de sopetón, tan repentino y potente, que me he despertado espantado, lleno de pasmo.

Total que, queriendo evitarlo, he propiciado no sólo lo contrario sino que me he ganado mi propia dosis con ello. Y menudo trago!

La habitación de la que salía el grito estaba completamente a oscuras. Esto me sugiere una idea: Un fantasma que se asusta de los vivos. Ahora que lo pienso... No había ya una peli de esto? Bah, pero me parece que era de las malas, así que nada.