aviso

Este blog no está recomendado para menores, así que tú mismo con tu mecanismo.

fin del aviso


4 de febrero de 2015

tumbitas

Había una vez un fotógrafo que gustaba de fotografiar la naturaleza en sus diferentes velocidades.
Quería congelar el momento, dibujar el movimiento, sentir el tiempo.
Esto hizo que se especializara en la captura superrápida y la superlenta.
El problema es que al trabajar con esas frecuencias se sentía un poco como un ciego, porque no podía encuadrar bien hasta después de grabar lo que fuera.
Era muy perfeccionista y no quería conformarse con esa limitación, así que se puso a investigar maneras de mejorar la vista.
Tras mucho experimentar y entrenar, logró educar sus ojos para que hicieran lo que él quería.
Era superchocante lo que hacía.
Se ponía a parpadear como un loco y era capaz de ver a un colibrí moviendo sus alas a cámara lenta.
Flipa.
Se quedaba quieto quieto con los ojos casi casi cerrados y podía ver germinar una planta a cámara rápida.
Lo malo de esto es que estaba varios días sin moverse, como una estatua, y era un poco bastante agotador, así que no podía hacerlo mucho seguido.
Total, que ahora ya estaba más feliz y contento y se fue al bosque a buscar cosas que fotografiar.
Allí descubrió un pájaro muy lindo y curioso, que era así blanco casi transparente, como si fuera de seda.
Se puso a sacarle un montón de fotos, pero resulta que no salía en ninguna.
El fotógrafo ajustó la velocidad de su cámara una y mil veces, pero nada, que no había manera.
Esto le extrañó un montón y se puso a pensar.
Parece que con lo de sus ojos había descubierto una velocidad secreta o algo así, no sabía cómo explicarlo.
Lo que estaba claro es que así se veían más cosas.
Aunque no parecían tangibles, pues, por más que intentara apresar a aquel pajarillo, lo atravesaba cual fantasmal holograma.
Y eso que no volaba, que andaba a lo suyo, tan pancho, a saltitos.
El fotógrafo se puso a seguirlo y llegaron hasta un árbol enorme.
Trepó hasta la copa y allí descubrió algo más alucinante aún.
Entre las ramas había un montón de nidos, también blanquisedosos.
Pero lo más tremendo es que esos nidos tenían rudimentaria forma de edificios y formaban una ciudad a escala.
Había un montón de pájaros por todos lados, comportándose casi como humanos, haciendo como que hablaban por el móvil, o que leían el periódico, o que iban al trabajo, etc.
El fotógrafo se quedó a cuadros, con la boca abierta.
Tardó un rato en recuperar el aliento y se fue de allí totalmente anonadado.
No sabía ni qué pensar sobre lo que acababa de contemplar.
Se fue a dormir y no paraba de darle vueltas a eso.
Así pasaron varios días hasta que se decidió y volvió para comprobar si aquello había sido verdad o lo había soñado.
Y sí, era real.
Allí seguían.
El fotógrafo no salía de su asombro.
Y ya el colmo fue cuando descubrió, algo más lejos, un cementerio de tumbitas, con sus lapiditas, igual de albi-tenues.
Era de locos.
Desde cuándo los pájaros se dedican a imitar al ser humano?
Por si fuera poco, no tardó en encontrar otros casos similares en otras especies.
Siempre blancosedosas y con sus respectivas ciudades y demás.
Entonces ya el fotógrafo corrió a anunciar su gran descubrimiento, preso de una gran excitación.
Pero, ay, nadie le creyó.
Por más que insistía, juraba y porfiaba, nadie veía lo que él veía.
A punto estuvo de enloquecer de pura desesperación.
Al final desistió y se recluyó en lo profundo del bosque.
Siguió estudiando aquel reino recóndito y quimérico.
Consignó todas sus observaciones y teorías en un diario.
Y así consumió su tiempo hasta su último hálito.
Convencido de haber descubierto el eslabón perdido.
El camino que llevará a la naturaleza hasta donde está el hombre.
Pero, tras su muerte, el fotógrafo descubrió lo equivocado que había estado.
No era que los animales imitaban al hombre, sino que el hombre se imitaba a sí mismo.
Aquellas criaturas blanquisedosas no eran más que reencarnaciones humanas que se negaban a asumir la nueva vida que les correspondía. Por eso moraban en ese plano semi-existente, de transición, donde emulaban por última vez su pasado, a la par que se habituaban a su nueva envoltura.
Hasta que por fin consentían y reencarnaban ya de veras en su animal pertinente.
Dejando tras de sí apenas una humilde y queda tumbita.

arde la tierra

Un buen día te levantas y hay dos soles en el cielo.
Resulta que Mercurio se ha convertido en una estrella.
Enseguida los agoreros se ponen a vaticinar que vamos a morir todos, por el calor y tal.
El caso es que algo de mejor tiempo sí que se nota.
Pasan algunas semanas y ahora hay tres soles.
Venus se ha sumado a la fiesta.
Cunde el desconcierto.
Se funden los polos, el termómetro alcanza cimas desconocidas.
Pero al final no es para tanto.
Ya nadie viste ropa y hay tanta energía en el aire que no hace falta comer ni nada.
A lo tonto nos estamos divirtiendo de lo lindo unos con otros.
No hay otra cosa que hacer, así que...
Luego, como era de esperar, la propia tierra se inflama y arde entera.
Y otra vez los alarmistas proclamando el fin inminente.
Pero qué va.
Estas semanitas han hecho que nuestra piel se adapte.
Tanto roce y tanto sudar nos ha vuelto medio salamandras.
Ahora respiramos fuego tan ricamente.
Se vive mejor entre las llamas.
Toda la vida metiéndonos miedo con el infierno y resulta que era al revés.
Las iglesias nos han estafado de lo lindo, demonizando el paraíso para que nunca lo alcanzáramos.
Al final resulta que los únicos malignos eran ellos.
Tuvimos que borrarlos del mapa, claro.
Luego a nadie le importó ya eso.
Ahora podemos disfrutar en paz.
Los demás planetas también se han convertido en estrellas y la verdad es que esto es una gozada.
El fuego hace cosquillas todo el rato.
Nuestros cuerpos se han ido aligerando hasta convertirnos en pura energía.
Imagina unos encapuchados con capirote, hechos de puro fuego. Apenas se nos distingue, pero ahí estamos.
Ahora vamos aprendiendo a viajar.
Te elongas al máximo y viajas automáticamente, impulsado por la emisión de luz.
Así puedes recorrer el universo en un abrir y cerrar de ojos.
Casi todo es parecido.
A veces encuentras algún planeta con vida y te quedas un rato mirando.
Es entretenido.
Alguno hasta desciende y todo, pero por lo general un fuego parlante causa demasiada conmoción.
Se lo toman todo a la tremenda, a la mínima te adoptan como su dios.
Entonces ya la has liado, hagas lo que hagas lucharán entre sí y se matarán en tu nombre.
No es divertido contemplar semejante estúpida barbarie.
Hora de hacer zápin y cambiar de lugar.
El universo es lo bastante grande.
Poco a poco vas aprendiendo mejores maneras de ir descubriéndolo.
un truco sutil es entrar por los ojos de alguna criatura inteligente y provocar, aquí y allí, cuatro chispitas de nada que lo convertirán en un genio.
Eso sí que mola.
Te sientes realizado con sus logros y orgulloso como un padre.
Al final todos acabamos jugando a esto.
Y siempre hay malos perdedores que se pasan al bando contrario.
Pero así es más emocionante, más aliciente.
En fin, que eso, prende tu fuego y aprende a moverte.
La acción te aguarda.

2 de febrero de 2015

una letra al día

Cuando Tesla probó su torre-antena, produjo más consecuencias que las evidentes. Generó un pulso plasmático flotante, una especie de nube ondular, para entendernos, que estuvo vagando por los aires erráticamente durante largo tiempo, sin que sospecháramos siquiera de su existencia.

Esta nube se fue alimentando de nuestras emisiones electromagnéticas y demás, alterando progresivamente su composición y naturaleza. A veces nos perjudicaba y a veces nos beneficiaba, y ni nos enterábamos. Lo mismo causaba interferencias como absorbía las radiaciones atmosféricas.
El caso es que poco a poco fue adquiriendo proporciones alarmantes y empezaba a ser una amenaza considerable, aunque nadie la percibiera.

Parece ser que las radiofrecuencias inalámbricas la atraían sobremanera y, cuando se aproximaba a la superficie, resonaba con ellas emitiendo inquietantes zumbidos inexplicables. Y ya el colmo fue cuando un avión se topó de lleno con ella y desapareció, el avión, digo. Aquello debió ponernos sobre aviso, pero no quisimos darle importancia.

La fatalidad no se hizo de rogar mucho más.
Un día la nube cruzó sobre una ciudad que tenía su cobertura de telecomunicaciones funcionando a todo trapo. Las condiciones climatológicas propiciaron que su descenso fuera completo.
Y cuando se produjo el contacto con la tierra, explotó, la nube, no la tierra. Explotó liberando toda su enorme y extraña energía, que envolvió al planeta en un abrir y cerrar de ojos y desapareció. Y sí, ahora me refiero a la tierra.

Nosotros nos fuimos con ella, así que en realidad no notamos nada, solo un gran estruendo que no se sabía de dónde salía ni a santo de qué venía. Luego, el silencio.

Un silencio total y absoluto. Perpetuo.

La humanidad se había quedado sorda y ya no hubo manera de recuperar ese sentido. Los niños nacían sanos y con todo en su sitio, pero aun así, como una tapia. Ni implantes ni inventos ni nada de nada. El sonido se negaba a ser percibido o a saber qué movida pasaba.

Y eso no fue todo, resulta que los astrónomos decían que el cielo se había disparatado de repente. Vamos, que todas las estrellas estaban cambiadas de sitio y no se entendía ni un pijo.
El sistema solar seguía como siempre, pero el universo estaba totalmente irreconocible. Era como para volverse loco.
De hecho eso fue lo que les pasó a muchos, pobres memos.
Lo que no entendían es que se había producido un salto en el tiempo, un salto inmenso que nos había llevado de golpe al año 523.465.936,
año arriba año abajo.

Por supuesto, el avión aquél siguió sin aparecer, porque vete tú a saber a qué año habrá ido a parar.

Total, que comenzó así una nueva era de auge investigativo, pues había que rehacer todos los mapas estelares, estudiar de nuevo los astros y tal y cual.
Así que, quien más quien menos, tenía su telescopio y echaba sus buenos ratos escudriñando el cosmos y sus secretos.
Una moda como otra cualquiera.

En éstas, uno de tantos descubrió un planeta muy peculiar.
Resulta que su velocidad de rotación era prácticamente idéntica a la nuestra, y que su traslación seguía una órbita también casi mísmicamente calcada, a expensas de lo cual su noche y la nuestra coincidían. Talmente que sí.
Y parece ser que el tal planeta albergaba vida inteligente, porque se veían luces artificiales es su oscura superficie.
Pero lo más alucinante de todo es que esas luces se repartían de modo y manera que dibujaban una letra. Y cada noche formaban una nueva!

Estaba claro que intentaban comunicarse y que, de alguna manera, sabían que la humanidad era sorda. O quizás ellos lo fueran, quién sabe.
El caso es que el hallazgo fue un bombazo muy sonado, valga la ironía, así que enseguida nos pusimos todos manos a la obra, anotando cada letra, para reconstruir el mensaje que trataban de transmitirnos.

Lo malo era la frecuencia. Una letra al día era desesperantemente lento. Y, por alguna extraña razón, no había vocales. Por abreviar, tal vez.

El mensaje no parecía tener ni pies ni cabeza.
Todas las masas grises del planeta se estrujaban el coco, se exprimían los sesos pero bien y estaban que echaban humo con aquel acertijo.
Salieron infinidad de interpretaciones, a cuál más delirante y peregrina, ya te puedes imaginar. La peña se monta unas películas que no veas.

Total, que aquí seguimos, sin parar de darle vueltas a ese galimatías sin sentido, cada vez más empecinados y enloquecidos.
Así que, bueno, pongo el texto que tenemos por ahora y ahí queda eso:

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