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1 de enero de 2017

redención

Sueño que veo, o que estoy dentro de, un capítulo de una serie de dibujos animados muy famosa, protagonizada por unos personajes de piel amarilla.

Este es un capítulo muy especial. Tengo la clara conciencia de que ni en un millón de años harían un capítulo así, pero a la vez tengo la viva sensación de estar viendo verdaderamente algo excepcional.

Todo el capítulo es en blanco y negro, con unos tonos de gris muy tenues y suaves. Las líneas de los contornos son también limpias y sencillas. Sobrias y elegantes.
Todo resulta acogedoramente minimalista y evanescente.

Durante la primera parte del capítulo, la cámara se coloca en el punto de vista subjetivo del protagonista. A saber: El padre calvo y gordo.
Sin embargo, su comportamiento aquí es sorprendentemente sereno y maduro. Habla con profunda lucidez y humanidad. Resulta inspirador y gratificante apreciar estas virtudes en alguien con un pasado tan terriblemente esperpéntico.

El prota, avanza andando por una calle vacía. De vez en cuando se acerca hasta algún árbol y pronuncia sentidas palabras de mística reverencia y honda admiración, dedicadas al solemne vegetal y a la vida en general.

Así, por dos o tres ocasiones.

Luego toma una calle que, a pesar de su esquematismo, reconozco como perteneciente a mi pueblo.
Allí se encuentra con otros tres personajes de la serie. El camarero del bar y los dos inseparables compañeros de trabajo.

Entonces, la cámara abandona el plano subjetivo y encuadra la escena para mostrar a los cuatro, que mantienen una conversación que me resulta ininteligible.

De todas maneras, ahora mi atención se centra en su apariencia.
Porque están dibujados de una manera extremadamente inusual.

Imagina una persona con una tremenda miopía, y a la vez con una tremenda hipermetropía. Esa persona solo podría ver enfocada una estrecha franja de la profundidad de campo, y el resto quedaría desenfocado. Pues bien, los personajes aquí, están dibujados contorneando solamente esa franja nítida, y todo lo demás es como si fuese invisible.

Por ejemplo, la barriga del prota se ve como una O grandota, y a través de su oquedad central, se ve el paisaje que queda detrás.

Este efecto resulta fascinante a la par que inquietante, sobre todo en sus rostros, pues nunca se les ven los ojos, y sus rasgos quedan reducidos a unas formas cambiantes de lo más abstractas, en las que casi hay que adivinar nariz, o frente y pómulo, o boca, etc.

Con todo, la sensación dominante durante todo el rato, es la de jubilosa redención. La de estar siendo testigo de un anticipo de un futuro harto lejano o improbable. Y no es su remoticidad lo que le da ese aire extraordinario, sino el salto cualitativo en su estilo narrativo y en su contenido significativo.