"Sin amor no hay libertad, sino egoísmo que es el infierno."

aviso

Este blog no está recomendado para menores, así que tú mismo con tu mecanismo.

fin del aviso



20 de enero de 2023

el niño que se negó a nacer

Había una vez una solterona aburrida de la vida, que tenía muy mal carácter.
No era capaz de amar a nadie y sólo miraba por su interés.
Lo que más le gustaba era disfrutar a tope, sin parar mientes en las consecuencias.
Muchas veces había intentado emparejarse, pero siempre terminaba enfadándose por cualquier tontería y mandando a la porra al pavo de turno.
Ser feliz era su principal y máxima prioridad.
Mejor dicho, lo que realmente perseguía era el placer.
Era ferozmente egocéntrica y superficial, lo trascendental no existía en su vocabulario.
Siempre la culpa de todos sus disgustos y problemas era de los demás.
Cualquiera que no bailase al son de su batuta, era inmediatamente rechazado y despreciado.
A pesar de lo cual, ella seguía buscando y probando, pues le tenía un miedo atroz a la soledad.
No se aguantaba a sí misma, ya que entonces veía su cruda realidad.
Estaba llena de amargura y los años empezaban a hacer mella en ella.
Sus ansias juerguistas tenían cada vez más regusto a huida desesperada.
Viajar y fiestear ya no era suficiente, derrochar y glotonear ya no saciaba el vacío de su ser interior.
Así pues, fue catando absolutamente todo; con ávida gula arrolladora.
Hasta que llegó al capricho de ser madre.
Era la última cosa en el mundo que habría imaginado plantearse; pero, agotadas las demás opciones, no iba a prescindir de probarlo.
Por si resultase ser la milagrosa salvación que anhelaba.
Total, que se fue a un vivero de gametos, repasó el catálogo, rellenó unos cuantos papelajos y se preñó tan ricamente.
Pasaron los meses y llegó el momento de sacar el bollo del horno.
La solterona se fue al hospital y se puso en manos de los medicastros.
Tras enormes esfuerzos y padecimientos, logró expulsar una esfera de plástico, como las de las máquinas de bolas.
Dentro de aquel orbe había una hojita doblada.
Una vez superado el pasmo, la parturienta extrajo la nota y la desplegó para leer el breve mensaje que contenía:
"Querida mamá,
he decidido que no voy a nacer.
No te preocupes, aquí tengo todo lo que necesito y estoy requetebién.
Puedo hablar con toda la gente del Cielo.
Y he conocido a mi papá, que fue un famoso escapista.
Alucina.
Me ha enseñado varios trucos estupendos, como el de la bola, o el de parar de crecer y otros que te mostraré.
Asique, no temas, ya verás qué bien nos apañamos con esto.
He contratado a un abogado-médium para que proteja y defienda mis intereses.
Si no me equivoco, ahora mismo está a tu lado.
Puedes transmitirle con total confianza cualquier asunto que quieras tratar conmigo, yo también lo utilizaré de intermediario.
Gracias por tu comprensión,
y un besito."
La solterona no daba crédito a lo que acababa de leer.
Pero giró la cabeza y se sobresaltó al descubrir la presencia de un desconocido que estaba tranquilamente sentado a su vera.
De piel oscura y aspecto hindú, se presentó educadamente y ordenó a los medicuchos el inmediato cese y desistimiento de sus improcedentes empeños.
Luego siguió una acalorada discusión sobre derechos y deberes y potestades y voluntades, de la que obviamente salió victorioso el picapleitos.
Pues poseía todos los pertinentes documentos reglamentarios que acreditaban al nonato como legítima persona oficialmente reconocida y amparada.
Detalle curioso: El niño se había autobautizado con el nombre de Nono.
Total, que la solterona se tuvo que volver a casa, todavía con su tripota prenatal.
Ese inesperado giro de los acontecimientos la contrarió sobremanera, pues semejante anómala situación implicaba cargar con todas las molestias y obtener a cambio ninguna de las recompensas de la maternidad.
A partir de entonces, ella inició una tenaz pugna contra su hijo.
Primero solapadamente; después, sin reparos ni treguas.
Pronto comprobó que los daños físicos únicamente repercutían sobre su propio cuerpo.
El criajo debía de haber aprendido algún conjuro de protección, con la ayuda de algún hechicero del más allá.
Para colmo, un día recibió una llamada telefónica de Nono, que felizmente le anunció que había conseguido materializar su propio teléfono de última generación.
Desde luego, la magia avanza que es una barbaridad.
Ella venga a padecer fatigas y disgustos, y el otro ahí mandándole videocomentarios guasones.
Maldito renacuajo.
Claro, de tanto rabiar y frustrarse, la solterona fue enloqueciendo progresivamente.
Odiaba verse inmersa en esa pesadilla interminable.
La latosa barrigota era un incordio de lo mas aborrecible, pues le recordaba al gorrón del que era forzosa anfitriona y porteadora.
Una risilla demencial se le escapaba ocasionalmente.
Fantaseaba con mil diabluras de lo más cruentas y despiadadas.
Sus remansos de cordura fuéronse espaciando y mermando.
Hasta que un día se arrojó por la ventana.
El estropicio fue morrocotudo, pero no fatídico.
En su delirio, se olvidó de que vivía en un segundo piso.
En fin, que los matasanos lograron reparar mal que bien los destrozos y la pobre quedó en coma.
A todo esto, el niño no había sufrido ni un rasguño.
Cualquier otro en su lugar habría comprendido que ya iba siendo hora de salir al mundo.
Pero Nono tenía otros planes en mente.
Convocó a la prensa y testimonió las razones de su comportamiento.
Decía ser un mero emisario de la justicia divina, pues tanta frivolidad empezaba ya a tocarle las narices a las altas esferas.
Los medios de comunicación estaban encantados con ese caso.
Numerosas entrevistas concedió Nono, aportando cantidad de detalles para saciar la morbosa curiosidad del público.
El nonato alcanzó cotas de fama nunca vistas.
Desató gran fervor, eclipsó toda moda, acaparó toda la atención.
Nono fue sagacísimo en la gestión de su imagen pública.
Hablaba con tal desparpajo y gracejo, que era imposible no adorarlo.
Lo que nadie sospechaba es que el pequeñuelo se guardaba un as en la manga.
Su celebridad seguía en inexorable aumento, pues el instante de su nacimiento se intuía cercano.
La gente le había atribuido a ese trámite un significado insólito, colosal, estratosférico.
Todos querían vivirlo de primera mano, en rigurosísimo directo.
Cual si fuese la segunda venida del Altísimo.
Así de exaltado andaba el personal.
Y el chavalillo cebaba aún más la cosa.
Resulta que estaba escribiendo las memorias de su peculiar vida pre-parto, llenas de detalles sobre el más allá.
Tema candente sobre el que, hasta entonces, apenas había esbozado alguna que otra vaga pincelada.
Además tenía prometido que justo antes de salir del nido publicaría, en su internetil página personal, la versión definitiva de dichas memorias, para su libre acceso y disfrute.
La Nonomanía estaba por las nubes, en su máximo apogeo.
Muchas eran las apuestas por ver quién acertaba la fecha y hora del histórico natalicio evento.
Todo el mundo estaba convencidísimo de que aquello iba a tener unas consecuencias extraordinarias y milagrosas.
Lo cual era cierto, pero ni se imaginaban cómo y cuánto iban a cambiar las cosas.
Pobres incautos.
El caso es que, un buen día, la comatosa madre espichó y entonces Nono ultimó sus tareas, dio un vistazo a su querida guarida y procedió a nacer.
Fue recibido con inmensa euforia y grandes honores.
Tuvo todos los cuidados posibles y más.
Luego, pasado el éxtasis, las personas fueron acordándose del librillo aquel y empezaron a leerlo.
Y ahí comenzó la voladura sesil definitiva.
Pues la criaturilla traía un mensaje que era pura dinamita ya desde el mismísimo título:
Un desalojo, una ocupación.