aviso

Este blog no está recomendado para menores, así que tú mismo con tu mecanismo.

fin del aviso


31 de marzo de 2012

el ataque de las auroras boreales salvajes

Cuando se fundieron del todo los plomos, digo... los polos, pasó una cosa que nadie se podía esperar, empezaron a haber cada vez más auroras boreales y cada vez más lejos de donde solían estar.

Al principio era hasta curioso de ver, porque las auroras son bonitas un rato grande. Silenciosas, ondulantes, con esa belleza fantasmal y hechizante. Claro, que luego el cielo ya estaba un poco recargado con tantas auroras, porque es que cada vez habían más y más y no se iban para nada, ni de noche ni de día.

Total, que salió un sabio, un científico o algo así y explicó que eso pasaba porque la tierra era hueca y que dentro se acumulaba un aire especial, diferente. Una especie de plasma flotante, electrificado y luminiscente.

Que es lo que llamamos las auroras de esas.

Porque resulta que antes, cuando estaban los polos, pues que hacían un poco de tapón y solo se escapaba algún chorrillo del vaporcillo intraterrestre ese. Pero, ahora que nada lo frena ni retiene, pues que se está saliendo pero bien. Vamos, que menuda la hemos liao.

Por si no fuera poco con los problemas del aumento del nivel del mar y tal.

Bueno, el caso es que muy pronto las auroras cubrían y llenaban todo el cielo al completo. Y hacían un poco de pantalla, así que el sol ya no llegaba igual que antes, era como si estuviera nublao siempre. Y para colmo que por la noche seguían brillando las condenadas, así que ya no había oscuridad como antes, con lo que casi ni se notaba diferencia entre el día y la noche. Además, que todo se veía como teñido de verde. Era bastante raro, como estar en un sueño o en una peli mala de marcianos y tal.

Claro, que la rematadera ya era que las dichosas esas soltaban mogollón de rayos y no había más nubes ni lluvia ni nada, solo ellas ahí todo el rato y se acabó.

Y los rayos que lanzaban eran chungos porque no eran rayos normales. Enseguida los bautizaron como rayos de la muerte, conque fíjate.

Porque resulta que no hacían ruido ni quemaban, traspasaban todo lo que se les ponía por delante como si tal cosa, como si nada.

Y si te cae un rayo de esos te mueres, pero no en el acto. A los que les daba, luego explicaban que era como un chute al máximo de felicidad y cosquillitas todo por dentro, y que el corazón se paraba al instante, pero sin dolor ni nada. Los tíos seguían andando y hablando, como medio lelos o medio idos, y aguantaban así algunos minutos o, los menos, aun casi horas y todo.

Poco a poco se iban amodorrando, hasta que se dormían placenteramente en cualquier lado y ya no despertaban más.

Y así fue que pasó que se terminó la vida, porque no se libró ni uno ni medio. No se escapó ni el tito, pa que veas.

Qué, cómo se te queda el cuerpo.
Pues eso.