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Este blog no está recomendado para menores, así que tú mismo con tu mecanismo.

fin del aviso


10 de marzo de 2012

paz en la tierra

Los últimos días no tendrán nada de extraordinarios, los últimos días llevan muchos días sucediendo y nadie se ha dado cuenta. O bueno, algunos sí, pero tampoco importa.

Lo único que pasará es un sutil cambio de energía. Como una nieve invisible que cae, lenta y silenciosa, y se introduce y se deposita en todo. Y ello es la paz verdadera.

Simplemente, un día te levantarás y te darás cuenta de que, poco a poco, has ido cambiando y que ahora eres más tú mismo, más en equilibrio y armonía con lo que te rodea.

El cambio llega a todas partes y se opera con increíble suavidad y delicadeza. Como la más tierna y fina llovizna que limpia y desprende la mugre acumulada por los siglos de los siglos. Y lo que queda es lo más simple, sencillo, puro, desnudo, esencial: alma, corazón, nada más.

Está aquí, presente y activo. Si te detienes lo puedes notar y escuchar. El silencio es su mensaje. La eternidad, tu certeza.

Poco a poco se hará más evidente. Más lo irán viendo y le pondrán nombre. Tratarán de explicarlo y comprenderlo. Cada uno según su gusto y manera.

Para unos será la vuelta prometida del Cristo, para otros no sé qué historias con la frecuencia de las ondas y tal. Y todos se equivocarán y todos tendrán razón.

No habrá prueba definitiva que demuestre ninguna de las teorías. Sí habrá falacias y sofismas, excusas contentantes para cada uno seguir abrazando su dogma.

Pero eso será solo al principio, luego dejará de importar.

Se escurrirán las palabras y quedará tan solo el sentimiento, continuo, universal, inevitable, inexplicable.

Ante esto, a grandes rasgos, la humanidad se dividirá en dos: Los tranquilos y los nerviosos.

Los que aceptan el cambio y los que se resisten a él.

Lo bueno es que en todo momento se mantiene y se conserva la libertad, la diversidad. Cada uno se lo tomará a su manera, a su propio ritmo y tempo.

Esto al principio acarreará no poca diversión y entretenimiento, en forma de problemas, enfrentamientos, conflictos, etc.

Los nerviosos querrán agitar a los tranquilos, los tranquilos querrán apaciguar a los nerviosos, y ninguno logrará nada de nada. Puedes aniquilar, persuadir, privar, embaucar, forzar, engañar, violentar, secuestrar, seducir, abusar, engatusar, oprimir, emponzoñar, cuanto se te enfrente y oponga, pero en nada cambia eso, ni un ápice, la marea de la que nace todo esto.

Poco a poco cada cual irá aprendiendo y comprendiendo que no vale la pena molestarse por nada ni nadie. El tejido social se desmigajará dulce y completamente.

Nacerá una nueva solidaridad, inmediata y espontánea, infantil, caprichosa, particular, irracional, como el que ve a alguien desangrándose y solo se interesa en peinarle bien el cabello.

Una suerte de amago o simulacro de sociedad, inintencionada, casual, episódica, microscópica, efímera, accidental, insignificante, flotante, errante, cambiante, evanescente, etérea, pacífica, libre, inocente, sencilla, ausente, inaprensible.

Lo que ahora nos une y parece importante dejará de parecernos tal. Entonces compartiremos otra escala de valores mucho más básica y depurada, bondadosa, relajada, permisiva, comprensiva, tolerante, contemplativa, oscilante. Inarticulada. Que se podría resumir en vivir y dejar vivir.

Muchas cosas dejarán de funcionar. Y donde primero se notará será en lo más puntero y sofisticado. La compleja precisión y coordinación en la producción y mantenimiento de las tecnologías empezará a tener fallas.

Tonterías al principio, simples detallitos, inocentes anécdotas para contar. Luego ya cosas más serias y evidentes.

Por ejemplo, se te estropea el coche, lo llevas al taller, detectan la avería, llaman a la casa para solicitar la pieza de repuesto, el responsable no se encuentra disponible, luego el inventario no está actualizado, luego el almacén no encuentra la referencia, luego producción no registra la solicitud, luego los empleados se ausentan sin avisar, luego el control de calidad no cumple su cometido, luego el transporte equivoca su destino. Y así con todo. Y así hasta el infinito.

Y eso será lo normal, porque el sentir será hondo y común. Esa tranquilidad total, ese relajo permanente, infinito, insondable, inextinguible, inagotable, en la que nada es importante ni imprescindible, en el que nada te ata ni condiciona, te impulsa ni obliga. Simplemente eres y estás en paz. Y esa dicha y esa libertad se instalan de manera permanente. Vives el presente y ya, sin metas ni objetivos. Sin más ni más.

Y tu atención danza a capricho, juguetona, azarosa, a merced de su apetito. Las calles se llenan de merodeadores. Magabuncios varagilarios, digo... vagabundos maravillados, simplemente fascinados, extasiados con cada detalle de lo que les rodea. Seres felices en sí.

Y así, será el caos más hermoso y precioso. Los pequeños accidentes cotidianos sembrarán su rastro, salpicarán bellamente el entorno. Las carreteras florecerán en colisiones. Y la gente se acercará curiosa a contemplar los brillos irisados de los cristales estallados. Pero nadie socorrerá a las víctimas, ni retirará los cadáveres, ni apartará los escombros.

Eso será la sabiduría idiota, la idiocia sabia o como quieras llamarlo, es indiferente. El respeto, la aceptación de cuanto suceda a tu alrededor o a ti mismo.

La gente morirá de hambre por simple olvido o descuido. Y no le importará en lo más mínimo. Ni siquiera el dolor angustiará ni preocupará ya. Simplemente sucederá y la persona lo experimentará con normalidad, sin mayores pretensiones ni anhelos. La serenidad y el sosiego conducirán los impulsos por sus vías naturales, orgánicamente, a la fortuna de lo eventual y los imprevistos.

No habrá hilación racional. Quieres entrar a un lugar, la puerta está cerrada. Encuentras las llaves, o cambia tu deseo, o desistes, o te pierdes en tu fantasía, o tratas de entrar por otro lado. Tierra de sonámbulos. Fantasmal. Subliminal.

Y las ciudades serán santuarios de calma chicha, y las prisiones, conservatorios beatíficos, y los desiertos, una oda, y la mar, un canto, y la luna, una nana, y el viento, una caricia, y el tiempo, un murmullo, y el polvo, cosquillas, y los huesos, la risa, y la vida, la muerte, y la muerte, la vida.

Y lo mismo sucederá con todo el planeta, flora y fauna presentarán síntomas similares, de lo más llamativos y curiosos. El depredador no cazará, el depredado no se reproducirá. Los carroñeros no carroñearán, como dicen los de allende, las aves no volarán, o se dejarán caer de repente, etc.

Todo se disolverá, se esfumará, se deshará a su debido turno. El ego, la profesión, la identidad excluyente, el discurso interno, la memoria historicista, la conciencia individualista, etc.

Hay algún médico en la sala? Y el médico ni se acordará, y casi mejor porque tampoco iba a saber o querer hacer. Total para qué.
Sin nombre, sin pasado, sin proyectos. Sin presiones, sin prisas, sin urgencias. Fulanos anónimos amnésicos perdidos flotando en la nada.

Aunque no todo tiene que ser así, por supuesto. Muchos mantendrán y conservarán sus cualidades. Y la concordia podrá incluso amplificar o potenciar algunas habilidades o capacidades.

Solo será un filtro, un espacio neutro donde cada uno elegirá y decidirá. Y la nada retornará a la nada. Y el ser será lo que es. Y el distraído y el indeciso contarán apenas con su propia tregua que se sepan o quieran dar.

El corrupto ya ni disimulará, el depravado ya ni persistirá, el acusado ni se defenderá, el juez ni sentenciará, el aburrido se ahogará en su bostezo, al hastiado reventará, el alienado se disgregará, el poder ni medrará, la afición ni asistirá, el deportista ni se esforzará, el nadador ni nadará, la competición ni se celebrará, el corredor se paseará, el ciclista irá de picnic, el dinero ni circulará, el vicioso ya ni se controlará o ni se acordará, el enfermo ni se preocupará, el estresado ni se apresurará, el inocente ni se enterará, el soñador ni despertará. Por activa o por pasiva, por directa o por refleja.

Y cada uno saldrá con la reacción más inesperada y original, su respuesta más auténtica y verdadera. La gente se dejará caer simplemente por donde le incline su carácter y personalidad y las consecuencias le llegarán con total lógica y naturalidad. Habrá quién se entregue al exceso y quién a la apatía, y quién a ratos lo uno y a ratos lo otro, a voluntad.

Y a nadie le inquietará en absoluto obtener los resultados de sus actos u omisiones. Será la lucidez más pura y elemental, el ser presente y nada más. Sin necesidad de palabras, ni argumentos, ni justificaciones, ni explicaciones, ni nada de nada. Ni ante sí mismo ni ante los demás.

Coherente en su incoherencia, íntegra en su parcialidad. Desnuda, vacía, libre. Ausente de exigencias, normas, esquemas ni condiciones. Espontánea, fluyente, mudable, cambiante. Viviente.

Y eso es lo fantástico y lo genial de todo esto. Incluso los nerviosos, que al principio parecieran los más reacios o a la contra, pronto se descubrirán igualmente entregados, inmersos por igual en esta dicha inenarrable, a su propia manera rebelde y aparatosa en apariencia. La paz será total, ubicua, omnímoda.
Unos la experimentarán y vivirán de un modo y otros de otro. Pero en el fondo todo obedecerá y responderá a lo mismo. A un mismo sustento y origen, a un mismo fondo.

Y fíjate bien que se puede disfrutar la quietud con brío, con la alegría y la expansividad y la esplendidez y brillantez del que se entrega a su instinto, del que vuela sin freno ni recelo. De ahí la hermanación tácita de tranquilos y nerviosos.

El que buscaba se olvidará de lo que buscaba, o de buscar, o de sí mismo. Otro tanto con el angustiado, el perseguido, el atormentado, el desquiciado, etc. Y todo dará igual.

El viento sopla y luego sale el sol, un día llueve y otro no. Y todo da igual.

El edificio se desploma, la memoria se desdibuja, se difumina, se borra. El aire mina, el agua erosiona, la tierra traga, el fuego devora. La vida nutre, la luz ilumina, la tierra sostiene y sustenta. Pero no hay positivo ni negativo. Los corazones están limpios, vacíos. Y es igual.

El colapso se recrea en su caída. Se demora irregular, contento y despreocupado a lo largo de los años, o décadas. La civilización irá cayendo por capas, sin orden ni concierto. Y su curso será lento o rápido, según nuestro capricho y parecer a cada instante y momento. Y poco importa, tanto uno como otro, como todo.

Luego lo que quedará será nada. La mera esencia. Algunos cuantos vivirán, conservarán por ventura su carcasa física, los más desaparecerán, o trascenderán. Pero la paz durará, con su eco eterno, por siempre jamás.