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1 de septiembre de 2008

Conclusión de la narración de Arthur Gordon Pym

(aviso previo: Tal vez te interese leer antes esto: http://entra-por-los-ojos.blogspot.com/2014/10/narracion-de-arthur-gordon-pym.html. fin del aviso previo.)

Nota:
Como nuestros pacientes lectores sabrán ha pasado una considerable cantidad de tiempo desde aquel 1837 en el que pudimos tener conocimiento de las azarosas peripecias del señor Pym. Que, como recordarán, quedaron interrumpidas en un punto crítico, próximas ya a su conclusión. Interrupción que se debió al desafortunado fallecimiento del señor Pym (en las trágicas circunstancias harto conocidas por todo el mundo) que nos privó del desenlace de su extraordinaria narración que tan obnubilados y sobrecogidos (maravillados y horrorizados a partes iguales) nos tenía con el relato de sus desventuras.

En aquel momento se habló de la posibilidad de recuperar algún día los capítulos extraviados (dos o tres a lo sumo) que a buen seguro Pym dejó escritos en alguna parte.
Pues bien, ese día ha llegado (aunque no entraremos en detalles respecto a las singulares circunstancias en que este hallazgo ha sido posible, ya que por sí solas constituirían otra novela entera y este no es, consideramos, lugar ni momento para tratar sobre ellas) y hoy por fin podemos disfrutar del desenlace de tamaña epopeya.
Únicamente nos resta agradecerles una vez más su infinita paciencia y desearles que disfruten con la lectura.

(A continuación hemos reproducido el párrafo donde quedó interrumpido el relato para que puedan retomar la lectura con mayor facilidad.)

Capítulo 25

[...]
22 de marzo:
La oscuridad fue en aumento y sólo veíamos ya un indescifrable resplandor en las aguas que nacían de la blanca cortina de niebla.
Muchos pájaros gigantescos, de una blancura fantasmal, volaron sin cesar surgiendo de más allá de aquel velo blanco, y escuchamos sus gritos que hasta perderse de nuestra vista repetían: ¡tekeli-li!
Sentimos que Nu-Nu se estremecía en el fondo de la canoa, pero al tocarlo descubrimos que estaba muerto. Y de repente nos precipitamos vertiginosamente hacia la catarata, y un abismo se abrió para recibirnos. Entonces vimos ante nosotros una velada figura de rasgos humanos, cuyas proporciones eran superiores a las de cualquier habitante de la tierra. Su piel tenía la perfecta blancura de la nieve...

...y ante aquella visión mi corazón dio un vuelco vertiginoso, tremendo, terrible. Me inundó el hondo convencimiento de haber muerto y encontrarme ante Dios mismo. Por eso mi corazón, por sí solo, se abrió como una flor y expuso ante el todopoderoso su interior, mostrando todo lo bueno y todo (absolutamente todo) lo malo que había hecho durante mi vida.
Me sentí completamente desnudo, más de como nunca antes me haya sentido. No sé por qué me vino a la memoria el momento exacto de mi nacimiento, del que, como se comprenderá, no podía tener recuerdo alguno y que, sin embargo, estaba reviviendo entonces con toda su intensidad, con todo detalle.
Y es que, la sensación de inmenso horror que me envolvía, era la misma que aquella del parto.

Todo mi ser estalló en desconsolado, amargo, llanto. Manando de él abundantes lágrimas, un mar entero. Como si me estuviera licuando, transustancializando. Expresando de esa forma, al mismo tiempo, todo el pavor y amor que podía contener y manifestar mi ser. En un acto de profunda y sincera expiación, entrega, rendición, disolución.

Mi expuesto corazón, transparente, hizo balance, él solito, sin necesidad de que Dios interviniera para nada. Y durante aquel examen vi pasar toda mi vida ante mis ojos y sufrí por todas las culpas y faltas cometidas. Que en el fondo eran una sola, entonces pude verlo claro.
Mi afán de aventura había convertido mi vida entera en un infierno y, lo que es peor, a causa de ello había abandonado a mi familia, a mis seres más queridos, fea, egoístamente.
Aquello era lo que más me pesaba y por lo que mi corazón imploraba penitencia o clemencia. Ansiaba librar esa deuda, saldar esa cuenta, para poder descansar en paz al fin.

Sin embargo nada sucedió. Incluso, todo ese tumultuoso pandemonio que me había revuelto por completo por dentro, se había desencadenado de forma súbita y apenas habían transcurrido unos pocos segundos (que se me hicieron una eternidad) frente al supremo, al sumo creador.
Y como siguiera sin suceder nada, no pudiendo soportar mi corazón semejante tensión ni un instante más, me desmayé y perdí el conocimiento.

Capítulo 26

No recuerdo cuánto tiempo permanecí sumido en aquella bendita tregua, pero cuando desperté me encontré tumbado en el fondo de la canoa, junto al cuerpo sin vida del pobre Nu-Nu, que estaba ya frío y duro como una piedra. Un poco más atrás vi que se encontraba Peters, rígido, con una expresión atroz en su (ya de por sí desastroso) rostro y cubierto de una palidez cadavérica que me hizo temer lo peor. Aunque, tras zarandearlo un poco, logré que volviera en sí parcialmente. Lo cual ya me pareció mucho, pues, yo mismo, me encontraba sumido en una especie de densa pesadilla que me tenía embotado sobremanera, un profundo agotamiento interior, un hastío que me taponaba, bloqueaba, amortiguaba mis sentidos.
Con lo que me movía oscilando continuamente entre la más completa insensibilidad y la incredulidad total.

Mi alma yacía sumergida en una gran bolsa de sorda y ciega desesperación, de muda negación, saturada de dolor y espanto.
Así pues, aun perfectamente consciente de lo que iba a contemplar, me di la vuelta lentamente, me recosté con relativa tranquilidad sobre la canoa y me puse a observar con desganada y desmayada 'serenidad' la sórdida escena que me rodeaba.

Como desde dentro de un sueño escruté morbosamente a ese ser inmenso frente al que reposaba nuestra embarcación.
Mediría de alto sus buenas cincuenta o sesenta yardas y su anchura aparente no sería menor de unas quince o veinte. Su perímetro no me vi con ánimos ni con ganas de calcularlo. Todo él era de un blanco purísimo, de hielo macizo. Como si alguien hubiera cogido un iceberg gigante, una auténtica montaña helada, y lo hubiera tallado dándole forma de soberano temible.
La severidad de su expresión se veía acentuada al ser iluminada únicamente por aquellas extrañas aguas blancas, lechosas, hirvientes, que tanto recordaban a la lava y sobre las que emergía su figura. Que quedaba cubierta por ellas de cintura para abajo y cuya silueta se recortaba terriblemente contra aquella tenebrosa oscuridad absoluta que hacía las veces de cielo.

Sus largos cabellos caían libremente por sus costados formando profundas cárcavas, grutas y desfiladeros nada tranquilizadores. Para finalmente desparramarse sobre aquel océano infernal, formando a su alrededor un enmarañado e irregular islote.
Sus ojos (sus terribles y ciegos ojos) inexpresivos, completamente blancos, tenían perdida la mirada en algún punto infinito del horizonte, y por nada del mundo habría querido que desviaran su atención hacia nosotros.
Sobre su cabeza reposaban algunos de esos enormes pájaros albinos que habíamos visto con anterioridad.
Y, como telón de fondo, las cortinas de niebla rodeando todo el perímetro de la escena, aislándonos del mundo exterior (si es que seguíamos en él.)
Curiosamente, observé, en este recogido paraje no había ni rastro de 'cenizas' blancas ni de erupciones, aunque igualmente el agua se agitaba llena de turbulencias internas.

Tras contemplar detenidamente todo aquello me di cuenta de me había precipitado en mi consideración de haber fallecido y hallarme ante Dios. Pero no le reprocho a mi corazón haber creído en algo así, pues la figura era temible. Su estatismo inexpresivo inspiraba un vago terror indefinible que se colaba silenciosamente hasta los huesos, despertando un, sutil, de,sa,so,sie,go profundamente inquietante.

Aunque (a pesar de haber reconocido mi error) mi alma había caído en una especie de luto autocompasivo, del que ya no he logrado sacarla nunca más. Como si el proceso de expiación no pudiera o no quisiera revertirlo. Así que por dentro era como si ya estuviera muerto, la notaba blanda, 'desanimada', apagada, inerte, caída por los suelos, destilando lenta, penosamente su hondo pesar.

De ese modo, instalado en esa patética indolencia, en esa dejadez apática, me entretuve en considerar alguna posible explicación a todos aquellos increíbles fenómenos fantásticos de aquel apocalíptico y extraño lugar al que habíamos ido a parar.

Más o menos llegué a la conclusión de que debía de tratarse de un tótem, de algún culto de adoración ancestral que tuviera como ídolo a algún mitológico titán del pasado.
De ser así, era uno de los hallazgos más extraordinarios de todos los tiempos, pues su factura y sus dimensiones eran verdaderamente apabullantes.
Lo que no logré explicarme era lo de aquel agua extraña.
Era como si bajo aquella mole de hielo bullera un volcán, pero físicamente resulta imposible que ambas cosas pudieran convivir a la vez en el mismo sitio, así que me tuve que quedar con la duda.

Peters parecía estar más recuperado que yo y, al rato, interrumpió mis divagaciones, tomándome del brazo y ayudándome a salir de la canoa.
Teníamos una acuciante necesidad de alimento (aunque a mí ya todo me era indiferente, me movía por simple inercia, nada más) y, por su mirada, supe que tramaba algo para poder echarle una mano al cuello a una de aquellas enormes aves.
Aunque, la sola idea de trepar, en nuestras condiciones, por aquella tremenda y escarpada mole de hielo, habría sido sencillamente suicida. Por lo que me senté tranquilamente a ver qué hacía a continuación, a la espera de acontecimientos.

Acontecimientos que no se hicieron de rogar pues enseguida asomó, por una de las grutas, uno de esos monstruosos y descomunales 'osos polares' con los que habíamos tenido oportunidad de cruzarnos en un par de ocasiones durante nuestra accidentada singladura.
Sin la más mínima sombra de duda (se diría que disfrutaba con este tipo de situaciones) Peters sacó su afilado cuchillo y se dispuso a enfrentarse a muerte con aquel gigantesco animal.
La lucha fue encarnizada, sangrienta, espantosa. Sobre todo porque se desarrolló a escasos pies de donde yo descansaba sentado (sin la más mínima intención de moverme.) Aunque, al final, la batalla arrojó el saldo acostumbrado: Peters emergió, maltrecho y cubierto de sangre, de debajo de la masa inerte de carne en que se había convertido la bestia.

Entonces la tierra, el improvisado islote sobre el que nos encontrábamos, comenzó a temblar violentamente y pude ver cómo uno de los brazos del ser monolítico (mejor dicho monocristálico) empezaba a desplazarse lentamente, mientras de aquel mar de pesadilla iba saliendo poco a poco una enorme mano que, con la misma lentitud, agarraba la canoa, la elevaba terriblemente hacia su boca (no pude evitar sentir un estremecimiento ante aquella imagen) y la depositaba en su interior. Para, a continuación, comenzar a masticar y destrozarla (con el pobre Nu-Nu dentro) lentamente.

Todo eso sucedió en el más espantoso de los silencios (y sin siquiera desviar su fría y distante mirada, gracias al cielo) pero, ahora, se escuchaban con perfecta claridad y nitidez los desgarradores crujidos, chasquidos y roturas que aquella espantosa boca abierta causaba en su parsimoniosa y metódica trituración. Masticación que ejercía una insana fascinación sobre mi mente, impidiéndome apartar la vista de tan espantoso espectáculo.
Lo peor de todo era la completa inexpresividad inhumana, inefable, insoportable, de aquella mole de hielo, que llevaba a cabo tan terrible destrucción con la más total y absoluta de las indiferencias.

A cada bocado, a cada presión, se desprendía una pequeña cantidad de hielo de sus abominables mandíbulas que caía sobre nosotros como una ligera lluvia escalofriante.
Aquella lenta e incomprensible aniquilación se demoró una inaguantable eternidad. Tanto, que al final mi mente se tensó de tal manera que creí que iba a enloquecer, así que me obligué a desviar la mirada de aquella monstruosa visión de pesadilla.
Entonces vi la expresión de Peters, cuyos ojos parecían a punto de salírsele de las órbitas, e, irremediablemente, rompí a reír escandalosa, desquiciadamente, sin poder controlarme. Aunque, más que risa, lo que salía de mi garganta era un estrangulado grito de desesperación increíble. Así, pasó un buen rato hasta que el ataque fue remitiendo, por pura extenuación física.

Por fortuna aquello me sirvió para sumirme de nuevo en una piadosa inconsciencia, aunque esta vez se me antojó cruelmente insuficiente en su brevedad.

Cuando volví en mi ser tuve un instante de confusa desorientación que me llenó de un intenso pánico. Por un breve momento creí despertar de una horrible ensoñación y encontrarme de nuevo en la bodega del Grampus. Sin víveres, sin agua, atrapado en aquel oscuro cajón de aire viciado.
No puedo describir con palabras la angustiosa desesperación que aquel pensamiento me causó. Pero, por fortuna, sólo se trataba de una momentánea alucinación, pues seguíamos estando frente a aquella aberración heladora, aquella absurdidad imposible, que con su ciega voracidad nos había privado de toda escapatoria. Por lo que, efectivamente, estábamos atrapados, y de qué manera, en esa nueva horrible situación (otra más para la colección.)

Pero la desesperación tendría que esperar, pues Peters, mientras yo yacía inconsciente, había aprovechado para extraer algunos pedazos de carne de la pieza que se había cobrado y me estaba dando un sangriento trozo de carne cruda para que me recuperara (la verdad es que el ataque de risa me había dejado exhausto.) Así que devoré aquella ofrenda con avidez, aunque mi corazón seguía sumido en su deprimente desgana y no me sentía con fuerzas casi ni para moverme.

Entonces, de repente, aquel monstruo de los hielos despiadado abrió de nuevo su boca y comenzó a expulsar por ella fuego, relámpagos, chispas, lava blanca, en caótica combinación. Liberando un calor de mil demonios, mientras la lava resbalaba por su cuerpo hasta llegar al agua. Escena de tan descarnada desolación que incluso me llevó a pensar si no sería que nos hallábamos en el infierno realmente.
Aunque, me encontraba en tal estado de desidia mental que, incluso aquel pensamiento, me resultó insignificante. Había rebasado ya toda mi capacidad de sufrimiento. Y eso, gracias a Dios, hacía que casi todo me resbalara como si nada, sin prácticamente afectarme en lo más mínimo. De otro modo seguramente habría enloquecido ante semejante desalmada devastación.

No sé cuánto tiempo transcurrió mientras contemplaba fascinado, hipnotizado, aquel regurgito ígneo. Que debió de cesar de la misma forma súbita e inesperada con la que había comenzado. Pues, para cuando quise darme cuenta, todo se encontraba como al principio, como si no hubiera pasado nada.

Lo siguiente que recuerdo está un poco confuso. Creo que caí en un sopor de semivigilia debido a la carne que había ingerido. El caso es que me pareció ver cómo uno de aquellos grandes pájaros descendía volando y atrapaba con sus garras al hasta entonces siempre atento Peters, al que, por una vez, los acontecimientos habían pillado con la guardia baja, supongo que por las mismas razones que las de mi somnolencia: La digestión de nuestros famélicos y agonizantes cuerpos.
Así pues, como decía, el ave atrapó hábilmente a Peters y se lo llevó, volando precariamente y gritando aquel odioso y espeluznante 'tekeli-li!' mientras seguía una irregular trayectoria que únicamente pude seguir hasta que desaparecieron tras las cortinas de niebla.
Luego me quedé un buen rato mirando el lugar donde había estado sentado hasta hacía un momento, como si no hubiera pasado nada, embobado, sin acertar a conectar con algún sentido lo que había visto. Luego me dormí, de puro aburrimiento, cansancio, agotamiento.

Hasta que un agudísimo dolor punzante, en mi vientre, me despertó de golpe, para ver cómo una de esas aves blancas (otra o la misma quizás) hacía presa sobre mi tronco con sus enormes y afiladas garras y se me llevaba volando, ensartado, profiriendo aquel penetrante y molesto chillido que, aún hoy, me sigue persiguiendo y torturando en mis pesadillas.
Y a cada batir de sus alas las garras se me insertaban y clavaban más profundamente en mis entrañas, abriendo unas espantosas, hondas, heridas por las que iba perdiendo la sangre y que me ocasionaban un dolor indescriptible mientras aquella maldición alada me trasladaba hacia quién sabe qué desamparadas e ignotas regiones.

Capítulo 27

El violento impacto estrellado, con el que fui a parar al inmenso nido de aquellas blancas bestias antediluvianas, me libró en parte del intenso sufrimiento continuo que había padecido durante el interminable desplazamiento. Enseguida sentí cómo me sumía en una aliviadora insensibilidad, cada vez más frecuente y deseada por todo mi ser. No pensaba en otra cosa que no fuera desaparecer, morir, extinguirme. Terminar con esa agotadora tortura inmisericorde, esa monótona letanía de desdichas y tormentos que parecían no acabarse nunca. De la que cada nueva experiencia era una repetición de todos los horrores y padecimientos posibles que un hombre podía soportar y que yo había sufrido ya una y otra y otra vez.
Un sádico ensañamiento que se había cebado en mi persona desde el día que puse un pie en un barco y que había destrozado por completo todas mis perspectivas de futuro, proyectos, anhelos, ilusiones, esperanzas.

Ya sólo albergaba un deseo: Concluir mi vida, borrar mi existencia, disolverme en la nada.
Creo que es una legítima meta para alguien que ha pasado por todo lo que yo he tenido que pasar, y por la que (espero) nadie me censurará.

Así que allí estaba, rodeado de huesos roídos de animales muertos, y de grotescas crías hambrientas, de grandes picos afilados.
Con mi abdomen rajado, y abierto, por diferentes puntos, manando abundante sangre, mientras me iba desangrando, lentamente.

En estas condiciones no sorprenderá que no intentara nada, que me abandonara al destino, esperando la ansiada muerte, mientras notaba sus ávidos picos desgajando mi carne.

Pero el despiadado destino, una vez más, vino a burlarse de mis vanos intentos. Estaba claro que no iba a permitirme escapar tan fácilmente de mi tortura, del sufrimiento perpetuo que era mi vida.
Y, cómo no, fue de nuevo Peters su agente intercesor, mi tenaz protector, el eficaz e incansable salvaguarda de mi penosa persona.

Maldito torturador, infalible insensato, simple e inocente como ninguno. Al que, a pesar de todo, no puedo guardar rencor por el esfuerzo y tesón aplicados. Aunque, si se los hubiera guardado, se lo habría agradecido de todo corazón, sobre todo en aquel momento.

Como estaba diciendo, una vez más el inmisericorde Peters me arrancó de las garras de la muerte y me sacó, a desesperados empujones (pues ya no podían quedarle fuerzas para más), de aquel nido de los horrores.

Ambos caímos rodando por la ladera de un ignoto y accidentado risco, hasta llegar a una bahía donde se bañaban numerosas placas de hielo.
Recuerdo que entonces pensé que debíamos encontrarnos de nuevo sobre el paralelo 84, aunque el frío y todo lo demás me traía completamente sin cuidado.

El caso es que, Peters, desesperante terco, se las apañó para colocarnos sobre una de aquellas planchas heladas que se deslizaban sobre el océano, flotando a la deriva.

Supuse que la corriente nos arrastraría de nuevo hacia los confines del mundo, donde moraba aquella incomprensible calamidad anacrónica, delirante aberración imposible, inimaginable residuo de eras inexistentes.
Aquella suposición me hizo bastante gracia y me puse a reír otra vez, amarga, desesperadamente, de la tremenda farsa increíble en que estábamos metidos.

Pero no fue así, no se cumplió mi predicción. Vagamos al azar por aquellas desoladas regiones ni sé los días. Perdí toda noción de tiempo y de espacio, sólo percibía el blando flotar insensible en el que mi cuerpo iba ganado ligereza.

Sin embargo, de vez en cuando emergían de aquel mar de tranquilidad molestos episodios de angustia, fogonazos llenos de cruda y espantosa viveza en los que veía a un demacrado Peters, ora cosiendo mis heridas, ora sacando de las suyas 'cosas' inenarrables que me obligaba a comer para mantenerme con vida. Visiones de pesadilla que todo mi ser rechazaba y que jamás, bajo ningún concepto, accederé a considerar siquiera como remotamente posibles. Por muy aparentemente reales que se presentaran a la vista y a los sentidos, jamás, repito, creeré que aquellas visiones eran otra cosa que el producto del delirio y la demencia en que nadaba mi agonizante cerebro.
Nadie que viaje en un iceberg, teñido de rojo por la sangre, puede pretender sobrevivir y escapar de la inanición y del frío helador de los dominios del polo, ni en el más remoto y aventurado de los sueños. Esto es así y nadie podrá ponerlo en duda.

Ahora bien, si tengo que decir cómo fue entonces que pudiéramos llegar hasta el paralelo 65 donde la 'Farewell' tuvo a bien de rescatar un par de cadáveres con claros y terribles síntomas de congelación y desnutrición. Y cómo fue posible que aquellos muertos vivientes recobraran algo espantosamente similar a la animación temporal... Debo confesar que no tengo ni la más mínima idea al respecto.

El resto no alberga demasiado misterio. Gracias a sus atentos y continuos cuidados, pudimos recuperar una cierta autonomía y estabilidad. Aunque, no diré nada de las secuelas que nos quedaron y que nos convirtieron inmediatamente en la más temida y susurrada leyenda de los marinos.

Y, con tiempo y paciencia, pudimos llegar a la costa americana, momento en el que nuestros caminos se separaron y me vi libre, al fin, de la permanente y agobiante presencia de Peters, de ese diablo implacable a quien, justamente, debo la vida.
Vida que por otra parte ya no aprecio en lo más mínimo y que no me quito básicamente por respeto a la tremenda cantidad de cuidados y entrega dedicados a ella.
Aunque tal vez lo que debería hacer es partir sin demora tras sus pasos para acabar con su vida y zanjar así de una vez la enorme deuda contraída, para poder luego terminar con la mía sin más remordimientos, escrúpulos, ni reparos.
En lugar de estar aquí, manteniendo tontamente esta anhelante espera, aguardando la llegada del punto final de mi aborrecible pervivencia.

En fin, al menos me queda el consuelo de haber podido regresar, aunque sea por breve tiempo, a mi querido hogar, a mi añorado Nantucket, tan plagado de recuerdos, como el del pobre Augustus, de quien tanto me acuerdo últimamente y al que, en cierta manera, envidio ligeramente, mientras espero el bendito día en el que concluya definitivamente mi patética existencia y pueda olvidar al fin todo lo relacionado con ese desdichado viaje, con aquel rincón oscuro de la tierra y con mi miserable vida.