aviso

Este blog no está recomendado para menores, así que tú mismo con tu mecanismo.

fin del aviso


28 de febrero de 2011

nostalgia de la mula

Había un concurso de la tele, te acuerdas de la tele? Casi nadie se acuerda. Había un concurso de la tele que era para que la gente demostrara sus habilidades especiales. Partir muchos melones con la cabeza y cosas así. Me acuerdo de uno que podía reconocer cualquier canción con sólo escuchar el primer sonido, la primera décima de segundo. Raro, eh? Pues algo así es lo que me pasa. Quiero decir, que estoy haciendo cualquier cosa y de repente, un ruido cualquiera, los pasos en los escombros, el plástico silbando al viento, un aleteo, me suena igual, idéntico, al principio de alguna canción, que se pone a sonar en mi cabeza. Con la de tiempo que ha pasado ya casi es un milagro esto.

Ya sabes lo que pasa con la memoria, se va deshaciendo, desdibujando. Por eso cuando llegó el fin muchos intentábamos aferrarnos a nuestros recuerdos, salvarlos, conservarlos, mantenerlos vivos. Mirando las carátulas, evocando sus títulos, Rayojér, Queicompíter, tarareando los estribillos. Pero de poco ha servido, ya lo ves.

El fin llegó de repente, sin avisar. Nadie supo cómo ni por qué. Simplemente de un día para otro dejó de funcionar todo.
Intentaron arreglarlo. No hubo manera. Quisieron encontrar alguna explicación al menos. Tampoco fue posible.
Era absurdo, ridículo, increíble, pero ya no tiene remedio.

La música es lo que más echo de menos. La música y la mula. Te acuerdas de la mula? Casi nadie se acuerda. La mula servía para una cosa muy buena, te cumplía los deseos, como el genio de la lámpara. No te lo creas si no quieres pero es verdad, sólo había que mirarla y esperar. Tenía como unas barras que indicaban el tiempo que faltaba para completar la formación de tu deseo. Eran azules y negras, las he dibujado muchas veces en las rocas pero no es lo mismo, no se parecen, no me salen iguales. Las franjas que tenían es lo difícil, los tamaños, la separación, los trozos, eran especiales, ahí se veía que eran de verdad, la magia de la mula estaba en esas rodajas, esos cachitos, en como se iban rellenando. Y cada deseo tenía su propia manera, ese era su secreto.

A veces sueño con las barras. Con que está a punto de completarse mi deseo más grande, el más importante, el que hará que todo sea como antes. Pero luego me despierto y me da otra vez el bajón.

También había barras verdes, creo, pero esas no me acuerdo de lo que hacían o para qué servían.

Ahora es cada vez más difícil hablar del pasado. Antes sí, antes todos lo hacíamos, y nos buscábamos y nos juntábamos con gusto para eso, sólo porque teníamos recuerdos compartidos. Te acuerdas de tal o cuál cosa? De esto y de aquello? Sí, qué guay era! Vale que ahora somos amigos? Vale!
Qué tiempos aquellos.

Lo malo es que poco a poco se iba perdiendo la emoción, el entusiasmo inicial, la intensidad, el poder evocativo. Repetir la rememoración desgasta el recuerdo, lo vacía y ya te cansas y te buscas otra cosa, otro amigo, otro recuerdo nuevo.
Así fuimos quedando cada vez menos. La mayoría se desentendió del pasado y se centró en sobrevivir en el presente, como si tal cosa, como si nada.

Por eso somos molestos, nos tachan de enfermos, nos persiguen, nos atacan, nos matan. Porque en el fondo se reconocen en nuestro reflejo y aborrecen el recuerdo de lo que han dejado atrás, todo lo que ha desaparecido.

Cuando llegó el fin los libros se convirtieron en el mayor tesoro, el bien más preciado. Los cuadros y las estatuas también, pero menos.
Los libros susurraban palabras embriagadoras, capaces de transportarte a los tiempos pasados de nuevo, te hacían soñar y volar como ninguna otra cosa.

Una biblioteca abandonada era como el más maravilloso de los cielos, porque las que había ya estaban todas ocupadas, tomadas, fuertemente protegidas. Como mucho te dejaban ojear algún volumen manoseado, alguna limosna roñosa que te hacía sentir como un miserable, pero nada más. Por eso había que buscarse los libros por otros lados. Teníamos nuestra propia red clandestina de tráfico de libros y nos los intercambiábamos, como los cromos en el recreo. Te acuerdas de los cromos? Casi nadie se acuerda.

Pero pronto eso se hizo una carga pesada y sin sentido. Ya cada vez entendíamos menos su contenido. Era una cosa rara, porque el idioma seguía siendo el mismo, sólo que muchas palabras ya no nos decían nada. Así que tuvimos que conformarnos con las imágenes, las ilustraciones. Arrancábamos lo que nos interesaba y lo demás fuera, a la basura. Luego ya ni eso, luego ya ni los dibujos despertaban nuestro interés.
La llama del pasado se fue apagando, lenta, implacablemente.

Al final, los cuatro nostálgicos retrógrados que quedamos hemos terminado en las montañas de deshechos, errando, vagando sin rumbo, rebuscando distraídamente entre los montones de ruinas, por si algún breve recuerdo asoma a nuestra mente, ni se plancha, ni destiñe, como un destello que contagia esa mínima alegría, esa dulce añoranza que viene en píldora dorada.

Ratas del pasado, nos llaman.
Te acuerdas del pasado? Casi nadie se acuerda.