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fin del aviso


15 de julio de 2012

vino ocular

Pues érase que se era el mejor sumiller del mundo, que abrigaba en secreto la más grande ambición. Poseía también una espectacular colección de los mejores caldos de todos los tiempos. Y maquinaba darles un uso insuperable.

Su plan era descabellado, insólito. Tan finos eran sus sentidos, que sabía cómo y de dónde sacar el mejor vino habido y por haber. Lo único que el procedimiento requería del sacrificio de bastantes vidas humanas.

Al final fueron dos mil doscientas tres en total. Un trabajo titánico. Pero el resultado bien mereció la pena. Donó la botella a la Sociedad Mundial de Enólogos, junto con una detallada descripción de su elaboración y de los exquisitos y sutiles aromas que se alojaban en aquel recipiente.

Seguidamente se entregó, fue juzgado y ejecutado. Pero su nombre pervive y los enólogos se debaten desesperadamente sobre el destino de tan extraordinaria posesión.

Muchos matarían por probarlo, otros todo lo contrario. Y a su alrededor las leyes danzan y bailan sin freno ni remedio.

El dilema está servido.