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Este blog no está recomendado para menores, así que tú mismo con tu mecanismo.

fin del aviso


21 de abril de 2014

sofá

Yo y un colega somos ahora transportistas.
Está anocheciendo, hemos traído en la furgo un sofá para alguien que vive en un piso. Baja el tipo y nos abre la puerta del portal mientras entramos el sofá.

Nos saludamos con complicidad, como si fuéramos conocidos. Tengo la sensación de que puede ser cierto, aunque no lo recuerde o sepa identificarlo con precisión.
Es un hombre entrando ya en la ancianidad, pero que conserva aún su dinamismo y carácter.

Mi compañero y él se suben en el ascensor con los respaldos del sofá.
Yo no quepo y me espero allí abajo hasta que regresen.
Al poco se va la luz.

Veo el pequeño led naranja de un interruptor.
Lo pulso pero no sucede nada. Creo que es un timbre. Menos mal que nadie responde, o está tan alejado que no lo percibo.
Debajo de este interruptor palpo y encuentro dos o tres más, a distancias dispares. También los pulso y nada.
Decido no trastear más, pues no quiero importunar ni enfadar a vete a saber qué o quién.

Al rato vuelve otra vez la luz y mi colega.
Metemos como podemos el cuerpo del sofá en el ascensor.
Mi compañero dice de meter también los asientos y así no tendremos que hacer más viajes. Pero yo le digo que pesan bastante y que el ascensor no va a poder con todo, así que se quedan ahí para luego.

Cierra el ascensor, le da al botón de subir y casi ni arranca el aparato. Hace incluso mención de irse para abajo. Nosotros le ayudamos haciendo como empentones hacia arriba con nuestro peso.
Así va subiendo, irregular y lentamente.

Yo no estoy bien colocado, el sofá me tiene medio arrinconado a un lado, con mis pies mal posicionados. Mi centro de gravedad es precario y temo perder sustento y caer haciendo que el renqueante ascensor se atranque o descienda o algo.

La subida se me está haciendo un poco interminable por esto.
Por fin llegamos al tercer y último piso.
Resoplo con alivio anticipado. Entonces, para mi sorpresa, el ascensor sigue avanzando, ahora horizontalmente.
Yo sigo con mi aprensión de desequilibrarme, aunque va atenuándose.

Miro por el ventanuco y veo que estamos recorriendo un pasillo bastante particular, pues no lo flanquean paredes, sino que se muestran los hogares directamente, abiertos, expuestos.
Se ven muebles, mesas, utensilios, adornos, etc. Todo muy hogareño y desenfadado. Sin paredes todo luce una sana lozanía desinhibida.

El ascensor prosigue su ruta, imprevisible y zigzagueante.
También veo algunos vecinos que cruzan o transitan libremente de acá para allá, charlando y paseando como si tal cosa, entre esa maraña de mobiliarios y departamentos entremezclados.

Finalmente, el ascensor llega a su destino y se detiene. Al momento desaparece como por arte de magia, y también el sofá y mi colega se han ido por otro lado sin que los haya visto.
Inmediatamente viene a recibirme una señora simpática y regordeta, sin duda la dueña de la casa donde hemos ido a parar.
Se muestra muy atenta y amable. Enseguida me obsequia con una jarra para que beba y me refresque.

La verdad es que en este pintoresco lugar se respira un ambiente muy genuino y positivo, que rápido se contagia y entusiasma.
La bondad y naturalidad de los vecinos trasluce a las claras que vivir aquí les sienta estupendamente, pues rebosan dicha y optimismo. Tal es la calidez y calidad de su compañerismo y solidaridad.

La mayoría son personas bastante mayores, aunque también hay algún que otro chiquillo que juguetea por ahí a sus anchas.

Los muebles y adornos lucen llenos de historia y vivencias. Tienen la pátina del tiempo sobre sí, pero una pátina igual de confortadora y benéfica que el resto.

Todo y todos aquí han compartido la misma suerte y han ganado ese aura radiante y vivificante. Si digo que todo está como humanizado y henchido de gozo, igual exagero un poco pero es eso lo que evoca y emana. La apariencia es normal, pero de manera sutil se nota un poco esto otro.   

Así pues, cualquier detalle resulta llamativo, atractivo. Un coleccionista de curiosidades alucinaría un rato grande aquí, y no especialmente por los objetos en sí, sino por lo que transmiten.

Yo sigo con mi papel de currelante, preguntando por dónde quieren el sofá y tal. Cosa que a nadie parece preocuparle en lo más mínimo.

Total, que voy por allí a mi bola, saludando y conociendo a diversos vecinos. Todos se muestran muy confiados y afables, generosos y abiertos. Me siento integrado y agusto (sic) desde el primer momento, pase por donde pase.

Me está gustando este sitio.

Entra bastante luz por las ventanas, y como no hay paredes, se reparte abundante por todas partes.
Algunas habitaciones tienen más demarcada su forma, otras menos.
A veces sobresale alguna estantería, o alguna cortina que hace las veces de puerta, pero por lo general los enseres no sobrepasan la media altura, con lo que se ve fácilmente a los moradores y sus quehaceres.

Con un golpe de vista se abarca un amplio panorama y se capta lo que se cuece y tal.

Llego a un salón donde está el hombre que había pedido el sofá. Está sentado en otro sofá, con lo ojos cerrados, disfrutando de lo lindo con el sol que le baña, cual gatazo pachorrón, como dicen los de allende.

Le digo que faltan por subir los asientos.
Pasa del tema, le trae sin cuidado.

A su lado se ha sentado una mujer anciana, que me anuncia que ha encontrado su lugar, que se va a quedar a vivir aquí.
Me lo comunica con sincera alegría y esto me emociona profundamente, por la buena noticia y por pura empatía. Me quedo sin palabras y le hago gestos de aprobación procurando no desbordarme.

Resulta que, de alguna manera, ella venía con nosotros ya desde otro sueño anterior que no recuerdo.
El caso es que su decisión me parece de lo más acertada y gratificante. Me siento como muy realizado por este hecho y me voy del salón, siguiendo a lo mío. Saboreando ese sentimiento y compartiéndolo con los demás, sin necesidad de palabras.