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31 de mayo de 2007

Los ermitaños (0-5-07)

Había una vez una joven que estaba cansada de vivir entre la gente, harta de tanta multitud anónima, indiferente, burda, despreciable.
Así que, en cuanto pudo, se deshizo de todas sus cosas y viajó a la región más apartada posible, lejos de la humanidad. Allí, buscó el pico más alto, lo escaló y se sentó en la cima.

A partir de entonces dedicó su vida a la contemplación.

Se había colocado mirando hacia oriente, por lo que cada día veía amanecer y seguía al sol en su trayectoria hasta que salía de su campo de visión. Luego, por la tarde, contemplaba la progresión de las sombras hasta que anochecía.

Nunca se movía de su sitio, no se sabe cómo ni de qué vivía, pero el tiempo pasaba y ella seguía allí.

Pasaron los años y con ellos llegó su vejez, ahora era un harapo arrugado lleno de telarañas, sostenido por cuatro huesos mal apilados.
Tal vez por la edad, la ermitaña había perdido el gusto por los amaneceres y, por ello, un día hizo algo inaudito, se incorporó, se dio media vuelta y se volvió a sentar; Se dedicaría a contemplar los atardeceres, algo más propio de alguien en vías de extinción.

Pero, aquel cambio trajo consigo un grave inconveniente: justo delante, no muy lejos, había un ermitaño sentado sobre un pico, mirando hacia donde ella estaba.
Esa irritante presencia despertó viejos fantasmas incómodos, a punto estuvo de levantarse e irse, pero no lo hizo.

Poco a poco aprendió a ignorarlo, a tolerarlo como una parte más del paisaje. Además, tanto amanecer había mermado considerablemente su visión, que, con el paso de los días, se iba apagando. Ya sólo distinguía algunas formas entre la penumbra durante el mediodía, el resto del tiempo sólo veía tinieblas y una pequeña y agónica bombilla que descendía y se ocultaba tras el horizonte cada día.

Mientras tanto, la humanidad llegó a su colapso, falló el sustento y todos se devoraron y aniquilaron salvajemente entre sí, en medio del mayor caos, espanto y horror.

Hasta que ya no quedó nadie sobre la tierra, salvo los ermitaños; Que no se enteraron de nada y que, aunque lo hubieran sabido, seguramente no habrían hecho nada por repoblar la tierra.

Así, un día, murieron, silenciosamente, y con ellos desapareció para siempre la humanidad. Digno punto final para una especie tan desastrosa y dañina.