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30 de junio de 2013

tartas

Estoy en mi pueblo, con un amigo, de nuevo en la edad de los estudios avanzados. Es denoches, como dicen los de allende, vamos a una plaza donde hay montado un escenario redondo. Hay bastante gente reunida en torno a él, de pies.

El escenario está rodeado por un amplio enrejillado, formado con listones de madera, que da un efecto como de grandes ventanales, a través de los que se ve sin mayor problema el interior.

En cada uno de esos huecos aparece un ideograma complejo diferente, tal vez chino o japonés. Con la misma textura, consistencia y grosor que los listones de madera. Los ideogramas están animados, aumentan, disminuyen, giran levemente en una dirección o en otra, desaparecen, aparecen otros nuevos, etc.
Con lo que se colige que se trata de algún tipo de proyección holográfica o algo así, pero de gran realismo y corporeidad.

Me viene a la mente que los organizadores de esto son coreanos. Y no es un error de identificación de los ideogramas, sino que está en coherencia con la lógica interna del sueño.

Pues bien, resulta que se trata de un concurso de belleza muy importante a nivel mundial, el que más de todos, me parece, que ha decidido celebrar la final aquí.

Lo curioso es que el escenario está vacío de personas.
Justo frente a él hay unas mesas con un montón de tartas y se encuentra el presentador que se pone a explicarnos cómo va a ir la cosa y tal.
Nosotros estamos en primerísima fila, porque mi amigo se ha ganado alguna reputación en esto de evaluar bellezas.

El presentador habla cual maestro de ceremonias exaltado y entusiasmado. Extasiado, intenso y grandilocuente. Nos explica que cada tarta se ha elaborado con algún fluido corporal de una participante. Y nosotros debemos catar y comparar todas para elegir la que más nos gusta.
La idea es sugerente a la par que repugnante.
Solo cuando se tenga el resultado final saldrán las bellezas al escenario, para comprobar a quién le ha correspondido cada premio.

Hay tres tipos de tarta por cada aspirante. Una amarilla y ovalada, otra verde y redonda y otra violeta y almendrada. La forma sirve para adivinar la procedencia de cada sustancia. La primera es claramente de saliva, la segunda se refiere a los pezones, aunque no sabría decir qué aroma o esencia han tomado para su elaboración, y la tercera es, evidentemente, la más íntima y perturbadora.

El color, sin embargo, solo se encuentra en la base y es meramente decorativo. El cuerpo de las tartas es enteramente transparente y tiene una consistencia entre sólida y gelatinosa.

Mi amigo tiene el privilegio de ser el primero en comenzar la cata.
Se inclina sobre la primera tarta, pasa su lengua lenta y diametralmente, se endereza, paladea, evalúa mentalmente y se dirige hacia la tarta de al lado. Viene otro, se inclina sobre la primera, limpia la superficie con un pañuelo de papel, pasa su lengua y le cede el puesto al siguiente. Así todo el rato.

Ya desde el principio he decidido que no voy a participar, así que me alejo y me mezclo entre el gentío. Entonces veo a un lado, en lo alto, una pantalla gigante que está proyectando dibujos animados orientales, del año la pera, protagonizados por animalillos antropomorfizados. Esto me lleva a una serie de reflexiones sobre el tema, sin mayor relevancia.

También se escucha al presentador decir por los altavoces que todos los presentes deberemos hacer una aportación económica considerable, para cubrir los gastos del evento, y que nadie podrá abandonar la plaza hasta que no concluya la ceremonia.
Menuda encerrona.

Esto me fastidia, pero no demasiado, pues para entonces ya sé que estoy en un sueño, así que me dedico a seguir la trama de los dibujos. Y tanto me adentro, que el sueño continúa luego por ahí un rato, hasta cambiar a otro sitio y escena diferentes, etc.