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fin del aviso


29 de mayo de 2011

almas

Estoy dentro de un capítulo de una serie que transcurre en una selva. Me he perdido, solo, en una zona remota, inhóspita. Hay una tormenta, llueve. Sopla un viento desapacible, que agita las retorcidas ramas de un árbol tropical, bastante grande, al que trepo buscando reconocer alguna senda conocida que me devuelva con los demás.

Pasa la tormenta. Las ramas del árbol sobre las que estoy encaramado se han transformado en una mano humana gigante. Es atrezo, artificio? O real? Me angustia y repele, me da repelús estar en contacto directo con esta anormalidad inquietante. Me espanta rozar su piel, no quiero por nada del mundo que cobre vida y se anime estando en ella. Bajo de un salto, lleno de espanto.

Por entre la vegetación llega el supuesto líder, que no sé si es de los buenos o de los malos. Ahora veo lo que me rodea de forma fragmentada, como si mi retina no reciclara bien sus impresiones, generando una especie de almazuela o collage.

Todo se ralentiza, como si hubiera tomado alguna droga. Será por el susto? Me envuelve un silencio cálido, acogedor, acolchado. Mi visión recupera su coherencia, pero ahora aumenta el contraste. Las sombras se vuelven más oscuras y las zonas de luz rebosan de saturación cromática. Hay un sutil desenfoque suavizado y un cierto resplandor difuso que le da a todo un aire muy especial.

Desaparezco de escena, al igual que la otra persona. Ahora la cámara se pasea libremente por entre la naturaleza, en una secuencia ambiental que parece tener algo de alusiva, aunque no sabría adivinar qué. Además casi parecería hasta dirigida por Deivi-Linch.

Hay como un retardo en el desvanecimiento de los fotogramas, que genera una especie de estela fantasma de la vegetación, conforme se va desplazando la imagen. La cámara se mueve planeando, lenta, suavemente, con un dulce balanceo, serpenteante, errática, que transmite una profunda sensación de somnolencia, placidez, fluidez, deslizamiento, sosiego, quietud, paz. Un dejarse llevar como bajo los efectos de un poderoso psicotrópico.

De tanto en tanto, la cámara se recrea con algún detalle, la textura de la corteza de un árbol, unas rocas, el musgo... Como si aspirase y paladease cada matiz, fundiéndose, mezclándose deliciosamente con ellos.

Así, encuentra un pequeño riachuelo, cuyas aguas cristalinas y lecho verdoso, de cantos rodados, terminan cautivando su atención. La imagen se mece y reposa contemplando la deriva del cauce, que en su fluir y rebullir, en su murmullo, remoto y atenuado en mis oídos, cual fantasmal espejismo sonoro, más intuido que audible, va como perfilando una oscura premonición, una terrible revelación, inarticulable, que va inundando y apoderándose de todo mi ser.

A través de ese sentimiento creciente, de nuevo me siento presente en la escena, participando de una zozobra anticipatoria sin igual. Por dentro estoy como sumergido de pleno en la más honda melancolía y tristeza. En la más desoladora y tierna nostalgia romántica. En la más intensa, punzante y desgarradora asolación. Como un lamento, un canto, una melodía silenciosa que lo impregnara e invadiera todo.
Mi cuerpo ya sabe lo que estoy a punto de descubrir.

Bajo el agua distingo varios trozos, dispersos, de cuerpos humanos. Algunos están posados, otros se van desplazando por el fondo, lentamente. La corriente trae un trozo que atrae mi atención especialmente. Es un torso de mujer, con los pechos suavísimos, blanquísimos, sedosa y delicadamente acariciados, arropados, por el agua en que están sumergidos, cálida y dulcemente abrazados por la tenue luz que los ilumina.

Conozco esos pechos. Se de quién son. O eran. De la persona que más he amado. La incredulidad me hace dudar de la absoluta certeza. Quiero confirmarlo, descartar la remotísima posibilidad de error o equívoco. Aguardo a que la corriente traiga su cabeza.
No tarda en aparecer una cabeza, flotando sobre la superficie, cortada y sangrando un poco por algunos lados. La tomo, pero no logro reconocerla. Me embarga el terror de tener sobre mis manos una parte de un cadáver y, más aún, el terror por no poder encontrar en sus rasgos nada lo suficiente conocido o familiar.

Hay como una vaguedad o ambigüedad en sus facciones, profundamente desconcertante y angustiosa, que me atormenta hasta lo indecible. Podría ser ella, pero no estoy seguro. No puede ser, no quiero dudar sobre esto. Hay algo que me falla o falta para poder estar seguro. No sé si es cosa mía o de su estado.
Me parece una broma macabra lo genérica que se me antoja o aparece ante mis ojos su cara. Esto me revuelve por dentro y me trastorna de una manera atroz. Inexpresable.
En el fondo, sé que ha muerto, pero aun así deseo, casi desesperadamente, volver a verla.

Vago ido, impactado. Me embarga una depresión de caballo, que me hunde y agota bajo mi propio peso. Me duele cada átomo de mi ser. Al rato, me encuentro de nuevo con el jefe ese. Me acerco, torpe, y le digo que me siento lento. Me dice que aumente mi dosis de droga, lo cual me afecta aún más. Ahora no entiendo lo que dice, sólo capto trozos sueltos de sonido, lo demás está como cortado.

Otro de los tipos está ahí delante, a lo lejos, en un risco, completando alguna misión. Pero, entonces, de repente, cae al suelo como desmayado.
Me toca ir a buscarlo.
Ya se me ha pasado de golpe la torpeza y el aplomo.

Le explico al jefe que necesito ver el alma de mi amada. Se ríe, apaga las luces del estudio de rodaje, el inmenso hangar donde nos encontramos y que contiene la selva entera, y entonces se ven un montón de luces amarillas, tamaño canica gordota, flotando por todas partes. Brillan tenuemente y hablan, todas a la vez.
No se les entiende.

Ni las atendemos ni parece importarles. El tipo me explica que es frecuente que el alma, pues eso es lo que son, se quede anclada allí donde fallece, y que los vivos la tenemos justo un poco más abajo de donde el cuello se une a la cabeza.
Puedo ver su alma, brillando, roja, en su interior, allí donde dice.

Me desea suerte en mi búsqueda y se ríe, sardónico.
Tras acercarme a varias de esas luces, comprendo que mi deseo es vano. Desisto. Vuelve a encenderse el estudio y desaparecen las luces.

Llegamos al risco, donde el tipo, negro, que se había como desfallecido, resulta que está muerto. Hay una especie de arma-máquina en el suelo, a su lado. La conectamos. El jefe se pone a manipular una imagen virtual que sale de ella. Son como unos átomos que va recombinando para 'rebobinar' el destino del muerto. O algo así dice.
Me río de tan patético, grotesco y profundamente tramposo que me parece esto. Qué mierda de serie es esta? Joder.

Ahora se escuchan, como voz de narrador, los comentarios del director de este esperpento, que se defiende y excusa ante las quejas y protestas de los seguidores y tal. Dice que, según las encuestas, desde que comenzara la serie ha aumentado el número de creyentes en un catorce por ciento, y que esa era su única meta, el único objetivo que buscaba con esta historia.
No me sorprende, aunque me parece una basura obrar así.

Entonces, el jefe, se transforma en una versión anime en tres-dé de sí mismo y aparece como una cortinilla de presentación que divide la pantalla en varias viñetas. Como si fuera la cabecera de una nueva serie centrada en su personaje y tal. A su lado aparece la autora, satisfecha, de semejante entradilla. Se nota a la legua que se trata del capítulo piloto y que ella se estrena en su profesión con este trabajo. Luce llena de ingenuidad e ilusión.
Es japonesa, pero vive en Francia, y habla italiano, aunque en realidad se la entiende como si hablara español.

Ahora estoy en una habitación con mis amigos. Apalancado, en un colchón echado en el suelo que hace las veces de sofá, escuchando a la pirada esa, que está en la tele. En la calle están de fiesta y cachondeo, hay movida y jolgorio. Llegan más colegas, con comida y tal. Llega un conocido y yo ya no estoy cómodo, así que, me piro. Pero tengo que volver, porque me he dejado las gafas. Las encuentro, pero ahora les falta la varilla derecha. La busco. La encuentro. Salgo. Me topo con un grupillo de personas desnudas, montándoselo a tope en plena calle. Me aproximo para unirme a ellos. Pero, me lo pienso mejor y me vuelvo a subir los pantalones...