aviso

Este blog no está recomendado para menores, así que tú mismo con tu mecanismo.

fin del aviso


19 de febrero de 2014

mundo incomprensible

La cosa empezó en una galería de arte.
Por hacerse el moderno, a un artista se le ocurrió pintar únicamente códigos-qr en sus cuadros.
El caso es que tuvo bastante éxito, porque en verdad era algo novedoso y chocante.

A la gente le hacía gracia eso de poner en su salón un cuadro-código de apariencia sobria y minimalista.
Además, que daba pie para que las visitas sacaran su móvil, lo escanearan y vieran en sus pantallas cuál era la imagen que contenía el susodicho a la postre.

Total, que era un divertimento ameno y refrescante.
Y no tardó en extenderse la moda.
Y en algún momento se les fue de las manos.
Hasta llegar a la situación actual.

Al principio, bueno, se podía entender la proliferación, por la novedad y eso.
Incluso tenía hasta su lado bueno y todo. Sobre todo con los anuncios de la calle.
Era muy de agradecer perder de vista toda esa propaganda incrustada a todas caras. Era apaciguador y sosegante ver sustituido todo eso por simples, anodinos, uniformes códigos-qr. Neutros e insignificantes a ojos del viandante.

Pero claro, todos se querían subir al carro, así que la cosa enseguida adquirió proporciones preocupantes. Absurdas, grotescas, delirantes.

Porque, vamos a ver, a santo de qué cambiar las señales de tráfico por códigos-qr? Semáforos y todo? Es un contrasentido absoluto.
Y qué necesidad había de dejar mondos los pedestales? A qué quitar toda estatua, decoración u ornamento y reemplazarla por su correspondiente código insulso?

Sin duda, latía un deseo oculto y profundo tras estas modificaciones.

Siempre el hombre ha querido distanciarse y separarse de su pasado.
Y parece que en la tecnología ha encontrado su ideal aliado.
A fin de cuentas, se trata de interponer una capa, un filtro, una barrera, que intermedie entre el sujeto y lo que le rodea. Para que nada ni nadie le afecte ni interfiera.

Esto se traduce en una inquina, irracional y permanente, al prójimo. Que es lo que lleva a querer secuestrar toda la realidad. Privatizar la vida para el solo disfrute de unos pocos. Máximo egoísmo que produce el mayor odio psicópata y que conduce a la implantación de penalidades y pesadillas autoimpuestas como éstas.

Por eso la naturaleza ya no le importa un bledo a nadie.
Es un vínculo molesto, despreciado, indeseable.
Por eso cuanto más artificial y antinatural todo, mejor.
Por eso el lado perverso es el que manda y decide, sin comprender que el desdén repercute también sobre lo más esencial y delicado de ser humano.
En fin, para qué seguir, ya sabes.

Estábamos con los códigos-qr, que lo invadieron todo en un abrir y cerrar de ojos, en un suspiro, en un santiamén.

Y, aunque no lo parezca, también tienen alguna ventaja. Por ejemplo, la ropa se ha simplificado enormemente. Todo el mundo viste chándal blanco, con su correspondiente código en pecho y espalda.
Así, el diseño y la apariencia quedan registrados en distintos planos.
Puedes presentar diferentes vestimentas según quién te mire. Puedes lucir tus galas con tus allegados y vestir discreto y correcto para el populacho. Así gestionas y proteges tus grados de intimidad. Al fin y al cabo se trata de información personal, y administrarla es facultad y responsabilidad de cada cual.

Curiosamente, el recato ha desaparecido por completo en ciertos sitios. Ya no existen playas no-nudistas, por la sencilla razón de que ya no existen bañadores, ni ropa interior, dicho sea de paso.

La evolución de esto es bastante clarificadora. Internet abrió el mercado a tope, de par en par. Tanto es así, que las empresas se enfrentaban a multitud de problemas. La competencia era total y desleal a más no poder. De nada servía volverse exquisito. No te podías descuidar ni un pelo. La presión y la velocidad obligaban a exprimir todo al límite. Sin esperanza de futuro alguno. Así pues, la virtualización de los productos fue casi un paso forzado.

Descabellado al principio, pero sumamente ventajoso luego.
Te permitía reducir el precio y llegar a mucha más gente, te liberaba de ataduras ni dependencias. Adiós materiales, adiós mano de obra, adiós gastos e intermediarios.
Y lo mejor de todo, podías proteger y diferenciar tus productos mucho más eficazmente.

Primeramente costó un poco convencer a la gente, pero en cuanto le cogieron el punto ya fue totalmente imparable.
Al fin y al cabo, el salto del micro-bikini al bikini-virtual no era tan grande.

Total que, ahora la gente simplemente lleva tatuado un código-qr en el abdomen y otro en la bajoespalda y para de contar. Así que, si quieres dejar algo para la imaginación, necesitas unas gafas de realidad aumentada.

Y ésta es la madre del cordero, porque no cualquiera puede permitírselas. Y ya no es solo el tenerlas, sino poder afrontar los gastos que supone acceder a las funciones o servicios deseados.

Esto es lo que divide el mundo. O estás dentro o estás fuera.
Y estar dentro tiene un alto precio, y estar fuera es penoso y dificultoso. Así que, ya me dirás tú.

Porque, a ver cómo te las apañas en un mundo que se mantiene codificado y ajeno, despiadado y mecánico.

Porque esa es otra, cada vez más se ha restringido y limitado el papel humano en todos los lados. Todo son asistentes virtuales, y si no dispones de los permisos y los periféricos para interactuar, se siente y te jodes.

Que hasta los libros son una sucesión absurda de código-qr tras código-qr página tras página. Si al menos las portadas fueran reconocibles a simple vista... Pero nada, ya no hay lenguaje humano por ningún lado. Ni letreros, ni carteles, ni nada de nada.
Si hasta tu propio documento de identidad es un código-qr.
Así, fácil que ni sepas quién eres.

De hecho, esa es la idea. Sin aparatos no existes, no eres nadie, nada. Un desecho andante, un vestigio del pasado, un fantasma en proceso de desintegración.

Y peor aún es en los supermercados. Tienes que andar adivinando por la forma y los envases lo que puede ser cada cosa. Y ya ni digamos saber los ingredientes.

La información se ha estratificado y elitizado, hasta tal punto, que pocos son los que pueden llegar a saber realmente lo que es menester. Así pues, el libre albedrío es un lujo cada vez más lejano e inalcanzable. Escondido y guardado bajo siete llaves.

La historia de siempre, solo que ahora con un toque más tecnológico y refinado. Perfeccionado.

Es triste seguir, porque el suma y sigue es bastante deprimente.
Hay estampas que, quieras que no, sobrecogen.
Como los cines, todos ahí sentados con sus gafas mirando a la pantalla, donde tan solo aparece un enorme código-qr.
Espeluznante.

O la patética área de maternidad, donde los recién nacidos son etiquetados con su correspondiente código, y como no sepas identificar el tuyo no te lo dan.

Y otro tanto con los envíos, recibos y contratos. Si no portas un código validado y validificado, como dicen los de allende, no se te reconoce ni se te autoriza trámite alguno. De nada sirven firma, huellas ni nada de nada.

Así que bueno, ya lo ves, un invento bastante siniestro, o al menos el uso que le estamos dando, que ya nos vale, ya.