aviso

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fin del aviso


31 de octubre de 2010

mudanza

Me cambio de piso, mis amigos me ayudan a trasladar mis cosas. Tengo un par de colchones y algunas plantas. Cuesta un poco moverse por la calle con todo esto.

Llegamos a un barrio más antiguo, zona empobrecida. Hay algunos jóvenes de aspecto no muy fiable. Chulescos, problemáticos, conflictivos, territoriales. Nos ponen a prueba, sobre aviso, con su forma de hablar. Dejan claro que ellos mandan en ese barrio. Nos indican que tenemos que hablar con el líder de su banda, el dueño del barrio, y obtener su permiso para poder instalarnos aquí.

Vamos hacia una doble puerta metálica, de garaje. Nos abre el supuesto líder, que es muy parecido a mí. Misma edad, etc... Casi parece mi gemelo, aunque tiene la cara algo diferente.
Nos invita a pasar, sonriendo. Dentro se extiende un valle inmenso, verde, sencillo, inocente, puro. De colores vivos, limpios, radiantes.
Las suaves colinas se pierden en el horizonte, Árboles y arbustos salpican el paraje, una pequeña casa descansa, hermosa y tranquila a un lado. No faltan algunas flores y sus bellos toques de color. Todo respira un aire de asombrosa armonía.

Inunda la escena una luminosidad perfecta, sublime, sin igual. Los detalles de cada brizna de hierba se aprecian con total nitidez, con el contraste y la precisión exactos, en maravilloso equilibrio. La lejanía se difumina en la blancura de la claridad. El conjunto transmite una poderosa sensación de expansividad, que impresiona y estimula de una forma muy intensa, refrescante, deliciosa. La vista queda saciada y extasiada ante semejante panorama. Es una verdadera sinfonía celestial. Una gloriosa bendición vital. Un inesperado paraíso natural.

Por increíble que parezca, si uno se fija bien, todo ese fantástico paisaje está contenido dentro de la enorme estancia. Se pueden apreciar ligeramente, a lo lejos, las sutiles líneas de las paredes y el techo. Además las nubes proyectan discretamente su sombra por encima de ellas, sobre el techo.

Tras esta demostración de grandeza y poder, el tipo, sin mediar palabra, me ataca con un pincho grande, su bastón, de acero, con punta afilada. Intenta ensartarme, matarme. Me defiendo, luchamos. Le quito el punzón y le atravieso con él.

Muere.

Pero luego despierta, vuelve a la vida. Es inmortal.
Seguimos luchando. Cada vez me cuesta más hacerle perder el conocimiento. Me voy cansando, aunque me siento fuerte, capaz de dominarlo. Lo mato innumerables veces, hasta que queda inmovilizado, agotado.
Tardará un rato en recuperarse, he conseguido que sangre un poco, su sangre es verde.

Me dirijo hacia su casa.