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31 de octubre de 2010

los duendes atómicos

La cuestión religiosa. Ahora me surgen al respecto algunas reflexiones que quiero compartir.
Qué podemos decir sobre la fe? Sabemos realmente lo que es o cómo funciona?
Está claro que no es asunto sencillo.

Básicamente, como en todo, se dan dos extremos, los que rechazan completamente su validez y los que confían generosamente en ella.
El problema es el juicio que se deriva de posicionarse en cualquier extremo. El conflicto es de sobra conocido. Los radicales pierden de vista muchas cosas y confunden sus creencias con la realidad.

En verdad, el mayor inconveniente es cuando uno se cierra a la opción opuesta. Por muy inclinado hacia un lado que uno esté, si se contempla al mismo tiempo lo otro, entonces se puede encontrar un cierto equilibrio, pues la vida nos irá dando muestras de cosas a pulir y cosas a compensar, poco a poco.

Lo triste es cuando uno abraza una postura como contraposición a la otra. El fanatismo se sustenta en esa radicalidad intolerante, excluyente. El inmaduro se define en función a esa hostilidad manifiesta, su identidad se refuerza mediante su propia segregación.

Cuando se quieren forzar las cosas se logra justo lo contrario. Cuando un extremo se olvida de su complemento y se cree dueño y señor de todo por sí solo, entonces cae en los malos hábitos. Entonces la gente reacciona, mal que bien.
Según la madurez, cada cual asimila y se adapta de una manera u otra a la situación. La peor parte se la llevan los acomodados. Mucha gente, con tal de no pensar por sí misma y revisar sus creencias, preferirá someterse y soportar los abusos, el trato inadecuado. Al fin y al cabo siempre es más fácil culpar a los demás que asumir la responsabilidad propia.

Así que, unos fluyen, otros rectifican, otros flexibilizan sus criterios, otros aprenden, otros maduran, otros despiertan y ven las cosas con mayor perspectiva y claridad, otros se obcecan, otros se empeñan, otros siguen imperturbables por su raíl, otros se atrincheran en sus posturas, otros maldicen y reniegan, pero no hacen nada, y otros se rebotan.

Los rebotados son un caso interesante. Son los que cambian de un extremo al otro de mala manera. La fijación maniática, el odio, hacia la posición abandonada nos habla de expectativas traicionadas, incumplidas. El pobre rebotado no comprende, no se da cuenta de que el desengaño es consecuencia de un equívoco, que su prejuicio le ha jugado una mala pasada y que no ha llegado a entender la verdadera naturaleza de cada posición.

El rechazo es señal de ignorancia. Quien explora y se da permiso para conocer verdaderamente ambas opciones, encuentra su validez y pertinencia. Sólo el necio se embarca en la cruzada de tratar de eliminar una mitad de una polaridad. Cosa que supone un tremendo esfuerzo para nada. No es así como se resuelve la ecuación.

Optar por el camino separativo supone continuo tormento y desgaste. Vivir en conflicto se hace pesado e ingrato. Así y todo, muchos transitan por esas vías, en busca de la lucidez y autoestima suficientes para salir de ahí.

La vida es un misterio que nos supera claramente, al menos por ahora. La teoría materialista-mecanicista, que descarta todo lo místico y espiritual, es pobre y apenas sostenible. No es sino una explicación simplista para contentar a los acomodadizos en su desidia. Todo aquel que profundiza verdaderamente en el estudio de la vida y tal, no puede sino maravillarse ante tan ENORME grado de sofisticación, complejidad y perfección. Decir que todo eso se ha producido por sí mismo, por 'casualidad', por mero caos 'natural', es poco menos que arriesgado, precipitado, incauto.

Si observamos pues tal complejidad, con mayor prudencia y consideración, podemos abrirnos a posibilidades menos aparentes, que impliquen más cosas que la simple materia que vemos. Entonces tenemos nuevas dimensiones para explorar. A ese lado intangible se ha dado en llamarlo espiritual o metafísico. Si apenas alcanzamos para conocer lo material mucho menos nos es desentrañable eso otro.

Sin embargo, que no sepamos descifrarlo no significa que no podamos acceder a ello o participar, de algún modo. Ahí entran las religiones.

La clave, creo yo, para poder asimilar mínimamente estas cosas tan escurridizas y evanescentes, consiste en saber integrar todos los aspectos que conocemos. Fusionar, relacionar. El pensamiento lineal y excluyente sólo sirve para descomponer elementos. Pero, para un verdadero aprendizaje, igual que eso hay que saber hacer lo contrario.

Materia y espíritu. Si las entendemos como cosas independientes y separadas, mal. Entonces ya hemos terminado, ya no se puede avanzar más. Por un lado tenemos lo conocido, por otro lado tenemos una hipotética supuesta cosa indefinible que no sabemos ni lo que es ni para qué sirve. La conclusión es sencilla: Me dejo de cuentos y me centro en lo que conozco, lo que me interesa, lo que me creo que controlo y domino.

Materia y espíritu, cuando las vemos como partes de un mismo orden o conjunto, entonces la cosa cambia. Entonces no podemos desentendernos, no podemos autoengañarnos y ningunear o prescindir de ese campo desconocido. El reto está en cómo trabajar con eso.

Dada su naturaleza, el espíritu no se deja desentrañar ni desmenuzar tan fácilmente como la materia. De hecho podría decirse que no nos da esa opción en absoluto. Así que precisa de una implicación-involucración personal, íntima, ineludible. Aquí no hay asepsia ni objetividad (cosa que, ya puestos, tampoco la hay con la materia, aunque creamos que sí). Incluso, se da una especie de prevalencia. El espíritu no sólo requiere una adaptación a sus reglas, a su elemento, por así decirlo, sino que encima te lleva por donde él quiere, más o menos.

Esto nos invita a no confiarnos en exceso, demasiado ciegamente. Hay maneras y maneras de creer. Observando algunas características de lo místico y tal, a uno le surgen ciertas cautelas.

Qué pasa con la bondad extrema? Parecería que cuando una persona entrega toda su voluntad en beneficio de lo espiritual o divino, recibe a cambio duras pruebas. La típica santa abnegada que recibe con suprema sumisión tremendas dificultades en su vida. Bonita recompensa. Quieres crecer? Pues toma, más vale que sobre que no que falte, jeje.

El típico caso que sufre terribles enfermedades y aun así no desfallece en su fe. Casi parece que cuanto más se le quita más resplandece su bondad. Y luego recibe algunos milagros, señales, mensajes celestiales, atisbos del más allá y cosas por el estilo.

Qué clase de juego es ese?

Cómo habría que leer los acontecimientos? La bondad es consecuencia de la enfermedad? La enfermedad es consecuencia de la bondad? El conformismo es signo de extraordinaria madurez o es señal de sencillez y limitación? Cuál es el desencadenante? Qué condición deriva en qué otra? Quién da el primer paso?

Es el cielo el que dispone los elementos para que nazca en la sujeto esa fe propicia? Es la sujeto la que atrae al cielo con su fe? Es la fe la que llama tanto a lo bueno como a lo malo? Tanto a lo divino como a las dificultades? Puede alcanzarse lo elevado sin necesidad de pasar por semejante prueba?

Hay casos y casos, diría yo. A veces da la impresión de que la iniciativa nace de las altas esferas. Por ejemplo en las apariciones marianas. Cuál es el objeto de una aparición semejante? Parece buscar una cierta respuesta humana, parece propiciar e incentivar una dedicación, un culto, despertar el lado espiritual, implicar y activar a la sociedad en ese respecto.

Por qué se busca esto? A qué o quién sirve esto? Las maneras no están nada claras. A menudo se juega con la incultura de los implicados. La aparición juega a los secretitos, hace profecías que son a la vez promesa y amenaza. Establece, o lo intenta, su entramado, su sistema.

Hasta qué punto se puede confiar en algo así? No hay manera de comprobar la veracidad ni la realidad de lo espiritual. Cómo sabemos que un ente es quien dice ser? De todas formas, cuánto conocemos de dichas personalidades? Poco o nada. María puede ser un arquetipo, una construcción humana que intenta contener o dar forma a algo que nos es desconocido. La apariencia con que se presenta podemos entenderla como una simplificación, como una adecuación. Es la manera en que eso llega a nosotros, nos es accesible, por así decirlo.

Esta manera de ponerse a nuestro nivel, de hacerse visible a nuestros ojos, de quién es obra?

Quien rechaza la fe dice: Todo lo paranormal es producto de la mente humana.
Esa idea mola, de verdad te lo digo.
Tendríamos que estar estudiando seriamente esa posibilidad.
Si de verdad la mente humana tiene esa capacidad, entonces es importante que seamos conscientes de ello y que sepamos darle un buen uso.

Pero, cómo se podría comprobar algo así?

Veamos, según esa teoría, la mística sería creación humana, todo lo metafísico sería mito, leyenda, cuento, figura retórica, artificio, invento. Las personalidades celestiales serían personajes, figurantes, creados ex profeso para desempeñar su papel. Y el ser humano tendría el gusto, la afición o la necesidad de ir elaborando continuamente estas diferentes cosmogonías, a modo de explicación contentante de lo desconocido.

Lo alucinante es la aparente interacción alcanzada. Apariciones, milagros y tal, son un espejismo? o son reales a su manera?
Hasta qué punto el hombre es capaz de sostener una fábula dándole visos de credibilidad, o dotándola incluso de vida y presencia?

Si ese folclore fuese superfluo, entonces sería notable el empeño y la continuidad alcanzados. Qué relevancia tendría cultivar una ficción? Qué podría contener para encontrar un eco positivo en tanta gente?

Cómo se crea algo así? Quién es el genio que un buen día dice: Voy a inventarme una historia para que la humanidad gaste su tiempo y energía en adorar una idea hueca.
Obviamente la cosa no funciona así.
En todo caso sería como un magma, emanado del subconsciente colectivo, al que cada cultura le daría forma expresándolo con sus propias palabras y figuras.

Tal vez somos el centro y foco de un poder inmenso, tal vez nos es dado articularlo de algún modo, o tal vez no. Somos los dueños y señores de la vida? O es la vida la que nos señorea? Sea como sea, la religión está ahí, forma parte de nosotros y tiene un papel considerable. Acaso sea prescindible y accesoria? Acaso lo superficial y caprichoso perdura en el tiempo? Podemos reciclar las instituciones, pulir las creencias, reformular los ritos, cuestionárnoslo todo, replantearnos su naturaleza, origen y pertinencia. Pero, la esencia seguirá ahí, por siempre.

Es absolutamente ineludible, matemático, conceptualmente inevitable. No hay blanco sin negro, no hay aquí sin allí, etc. El empeño en querer renegar o deshacernos de algo así nos conduce a la propia desintegración. La vida tendría que dejar de ser vida, el ser tendría que dejar de ser para poder alcanzar ese objetivo. Así, nos iremos cortando en pedazos, cachito a cachito, tratando de escapar de un imposible. Huída sin esperanza de éxito.

Parecería más sensato y recomendable asumir con normalidad esa presencia. Incluso podemos tratar de afrontar su naturaleza con ecuanimidad y sosiego. Tanto como para adentrarnos sin mayor problema en sus misterios. Lo mismo sean propios o ajenos.

Es el ser humano autor directo o indirecto de su mística? Puede el hombre conformar un mito tan constante e indisoluble? Tiene la mente humana el poder de ordenar la realidad conforme a sus preferencias y criterios? O sólo confundimos nuestros filtros con lo que tenemos por real? Hemos creado a Dios? Hemos matado a Dios? Hemos dejado de ver a Dios? Hemos maquillado la realidad? Estamos jugando al escondite? Nos hemos quedado ciegos? Tenemos los ojos abiertos?

Cómo sería el intentar comprobar esto? Si miramos al pasado encontramos rastros e indicios, pero aun así. Lo más que lograríamos sería elaborar nuestra propia versión-suposición al respecto. Parecería más idóneo intentar un experimento vivo. Tratar de dar a luz a una cosmogonía que superara y reemplazara a la actual. Aunque, oye, que igual es eso lo que trata de hacer la ciencia en realidad y no nos hemos dao cuenta, jeje.

Sería interesante contemplar un futuro próximo, donde la sociedad hubiera abrazado una creencia diferente, donde las apariciones fueran de Duendes Atómicos, y los milagros y los rituales respondieran a otros criterios.

Pero, seguramente, para entonces, habríamos olvidado el cambio realizado. O, tal vez, las nuevas formas serían irrelevantes en sí mismas. Tal vez la constante de fondo sea lo verdaderamente importante. O sin el tal vez, directamente.

Cuando la ficción pervive se puede decir que lo hace en virtud a que, de alguna manera, logra reflejar, contener o apuntar hacia algo verdadero. Dado nuestro, bastante lamentable, grado de desarrollo y madurez, nos es aún incierto y confuso el aproximarnos y considerar esas cuestiones de naturaleza tan etérea.

Cada cultura trata de acceder y asimilar en parte algo de eso, esa esencia inmaterial, espiritual, inaprensible, con sus propios medios, desarrollando vías de aproximación más o menos practicables o aparatosas. Entonces, si nos quedamos sólo con las apariencias, con las diferencias, nos estamos perdiendo en lo accesorio. Es el centro común lo que buscamos, la base, la raíz inequívoca, inconfundible, inexpresable, donde residiría lo virtual-ignoto, podemos decir.

Eso en el supuesto de que sea cosa de nuestra mente. Qué pasa si hay algo más ahí? Qué pasa si realmente no estamos solos y participamos de algo mayor? Igualmente tenemos mucho por aprender.

Entonces ese fondo último tendría un papel importante, ya no sería un elemento pasivo, producto indirecto de nuestro existir, sino todo lo contrario. Si así fuera, las implicaciones derivadas serían considerables. Lo vital supremo buscaría participar y reconocerse cada vez más en nosotros. Que estaríamos invitados y animados a crecer en ese sentido. A colaborar y tratar de entendernos en armonía con semejante especie de entidad-o-lo-que-sea abstracta o incalificable o inclasificable, reto apasionante de posibilidades inimaginables.

Aventurar suposiciones en este sentido no es fácil, porque carecemos de la óptica adecuada como para vislumbrar mínimamente la motivación, naturaleza y propiedades de lo suprahumano. La posible interacción, cómo se plantea? Se trata de una especie de simbiosis? Es asimétrica? Qué supone para las partes implicadas? Cómo se comunican, traducen, transforman y expresan entre sí? Hasta qué punto se funden los límites, si es que hay límites? Etc.

Incluso podemos hacer una mezcla entre ambas opciones, compatibilizar algunos detalles. Puede ser que el espíritu se preste a una cierta envoltura, aunque su esencia sea siempre la misma. Un poco como el genio de la lámpara. Que quieres que se te presente como María? Pues toma, ahí la tienes.

Entonces, lo espiritual desconocido puede tener una composición múltiple, por un lado estaría lo personal, por otro lo transpersonal o suprapersonal y quién sabe qué más cosas. Si no nos damos cuenta podemos confundirnos, podemos proyectar deseos subconscientes o hacer atribuciones erróneas, o caer en engaños contraproducentes.

Otra forma de intentar ver esto es considerar el todo como un ser vivo, donde materia y espíritu se conectan y vinculan de forma orgánica, ordenada, funcional. Más aún, materia y espíritu son una misma cosa con diferentes ámbitos de manifestación, con sus particulares peculiaridades, pero intrínsecamente indisociables.

Cuando una persona manifiesta un deseo de completa entrega para con lo divino, esto no deja de ser advertido y atendido por esa otra parte. Entonces, acorde a esa voluntad, la persona recibe material para su crecimiento, es 'colocada' donde mejor cumpla su cometido.

Si una célula de tu cuerpo expresa tal vocación, tu cuerpo la coge y la convierte, por ejemplo, en poro purulento, a través del cual liberar toxinas, para beneficio del conjunto. Y todos tan contentos.
Moraleja, calibra bien tus propósitos.

Para crecer en espíritu hay que saber sintonizar con ese lado. Las distracciones son un serio obstáculo. Tal vez para ayudar a eso, el cielo proporciona generosamente todas las privaciones que uno desee para poder centrarse en lo inmaterial.
O igual es al revés, quién sabe.
El caso es que, la persona que encuentra la manera de centrarse en lo espiritual, es como un láser, un foco de luz muy poderoso pero que solo abarca un punto muy concreto de todo lo que hay.

Por esto, el ejemplo de la santidad puede ser muy inspirador y aleccionador en relación con el espíritu y temas vinculados, pero nada más (que no es poco, claro está).
La pena es que luego, esa honda espiritualidad, a menudo se traduce pobremente para con el resto de la vida. Combustible desprovisto de aplicación eficiente. Aunque no tiene por qué ser así siempre, desde luego.

Sin embargo, el gran desequilibrio de los extremos también ha de servirnos de advertencia. La ambición, por muy loable y elevada que sea, se paga. Y quien busca la gloria celestial encuentra la horma de su zapato. Hasta qué punto el mártir es admirable? Hasta qué punto enmascara un cierto egoísmo solapado o una inmadurez insultantes?

Es ético que un ser humano se lleve a límites inhumanos movido por su afán místico? La libertad es clave y el amor también, lo complicado es su combinación, su coordinación. Deberíamos prestar más atención a cada gesto, a todo lo que hacemos, a sus repercusiones y significados. Saber estar en cada situación sin caer en comportamientos absurdos. Hasta qué punto el dolor es válido como vía de crecimiento? No sería mejor aprender a conducirse con tal mesura como para nunca tener que experimentarlo? Al final todo consiste en cómo, y en qué, aplica uno su atención. Algunos optan por hurgar en el sufrimiento, otros se centran por caminos menos tormentosos. Sirve de algo compararlos? Cada uno habrá de ver qué decisiones toma y adónde llega con ellas.

La vida no es un concurso grotesco, y hay récords que no merecerían opción a reconocimiento. Así que deberíamos procurar algo al respecto. La madurez implica respeto y responsabilidad. Basta con cuidar cada acción, observando claramente todo. Si el cielo quiere manifestarse, ya buscará otros medios adecuados. Eso de servirse de vegetales vivientes, niñas ingenuas, pobres ciegos, etc. como que no. El que quiera destacar o propiciar milagros que busque otra vía. Bastante circo tenemos ya montado.

La humanidad precisa desarrollar una mayor voluntad y atención sobre muchas cuestiones y aspectos, para poder crecer en espíritu y armonía. Cuando asumamos ese tacto, esa sensibilidad, prudencia y conciencia para con todo lo que nos rodea, entonces, claramente, no habrá necesidad de tan terribles sacrificios por parte de unos ni tan espantosos horrores por parte de otros.

Visto así, la santidad es casi una patología, una aberración a superar, en nada diferente a todo lo demás que nos toca y atañe.

Buena parte del problema es cultural, la etiqueta de santo es invento humano y a través de ella destacamos y distinguimos ciertas características y rasgos en unas proporciones anómalas. Hacer de la excepción ejemplo a lo mejor no sea tan buena idea. Tal vez de ello se derivan muchas asunciones equívocas.

No quiere decir esto que los valores que encarnan o representan son incorrectos, pero sí incompletos por sí solos. La muestra ideal se ha de conformar observando infinidad de ejemplos y no sólo los más notorios y extremos.

Luego, de los supuestos mensajes celestiales tampoco te puedes fiar del todo. No siempre parecen jugar limpio. Profecías absurdas, sucesos que nunca tienen lugar, ambigüedades, oscuridad.

No se da un aporte significativo de información. Se busca dirigir sin enseñar, como a un rebaño dócil. Aunque igual la responsabilidad última de esto no es del espíritu sino nuestra únicamente. Me explico: Cada sensibilidad produce unos resultados. La bondad-inocencia-santidad cristaliza en el culto más sencillo y directo. En una red piadosa. En la ayuda más elemental a los más desfavorecidos. Al mismo tiempo la inmadurez es peligrosa manejando según que informaciones delicadas. Sería como darle a un niño una pistola.

Esa piedad bondadosa cubre un estrato básico, pero hay que ir mucho más allá. La compasión rudimentaria se conforma con servir a los necesitados. La típica sensiblería carente de perspectiva que no conduce a soluciones más duraderas, demasiado simplista y cortoplacista. Bien está que eso se haga, pero sin perder de vista todo lo demás.

La beatitud por sí sola no basta. Cuando una aparición motiva únicamente esto, mala cosa. Hace dudar de su autenticidad, o al menos de la autenticidad de sus propósitos.
Tal vez nos estamos quedando cortos entendiendo todo el fenómeno, tal vez el fenómeno invita al error con toda la intención, tal vez estamos tratando con nosotros mismos a través de ese espejo, tal vez la pequeñez sea un camino razonable, de algún modo, por ahora. Vete a saber.

Una cosa no quita la otra. El espíritu puede participar de nuestro auto-engaño o auto-trampeo, y precisamos aprender a ver con más claridad su esencia, para conducirnos a nosotros mismos mejor.

Lo que no va a suceder, de todas todas, es que alguien baje del cielo y solucione nuestros problemas y nos enseñe a crecer. La vida no funciona así. Y si no lo aprendemos, pronto nos quedaremos sin ella, eso está cantadísimo.

Por otra parte, los milagros tienen algo interesante. Hasta qué punto participamos inadvertidamente en su generación? Puede ser que a lo largo del día estemos en contacto con muchas cosas que consideramos normales y que en el fondo son de una naturaleza similar a eso otro. Lo excepcional nos sorprende porque no sabemos cómo explicarlo, porque se sale de nuestros esquemas. No será entonces que, si no tuviéramos esos esquemas, todo nos resultaría igual de extraordinario? o acaso se nos haría igualmente habitual?
No será que mucho de lo que damos por explicado nos impide comprender con una mayor profundidad el alcance de sus implicaciones? La participación de factores menos aparentes?

De todas formas, diría que la clave está en nuestra interacción con lo metafísico. Nuestro ser puede desenvolverse al mismo tiempo en diferentes niveles, si mantenemos una conciencia activa respecto a todas esas posibles áreas, conexiones, significados y demás, tal vez propiciamos una mejor comunicación de asuntos.

Contar con el espíritu nos hace trascender nuestra escala, sintonizar con una dimensión más amplia. Si encontramos la manera de coordinar y relacionar adecuadamente los requisitos de cada campo, para que se entiendan favorablemente entre sí, eso, necesariamente, no dejará de evidenciarse de alguna manera. Tal vez la más aparatosa y visible sea el milagro, pero importa más el posible avance en sí y no tanto cómo se manifieste.

La fe, entonces, podría entenderse como un circuito de procesamiento ampliado. Cada cuestión sería compartida, puesta en contacto, con ese lado metafísico, del cual retornaría modificada, matizada o inalterada. No es que el cielo te diga lo que tienes, puedes o debes hacer, sino que tu co-examinas eso de forma voluntaria. Es un asunto de conciencia. Un reconocimiento-recordatorio de formar parte de algo más grande, desconocido. Un diálogo silencioso.

Incluso sin esa parte mística, la fe es un elemento clave. La creencia actúa de motor, da confianza y continuidad, permite aventurarnos en lo incierto. Toda idea, todo proyecto, aparece como creencia, nace de esa dimensión potencial, espiritual. Cuando uno reconoce su naturaleza, lee su esencia y sabe hacerla real, eso supone un logro considerable. Trabajar con la creencia es aprender a escuchar, aprender a expresar, aprender a procesar, convertir, reformular.
Moverse en dimensiones diferentes, fuera de lo fácilmente constatable.

También es una cuestión de amor. Una creencia es como un avión de papel flotando en el aire. Si retiras tu atención, tu amor, cae, se desvanece. Pero ojo, si el contenido de esa creencia era verdadero, entonces, quien ha retirado su fe, ha perdido su visión de eso, o al menos a perdido una oportunidad de aprenderlo, asimilarlo, reconocerlo.
Que toda la humanidad decida creer o no creer en algo no va a cambiar la esencia de esa cuestión, sea la que sea. En todo caso, ganaremos o perderemos clarividencia al respecto.

Es frecuente rechazar la fe por no compartir los dogmas de ningún culto. Como si esa fuera la única manera de practicarla. Los cultos son plataformas de iniciación. Las personalidades celestiales, tanto si existen como si no, sirven para canalizar y enfocar más fácilmente la atención de los aprendices. Si no se distingue entre las formas vehiculares y el fondo entonces no avanzamos. Hacer la pantomima, prestarse a lo superficial o aparente del rito sin profundizar en su esencia, es tontería. También se puede explorar esto por uno mismo, sin depender de guías, tutelas o conductores. Claro que entonces hay que saber currárselo a base de bien, buscar el sentido con inteligencia, flexibilidad, práctica y paciencia. Lo inmaduro es juzgar desde la ignorancia.

Es bastante incierto tratar de definir la fe, lo espiritual y tal. Toda afirmación es una aventuración, más o menos afortunada. Lo que sí que resulta liberador es desprenderse de los prejuicios limitativos. Creer no es apagar el cerebro y volverse tonto, creer no es acomodarse ni cegarse, más bien sería sumar, añadir perspectiva, considerar posibilidades menos inmediatas y aparentes, trascender el ego, asumir un mayor tacto y responsabilidad, darse permiso para explorar más allá de lo conocido y quién sabe también si de lo conocible, sin miedos ni aprensiones, para poder madurar experimentando lo más sutil e imperceptible, creciendo por dentro, a fin de cuentas.

Pero, en realidad, la definición en sí importa bien poco. Es la experiencia la que da sentido. Es el proceso el que destila tus propios valores. Es tu vida la que se configura acorde a tus decisiones. Cada acto da su fruto. Nadie puede vender las soluciones, nadie puede escamotear el esfuerzo, lo auténtico no es mercadeable. Tu rumbo depende enteramente de ti, lo demás son cantos de sirena.

No creer también es un acto de fe. Si quienes dicen no creer aplicaran verdaderamente su fe en ese empeño, avanzarían de forma interesante, tal vez para llegar al mismo punto que el resto.
Puede decirse que el radical, el intolerante, cuando no cree no se da permiso ni para no creer, siendo esa cerrazón, esa falta de amor, el bloqueo principal.

Para no extender más la tortura, este lío que no hay por donde cogerlo, a modo de conclusión, apelaría al principio de prudencia, a una cierta reserva. Creer y no creer, contemplar lo espiritual y no contemplarlo, ser pragmático y ser místico, ser fiel y hereje, no tienen necesariamente por qué ser actitudes incompatibles. Jugárselo todo a una carta no da buen resultado, todo lo más acabas dando bandazos de un lado al otro.

Esto no es un llamamiento al conformismo y la mediocridad. Es atreverse a practicar a la vez todas las opciones, sin monopolizarse en una sola. Es encontrar una suerte de tibieza expansiva, insensata, osada y valiente, capaz de estar abierta a todas las posibilidades y explorarlas activamente. Si se hace bien, puede ser revelador y liberador, o si no puede servir también como entrenamiento para el manicomio, jeje.

Salve Machina.