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1 de julio de 2008

curriculum vitae

Me llamo Adolf Hitler y soy un afamado pintor.
Nací en Braunau el 20 de abril de 1889. Mi padre, Alois Hitler, era agente de aduanas y mi madre, Klara Polzl, se ocupaba de los asuntos del hogar.

Me crié en un ambiente sencillo pero agradable, aunque el trato con mi padre nunca fue fácil, teníamos algunas diferencias importantes. Sobre todo respecto a mi profesión, él quería que siguiera sus pasos, que estudiara algo con buenas perspectivas de futuro. Sin embargo mi temprana sensibilidad estética me hizo decantarme claramente, a pesar de todas sus porfías, por el oficio de pintor artístico. Razón por la cual, tras terminar los estudios reglamentarios ingresé en la universidad de Bellas Artes de Viena.

Si bien es cierto que la prueba de acceso me dio algunos problemillas no desistí y acabé superándola. Allí pude forjar y desarrollar mis aptitudes, de tal forma que pronto me fue posible colocar algunos óleos en una pequeña galería.
La suerte se mostró generosa conmigo, pues aquellos cuadros gustaron y poco a poco fui haciéndome conocido.

Mi obra ensalzaba los valores tradicionales que siempre han caracterizado a nuestra región y, aunque nunca fui un virtuoso de la técnica, la pasión con la que realizaba aquellos cuadros era apreciada por el pueblo. Lo cual es motivo de gran satisfacción por mi parte, pues mi sentimiento de admiración y aprecio hacia mi patria siempre ha sido hondo y sincero.

Total que, como iba diciendo, mis obras se vendían a muy buen precio y a un ritmo considerable. Tanto era así que casi sin darme cuenta me vi encumbrado a la fama.
Mi nombre (mejor dicho mi firma, pues siempre firmé mis cuadros como Wolf Hitler) se convirtió en el principal referente de nuestra amada y grande nación. De la noche a la mañana me convertí en el estandarte mayor, en el ídolo del pueblo, posición que asumí con sano orgullo y responsable humildad.

Se me apreciaba como a un héroe, y como tal emprendí mi gloriosa marcha por la vieja, y por aquel entonces convulsa, Europa. Recogiendo numerosísimos premios, elogios y parabienes.
Aquella tournée enriqueció mi acervo cultural al tomar contacto con las ricas tradiciones de los países vecinos, sin que ello afectase a mi estrecho vínculo con mis orígenes.

La comunidad internacional, los estrictos y severos críticos de arte, me aceptaron como uno de los más grandes artistas de toda la historia y mi obra se hizo mundialmente famosa.
Y de entre mis muchos lienzos, por todos conocidos y admirados, especialmente apreciado es el cuadro 'Amanecer Ario', que causó furor en la Exposición Universal de Barcelona, evento de feliz memoria pues fue donde conocí a Eva Braun, que luego sería mi querida esposa.

Como decía, ese cuadro es sin duda el más preciado y querido, en él se representa un amanecer sobre un paisaje montañoso. Un cielo rojo cubre casi toda la superficie y en su centro un gran sol blanco ilumina la escena, sol que a su vez contiene en su interior la negra silueta de dos águilas luchando en el aire. Y sus alas están dispuestas de tal manera que asemejan un molinillo o una cruz gamada (siempre fui un gran amante de la simbología.)

Ahora sí, volviendo al decurso de mi mundanal existencia, en el 29, como ya he dicho, conocí a Eva Braun y enseguida formalizamos nuestro matrimonio, disfrutando desde entonces de infinitos días dulces y muy abundantes momentos de dicha y gozo.
Y de esa feliz unión nació nuestra primogénita, Adi, que ya cuenta 14 años en su haber y que da muestras de querer seguir los pasos de su padre en lo artístico, inclinación que me place sobremanera y que espero servirá para continuar el prestigio mundial de nuestro apellido.

Sin embargo, no todo es perfección y armonía en mi vida.
Una irritante caterva de impresentables insiste en acosarme e insultarme vaya adonde vaya. Por fortuna parecen ser pacíficos y se mantienen a una distancia prudencial. Aun así sus pancartas y sus proclamas resultan ofensivas e hirientes para con mi persona.
Podría pensarse que son el precio de la fama pero la verdad es que se me antojan incomprensibles y desmesurados.

Esos tipos se empeñan en llamarme monstruo, asesino y cosas aún peores. Por supuesto todo el mundo sabe que esas acusaciones son sin fundamento alguno. Sin embargo, esas feas calumnias, esos juicios de valor exacerbados, (de todo punto improcedentes, pues no hay persona más inocente y pacífica que yo) no dejan de causarme cierta inquietud y aprensión, como si su extraña locura pudiera tener alguna remotísima razón de ser.

Naturalmente preferiría que se cansaran o se olvidaran de mí, pues no alcanzo a comprender de dónde les nace ese odio tan irracional, qué alimenta ese hondo desprecio, esa ciega manía, esa aversión.
Más de una vez he intentado dialogar con ellos para llegar a algún acuerdo, pero las cosas de las que hablan me resultan completamente inverosímiles. Pretenden que yo soy un terrible dictador, un cruel genocida, un sangriento exterminador al mando de un poderoso ejército, con miles de súbditos y seguidores a los que dirijo hacia la conquista del mundo, hacia la creación de un imperio del mal, un reino del horror.

Desde luego, he visto cosas raras en mi vida pero lo de estos dementes no tiene nombre. Me resultaría incluso gracioso de no ser por el agravio y la merma que supone a mi honrado nombre sin tacha. Motivo por el cual, como ciudadano respetuoso y fiel, seguidor de los principios democráticos que vertebran nuestra amada nación, solicito el favor de la justicia, para que intervenga y ampare los derechos de mi persona frente a las continuadas impertinencias proferidas por ese grupo de fanáticos trastornados. A los que deseo pronta y feliz recuperación, si es posible, para que pueda haber entre nos una convivencia respetuosa, pacífica y civilizada.

Por lo demás mi vida se desarrolla con normal naturalidad (o natural normalidad, si se prefiere), disfruto de mi familia y de mi trabajo y, si bien es cierto que algunos achaques propios de la edad comienzan a importunarme levemente, afronto la madurez con serenidad, resignamiento, como dicen los de allende, y gratitud.
Todo lo vivido hace que me sienta lleno de optimismo, calma y beatitud ante el porvenir, pues mi vida ha sido plena y ya está colmada.
Hace unos pocos días he cumplido 56 años e intuyo que este será un buen año para mí y los míos.