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30 de noviembre de 2013

el camino del mal

Qué hace que las élites sean tan perniciosas para la sociedad?

Es pura deformación profesional.
Para trepar hay que ser un trepa.
Para mandar hay que ser un psicópata.

Al principio no era necesariamente así, pero muy pronto derivó en esto. Para destacar hay que sobresalir, y viceversa.
Pero resulta que las virtudes no producen tanta admiración como los defectos. Tu cuerpo sano te pasa generalmente desapercibido, pero cuando tienes una herida ese punto acapara tu atención y energía.
La excelencia se asume como perteneciente a la normalidad.
La deformidad se entiende como ajena y diferente a la norma.

Por eso el camino del mal es el único que queda para quien quiere diferenciarse, salirse de la norma, y medrar a costa de los demás.
En realidad es algo bien obvio y evidente, quien desea el mal se vuelve malvado.

La psicopatía es la factura que pagas cuando adoptas un ego inhumano y despiadado. Alienado y desquiciado.

Es tristísimo y lamentable que las personas se lleven a esos extremos. Es profundamente dañino y peligroso permitir que las élites estén en manos de seres abyectos de mente enferma. Sobre todo porque el sistema que amparan y promueven es afín a sus malsanos valores. Y para colmo, la sociedad aletargada se contagia y deja llevar hacia esos extremos, movida por su simpleza y cortedad, por la más elemental imitación y ambición.

Esta dinámica produce una inercia, que hace que las aspiraciones se traduzcan de una manera cada vez más cruenta y salvaje.
El horror de la competición no tiene límite, pues su función consiste en seleccionar al más extremo. Así, la lucha se vuelve más y más descarnada y sangrienta. Cosa que tiene su justo reflejo en el ocio masivo. Las grandes producciones explotan y acentúan esto.
Cada vez más oscuro y maligno. Cada vez más crudo y desagradable.
Los valores que esto trasmite son los peores posibles.

El sueño de la razón produce monstruos y el sueño de los monstruos produce el horror más abominable y aborrecible.
Lo que hoy ves por la tele y te espanta, mañana lo vivirás en primera persona y te parecerá normal.
El camino del mal te insensibiliza y saca lo peor de ti, te convierte en la peor versión posible de ti mismo. Y esto no es algo que vayas a experimentar con alegría ni libre de tormento.

Así que conviene conocer, ser consciente y tener presente esto, para tomar las decisiones adecuadas y no caer en el error por desconocimiento, desatención o desinterés.
Es tu vida y tu pellejo lo que está en juego.
No querrás acabar arruinándote la existencia miserablemente, verdad?

En un mundo de borregos, cualquiera con dos dedos de frente puede erigirse como líder. Pero en el momento en que los borregos tienen un punto de referencia van despertando, nace en ellos una cierta esperanza y aspiración, que les empuja en esa misma dirección.

Esta es la maldición del parásito. La vida no permanece como él quisiera. Su reino no es estable ni duradero. Continuamente la masa se agita y pretende alcanzarle. No entienden que la gracia del juego está en que se estén quietecitos como siervos y le dejen a él disfrutar tranquilo de sus privilegios. Esto le obliga a una permanente tensión, un agotador pulso que malogra y arruina buena parte del disfrute de las ventajas en constante amenaza.

La masa no entiende que el líder está para mandar sobre ellos, no para que lo tomen como modelo y pretendan ser todos como él.
Esta es la desgracia que amarga y fastidia casi todo su invento.

Es una vía suicida. Te llevas al límite para despuntar y los demás te siguen y te obligan a seguir y seguir con esa carrera atropellada hacia el abismo. En cuanto participas pierdes. Toda victoria es un espejismo efímero. Por eso la lucidez es crucial. Para no adentrarte por esa ruta sin salida.

Pero, al mismo tiempo, al usurpador le interesa modificar ciertas costumbres y tendencias, para debilitar el arraigo y sustento, los valores que pudieran interferir con su mandato.

Resulta sumamente interesante y revelador que la masa se comporte siguiendo dinámicas conjuntas. Somos uno, tanto si estamos despiertos como si estamos dormidos. Todo el empeño del mal es llegar al extremo en que dejemos de estar unidos, pero da la impresión de que eso no es posible. No al menos en lo esencial, pues siempre hay un sustrato inalterable que escapa a todo intento de falsación o escisión. Afortunadamente.
Lo más que consigues es que unos cuantos se alienen y terminen con su vida, de forma más o menos grotesca y absurda. Pero el grueso, el núcleo, la masa, persiste en su integridad y voluntad.

Las grandes crisis muestran esto. Son cuatro desesperados los que se lanzan desde los rascacielos, la mayoría las pasa canutas pero sale adelante. El dictado supremo de la vida es vivir. Los usurpadores jamás podrán cambiar esto, así que solo les queda influir, tergiversar y adulterar para su provecho y beneficio todo lo que dejemos en su mano.

El conflicto de intereses muestra la permanente tensión existente entre fuerzas opuestas y contrapuestas. Los agentes de la descomposición buscan siempre disgregar, separar, aislar, alejar.
El instinto de conservación procura siempre permanecer centrado, conectado, amparado, sustentado.
La vida abre y crea su camino para perdurar y proliferar.
La muerte depreda, se apropia y procesa todo lo que se sale y desprende de esa senda.

Pueden parecerte dos bandos enemigos, sin embargo, ambos son necesarios y forman parte de lo mismo.
No hay vida sin muerte y no hay muerte sin vida.
Aunque los avances y retrocesos de las fuerzas puedan dar una idea de inquietud o incertidumbre, existe un equilibrio necesario y prácticamente inquebrantable. Un eje no puede destronar ninguna de las polaridades que lo componen.

Lo que hace falta es conocer muy bien la naturaleza y comportamiento de cada parte, para armonizar y encauzar el conjunto de la mejor manera posible. Para no caer en el absurdo de sustentar una vida al servicio y disfrute de la muerte y sus lacayos.
Sometida y subyugada al dictado y capricho de cuatro malnacidos.

En un mundo de aspirantes a líder, solo el psicópata puede erigirse como mandamás. En un mundo de psicópatas, solo el megapsicópata puede gobernar.

Esta danza macabra solo conduce al infierno. Así que es importante comprender bien cuál es tu papel en todo esto, para corregir tu rumbo y cambiar de pareja y de baile. Antes de que sea demasiado tarde.

La solución, el truco, la clave, es, como siempre, la conciencia.
El poder se sustenta, explota y se aprovecha de aquello que desconoces.
Nadie te puede engañar cuando habla desde y de tu misma experiencia. La mentira entonces te es bien evidente. Sabes perfectamente que el farsante es un farsante y por lo tanto no le confías ni le concedes ni una pizca de tu credibilidad y poder.

Un amigo solo te puede traicionar a tus espaldas.
Por eso el traidor necesita espacio y distancia. Libertad y privacidad para urdir y tramar sus trapicheos. Sin barreras y paredes está desnudo y se le adivinan las intenciones y las trampas.
Por eso el principal rasgo del psicópata es su coraza.
Algo huele a podrido tras esos muros.

Esto nos da una pista importante. Una coraza es como una costra que protege una herida. Una defensa que preserva del exterior. Una barrera de detención y separación frente a la vida.

El psicópata busca y necesita eso. Así que se infringe todo el daño que sea preciso. Y no solo a sí mismo sino a cuanto se pone a su alcance. Especialmente ataca y agrede lo más puro e inocente. Porque haciendo esto ocasiona un trastorno hondo y duradero. Cosa que los demás perciben de manera subconsciente y eso les hace ponerse ligeramente a la defensiva, con lo cual están interiorizando una sutil superioridad del psicópata.

No es un igual, ergo será un líder nato.

El psicópata se presta a y practica todo tipo de rituales satánicos, demoníacos, infernales y tal. Adora al mal, pues es su medio de medrar y progresar en su empeño.

La pauta es constante.
Da igual si tiene mucho poder o poco. Sus acciones siempre van encaminadas a reforzar su posición y debilitar la de todos los demás.
Aunque, hace algunas mínimas concesiones para con sus semejantes. No porque le salga así de su natural, sino por simple cuestión de supervivencia. Los depredadores tienen que estar bien avenidos o se devoran brutalmente entre sí.

Así que no tienen más remedio que repartirse el pastel y organizarse. Reunirse periódicamente para ponerse de acuerdo en sus fechorías.

Es por esto que las técnicas y argucias de las élites son tan retorcidas y enrevesadas. Se necesita mucho esfuerzo y constancia para lograr embaucar a todo el mundo en semejantes chanchullos. Lograr que depositemos en ellos los mandos y que obedezcamos sin rechistar, sin cuestionar ni protestar.

La principal baza la tienen en el lenguaje.
El verbo hechiza e hipnotiza, deforma y distorsiona.
Transforma la realidad, en la medida en que logre alterar tu percepción de ella.

El embaucamiento depende de la disparidad de puntos de partida.
El déspota no puede hablar de tú a tú, se tiene que colocar por encima, o en otro lugar, ajeno, diferente, desconocido. Por eso la apariencia le es tan importante. Sin elementos de ostentación y distinción no puede hacer funcionar su engaño.

El farsante tiene que hablar desde fuera de tu realidad, para explotar tus puntos ciegos. Por eso se lleva a los extremos.
Incluso, puede haber razones aún más profundas para esto.
Aquí tenemos que asomarnos de nuevo a la paradoja.

Ya hemos dicho que el todo está en las partes. Hay pues una comunicación y transmisión, una sensibilidad que lee y traduce cada evento de diferentes maneras. Por eso existe el simbolismo, por eso tiene un poder.

La magia comprende y maneja este lenguaje. El ejemplo más claro es el muñequito de vudú. El símbolo funciona y transmite el efecto por analogía. La vida es más atenta y receptiva a esto de lo que nos pensamos. No puede ignorar ni desatender cada signo. No existe la indiferencia ante nada de lo que acontece, por pequeño o remoto que nos parezca.

Cada parte es el todo y el todo es cada parte. El universo sigue y escucha cada acontecimiento porque le atañe y le es propio. La sabiduría ancestral sabía muy bien esto. Los cultos, los ritos, los templos, trabajan a fondo con los símbolos. Usan caminos para sanar y reparar lo profundo del ser.

La otra cara de esta moneda es que esto mismo también lo emplean los malvados. La pedofilia es la peor y más clara práctica que obedece a esto. El abuso sobre el inocente envía un mensaje al universo. Busca hacer el mayor daño, destruir lo más puro y delicado.

Los sacrificios no buscan el favor de los dioses, buscan la reacción del universo. La vida se repliega y protege ante el criminal. Esto le da una aureola especial, que es lo que explota para diferenciarse y encumbrarse. Las manos manchadas de sangre tardan mucho en volver a ser normales.

Un monstruo es un ser que no encaja en su contexto, que trae caos y sufrimiento. El mal se nutre del trauma ajeno. Los malvados necesitan hacer daño permanentemente, de una manera u otra.

Continua es la burla y el escarnio, el desprecio, la ofensa y la degradación de todo lo natural, inocente y sano. El contrario a la vida se pasa la vida luchando contra la vida. Se hace enemigo de ella y toda su voluntad se dirige siempre contra todo lo que la caracteriza y representa.

La adoración de falsos ídolos persigue debilitar la auténtica devoción.
El poder de cualquier gesto está asociado a la actitud con que se realiza. La huella de la práctica repetida asocia y refuerza las cualidades.

Cuando juntas las manos para rezar, el universo se dispone solícito y reverente. Pero cuando ese mismo gesto es empleado por otros con actitud contraria y opuesta, se introduce una leve disonancia o ambigüedad en la huella. El universo responde a cada uno como le corresponde, pero la huella ya no es tan perfecta como era.

Es algo sutil y apenas relevante, pero que va ganando peso conforme los fieles van dejando de encontrar significado a su gesto. Cuando se infiltra la mofa ajena. La interferencia viene pues por prestar ojos y oídos a la ofensa intrusa.

El mal no soporta la armonía ni el orden. Pervierte y trastoca. Invierte y parodia. Falsea y tergiversa. Retuerce y adultera. Envenena y degenera.

Siempre busca herir, separar, escindir. Es la única manera en que puede violentar, ganar y mantener su estatus. Fuerza y persigue prolongar y extender su condición de excepción.

Juega sucio, juega muy sucio. Aparece ante los demás con porte altivo y recto, pero a espaldas de todos ha cometido las mayores horrendas atrocidades.

Estas son las alimañas que nos chupan la sangre, que exprimen y torturan nuestra existencia. Los autodesignados pastores del rebaño.

El sistema es fiel reflejo de tales enfermos. Nuestra cultura es puro absurdo grotesco. Cuanto más nos distanciamos del bien, peor se vuelve todo. La pesadilla nace de nuestra falta de atención y cuidado.

El mal imita a la vida, acapara, reemplaza, usurpa, domina, tiraniza. El amor es su mayor enemigo, pues vela, ampara, sostiene, repara.
Todo el sistema está diseñado para alienar, atomizar, desasistir, desamparar, embrutecer, animalizar. Reprimir, castrar, controlar.

La doctrina que impera es la del choque. Que mina y destruye toda confianza, estabilidad, continuidad. Produce la alarma, genera la alerta, desconcierta y desconcentra. Confunde y desorienta. Debilita y trastorna. A todos los niveles, incluso en lo más doméstico y cotidiano.

El típico brutote que se dedica a saludarte con una colleja. Así comienza la senda del abusador. Ni chanzas ni risas camuflan la naturaleza y el efecto del gesto.

El mal siempre rompe tu paz y disimula su agresión. La disfraza como algo normal o sin importancia. Cada golpe te condiciona y configura vuestra relación.

La jerarquía se establece cuando un sujeto asume rol de martillo y se dedica a hundir poco a poco a los demás, cual simples clavos.
No siempre físicamente. La mayor violencia es psicológica. La lengua del malvado es insidiosa y pérfida como ninguna.

Esto se aprecia en cierto tipo de humor que explota y se sirve de juicios degradantes y humillantes. Siempre con una víctima, figurada o no, que sale despellejada.

Tristemente, el humor y la creación exploran con demasiada ligereza los extremos más distantes y alejados. La vena psicópata, alienante y enferma que todos podemos experimentar y desarrollar en mayor o menor medida según nuestro contexto o propósito nos lleve a ello.
La búsqueda de lo chocante y original lleva a la distorsión y caricatura. Sin darse cuenta del mensaje subyacente que eso puede estar transmitiendo.

Está muy bien saber reírse de todo, pero también hay que saber ver eso otro que viaja en el mismo paquete, para no acabar abrazando inadvertidamente valores perniciosos que te acerquen cada vez más al camino del mal.

El absurdo, lo rupturista y transgresor desdibujan y erosionan los valores de la vida. Solo es un juego, pero debemos aprender a jugar cada vez siendo más conscientes de con qué lo hacemos y cómo hacerlo bien, para no provocar y desencadenar más daños.

Fíjate si tenemos aún que madurar, que somos incapaces de contar una historia feliz de principio a fin. Sin nudo o conflicto parece que no sabemos narrar. Y como el sistema premia lo extremo, cada vez vibramos y creamos mayores barbaridades y estridencias.

El cine es un fiel espejo de esta ruta de perdición. La comedia muda era bastante blanca e inocente. Compárala con cualquier 'comedia' actual. Todo es cada vez más descarnado, salvaje, brutal. Infernal.

Las pelis de miedo son puras fábricas de traumas, alienación y autodestrucción.

Las historias de amor ya no son historias de amor.

Las trayectorias de los artistas ya no son ejemplares.
Todo lo contrario.
Ahora las estrellas se utilizan para ahondar la huella del mal.
Coge a la niña más adorable y conviértela en la furcia más despreciable. Destruyendo el icono dañas a su público. La empatía se explota para crujir el amor.

Crujir el amor.
El mal quiere romperte por dentro y busca mil y un caminos para cumplir su objetivo. No quieren que tengas corazón, no les es nada conveniente.

El mal quiere hacer a todos iguales y semejantes a ellos. Especialmente en cuanto al amor. Porque es la gran vía de escape que no logran tapar ni controlar de ninguna manera.

El arte ya no es glorificación de la vida, la naturaleza y la belleza.
Al revés.
Aunque siempre hay excepciones, claro. Sin embargo, donde más se aprecia la mano del mal es en los medios, en la crítica, en las etiquetas y categorías.

El dinero es la principal baza del mal para seleccionar aquello que quiere potenciar y aquello que le interesa sofocar. Nada que eleve o inspire merece reconocimiento ni difusión. Nada que permita crecer ni aprender, no sea que se nos alborote el ganado.

La crítica se ríe de y desprecia el arte más humilde, auténtico y verdadero. Tacha y degrada lo simple, puro e inocente como basura para ignorantes. Desdeña, reniega y relega los valores humanos como aburridos, obsoletos, anticuados.

Ser humano no está de moda, ahora lo que se lleva es volverse infrahumano. Hazte escoria chaval, que es lo que mola!
Vende tu alma, tontaina. Total, pa lo que la empleas...

En fin, pues eso, que hay que fijarse un poco más en todo, para que no te la den con queso y te pilles los dedos con cruzadas dañinas y equívocas.

Además, esto también te ayuda a apreciar más y mejor lo bello, hermoso, precioso y maravilloso de cada gesto bueno. El amor de verdad se disfruta desde la plena conciencia. Insuperable.

La moraleja podría ser esta, que hay que conocer el mal para no caer en sus trampas y engaños. Para no estar más en sus manos.
Y mira que hay hasta una ciencia y todo que estudia esto, ponerología se llama (http://es.wikipedia.org/wiki/Ponerolog%C3%ADa). Igual vale la pena echarle un ojo y todo.