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fin del aviso


19 de noviembre de 2012

frío

Estamos de visita en un pueblo de montaña, hace una mañana fresca, clara y agradable. Vamos paseando tranquilamente por sus calles.

El pueblo está sobre la ladera y casi todas sus calles son en cuesta. Llegamos a un puente bajo el que cruza un valle algo pronunciado. 15 o 20 metros de ancho y 30 o 40 metros de alto en su parte más honda. Lo curioso es que este desfiladero forma también parte del pueblo y tiene incrustadas en sus paredes casas habitadas a lo largo de todo su recorrido.

Podríamos decir que es la calle más pintoresca y particular del lugar.
El suelo de este desfiladero tiene también su propia pendiente, nace por la derecha casi a nivel de calle y se va hundiendo conforme avanza para terminar abruptamente interrumpido por una pared de roca vertical al poco de pasar el puente.

Nos detenemos brevemente para contemplarlo asomados desde el puente. Nada más verlo sé con absoluta certeza que el fondo de ese desfiladero contiene un frío increíble, casi imposible, que se ha conservado ahí desde la era de las glaciaciones. No existe en toda la tierra otro rincón que contenga un frío semejante. Es una bolsa de aire excepcional y extraordinaria.

También sé que adentrarse en ella supone la muerte cierta y casi instantánea. Los vecinos conocen bien esto y saben de su peligro.

Así y todo, tras cruzar el puente, nos encaminamos hacia la entrada del desfiladero y nos adentramos por él con natural complacencia y curiosidad, por el encanto y exotismo que inspira y evoca.

Al poco sale un anciano de una de las casas y nos advierte de no ir más allá de la puerta con tiestos, pues allí comienza la temible zona de aire hiperglacial. Le agradecemos su aviso y se vuelve a su morada.

De todas formas, nos aproximamos sugestionados y fascinados hasta el límite indicado, para tratar de apreciar mejor tan insólito fenómeno.

Llegados al borde, la decepción es notoria. La calle se ve absolutamente normal y corriente. Nada hace adivinar diferencia alguna, nada permite sospechar que allí haya nada de especial o inusitado.

Dos cosas me intrigan poderosamente al instante. Primera, cómo puede estar tan limpia y despejada esa parte de la calle. Y segunda, quién demonios vive en la casa que está metida de lleno en la zona imposible.

La curiosidad puede más que toda prudencia y resolvemos adentrarnos allí para experimentar de primera mano qué se siente al exponerse a semejante frío.

La deliberación de nuestros corazones es inmediata, admirable y enternecedora a partes iguales. Se mezcla toda la emoción y el sentimiento del drama. Hay como una especie de dulce fatalidad en nuestro avance. Que está más allá de toda racionalidad e irracionalidad. Es como si estuviera fuera de toda cuestión. Tiene algo de épica insuperable.

No sabría explicarlo. Es el atractivo. Es lo irrepetible. Es la secreta consciencia de estar en un sueño. Es la vida en su máxima expresión. Es la incertidumbre asumida y abrazada. Es la dicha del arrojo. La osadía de la aventura. La comunión con lo increíble. El brindis a lo imposible. La entrega, la acogida.

Es el frío más puro y helador que te puedas imaginar, paralizante y mordiente, como cuando se te duerme un brazo pero multiplicado por infinito, que te va subiendo implacablemente a cada paso. Es el dolor más intenso y placentero que se pueda dar. Es el sufrimiento más salvaje y atroz que has conocido ni conocerás. Es el silencio más alucinante y arrebatador que se te adueña, te invade y te posee. Es el rapto definitivo, la violencia absoluta, la trituración subatómica. Es la certeza de que no soportarás mucho más la tortura creciente antes de desplomarte y caer de lleno en el abrazo de hielo.

Es el despertar y dar gracias al cielo.