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Este blog no está recomendado para menores, así que tú mismo con tu mecanismo.

fin del aviso


25 de noviembre de 2011

arroz

Primero estoy de nuevo en el piso compartido. Mi compi vive ahora con su pareja y me siento bien recibido, aunque al mismo tiempo tengo una sensación como de invadir un espacio de intimidad.

Hay un álbum de fotos protagonizado por la compi, se supone que es un regalo, pero no sé precisar de quién ni para quién. En torno a dicho objeto gira cada vez más y más un torbellino de confusión y conturbamiento.

Ahora estoy en mi casa, en mi habitación, en mi cama. Me incorporo, es sábado por la mañana. Mi hermana y mi prima pequeña están sentadas ante mi escritorio, juegan a algún juego de sobremesa.

Salgo a la cocina, mi madre me manda llamar a mi prima para que se quede con ella un rato. Voy, se lo digo, va. Como ha quedado su sitio libre, me siento y empiezo una partida con mi hermana.

El tablero es como de ajedrez. Las fichas son como de damas pero cuadradas. Están repartidas de forma aleatoria por todo el tablero. Primero mueve ella, todas sus piezas, siempre en horizontal y de izquierda a derecha. El número de casillas que avanza es variable. Parece que el objetivo es que sus fichas queden alineadas sobre las mías para, en un siguiente turno, cambiar la dirección del movimiento, pasar sobre ellas y comérmelas así. Pero también hay algunas fichas que mueve en ele, sin ser diferentes a las otras.

Es mi turno. La partida va adquiriendo complejidad de forma gradual. Aparecen elementos extraños sin que ello sorprenda o inquiete. En realidad no tengo ni la más remota idea de cómo ni qué sea el juego, aunque eso es irrelevante, simplemente juego y ya.

Es una situación curiosa, mi parte lógica está perdida, pero calla y aguarda, deja hacer. Mientras, yo me desenvuelvo bastante bien al nivel al que se está dando todo, allí donde no hay palabras ni explicaciones, ni falta que hacen, pues todo es pura intuición.

Ha aparecido una pequeña luna artificial orbitando sobre el tablero, que también tiene su papel en el juego. Una de las fichas de mi hermana se ha convertido en un pequeño globo terráqueo. Una de mis fichas le dispara pequeños misiles o cohetes, haciendo que el globo terráqueo reviente como una burbuja y muestre en su interior otro globo terráqueo de tamaño menor. Así varias veces.

Entonces, el globo se pone a botar y se sale del tablero por un lado. Lo damos por perdido, porque resulta que donde termina el tablero no hay nada sino abismo. Pues, de forma inadvertida, el tablero ha adquirido escala real, de tal manera que es como si estuviéramos en una plaza de baldosas ajedrezadas.

Como decía, dábamos por perdido al globo (o balón hinchable de playa), pero justo por donde se ha ido resulta que hay otro tablero casi pegado al primero, que es donde ha ido a parar la pelota, traviesa y juguetona.

Tras la sorpresa, saltamos nosotros también para explorar ese nuevo territorio. Su superficie presenta un embaldosado que dibuja franjas horizontales, de tonos naranjas, que transmiten una deliciosa sensación de novedad y vitalidad. Al mismo tiempo, no es llano, sino que presenta suaves ondulaciones y pequeñas colinas a lo largo de toda su extensión.

Te hace sentir como un niño en un parque nuevo.

Tras dar unas vueltas por él regresamos, con un pequeño brinco para salvar el escaso abismo que separa ambos escenarios, de nuevo al terreno del juego, que ya parece haber concluido, pues no queda rastro de ficha ni elemento alguno. Mientras asimilamos el inesperado y fantástico hallazgo del nuevo sitio, voy saboreando el suceso, la situación.

A mi entender, eso forma parte del juego, pero es algo así como un mapa secreto, una zona que se muestra a modo de regalo añadido sólo cuando has completado el juego al completo, con todas sus misiones extras y tal.

El hecho de haberlo encontrado ya desvelado significa que alguien ha jugado anteriormente y lo ha terminado totalmente. Y es una suerte poder disfrutarlo, no por su valor en sí, que también, sino por lo que se aprecia tras la calidad que trasluce. A uno le embarga una alegría cálida y radiante, expansiva y hermanadora. Hay como una complicidad y admiración sinceras a la genialidad del artífice de todo eso. Una euforia apreciativa, típica de quien comparte los desvelos y quebrantos del arte de crear, en este campo o en cualquier otro.

Y el hecho de descubrir un secreto tampoco le quita encanto precisamente, claro.

Luego, es de noche, estamos en una plaza, con otros amigos y conocidos. Parece una reunión serena y conciliadora. Parecen estar presentes las principales personas de mi vida. Hay como una especie de absolución silenciosa común y recíproca.

Sin embargo, mi padre parece querer interceder en favor de una antigua relación mía. Su énfasis se me antoja inoportuno, innecesario, fuera de lugar. Pues, aun habiendo alcanzado cierta entente cordiale, no ha de procurarse un nuevo intento entre nosotros. El resultado sería, sin duda, una vez más, desaconsejable. Hay buenas voluntades que no conviene volver a mezclar.

El caso es que el interés de mi padre se debe a no sé qué historia con los genes comprimidos de ella, como si fueran muy idóneos para su ansiado ideal de descendencia o algo así. O sea, que para él se trata de una especie de pulsión vital intrínseca, que le sale de las entrañas. Triste anhelo trascendente desesperado.

Total que, nos aparta, los demás se van cada uno por su lado, y nos lleva hacia casa. Algo no va bien con la gravedad. Ella y yo avanzamos andando por las paredes exteriores del edificio, como si estuviera tumbado, mientras mi padre aguarda en la calle, con los pies en el suelo, como si tal cosa.

Entramos por la ventana. Dentro la gravedad es otra vez normal. Ella se queda en el salón mientras yo preparo la cena.

Estoy en la bañera, duchándome. Llevo entre las manos una escurridera con arroz, que se va cocinando al mismo tiempo.
Pero, en un momento dado, me percato de que se le ha abierto el fondo y se ha ido casi todo el arroz por el sumidero. Cierro la ducha y lamento el percance, no sin dejar de experimentar una cierta inquietud y fastidio por ello.

El arroz que queda es insuficiente para formar un plato siquiera.
Hurgo por el sumidero y trato de rescatar lo que buenamente puedo. Voy sacando pequeños puñados, que resbalan y se escurren de nuevo hacia el agujero. Tras varios intentos, logro reunir un pequeño montón.

Me cabe la mano bien por el agujero y los restos no parecen haberse ido muy lejos. Al menos por esto no tengo que atormentarme demasiado.
Llega un punto donde ya no sale más arroz y empieza a asomar otra cosa. Se trata de una maraña de tiras de zanahoria, pero de un color verde oscuro intenso. Me cuesta varias intentonas hasta que logro sacar la bola entera de hebras frescas, crujiente, casi diría hasta apetitosa.

Luego voy sacando otras cosas aún más inesperadas. Reglas de dibujo, grapas, utensilios, distintas cosas que se ven recién compradas, algunas incluso todavía en su bolsa o envoltorio. Hay hasta unos paquetitos de monedas, de cambio o suelto, para transacciones cotidianas... Ridículo, absurdo.

Y por último, lo que saco es una especie de cubilete de cartón, cilíndrico, justo del diámetro del sumidero, con lo que, al menos, ha servido para que quedara todo eso ahí retenido y sólo escapara el agua.

Me doy cuenta de que todo esto ha sido cosa de mi padre. Adivino que, en su propósito y proceder, ha tratado de tener todo listo y a punto para culminar su objetivo concerniente a nosotros. Y que su inseguridad e ignorancia le han llevado a comprar, torpe y grotescamente, cantidad de cosas innecesarias, que evidencian su total y absoluta impericia bienintencionada irritante.

Me mosqueo y me cabreo por esto, y ya me despierto.