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fin del aviso


31 de marzo de 2011

Madrearaña

Decían que la luna estaba hueca.
Hicieron algunas pruebas y así lo confirmaron.
Pero, luego, la luna empezó a comportarse de manera anómala.
Ya no respondía igual a las mediciones y experimentos.
Su superficie presentaba alteraciones inexplicables, inconcebibles.
Hasta que, un día, eclosionó.
Y de su interior emergió una araña de proporciones astronómicas.
Los que presenciaron su nacimiento enloquecieron directamente.
Fue el caos, el terror, la histeria.
Imagínate.
La araña, atraída por la gravedad, aterrizó en la tierra, tan tranquila.
Sin más ni más, como si nada, como si tal cosa.
Sus enormes patazas negras aplastaban cuanto pisaban.
Su cuerpo colosal tapaba la luz del sol.
Y su estúpido cerebro de insecto apenas le servía para nada.
Lo único que tenía de especial era su tamaño.
Por lo demás era una araña común, corriente y moliente.
Se paseaba errática, a impulsos repentinos, explorando el territorio.
Este planetoide esférico que, a sus ojos, estaba desierto, vacío.
A cada paso aplastaba cientos, miles de metros a la redonda.
Con cada pata!
En un abrir y cerrar de ojos, adiós ciudades, adiós construcciones.
Borrados del mapa.
Los países intentaron defenderse.
En vano.
Probaron de mil maneras, pero ninguna dio resultado.
Las bombas apenas abrían ridículos boquetes en su piel.
Incluso, lograron penetrar en su interior, a través de su boca.
Pero el mismo poco daño le ocasionaron por dentro.
Eso no daba ni para cosquillas.
Mientras, la araña iba de un lado a otro, tan campante.
Buscando de qué alimentarse.
Asolando a la humanidad sin ni siquiera enterarse.
Hicieron algunos cálculos.
Morirá de inanición, por su propio natural.
Pero puede tardar siglos, o milenios, en estirar la pata.
Para entonces ya habrá arrasado por completo el planeta.
Los que quedamos es por pura providencia del destino.
Y porque hemos aprendido a sobrevivir.
Todos hemos seguido el mismo camino.
La mayoría huye despavorida en cuanto aparecen las patas.
Negras torres de babel ciclópeas que se pierden en el firmamento.
Nosotros no.
Nosotros hemos corrido hacia ellas.
Y las hemos trepado.
Sólo hasta el primer pliegue.
Hasta el primer recodo fiable, que sirve de cobijo y refugio.
No es fácil vivir aquí.
Nada fácil.
Pero de momento lo estamos logrando, casi de milagro.
Más arriba ya no hay oxígeno.
El agua hay que pescarla de las nubes.
También le chupamos un poco de sangre a Madrearaña.
Sabe a rayos, pero alimenta.
Tenemos expedicionarios que bajan de tanto en cuanto a la tierra.
El que regresa, trae plantas, rocas, semillas, todo lo que pueda.
Nos apañamos con minihuertitos en tiestos.
Todo bien sujeto y atado.
Cuando Madrearaña anda, desata el terrible huracán.
Tenemos campanitas que nos avisan, pero con apenas antelación.
Entonces nos refugiamos y rezamos.
Madrearaña se lleva a los descuidados.
Hay que estar siempre atento y dispuesto para el recogimiento.
Las aves son valiosas aliadas.
A veces nos ayudan a comunicarnos.
Nos llegan noticias de las otras patas.
De la tierra no llega nada.
La tierra calla.
Tal vez espera y aguarda.
Madrearaña no gusta de los océanos.
Lo malo es que no mira por donde anda.
Nuestros rezos tratan de llegar a su cerebro e iluminarlo.
Su mente escapa a nuestro alcance en todos los sentidos.
Aun así no nos rendimos.
Cuando se adentra en el mar, el agua nos llega muy cerca.
Alguna comunidad-pata no lo ha contado.
No quiero ni imaginar lo que debe de ser eso.
Morir ahogado, de repente.
Otros dicen que han visto barcos.
Que viven gentes en la mar.
Dudo que Madrearaña consienta semejante cosa.
Todos le debemos tributo y sumisión.
No hay que alumbrar ideas extrañas en la mente de la gente.
Hay que permanecer unidos.
A salvo.
Los ancianos saben del pasado.
Hablan de ciudades, ríos y montañas.
Leyendas extrañas, historias mágicas, mitos de ensueño.
Hechizantes, hipnotizantes.
Pero todo eso fue destruido.
Ya no queda nada.
Madrearaña es sensible, y estricta, y severa.
Percibe cuando dudas.
Y se enfada, y nos castiga.
Nos mata de calor en el ecuador, o nos congela de frío en los polos.
Nos lleva de un extremo al otro en un abrir y cerrar de ojos.
Como le viene en gana.
Por eso hay que ser fiel, y atento, y reverente.
En todo momento.
Es la ley.
Es la vida que hemos elegido.
Es Madrearaña.