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Este blog no está recomendado para menores, así que tú mismo con tu mecanismo.

fin del aviso


20 de enero de 2011

el alimento de las estrellas

El fuego dice quemo quemo quemo.
El agua dice mojo mojo mojo.
El aire dice vuelo vuelo vuelo.
La tierra dice quedo quedo quedo.

El hombre se va encontrando con los elementos y, si los escucha, aprende. La primera lección es muy sencilla. El fuego quema, el agua moja, etc.

Después hay que escuchar con más atención. Los elementos tienen mucho más para contar. Y lo que cuentan es cada vez más elaborado y profundo. El hombre que así escucha aprende a ser su hermano y participa con ellos.

La vida es una conversación, un diálogo. Tanto más rico cuanto mejor sepa uno atender a la otra parte. El coro de voces es infinito. La música creada entre todos es sublime.

Hay quien nunca pasa del primer estadio.
El que no aprende a escuchar tampoco puede elaborar su discurso interno. Así, se queda siempre en lo más inmediato y elemental.

Cuando llueve dice que llueve, cuando hace frío dice que hace frío.
Receptividad primaria de cortísimo alcance y paupérrima capacidad. Observaciones efímeras y estériles, que nacen de una incomprensión enorme, tremenda.

Una inmensa ignorancia, una inexperiencia absoluta, una desmemoria insondable, unas sensibilidad y permeabilidad inestrenadas, inentrenadas. Virgen, en el más deplorable de los sentidos.

Tal ineptitud es fruto de una desadaptación, de un crecimiento anómalo, de una cultura malformante. La maquinaria fabrica lerdos, la naturaleza alumbra sabios. Por eso es esencial aprender a escuchar, observar, atender, captar, gestionar la atención, enfocar, procesar, abrirse, participar, dialogar, etc.

La estulticia se manifiesta por necesidad, porque no encuentra el eco oportuno en el interior de la persona, y por tanto no le queda otra que expresarse en el exterior, tomar forma, hacerse presente, para así crear una nueva oportunidad de asimilación. Tal vez con la ayuda de algún interlocutor.

El que vive en la superficie está a merced de las circunstancias, desvalido, incapacitado para asimilar cada cambio. En ese estado el miedo es casi permanente, los elementos se le presentan como amenazadores, temibles, imprevisibles, caóticos.

La vida entonces no es sino tormento, preocupación, pesadilla.
Confusión, angustia, espanto.

El necio se ve arrinconado y busca refugio en lo más rudimentario. La rutina salva, atenúa y disimula todo aquello que le falta por aprender. Le da una falsa apariencia de normalidad, estabilidad y seguridad a su vida.

Sin embargo, la realidad cumple su cometido, ya sea por un camino u otro. Nadie escapa a su destino.

Quien crece en sintonía con el canto de la vida encuentra la dicha y el sentido en su existencia. Participa en equilibrio, fluye en armonía, de ahí que sepa estar en silencio, en paz consigo mismo y con lo que le rodea.

El que se forma bajo otros criterios, alejado de la naturaleza, tiene muchos más problemas para desarrollarse y conectar con lo auténtico y gozoso.

Todos los fuegos el fuego. De lo particular a lo general. El hermano fuego tiene muchas caras con las que presentársenos. Conócelas todas, aprende qué cualidad ofrece cada una.

En la gran familia, igual de importante es conocer a los miembros como al conjunto. Cuando observamos el detalle apreciamos las propiedades, cuando miramos la globalidad vemos la organización.

De nada sirve lo uno sin lo otro.

Madre tierra, padre cielo, hijo hombre. Madre cielo, padre tierra, hijo hombre. Padre hombre?

La tierra, el hombre y las estrellas formamos un todo, un ecosistema. Según se mire podemos ver diferentes órdenes de importancia. Cada jerarquía posible tiene su pertinencia.

Pero cada una nos lleva por un derrotero. Es lícito sentirse el centro de la vida, aunque sin perder de vista lo demás. El cielo y la tierra también son efectivamente el centro de la vida.

No hay dueño exclusivo. El que olvida esto cae en la lacra del ego.
Ombliguismo persistente. La peor desgracia y desdicha.

Heliocentrismo, geocentrismo, antropocentrismo. Localismos transitorios.

Hermano cielo, hermana tierra, juntos nos mantenemos y conversamos. Desde la conciencia, desde el respeto, desde el amor.

Todo lo que es está en continua y absoluta comunión, conexión, comunicación. Todo lo que es está hecho de información.
A veces lo denominamos energía, a veces materia, a veces información. Son conceptos complementarios, equivalentes. En realidad hablamos de una misma cosa.

Escapa un poco a nuestra capacidad el darle una definición más clara y completa a eso. Y tal vez así es como tiene que ser. Tenemos la mala costumbre de cerrarnos en nuestros conceptos. La vida no es para ser metida en una caja y que nos quedemos tan tranquilos y contentos.

Hay cosas que no se pueden abarcar desde donde estamos. Hay ideas que nos mueven a crecer. Aspiraciones que sólo se alcanzan tras un largo camino de maduración y crecimiento. La gracia del asunto es que lo que persigue el niño no se puede capturar, sólo cuando se hace adulto comprende que la única manera de alcanzar esa meta era transformándose a sí mismo en ello.

Así pues, todos formamos parte de esta reunión multitudinaria. Todos charlan con todos, todos intercambian vivencias y anécdotas, todos se conocen.

La tierra habla con nosotros y nos cuenta muchas cosas.
Las estrellas hablan con nosotros y nos cuentan muchas cosas.
Nosotros hablamos con la tierra y le decimos muchas cosas.
Nosotros hablamos con las estrellas y les contamos muchas cosas.
La tierra y las estrellas hablan entre sí y se cuentan infinidad de cosas.

Es un poco un lío porque todos hablamos a la vez y a veces cuesta entenderse. Nos tapamos unos a otros, nos gritamos, nos ofuscamos. Mezclamos, cambiamos lo que el otro dice. Oímos sólo lo que queremos oír.

Nos metemos en conversaciones sin cuidado ni respeto. Interrumpimos, molestamos, tratamos de desviar la conversación, cambiar de tema. Nos repetimos como loros, nos emperramos en lo que creemos que sabemos y dominamos. Nos impedimos a nosotros mismos seguir aprendiendo, seguir creciendo. Dejamos de escuchar a los demás.

Somos torpes e inmaduros, nos cansamos de no entender nada, nos molestamos, nos volvemos maleducados y cargantes. Nos llenamos de fastidio, nos volvemos insoportables, nos atormentamos a nosotros mismos. Repletos de frustración, rencor, aburrimiento, tedio, hastío, spleen, malhumor, irritación, envidia, incomodidad, agotamiento. Como un niño maleducado, malcriado, consentido y berreante que quiere que se termine la fiesta.

Y en el fondo, todos buscamos lo mismo. Reconocimiento, atención, afecto, cordialidad, gentileza, receptividad, delicadeza, sensibilidad, calidez, empatía, comprensión, amistad, diversión, alegría, simpatía, compañía, cercanía, camaradería, apoyo, ayuda, generosidad, bondad, serenidad, tranquilidad, intimidad, paz, belleza, equilibrio, armonía, amor.
Casi ná, jeje.

Ahora bien, conviene reconocer cómo funciona la cosa. Se obtiene lo que se da. Así que...

Esto es así para todos, hombre, cielo, tierra.
Entonces, nos corresponde ponernos de acuerdo, encontrar la manera de encajar adecuadamente entre nuestros acompañantes, para poder dialogar con ellos con fluidez y naturalidad.

Por eso lo primero es aprender a escuchar. Tu silencio es un regalo para el universo. Tu atención es una bendición para quien la reciba.

Meditar, orar, acordarse de lo supremo, no es sino bañar la totalidad con nuestra atención. Un autoservicio benéfico. Una reconciliación con el conjunto, un recordatorio. Reequilibrarte, centrarte en el presente, celebrar la existencia en toda su dimensión y armonía.

El discurso culposo de humillación y penitencia sobra. El juego de las autoridades no sirve más que para producir siervos dóciles y sumisos. Y borregos no faltan precisamente en este mundo, jeje.

Todo habla, todo nos cuenta infinitas historias. Nosotros estamos invitados a participar en esto. Basta con mostrar la disposición adecuada.

El amor es lo más poderoso y de máximo alcance. Su sensibilidad nos abre, nos pone en contacto, nos desnuda y hermana. Así se da la comunicación. Así se nutren las estrellas.

Para bien o para mal, nosotros siempre estamos en medio. Podemos sumarnos, añadirnos al gozo, o podemos aislarnos, separarnos, inhibirnos del todo.

El cielo y la tierra siempre están tendiéndonos cabos. Desprecio y rechazo sólo redundan negativamente en nosotros mismos. Los demás se apañan bastante bien entre sí. Aunque sería osado afirmar que nuestra actitud sea del todo irrelevante para el conjunto.

Cada duda, miedo, reserva o egoísmo nos aleja y distancia de la vida. Y esto es literal, atender a lo que nos rodea no es caprichoso ni accesorio. En ello reside nuestra existencia o desaparición.

Contadme estrellas de vuestras andanzas. Decidme de las aventuras de los hombres ciegos de corazón helado. Cuántas lágrimas os han robado? Cuántos desvelos os han causado? Cuántas emociones han despertado en vosotras?

Y tú, tierra, cuenta, dime, de las heridas que te han ocasionado, propinado, de tus secretos que han penetrado, violado, de las entrañas que te han perforado, perturbado...