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2 de mayo de 2008

Manual del buen nihilista

Todo es nada.
Nada es real, nada existe, nada es.

Nuestra existencia carece de propósito, pero mientras no aprendamos a reconocer y aceptar que es así seguiremos atrapados en nuestras propias creencias.

A esto se le llama quitarse el velo que tapa nuestros ojos, abrirlos ante el vacío. No hay otra cosa, es todo lo que hay.

Reconocerlo es saber apreciarlo, no hay nada que temer, todos los caminos conducen a la nada.

Lo que resulta molesto es quedarse atrapado, atascado, a medio camino, en un estado intermedio, que por definición es justamente lo que es la vida.

Por eso conviene aprender a 'vivir', a no identificarse con el ego, a no apegarse a las cosas, a la materia.

Pues todo es cambio, todo es efímero y transitorio, hay que saber moverse dentro de esta tierra de mareas, en este reino del caos aparente.

La memoria intenta poner orden, preservar y fijar lo inaprensible, los recuerdos insisten en revivir, recuperar, repetir, perpetuar lo que un día fue, el paraíso perdido, vano proyecto.

No existe el regreso, no existe el retorno, nada permanece, nada hay, nada devendrá, salvo los fantasmas que habitan nuestra mente.

Reconozcamos nuestro estado actual, reconozcamos cuáles son nuestros temores, nuestros anhelos, nuestras creencias, esperanzas, ilusiones. Las historias que nos contamos, las películas que nos montamos, todo lo que nos retiene, nos frena, nos impide avanzar, fluir, existir en armonía.

Aprendamos a desvanecernos, fundirnos, deshacernos, que la meditación nos abra, nos libere de esta pesada cáscara que portamos cual caracol atolondrado.

Crecer, madurar, evolucionar consiste en aprender a trascender, ir más allá de lo que nos rodea, atravesar las cosas, ver su esencia, lo que contienen detrás de su apariencia. Atreverse a mirar al abismo y recibir su terrible mirada.

Naturalmente al principio no es nada fácil, los primeros intentos lo llenan a uno de espanto y horror, y apenas se consigue mantener la mirada una milésima de segundo. El vértigo nos embarga por completo y nuestro ser se repliega sobre sí mismo, retrocede, se esconde (de nuevo como un caracol), cierra los ojos ante la realidad.

Por eso vivimos de una forma tan extraña e incoherente, pocos son los que se atreven a vivir de forma auténtica, valiente, consciente en este mundo de sonámbulos.
La ciega justicia es un buen ejemplo de lo perdidos y desorientados que andamos. Símbolo del estado primario en el que, aún, se desarrolla nuestra existencia.

Poco a poco podemos ir familiarizándonos con nuestra propia naturaleza, con nuestro interior, con nuestra auténtica esencia, profunda, oculta, la nada. Asimilándola, reconociéndola, aceptándola, comprendiendo lo que representa, lo que supone, lo que significa, lo que es. Amándola, haciéndonos uno con ella.

Comprensiblemente durante el proceso de acercamiento hacia ella surgirán, emergerán, aflorarán multitud de inquietudes, dudas, miedos. Todo eso proviene de nuestra inmadurez, de nuestros apegos y creencias, de nuestra cultura y educación. Construcciones inherentes o auto-inculcadas que nos han modelado, moldeado, convertido en lo que hoy somos y que ahora nos corresponde desmontar, desarticular, desactivar.

Todos los conflictos contienen una o muchas de estas trabazones y nuestra tarea consiste en saber darle solución a todas y cada una de ellas. No hay atajos, no hay trucos, no hay excepciones ni posibilidad de hacer omisiones, todo lo que no se resuelve (disuelve) vuelve una y otra vez.

Sólo tras ese proceso de liberación alcanza uno la verdadera paz, la única, la auténtica, la nada, que entonces podemos ver y apreciar en su totalidad, en su perfección, en su hermosura (la amada que aguarda con los brazos abiertos al valiente caballero que sepa llegar hasta ella en noble gesta.)

Así pues, el buen nihilista sabe, conoce y aprende el verdadero valor de las cosas y fluye por la vida en armonía, en comunión con la esencia de todo, en contacto con la nada, perfectamente equilibrado, sin perder su centro, sin dejarse arrastrar, distraer o confundir por las circunstancias, los cambios, la vida, el caos, el principio y el final de las cosas, etc.

La muerte, tal y como la concebimos, puede servirnos para ir conociendo la nada, a través de la idea de la no-existencia.
Recuerda esas noches de tu infancia en las que, justo cuando estabas a punto de dormirte te invadía como un miedo repentino, un vértigo súbito que te ponía en contacto con tu naturaleza mortal (con la muerte que, en la euforia de tu existir, habías olvidado que te aguardaba al final de tu vida). Y cómo esos pequeños momentos de angustia te llevaban a tener algún tenue vislumbre de lo que sería estar muerto, de lo que significa el vacío, la eternidad sin ti, la inmensidad inabarcable, el nunca jamás (nevermore, dijo el cuervo), lo imposible de medir, el abismo de tu no-existencia, su ausencia total de atributos.

Lógicamente estas primeras visiones nos llenan de una honda tristeza, de preguntas para las que no tenemos respuesta, de profundas dudas esenciales. Por qué vivir si luego ya no habrá nada? Por qué molestarse? Por qué, si, comparada con la eternidad del vacío infinito, nuestra existencia es una triste, minúscula e insignificante gota.

Así todos vamos viviendo albergando en nuestro interior estas cuestiones vitales, que la mayoría eluden y evitan como la peste y que algunos se atreven a meditar, reflexionar, profundizar en ellas y que, en el fondo, siempre buscan lo mismo: El sentido de la vida.

Pues bien, todo buen nihilista sabe que la vida no tiene sentido, la existencia sólo ES, nada más. No hay ninguna intención, propósito, meta ni objetivo. Nada se persigue, nada se busca, nada se pretende de ella y por supuesto no hay creador, nadie dicta el destino, no hay designios ni elevados planes ni sublimes proyectos.
Pero esto no significa que la vida sea un absurdo grotesco, una chapuza ciega y borracha, ni que podamos permitirnos el lujo de involucionar, degradarnos, convertir nuestra existencia en una vergonzosa aberración destructiva, en esta humillante parodia de 'progreso' que venimos desarrollando.

Se trata, entonces, de aprender a mirar y valorar las cosas de forma adecuada, de aprender a ver con lucidez y claridad, sin vendas ni velos, sin estúpidos prejuicios ni caducos principios, de actuar con madurez y responsabilidad hacia una realización, manifestación, construcción edificante y elevada que nos ayude a todos a vivir en un plano de existencia más digno, satisfactorio, equilibrado, armónico. O sea que no hay planes divinos que busquen nuestro crecimiento pero eso no quiere decir que tengamos que comportarnos como cerdos, es responsabilidad nuestra crecer en la dirección adecuada, ir hacia esa sublimación, sin perder el norte (cosa que ya hemos hecho, lo de perder el norte quiero decir).

Sigamos, una vez tenemos claro el funcionamiento y la dirección podemos decir que ya le hemos dado sentido a nuestra existencia y, lentamente, vamos creciendo, desprendiéndonos de todo lo que nos limita y atrapa, sin olvidarnos en ningún momento de cuidar y mantener aquellas convenciones, actitudes y costumbres que nos permiten desarrollarnos de una forma civilizada, integrada, 'humana', comprensiva y respetuosa con el entorno y con los demás.

Pues también se puede llegar a la nada a través de la destrucción total pero no parece una opción demasiado inteligente para unos seres supuestamente 'evolucionados'. Además, la calidad, la forma, el modo en que uno llega a la meta determina claramente esta.
La nada es siempre la misma pero si uno no ha aprendido a llegar a ella correctamente seguirá sin alcanzarla ni comprenderla completamente, condenado a repetir el proceso una y otra vez hasta lograr pulir, trascender y liberarse de aquello que le impide alcanzarla.

Resumiendo (que esto ya se está alargando demasiado), somos un poco como una cebolla y debemos ir aprendiendo a desprendernos capa a capa de aquello que nos ancla a este plano para poder seguir creciendo, la identidad, el ego, las apariencias, la frivolidad, la superficialidad, las etiquetas, las definiciones, los deseos, los apetitos, las pulsiones, los instintos primarios, las posesiones, la ambición de poder, los apegos, la ruindad, las distinciones, las escalas de valores, la competitividad y tantas otras cosas.

Para un buen nihilista una compañía de seguros es un chiste absurdo y un plan de ahorros, una ridícula broma. El buen nihilista sabe que el valor de todo es cero, que una vida humana vale lo mismo que la de un mosquito, que el dinero es un concepto vacuo, erróneo, que 'tener' un millón es tener un millón de ceros a la izquierda.
Pretender lo contrario garantiza un continuo sufrimiento, una tortura perpetua, una pérdida tras otra.

Nada eres, nada tienes, nada puedes cambiar, salvo tu forma de ver, de comprender las cosas, el mundo, la vida.

Observa el caos con indiferencia (sin establecer diferencias) y comprensión, ama el cambio, la inestabilidad, la frágil y bullente materia en sus infinitas formas, sin juicios, sin filtros, sin categorías, de forma abierta, pura, auténtica y sincera en todos los planos y a todas las escalas. Así el vacío reconoce al vacío, la esencia toca a la esencia, la nada llega a la nada.

No hay ni bien ni mal, todo es lo mismo, los extremos conducen a los problemas, el centro es perfecto, uniforme, armonioso, la nada.

Si se hace bien, lo que nos aguarda es la paz, el equilibrio, la armonía, esa cosa que llamamos felicidad (cuyo mejor ejemplo es el buda sonriente) y que simplemente es amor, del bueno, sin endorfinas, sin adicciones, sin altibajos, sin principio ni fin, sin distinciones. Lo mismo estás vivo como estás muerto, te da igual, una vez abrazas la nada dar ese paso es tan fácil como un parpadeo.

Todo es la nada.
La nada es real, la nada existe, la nada es.


Pd: O bueno, igual me equivoco y no es así, entonces lo más probable es que el buen nihilista, a su muerte, retroceda toda la escala evolutiva y en sus próximas 800.000 vidas le toque reencarnarse en piedra. Lo cual tampoco está nada mal, bien mirado.