aviso

Este blog no está recomendado para menores, así que tú mismo con tu mecanismo.

fin del aviso


2 de mayo de 2008

fantasma

Soy Clín Ísvud y voy, junto con otras personas, hacia una redada para cazar a unos gánsters que se reúnen en un estadio deportivo.
Es de noche y las calles están vacías y silenciosas.

Avanzamos, atentos y concentrados, conscientes de la difícil tarea que vamos a llevar a cabo, pero con la convicción moral de hacer lo correcto.

De repente un coche dobla la esquina y se dirige hacia nosotros a toda velocidad, desde su interior unos mafiosos nos acribillan a balazos con sus ametralladoras Tómson. Todo ha sucedido tan rápido que no hemos tenido tiempo ni de reaccionar. Nuestros cuerpos inertes caen por su propio peso hacia el borde de la calzada, donde se enfrían y se mojan con la sucia agua que corre hacia las alcantarillas de los costados.

Me incorporo con dificultad, lentamente, observo mi cuerpo lleno de agujeros de bala, ahí, tumbado en el suelo, retorcido de mala manera. Me doy cuenta de que estoy muerto y de que ya no tengo cuerpo físico.

Los mafiosos se han detenido para comprobar que estamos todos muertos, los miro con curiosidad. Todos menos uno se van de nuevo en el coche, el que queda se aleja andando tranquilamente hacia su casa, lo sigo. Llega, besa a su mujer y a su hija, se ponen a cenar, yo me muevo a mis anchas por la casa, pensando, buscando la manera de vengarme.

Sin embargo, él expresa pesar y arrepentimiento, como si notase mi presencia. Intento utilizar su ordenador para delatarlo, denunciarlo, pero veo borrosas las letras del monitor. De nuevo, curiosamente, parece percibir mi deseo y me ayuda (para saldar su deuda) a escribir el mensaje que quiera. Yo no deseo que su familia se quede sin él, le dicto mi mensaje: "déjalo, ya no importa" y me voy.

A cada paso que doy me duele el hecho de estar muerto, no por no tener cuerpo sino por no haber ascendido al cielo, cada segundo de permanencia aquí abajo supone una dolorosa negación, una triste y penosa resistencia de mi voluntad a disolverse, dejarse ir, desaparecer del todo.

Vago sumido en esa etérea melancolía de fantasma solitario, de un lado a otro, sin meta, sin objetivo, sin ilusión, arrastrando mi incorpóreo cuerpo sobre la tierra, fría, indiferente, ajena, 'cruel', con los extraviados, como yo, que ya no pertenecen a este lugar.

Está amaneciendo, la luz llena aún más de patetismo mi estado actual, no hay nada más triste que verse traspasado por los rayos del sol, como si nada. Aunque, lo curioso es que un poco de sombra sí que produce mi intangible presencia, por eso si uno se fija bien puede detectar a otros como yo.
Y me acabo de dar cuenta de esto precisamente porque he ido a parar a un lugar donde se reúnen varios de ellos, espíritus vagantes, almas errantes, pobres anclados a la tierra, o llámeselos como se quiera.

Concretamente, están en el interior de un antiguo recinto industrial, normalmente abandonado, que se encuentra con sus anchas puertas metálicas abiertas, permitiendo el libre acceso a su amplia explanada amurallada que contiene las distintas naves y edificios que conforman el complejo.
Justo a la entrada del más cercano, una sencilla garita de guarda, hecha de ladrillo, vacía, se encuentra un grupo de personas vivas, una pequeña comunidad que están ahí para ayudarnos, a nosotros, a dar el paso final.

Sus gestos, su actitud, sus caras demuestran mucha humildad, bondad y comprensión hacia nuestra situación.
Esto me llena de una honda emoción, me impresiona profundamente, haciéndome sentir como un niño pequeño, torpe, delicado, avergonzado, lleno de miedo y gratitud a partes iguales.
Así pues, tras recibir unas agradables indicaciones y una cálida y paciente invitación me coloco en la fila y espero mi turno.
Veo cómo funciona el proceso, con los que están delante mío, las personas les hablan con mucha ternura, afecto y delicadeza, animándoles a asumir su destino, a dar ese paso, hasta que el espíritu en cuestión se rinde, se rompe en infinitos pedazos y asciende hacia el cielo, que se ilumina levemente al acogerlo.

Al romperse el alma se despide de sí, pues sabe que los fragmentos seguirán cada uno un destino diferente, totalmente ajeno y libre de su pasado común. Permitir esa desintegración, esa dispersión, ese desvanecerse en la nada, supone una demostración de amor supremo, especialmente difícil de alcanzar, ya que el instinto, la tendencia natural, insiste en mantener y conservar lo conocido, la persona, su identidad, su ego, que se resiste a autoaniquilarse.

Sólo a través de la comprensión y de la piedad puede ese yo, lleno de miedo, trascenderse y llegar a su esencia destilada, al ser más allá de todo vestigio de existencia. Tarea de la más elevada dificultad, pues nada obliga a ella.
El alma es inmortal en este estado de etereidad fantasmal y ningún elemento externo, excepto estas buenas gentes, requiere ni solicita nuestra ascensión.

Es un acto totalmente libre y voluntario, que requiere de gran valor y serenidad interior para poder llevarlo a cabo, ya que, en el fondo, se trata de terminar expresamente con tu propia existencia consciente.

Ideas todas estas que se me van acumulando en mi interior creándome un nudo tremendo que me llena de dolor, pena y sufrimiento por cada segundo que sigo aquí, así, ya que en realidad no tengo claro lo que quiero, ni si seré capaz o me arrepentiré o qué pasará, sólo sé que esto es cada vez peor y, con cada 'respiración', se acentúa la angustia, este dolor de corazón, este punzante pavor, este nudo de honda tristeza, pena y melancolía, este largo, amargo, adiós forzado.

Llega mi turno, avanzo, indeciso, abrumado. Una amable persona, llena de bondad y paciencia, 'posa' su mano en mi hombro y me mira con una sincera sonrisa. Algo, una sutil sensibilidad ética, reacciona en lo más profundo de mi ser y se rompe todo lo que me retenía.
Estallo en un tremendo llanto de pura gratitud, de auténtico amor y de verdadera admiración hacia ese gesto tan sencillo, tan humano y desinteresado, hacia su preciosa, hermosa, maravillosa, generosa ayuda.
Impresionado, deslumbrado, liberado de todos los pesares y penas, al fin me deshago, floto, asciendo, me disuelvo.

Me despierto con la cara bañada de lágrimas.