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1 de mayo de 2017

sociedad celular

La verdad está ahí fuera.

Ese lema tiene un problema, le falta añadir: La verdad está aquí dentro también.
O sea que, la verdad está dentro y fuera. Por lo tanto, para conocer la verdad hay que saber ver la realidad externa e interna.
Quien solo sabe mirar en una dirección, no capta toda la realidad y desconoce la verdad.

La vida está diseñada de esta manera, para enseñarnos a amar auténticamente.
La iluminación mística, consiste en abrazar la vida plenamente, con equilibrada pasión, consciente de que dentro y fuera es un todo paradójico, de perfecta unión interrefleja.

Como una cinta de moebio.

El truco de esta configuración, es que obliga a profundizar metafísicamente, ya que físicamente no nos es factible trascender el infinito.

Por eso el oráculo sabiamente aconseja: Conócete a ti mismo.

Mira hacia dentro, porque mirar hacia fuera ya sabes.
Dicho de otro modo: Para ver más allá de la superficie, hay que saber acceder al interior, a la esencia, al espíritu.
Por eso el trabajo empieza con uno mismo, porque tu ser te es lo más directo y accesible. Porque si no empatizas con tu alma, apaga y vámonos.

Estar en comunión con el alma parece fácil, pero puede no serlo.
La tarea primordial nunca concluye. Cada logro alcanzado, puede volver a perderse si no es adecuadamente sustentado.

Además, el alma es tan invisible, trasparente y silenciosa como Dios.
Muchos ilusos creen estar en estrecha relación con ella, pero más bien se autoengañan proyectando su delusoria enajenación.

La única manera de intuir cómo de cerca o lejos se está de la propia esencia, es escuchando tu conciencia, evaluando tus ideales y valores, sopesando la sensibilidad y calidad de tu ética, y su alcance y autenticidad.
El comportamiento, demuestra muy a las claras la lucidez de cada persona. El insensato, tarde o temprano delata sus carencias y deficiencias.
Nadie que mantenga o defienda actitudes egoístas y maléficas, puede pretender que está en concordancia y armonía con la vida.

La mentira no tiene futuro.

La cosificación es la pesadilla de los desalmados, el infierno de quienes intentan falsificar, secuestrar, suplantar la verdad.
El mal es necio y abyecto, pues la verdad es infalible.
Esa luz no admite velo.
Pero, por desgracia, los ojos son susceptibles de ser ofuscados.
Por eso, todo el afán del mal está en sembrar caos y confusión, para hacer proliferar sus falacias y medrar explotando a los desprevenidos.

Nuestra sociedad actual está siguiendo un camino desastroso: Vanidosa y superficial, se deja engatusar por las perversas perfidias de los opresores, a cambio de fruslerías y bagatelas.

El teléfono móvil es el reclamo estrella de nuestro tiempo.

Casi toda la población es esclava de ese dispositivo. Aparato del que se hace un uso excesivo en tiempo y raquítico en provecho.
La herramienta en sí, tiene gran potencial, pero el contexto es adverso.

La sociedad es usuaria de una tecnología que no es capaz de desarrollar por sí misma. Así que está sometida, a merced del capricho de los propietarios de ese conocimiento. Así que este avance es del todo incierto y precario. En cuanto este invento deje de ser útil para los intereses de los usurpadores, súbitamente dejará de funcionar y nadie logrará resucitar, rescatar, recuperar su operatividad.

Esta es la crónica de una tragedia anunciada.

Pero todavía hay esperanza. Suponiendo que la sociedad aproveche la ventana de oportunidad que provisionalmente se le ofrece, y decida enfocarse en buscar la verdad. Entonces, quizás la información que fluya sea la más significativa y relevante. Entonces, quizás las redes de comunicación den paso a redes de solidaridad y fraternidad, efectivas y dignas de consideración.

Pero esto no va a pasar por arte de magia.
Para que la población adquiera una conciencia madura, debe buscar la verdad, mediante el estudio y la reflexión.
Es la historia de siempre.
El conocimiento es imprescindible, la sabiduría es indispensable.
El amor ciego es inadecuado, improcedente, insuficiente para nosotros. Esa inmediatez y cortedad propia de los animales, no resulta válida para los seres racionales. Si estamos dotados de inteligencia trascendente, es por algo.
Esto hay que entenderlo bien. La elementalidad primaria, es muy relevante y debe pervivir en nosotros, sin por ello perder las cualidades intelectivas, porque igual de patética tragedia es el humano animalizado sin lucidez cognitiva, como el humano deshumanizado sin cordialidad panfraternal.

Somos un piano, y nuestra conciencia determina el rango de octavas que abarcamos. Pero el rango por sí solo no garantiza la calidad de nuestra música. Puesto que existimos dentro de una sinfonía mayor, debemos atender a su ritmo, melodía y timbre, para que nuestra participación case armónicamente, para bien de todos. 
La vida nos da este extra de maniobrabilidad, y nos exige en igual proporción a tal capacidad.

Al disponer de sensibilidad metafísica, consideramos la vida con mayor sentido ontológico, y así avanzamos en el descubrimiento de Dios, el alma y esas cosas.
Cuestiones estas de lo más peliagudas, pero tremendamente cruciales.
El ser humano existe en un precario equilibrio, y su continuidad depende de que sepa madurar su conciencia adecuadamente.
Fácil es descarriarse y malograrse. Fácil es involucionar y trastornarse.
Los hechos hablan por sí solos.
La cultura zozobra y colapsa en cuanto abandona los principios existenciales, los valores esenciales, los ideales trascendentales.
Así tenemos la pesadilla infernal que tenemos.
Desplomarse es burdo, alzarse es heroico.
Profundizar en los temas místicos, es proeza de no poca enjundia.
Nos cuesta bastante comprender la ubicación y naturaleza de lo metafísico.
La cinta de moebio me parece una imagen harto sugerente, para captar mejor la indivisibilidad de cuerpo y alma, y la paradoja materia-espíritu.

Ver a Dios, o al alma, como algo separado de la materia, es tremendo error. Pero reducir el conjunto a una uniformidad simplificada, tampoco funciona, porque entonces perdemos de vista las cualidades menos evidentes, lo intangible.
Si chafas la dupla cuerpo-alma y la mezclas cual bola de plastilina, lo que 'desaparece' es el alma.
Esta suele ser la percepción convencional de nuestra cultura materialista.
La conciencia inmadura, ignora por completo la existencia del alma, carece de noción trascendental, desconoce absolutamente a Dios.
No sabe mirar hacia dentro, no sabe ver la verdad en su totalidad.

La sabiduría está en acoger la paradoja, vivir con el dilema, profundizar en el enigma.
La moneda es un buen símbolo del acertijo que nos plantea la vida.
Una moneda tiene dos caras, pero es una unidad.
El problema es que, por dentro esa moneda es una cinta de moebio, o sea que tiene una sola cara, y sigue perteneciendo a la misma unidad.

Ahora que lo pienso, la cinta de moebio es un símbolo perfecto para representar la dimensión metafísica, ya que, un objeto de una sola cara no es tangible, la dualidad es lo que dota de mesurabilidad, de propiedades físicas, a las cosas. 
Hasta ahí, la cosa se entiende, más o menos.
El rompecabezas se vuelve realmente arduo cuando procuramos desentrañar cómo y por qué se conjugan e interrelacionan materia y espíritu de ese modo.
Esta es la tensión irresoluble de la vida.
La unidad es ineludible, y la dualidad, ídem.
Abrazar este misterio, requiere humildad, buena disposición, equilibrio, empatía, capacidad de escucha, corazón.

Cordura.

Para despertar la conciencia, debemos trabajar desde nuestro compromiso total, consagrando nuestro entero ser.
Quien inhibe y desconecta su corazón, merma su inteligencia, su mente ya no asimila ningún concepto avanzado, su lógica ya no llega al núcleo esencial de la verdad.

Para esa mentalidad estéril, todo es imposible.
Dios: Imposible.
La Verdad Absoluta: Imposible.
El Alma: Imposible.
El Infinito: Imposible.

Esas conciencias truncadas, son como las hojas caídas de un árbol, secas y quebradizas. Su vocabulario puede incluir perfectamente todos estos conceptos, pero la definición que tienen de ellos es paupérrima, exigua, endeble, vacua, inservible.

El ejemplo más claro es el infinito.
La lógica mecanicista, emplea bastante el infinito, pero no aprecia en ello ninguna significancia existencial, lo cual da prueba de su inmensa alienación y ceguera.

Para avanzar por el buen camino, hay que tener buen juicio, y para poseer neto criterio, hay que reconocer y amar la vida en toda su acepción, lo cual implica amar a Dios, amar la verdad y amar el bien.
Para ser uno con la vida, hay que tener una conciencia global notable, radiante y palpitante.
Reto apasionante, meta brillante, que aguarda al valiente.

Cuando la sociedad asuma la responsabilidad de permanecer fiel a la verdad, la información será un poderoso aliado.
Lo que hoy entendemos por comunicación, no es más que un pálido simulacro de lo que ha de ser.
Para formar verdadera comunidad, hay que compartir información de calidad, de manera accesible, ordenada y completa, con trasparencia y responsabilidad.

Todo esto es absolutamente inviable si la sociedad no se hace directa soberana y conjunta partícipe de su destino.
Gran cuidado se ha de poner en el diseño de las estructuras y los protocolos, para garantizar la coordinación consensuada y la cooperación consecuente, preservando la integridad en todo instante y momento, en todo detalle y gesto, para mantener el rumbo correcto. Con firme resolución y prevención, para impedir todo abuso y explotación, toda manipulación y extorsión, que tanto mal trae y ocasiona.

La piedra angular es la conciencia.
Sin conciencia no hay respeto, y sin respeto no hay elevación.
El infierno se apodera de la sociedad que no cree en la verdad.
Este es un detalle importante: La verdad exige fe.
La metafísica obliga en parte a creer, pero con fundamento.
Creer a ciegas, porque sí, es la mayor imbecilidad.
Precisamente la vida se compone de física y metafísica para que aprendamos a relacionar ambas partes.
Quien divorcia ciencia y religión, va a la calamidad.

Cada persona debe buscar y alcanzar una comprensión profunda y coherente, del cosmos ordenado que posibilita nuestra existencia y que nos constituye y compone.
Venerar lo micro y lo macro, y así destilar una ética sublime, para ser verdaderamente humano y hermano, digno de aprecio y consenso.
Benefactor y catalizador, válido y valioso, aliado con la noble voluntad de hacer de nuestra vida una existencia plena y dichosa, bella y acorde, rumbo al culmen inefable, sea asequible o inasible.

Y bueno, por querer combinar el doble sentido de la palabra 'celular', este texto ha resultado en una extraña mezcolanza, apenas resonante entre ambas facetas. Aunque, por lo demás, no del todo fallido. Catástrofes peores se han visto, jeje.