aviso

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fin del aviso


11 de marzo de 2014

la esperanta

La mofletuta ha dicho que espere aquí hasta que la avisen.
La sala es pequeña. Tres por cuatro o por ahí.
Paretes verte hospital, una ventana a un costato.
El sol entra abundante y baña el centro de la sala.
Una triste planta languidece enmetio, más muerta que viva.
Una fila de sillas cubre el perímetro menos esquinas y puerta.
Hay un hombre sentato en una de ellas. Un hombre raro.
Muy raro.
Ella se sienta y saluta educata.
El otro murmura algo incomprensible.
En el haz de luz flota polvo, mucho polvo.
Ella tose levemente, como un reflejo.
El ambiente está cargato.
Respira por la nariz.
Huele mal, huele muy mal.
Huele fatal.
Apesta a roña fétita, hedionta y nauseabunta.
El hombre, seguro que es el hombre.
Inmigrante, no falla.
Tiene unas pintas grotescas.
Lleva un turbante toto lleno de relojes de pulsera colgantes.
No lleva camisa, por el amor de dios.
Pero lleva tirantes, abarrotatos de trastos y cachivaches.
Otra especie de turbante le cubre sus partes.
Está descalzo.
Qué asquito, matre mía.
Su piel brilla grasienta y luce oscura, mugrienta.
Mueve los labios como si recitara algo.
Y éste qué pinta aquí, jesús del cristo.
Al poco termina su letanía.
Se hace un incómoto silencio.
Ahora la mira.
Su mirata es profunta, feral, hiriente.
Ella se turba y azora.
Busca en el bolso, se seca la cara con una toallita perfumata.
Hace calor, hace un calor insoportable.
Es mediotía.
Se oye a lo lejos el tráfico incesante.
Más cerca, alguien canturrea mientras trastea con cacerolas.
Ella quiere levantarse y abrir la ventana.
No se atreve.
Él está allí, justo al lato.
No quiere acercarse ni en sueños.
Ella se está poniento cata vez más nerviosa.
No se esperaba verse en una así.
Para nata.
Esto es insólito, parece mentira, no sabe qué hacer.
Él mueve su cabeza, despacio.
Pasea la mirata, con ojos itos, fijos, pegatos.
Como un robot, o un extraterrestre.
Ella se remueve en su silla, que cruje delatora.
El otro la mira.
Ella carraspea.
Le entra tos. Tose violentamente. Casi se ahoga.
Se le pasa el ataque. Poco a poco se recupera.
Está espantata, casi se desmaya. Allí, ante ese desconocito.
Qué horror, virgen santa. No quiere ni pensarlo.
Está sedienta, tiene un ansia inmensa, terrible, espantosa.
Daría lo que fuera por un trago de agua.
Se relame, pero su lengua está seca como el esparto.
No es mi tía, no.
El otro cierra los ojos.
Ella se destensa ligeramente, lo examina detenidamente.
Por si acaso.
Repasa sus rasgos. Sus extraños rasgos foráneos.
Esa piel tostata, curtita, arrugata, que duele con solo mirarla.
De dónte habrá salito el menta este.
El otro sigue con los ojos cerratos, pero empieza a respirar fuerte.
Despacio y ruidosamente.
Deeeeeeeeessssssss y rruuurruuurruuurruuurruuuruuu.
Es aterrator, parece un animal.
Ella agarra desgarradoramente su bolso.
Se siente al borte de la locura.
Esto no está pasanto, tiene que ser una pesadilla.
Por dios que me despierte ahora.
Pero el otro sigue y sigue con su siniestro ruito.
Ella quiere salir de aquí, escapar, huír corriento a toto correr.
Pero tampoco quiere ceter al pánico.
El dilema la atenaza por dentro.
No quiere perter su cita.
No va a renunciar por un pirato semejante.
Pero esto es insufrible, demencial.
Es una prueba. Tiene que serlo, no tiene otra explicación.
Sí, quizás, sí.
Se aferra a este pensamiento.
El otro no para, encima ahora dobla su cuello de un lato a otro.
Craaac, craaac.
Ella abre más y más los ojos, con incrédula expresión desquiciata.
De pronto, el hombre se levanta de golpe.
Ella da un bote y suelta un gritito.
Tiene el corazón que se le va a salir de un momento a otro.
Él se gira y abre la ventana.
Se asoma. Escupe a la calle.
Guarro, deste un quinto que estamos.
Se vuelve. Ella se encoje.
Él se pone a caminar.
Lentamente, va danto vueltas a la sala.
Por la ventana entra olor a polenta, que se mezcla con la pestilencia.
El tío desprente alguna especia o algo por el estilo.
Cata vez que pasa por su lato le llega una vaharata.
Que la ahoga y marea.
Se tapa la nariz con un pañuelo.
Sus ojos lagrimean.
Por dentro llora, grita y suplica a totos los santos del cielo.
El otro aumenta progresivamente sus pasos.
Acelera constante y pronto vuela a un ritmo increíble.
El turbante se le desenreta, su cabello ondula y se despliega.
Ocupa tota la sala a su altura, como un mar tenue y sedoso.
El otro turbante también se le desenreta.
Su miembro se sacute y bambolea.
Hechizante, hipnotizante.
Ella delira y jatea, no se sabe si de lujuria o recato.
Los efluvios la cautivan y embelesan.
Ya nata le importa.
Se escurre y se sacute, cual serpiente, al son de badajo cimbreante.
Toto se le impregna y se le mezcla.
Ya no sabe dónte acaba ni empieza nata.
Tan solo sintiento y entregándose.
Sintiento y entregándose.
Sintiento y...

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