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fin del aviso


3 de noviembre de 2007

Un final feliz

Bueno, pues resulta que al final los países, que durante tanto tiempo se habían mostrado temerosos y respetuosos, perdieron la cordura, se pusieron nerviosos y utilizaron las bombas atómicas. Con lo cual casi nos hicieron un favor pues así nos evitaron muchas penurias y sufrimientos.

De esta manera la humanidad quedó pulverizada en un santiamén y el paisaje cambió drásticamente de la noche a la mañana. Todo eran ruinas y cuerpos esparcidos por todas partes, algunos pocos edificios aguantaron en pie, bravo por sus arquitectos, y el cielo estaba cubierto de densas nubes grises.

El silencio, la quietud y la desolación resultaban sobrecogedores, sin embargo algo importante estaba sucediendo en un remoto rincón de la tierra, concretamente en un sótano de un derruido laboratorio científico. Algo se movía entre los escombros y, después de mucho luchar, una mujer lograba salir de entre ellos.

Este extraordinario hecho se debe a que, en el momento de la auto-destrucción de la humanidad, ese laboratorio trabajaba en la búsqueda de la inmortalidad y parece ser que la fórmula que 'desinteresadamente' había probado esta mujer-cobaya había funcionado. Y más sorprendente aún era que, a pesar de los rigurosos exámenes iniciales, estaba embarazada. Cosa que se comprende si se tiene en cuenta lo aburridos que resultan los periodos de espera entre las pruebas y lo 'amables' que se volvían los médicos cuando les tocaba vigilarla durante el turno de noche.

Así pues, aunque no había alimento de ningún tipo ni la atmósfera era respirable aquella mujer vivía y con el tiempo dio a luz a su bebé, que (caprichos del destino) era niño y a su vez inmortal también. El niño creció y cuando alcanzó la edad adecuada volvió a fecundar a su propia madre. Esto puede resultarnos un poco chocante pero hay que comprender los particulares valores de los inmortales.

Una vez se saben eternos y se ven libres de toda preocupación o necesidad se instala en ellos una cierta dejadez, relajación y pasividad ante las cosas. Por ejemplo, vestir con ropas ya no es necesario, deja de importar por completo la apariencia, la etiqueta, la educación, la ética, el civismo, las ideas, los sentimientos, la salud, la identidad, las relaciones, etc.
Tanto es así que ya nadie se molesta en articular palabras inteligibles ni en poner nombre a las cosas o a las personas, esos 'detalles' les traen sin cuidado pues se sienten por encima de todo, la eternidad los llena de soberbia y lo que les rodea les parece superfluo e insignificante.

Sin embargo la inmortalidad tiene otras consecuencias, al no envejecer el cuerpo se mantiene siempre radiante y lozano como en una eterna juventud, esto hace que el deseo sexual se halle continuamente en su pleno apogeo. Eso y el tremendo aburrimiento que implica su vida sin fin hace que la mayor parte del tiempo se dediquen a follar, sin importarles con quién ni cómo ni si quiere o no quiere hacerlo.

Resulta desconcertante ver cómo las personas se dejan hacer con total indiferencia todo tipo de cosas hasta que la otra persona pierde el interés o sacia su ansiedad.
Desde nuestro punto de vista es grotesco que una mujer se empeñe en lamer y sobar durante días y días un pene flácido, a pesar de que a ratos logre sacar de él cierta 'respuesta' o 'correspondencia'.
Y, lo mismo, que un hombre insista en penetrar continuamente una vagina que no está lubricada o cualquier otro orificio ya lleno y saturado del semen de los anteriores 'usuarios' y del suyo propio.

La cuestión es que, a raíz de esta intensa actividad, las hembras van quedando continuamente embarazadas y dando a luz a nuevos inmortales que enseguida soportarán, y participarán en, el mismo tipo de trato, sin importar la edad que tengan (cosa que naturalmente nos parece monstruosa e inmoral pero que no vamos a entrar a juzgar pues ya asumimos como parte de su 'peculiar' naturaleza). Con lo cual el planeta se va progresivamente repoblando, mejor dicho rellenando, pues estas gentes no se molestan en reconstruir ni en edificar nada, hasta que llega un momento en que toda la superficie del mismo queda cubierta de inmortales apretujados y apelotonados entre sí, cosa que aún les facilita más sus rozamientos y fricciones sexuales.

Visto el conjunto desde la distancia se pueden apreciar cambiantes oleadas de actividad, ya que, a veces, a los inmortales les invade cierto odio hacia sus prójimos y se lían a puñetazos hasta que se les pasa. Así que, como sólo tienen esos dos comportamientos, lo que se distingue desde arriba se asemeja bastante a los cambios atmosféricos, de hecho casi se podrían elaborar mapas 'meteorológicos' siguiendo el progreso de las tormentas de ira y de los anticiclones de pasión.

Por supuesto, una vez llena la superficie, las siguientes generaciones simplemente crecen encima de los demás. Así, capa a capa, va aumentando el volumen de la tierra, comprimiendo a los inmortales de las capas inferiores, sumiéndolos en una total inactividad, que es lo más parecido a la muerte que pueden conseguir, con lo que se sienten igualmente felices en ese estado.

Con el tiempo la masa de seres 'humanos' alcanza y absorbe a la luna y luego a los demás planetas. Para cuando alcanzan al sol su tamaño es tan increíblemente descomunal que lo engullen sin ningún problema, como si de una oliva (un poco picante) se tratara.

Y así siguen, creciendo y 'conquistando' el universo a través de su frenética reproducción que, en cierta manera, puede verse casi como una 'poética' metáfora del amor, aunque más bien lo es del cáncer, pero no nos quedemos con esto último pues, como indica el título, esta historia tiene que tener un final feliz.

(Aplausos, ovación, etc.)