aviso

Este blog no está recomendado para menores, así que tú mismo con tu mecanismo.

fin del aviso


27 de octubre de 2007

azar

Cae la noche, un mosquito sobrevuela a un durmiente en su habitación.

En una de sus vueltas el mosquito pasa muy próximo a la nariz del señor.

La pequeña brisa que producen las alas del insecto alcanza a los pelillos de la nariz del hombre provocándole un violento estornudo.

Ese estornudo hace que de su boca salgan despedidas unas pequeñas gotas de saliva, tras lo cual el tipo sigue durmiendo como si nada.

Una de las gotas de saliva ha caído sobre un lado del botón del despertador y lentamente resbala por su superficie hasta llegar al interior del aparato y caer sobre una placa de silicio, entre dos remaches de estaño.

Llega la mañana, se activa el despertador y la corriente eléctrica pasa por ese punto y cruza a través de la gota haciendo un puente que produce un pequeño cortocircuito que hace que salga un humillo con un característico olor a chamuscado.

Este tenue humo asciende frágil y vaporoso erráticamente hasta llegar a un saliente de una estantería donde casualmente se encuentra posado el mosquito.

La ínfima cantidad de componentes tóxicos que contiene ese humo basta para que el insecto fallezca en el acto, a pesar de lo cual se mantiene en el mismo sitio y la misma posición, boca abajo.

Pasan los días y el mosquito muerto lentamente se va desecando, por eso una noche una de sus alas se desprende y cae cual hoja seca.

La pequeña ala en su ondulante descenso se introduce en la boca abierta (y roncante) del señor hasta posarse exactamente sobre su campanilla, lo cual, lógicamente, desencadena un gran ataque de tos que, en el silencio de la noche, atrona y retumba, despertando a varios vecinos.

Uno de los así afectados es el niño del piso de arriba que justamente en ese momento soñaba con su padre y que, con la interrupción, ha asociado negativamente ambas cosas por lo que, durante las próximas semanas, profesará un odio inexplicable hacia su progenitor.

Progenitor que a su vez notará dicho cambio en su hijo y que intentará compensar regalándole un juguete grande y caro, concretamente un escalestri.

Volviendo al vecino del piso de abajo, éste ha decidido cambiar de turno de trabajo pues está cansado de no dormir bien por las noches y cree que tal vez lo haga mejor durante el día.

Pero no es así porque el niño de arriba se pasa todo el día jugando con su nuevo y molesto juguete.

Así que el señor, harto de tanto incordio, toma una decisión drástica y abandona su piso y a partir de ahí ya no sabemos cual es su destino pero podemos intentar imaginar varias alternativas:

El tipo se vuelve loco (algo muy común hoy en día), comete alguna barbaridad homicida y acaba con sus huesos en la cárcel, o:

El tipo se muda a otro piso, o vuelve con sus padres, o se va del país, o cualquier otra cosa, qué más da.

Sea como sea, a las pocas semanas se instala una nueva inquilina en el dichoso piso, se trata de una mujer, ni muy joven ni muy vieja, soltera o separada, sin hijos, que parece bastante preocupada por la suciedad que le rodea.

Por eso se pone manos a la obra y da un profundo repaso de limpieza en el que, al llegar a la perniciosa habitación, repara en la presencia del mosquito (que ella cree vivo) y lo aplasta valientemente con su índice derecho.

Entonces alguien llama al teléfono y ella se asusta, con tan mala suerte que se pilla ese mismo dedo con el cierre de la puerta, rápidamente, para calmar el intenso dolor, se lo lleva a la boca y lo chupa un poco, sin darse cuenta de que, al aplastar al insecto, se ha manchado ligeramente con la sangre que aún conservaba en su interior el mosquito.

Esa sangre a su vez contiene un peligroso virus proveniente de las cálidas y lejanas tierras del África septentrional, virus que inmediatamente se cuela por una pequeña llaga y se introduce en el riego sanguíneo donde halla alimento y se reproduce sin problemas pues los anticuerpos no lo reconocen en absoluto.

Total que, resumiendo, la mujer acaba falleciendo, para gran pena y dolor de sus seres queridos (si los tuviera o tuviese, cosa que no sabemos), sin que nadie acierte a explicarse ni el cómo ni el porqué.

Lo cual naturalmente deriva en toda una serie de consecuencias (algunas más divertidas y otras no tanto) con las que podríamos extendernos hasta el infinito pero no queremos aburrirles más con estos absurdos que no conducen a ninguna parte ni nos apetece tampoco perder más tiempo con ello, claro.