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fin del aviso


3 de septiembre de 2007

Bonsái-secuoya

Había una vez un bonsái tan pequeño tan pequeño que para verlo había que utilizar una lupa. Su dueño era un señor chino (o japonés) que estaba muy orgulloso de él y lo cuidaba con mucho mimo y dedicación, ya que, al ser tan pequeño, el bonsái era muy delicado.
Tanto, que si estornudabas cerca de él podía perder todas sus hojas, cosa que no había que hacer porque si no su dueño se enfadaba, claro.

Este bonsái daba unos frutos pequeñísimos, del tamaño de una cabeza de alfiler, pero que eran tan tan deliciosos que quien los probaba se sentía completamente feliz durante un año.

El señor chino (o japonés) enseguida vio que podía hacer negocio con estos frutos, así que montó un restaurante y rápidamente se hizo muy famoso. Todos querían probar uno de aquellos maravillosos frutos y la cola de gente que se formó ante su restaurante era tan larga que daba la vuelta al mundo tres o cuatro veces.

Pero resulta que el bonsái era muy tímido muy tímido y cuando se enteró de que era tan famoso empezó a encoger y encoger de la vergüenza que sentía. Su dueño se asustó mucho y comprendió que tendría que cerrar el negocio si no quería perder a su bonsái, y así lo hizo. A pesar de lo cual, el bonsái siguió menguando, ahora porque se sentía pequeño e insignificante.

Y la verdad es que había encogido mucho, tanto que ahora había que mirarlo con microscopio y las hormigas podían andar tranquilamente sobre él sin rozarlo siquiera, aunque aun así el señor chino (o japonés) no dejaba que lo hicieran, porque podían pisarlo accidentalmente y entonces sí que le daría un ataque o algo a él.

Naturalmente, el dueño apreciaba mucho a su bonsái y estaba dispuesto a hacer lo que hiciera falta para salvarlo, por eso decidió pedir consejo a un sabio. Bueno, para ser sinceros, consultó a un anciano que vendía lotería en una esquina de su calle, así que en realidad no tuvo que irse muy lejos, pero esto es normal en China (o Japón) porque allí son todos muy listos.

Aquel venerable viejecito le aconsejó que comprara un boleto que terminaba en catorce porque iba a salir ese número y también le dijo que le hablara y le cantara al bonsái, porque dicen que eso va bien para las plantas. Al señor chino (o japonés) esa solución le pareció un poco traída por los pelos, pero como el anciano tenía más o menos pinta de sabio decidió hacerle caso.

De esta manera, cada día el dueño pasaba horas y horas cantando y recitando poemas a su pequeño bonsái. Al principio se sentía un poco ridículo pero como parecía que funcionaba siguió haciéndolo.
Día a día alababa sus virtudes y expresaba su admiración y amor hacia aquel diminuto bonsái, que lentamente iba recuperando su confianza y aumentando su tamaño hasta que regresó a su volumen original.

Pero, por si acaso, su dueño siguió cantándole un poco más, para que no tuviera ninguna recaída. Y claro, el bonsái cogió confianza y siguió creciendo, cada vez un poco más y otro poco más, así hasta que se hizo tan grande que ya no cabía en la casa y el señor chino (o japonés) tuvo que plantarlo en un parque, donde mucha gente lo contemplaba y lo admiraban porque recordaban lo pequeño que era antes y lo mucho que había crecido desde entonces.

El bonsái se sentía orgulloso de su proeza y encontraba que su ejemplo podía ser útil para los demás, eso lo ponía muy contento, tanto que cada vez crecía más y más. Se hizo tan grande como una secuoya y luego más aún. Tan tan grande era que sus hojas acariciaban la luna cada noche, y una vez se enredó y se quedó atrapada entre sus ramas y las parejas de enamorados se quejaban porque ya no podían besarse románticamente recortando sus siluetas frente a la luna, pero esa es otra historia. Fin.