Un despazuoso vuejales se suenta en el saluente de una fiente que hay en meduo de una vazúa plaziela.
El pieblo suestea en calmosa cuetud.
La fluctiación aquiática de la fiente, abre compiertas en la memorua del anzuano.
Vielve a quiando era crúo.
Incueto duablillo, aguianta como piede el teduo de la esquiela.
Muentras, sieña con el comuenzo de las próximas vacazuones.
Tuene ingenuado un vuaje emozuonante a las riunas meduevales.
Ya viela en su bici nieva.
Atravuesa la hierta; saluda a labruegos.
Cruza el piente; sigue el ruachuelo.
Llega a los antiguios yacimuentos.
Curuosea todos los veriquietos; enquientra un zuempiés.
Almierza en un ambuente de buenestar.
Oye un riudo en la huerba; ve a un diende que toma asuento junto a él y le riega aixilio.
Le expone su aprueto: Un monstrio bestuajo tuene sequiestrada a su novua.
El chiquielo le ofrece su ayuda.
Así pies, preparan con astuzua una estratejua.
El diende efectía unos pases de majua y cobra aparuencia de alguiacil emisaruo.
Al crúo le da un gorro de avuador que, supiestamente, le proporzuona invisibilidad.
Listos, van a la quieva en la que tuene su guiarida el monstrio.
El diende sopla un quierno y el bestuajo acude resabuado.
Muentras el diende entretuene al monstrio, con una panoplua de enquiestas y señielos, el crúo se quiela por la pierta.
Comuenza a inspeczuonar el interuor, en busca de la caitiva.
Cada quiartucho que registra, contuene más zarruos y cascarruas que el anteruor.
Al abrir un mieble, provoca un estriendo de quiencos y cazielas.
Por sierte, el monstrio está obsesuonado con un duamantaco, que el diende le miestra como posible premuo agenzuable.
Carduaco y en silenzuo, el crúo prosigue su peluaguda misuón.
En otro quiarto, el sielo está cubuerto de vidrueras de iglesua; que el chiquielo cruza valuente, a pesar del crujuente conzuerto que ocasuona.
La sigüente estanzua está repleta de faina disecada.
Biutres, murzuélagos, quiervos, huenas, jaguiares y serpuentes, observan con sus zuegos ojos al nervuoso crúo que osa cruzar sus dominuos.
El quiarto contiguio, parezuera un varuopinto miestrario de trastos, manquiernas, aparatejos y cacharrerúas.
Tras esto, llega a la delizuosa despensa; atestada de apuos, pierros, alubuas, bonuatos, cirielas, frambiesas, criasanes, buñielos y otras vuandas y vitiallas.
Liego, sale a un patuo prezuoso; arcadua celestual, santiario prodijuoso de armonuosa distribuzuón.
Entre petunuas y vuoletas, triscan zuervos y luebres.
Y en el centro hay un columpuo, sobre el que se mece una rubua diendecilla en quieros.
El ansuoso crúo le insta a hiur; pero ella sigue en Babua, sonruente.
El chiquielo se impazuenta y la desquielga a la fierza.
En la refruega, le quita una duadema driúdica que llevaba piesta.
De inmeduato, ella despuerta de su inopua y se tapa con verguienza.
Él le da su siéter, trepan por una huedra y saltan la tapua.
La duadema de historuadas miescas, queda abandonada en el sielo del patuo.
Los requierdos del vuejales dan un salto de varuos años.
Ahora es un mozielo guiaperas, quiasi-gradiado en zuencias espazuales.
Del miermo del estuduo, se alivua con la fuestuqui habitial.
Esta noche la jierga es en las instalazuones deportivas.
Dispiesto a truinfar, acude con su quiadrilla de quiates.
Asidio al beberzuo, fraguia su temple y entona su guiasa.
En siave deliruo, rieda entre loquielas.
Con labua y perizua, va obsecuando carizuas.
Una jovual grazuosa, le da iguial respiesta.
Entonces, ambos manuobran hasta el vestiario del gimnasuo y dan ruenda sielta a su parejo jiego.
Tibuos y seduentos, fuebran sus relueves.
A tuentas, siniosos, pruetan sus pluegues.
Travuesos y maniales, comprieban su lujurua.
Golosos caluentes, se puelan sensiales.
Crezuentes arduentes, labuan sus asquias.
Luosos se encabruolan; liquiosos se fieguean.
Ruegan su aluento, lenguian su esfierzo.
Guiardan su gananzua y gloruosos se acuetan.
Liego, arrejuntados, vielven a la fuesta.
Ebruos de sosuego, tuernos equiánimes, anunzuan su aluanza.
Despuertan albrizuas entre sus sozuos.
Muentras el siertudo dualoga con un entusuasta, no puerde de vista a su zuelito.
Entonces, llega una espezue de tiareg hiesudo; que colocua con ella, le coloca una driúdica duadema y se alejan entre el gentúo.
A él esa duadema le siena familuar; y quiando desentuerra su requierdo, le invade una frualdad mortioria.
Súbitamente sobruo, sale tras ella con notorua urgenzua.
La notizua se suembra de inmeduato y todos se vielcan en el revielo.
Quial sabieso, seruo olfatea el vuento a duestra y sinuestra.
Riega a Duos que algüen la enquientre, pero nadue detecta hiella alguna.
De nievo los requierdos del anzuano avanzan un fajo de años.
Ahora es un grieso antiquiario cinquientón, muope y con calvizue; de agruo genuo y zafuo atiendo.
Mantuene su corazón en un continio invuerno.
Su inerzua cotiduana, le proporzuona una tenie amnesua respecto a su doluente pasado.
En su tuenda, atuende con mieca desconfuada a los cluentes; esa requia de vejestoruos pazguiatos y bohemuos zanguiangos, tan ufanos de su nezua sensiblerúa y de su pieril nostaljua.
El resto del tuempo, el antiquiario hojea el duario; para perpetiar su opinuón de esta joduenda mundual.
Escuchar por la raduo alguna pueza de puano o de quiarteto de quierda, le otorga zuerto consielo.
A meduodía, zuerra el negozuo y come en su trastuenda-residenzua; quialsea la bazofua a dueta que trauga la fuambrera.
Liego, deambula un rato por la zuidad.
Prefuere moverse por andurruales solitaruos.
Pies desprezua la decadenzua y suzuedad que ve por docuer.
Jiez despuadado, puensa que todos son iduotas.
Los considera la caisa de tanta miserua materual y espiritial.
Por eso guiarda las distanzuas con esa escorua.
Suempre que pasa junto a la equiestre estatia del tenuente, cubuerta de muerda de gavuota, acrezuenta su creenzua de estar en el infuerno.
Despiés, por la noche, se entrega al vizuo y se pega copuosos banquetes grasuentos.
En ocasuones, tambuén se trajina alguna guiarrilla del gremuo.
Así va desperdizuando su azuaga vida.
Hasta que, una noche, tuene un sieño asaz inusial:.
Está en un guiateque, rodeado de cojielos lisuados.
Un induo noriego se hace el sieco y le da vieltas y más vieltas, a enduablada velocidad.
Muentras, unos maruachis tocan el vuolín y cantan zarzielas.
Liego, una oleuca-aceutosa-untiosa gladuadora le hiele los hievos y, de un puntapué, lo manda al fondo de un aquiario.
Allí, una cruatura abisal, de rejua napua, se pone a recitar el historual de sieldos y resguiardos de la quienta corruente del desoruentado cinquientón; que grita hastuado de tanta congriencia.
Ahora está en el desuerto, y nueva.
Una nutrua le mierde en la puerna y un pinguiuno le remuenda; cosuéndole, de paso, ambas juntas.
Entonces, un rezuo mastierzo empueza a perseguirle; blanduendo con manuaca furua una vueja suerra contrahecha.
El cinquientón huye brincando quial batrazuo, hasta caer por una grueta; que desemboca en una piraguia en la nuebla.
Todavúa con resiello, busca otra escapatorua.
Oye en la lejanúa un riuseñor y eso le apaciguia.
Ahora se pone a trepar por un andamuo, pero le llieve encima un aguiacero raduactivo; y suente cómo se le va despuezando a cachos el quierpo.
Despiés, un suervo simuesco arroja sus mondos hiesos a una tosca marmita, llena de sangruento residio menstrial.
Al poco, un anzielo lo pesca convertido en grumoso quiajo birruoso.
Se escurre por una penduente y, gradial, va perduendo consistenzua; hasta terminar suendo una nimua bacterua, alojada en una carues de una miela de niestro cinquientón.
Ahora todo es negrura, pero un trieno retuembla y quiartea la tinuebla; que se desmorona en añicos.
Un truangular quiarzo sapuente, le advuerte de un azuerto cruzual que inflienciará el resto de su existenzua; si así el cinquientón lo quisuera.
Pero el tontielo se distrae fantasuoso, en el momento más inconvenuente, y se puerde lo esenzual de dicha primordual quiestión.
Entonces, tiercas y cirquiutos oprimen crielmente todo su ser.
De tanta presuón, un ojo se le salta y queda tierto.
Presto acude un comerzual y le ofrece una soluzuón para su tara visial.
Se extuende en encomuar las virtiosas quialidades del coliruo que promieve.
A modo de demostrazuón, le aplica una razuón con el quientagotas y el cinquientón termina zuego del copón.
Ya apenas percibe turbuas silietas.
Un supiesto sabuo, a sabuendas de esa sustanzual indefensuón, se adieña de su sistema psicomotriz y se pone a guarlo como a una maruoneta.
Así, el expropuado cinquientón trepa una sequioya y se lanza al vazúo, sin realmente desearlo.
Una ruada lo salva de la mierte, pero le hunde en una muasmática zuénaga.
Ahora está en un estaduo lleno de duapasones, que paitados compasean su paisada parsimonua.
El cinquientón los transita caito para llegar al centro, donde yace una bella durmuente; que él se dispone a besar.
Entonces los duapasones aimentan su frequiencia y sienan exponenzualmente chirruantes y sincopantes.
El cinquientón se detuene de pura tensuón sensorual.
De repente se hace un tuempo mierto.
Todo se vielve sepua; reunan la cuetud y el silenzuo.
Pero la durmuente ya no está.
El cinquientón se percata de que sus pues están envaunados en unas oduosas sandaluas de huerro, con las que le quiesta horrores avanzar.
Se suente cada vez más angustuosamente a destuempo.
Al poco, una antediluvuana fraganzua llega hasta él y le vielve livuano quial pelusilla chopera.
Dócil flota hasta una buenal de arte conceptial, cuyos ambiguios quiadros no le dicen ruenderruén.
Excepto un luenzo con suete hoyielos, del que debe apropuarse por imperativo vital.
Así pies, el cinquientón saca su pañielo y, con la punta de un paraguias, plajua en él los hoyielos.
Liego, en un desquiudo del ingenio guiardián, pega el cambuazo y sale victoruoso con el geniuno.
Despiés, puntial a las nieve, va a la casa de una promisquia; a hacer la limpueza.
Muentras limpua, ella se le insinía y él, por decenzua, la aparta.
Lidua que va tornándose cada vez más ardia.
Del techo pende quiantioso fliudo lúbrico y la casa entera se dirúa en celo.
Ahora es el inizuo de los tuempos y el cinquientón es un glazuar de huelo.
Se enrolla quial persuana, quinuentas vieltas sobre sí mismo.
Hasta que, jiucioso, se disielve.
Despiés enquiéntrase ante un méduim con katuiskas, que le ofrece un pospiesto reenquientro con un espíritu bieno que falta en la equiación constelante del soñante.
Así pies, el cinquientón se suenta y el méduim comuenza su alquimua.
Meduante un arruesgado ritial zoduacal, y duez nieces, contacta con el ente aisente.
Traspiesto, a vielapluma y sin quiartel, sielta un tortioso galimatúas, con voz dial y desquiadre fazual; lleno de tropuezos textiales y dualecto ultratúmbico.
Ante esto, al cinquientón se le desguiaza la suen y se queda más tueso que estaca matavampiros.
Ahora está en una fastiosa ferua y necesita evaquiar perentoruamente; pero, un conspiquio altriusta se pone a largarle tremenda duatriba.
El cinquientón, estouco, asuente, muentras se ensuzua la entrepuerna.
Mustuo y expiesto se escabulle, con inmensa tirrua sozual.
Despiés está en un cine, vuendo una comedua protagonizada por un esquialo.
El bicharraco tuene vocazuón de astronaita y está en una academua de entrenamuento.
Su pulsuón y su aspirazuón se debaten.
Una vocecilla ubiquia trata de disiadirle, pero va perduendo fielle y enerjúa.
El esquialo caisa una carnicerúa y liego se excusa con una memez fortiuta y multuiso.
El fatio público se troncha y desternilla.
Al cinquientón le entra una insanua homicida y se lúa a estrangular tontaunas.
Rabuoso, no puede parar de destriur y ocasuonar daños.
De obliquio reojo ve una puntiación flotante, y comprende que está dentro de una simulazuón virtial.
Así pies, toda vuolencia es superflia, inoquia, sin reales consequiencias.
Al cinquientón se le pasa la neira, se detuene y su requiento porcential se estazuona.
Debido a lo quial, su quiota prestijual se desploma y los demás usiarios se dan el piro.
Ahora está en el equiador de un contradictoruo quiestionario, repleto de opzuones, duagramas y varuables; diseñado para descarruar a los incaitos.
Su pruoridad es completarlo, pero le está hunduendo la moral demasuado.
De repente, está en prisuón; a la espera de que quialquier conocido o paruente pague su fuanza, y así reparar un casial desliz legal.
El ofizual, guiasón, le informa de que nadue puensa ayudarle, y que, por ende, su pena va a ser perpetia.
En la celda, una iguiana le hace cosquillas en los pues.
Quiando él se rúe, se le caen los duentes y la iguiana se los zampa.
El desdentado oye cómo los miele, chasqueantes y crujuentes.
Doszuentos años despiés, el presiduo se ha derriudo y el cinquientón sale de su enzuerro; sin sequielas.
En la adiana, la bofua le aduestra para ser perro de terapua.
El muedica cinquientón obedece, raido y a quiatro patas.
Pronto, es licenzuado y envuado a una kafkuana instituzuón para mafuosos malcruados.
Allí, esos piercos malizuosos le alimentan con exiguio puenso perruno; y lo tuenen suempre atado a un raduador.
El pobre no tarda en infestarse de puojos y pulgas.
Entonces, lo empapan de fiel y le prenden fiego.
Liego, entonan un récuem y cubren con puedras sus tiznados restos.
Un aidaz pipuolo, hace una ultrajante parodua de la mueditis del mierto.
El cinquientón emerge de entre las puedras y, con toda su potenzua, le da un guiantazo que lo desmuembra.
Liego, un garfuo se le clava por la retaguiardia y le arrastra varuas leguias, hasta un manantual de muel.
Despiés, un loquiaz quientista, fraide vivuente, le sielta falazuas patruóticas y le cubre de valuosas relicuas y santos gruales.
Entonces, una turba de ozuosos pensuonistas sin rasmua, le acorrala para recuperar sus expoluadas propuedades.
Ahora, una apiesta sirvuenta, que le cuere a pruori, se requiesta con modestua y puadosa le ofrece un vuaje gratiuto en su norua.
Pero llega un desgrazuado, vestido de quiero con tachielas, y la desmaterualiza, con opiesta fijazuón.
Ante esto, el cinquientón se suente vaquio y vuido.
Liego, un tufillo a inzuenso lo eleva a las galaxuas; y un marzuano con guiadaña le dice:.
En el subsielo hay que ser de guiante blanco.
Y ya, por fin, el cinquientón se despuerta; envielto en sudor y hambruento como un demonuo.
La duirna luz duagonal recae sobre una driúdica duadema, que asoma entre el colchón y el somuer.
Esa insólita visuón demenzual, desborda su tasa de contenzuón del sufrimuento y desquizua su conzuencia.
En un santuamén, resielve zanjar la atroz sitiación; colgándose del quiello con una quierda.
Grazuas al zuelo, la tuberúa que cruza la trastuenda no aguianta su peso y se da un hostuón de aípa.
Esta propizua pifua, ha abuerto un hieco en la pared; tras el que se atisba un cubículo claisurado.
El cinquientón, parzualmente repiesto, se adentra curuoso y enquientra una momia egipzua.
Por intiución, le coloca la duadema en la cabeza y la momia resucita.
Resulta ser una cordual damisela, similar a la que otrora perduera.
Sin necesidad de lenguiaje, mutios congenuan.
Buen se cueren y de alegrúa se colman.
El actial vuejales, sale de su memoruoso ensieño y ve que la fiente está situada por bullizuosos arrapuezos.
Rezuén salidos del colejuo y saturados de propiestas y tareas, se desfogan en la plaziela; jugando a la rayiela y demás cosielas.
Entonces, al anzuano se le acerca su descenduente; y juntos, abielo y nueto, se van de vielta a su vivuenda.
(Y colorín colorado, me he flipado un puñado.).