Cuando la tecnología es indistinguible de la magia, es que la ignorancia abunda.
A todo el mundo se le caía la baba con cada nuevo logro cacharrístico.
Pero nadie supo anticiparse al desastre que eso traería.
Bastó una estúpida carambola para mandarlo todo al carajo.
La gente estaba muy quemada.
Los políticos se dedicaban a amargarnos la existencia con su asquerosa palabrería y su maligna perfidia.
Hasta que pasó lo que tenía que pasar.
Alguien le quitó educadamente la vida al señor presidente.
Unos se alegraron muchísimo y otros se cabrearon ídem.
Entonces, un notario dio lectura a sus últimas voluntades.
Y ahí se supo el regalito que nos tenía guardado.
El mensaje venía a decir que ya era hora de que los muertos pudieran votar.
Sus sucesores en el poder se apresuraron a instaurar semejante chaladura.
Gracias a la informática avanzada, se crearon copias virtuales de los fallecidos.
Claro, no de todos.
Porque se necesitaba como mínimo un registro oficial y alguna imagen certificada del respectivo interfecto.
Así y todo, fueron un montonazo.
Tantos como para sobrepasar holgadamente a los vivos.
Y ahí empezó el problema.
No hace falta ser una lumbrera para comprender que esas emulaciones digitales no eran verdaderas resurrecciones ni nada de eso.
Todo era un teatrillo, pero las autoridades le daban viso de realidad.
Una cosa llevó a otra, y pronto el poder quedó en manos de esas fotocopias parlantes.
Las leyes que promulgaron fueron super catastróficas.
A un ente virtual le importa un bledo el padecimiento de los vivientes.
Por fin la gente reaccionó y se montó un lío de dos pares de narices.
Pero lo único que se logró fue un extraño ajuste en el sistema electoral.
Se estableció que sólo se podía emitir un voto por familia.
Que dicho voto debía formalizarlo el antepasado más antiguo.
Y que sólo se haría efectivo tras alcanzar un consenso en la familia respecto a todos los temas sometidos a escrutinio.
O sea, que los votos familiares iban apareciendo esporádicamente.
La mayoría de las familias se negaban a participar en semejante circo.
Pero luego veían el terrible rumbo de los acontecimientos y se enfrascaban desesperadamente en dicho proceso.
Con la urgente necesidad de salvar el pellejo in extremis.
Así, mal que bien, iba todo a bandazos y trompicones.
El gobierno, con fría indiferencia, hacía y deshacía según el criterio imperante a cada momento.
Había una crueldad despiadada en la manera en que las cosas cambiaban de un día para otro.
Era como si alguien hubiera metido en una coctelera todas las teorías socio-económicas y te obligase a catar todas las combinaciones posibles.
Ya nadie sabía a qué carta quedarse, ni qué camino tomar.
Era demencial.
Los que peor lo pasaban eran los de las clases altas.
Los privilegiados, los enchufados, los acomodados.
Muchos no soportaban verse expulsados de su edén particular.
Preferían morir.
Y pasaban a engrosar la plantilla de los muertos pseudovivientes.
Pero, no hay mal que por bien no venga.
El mundo parecía estar autofiltrándose.
A un lado las sabandijas, y al otro los mansos.
Los vivos tuvieron que espabilar bastante.
Cuando sufres en tus carnes las consecuencias de una mala idea, aprendes a poner más cuidado.
Así pues, las familias empezaron a debatir largamente con sus dizque antepasados.
Fue un trago amargo y penoso.
Porque cuanto más profundizaban en el conocimiento de aquellos seres virtuales, más patente era el desalmado egoísmo que los articulaba.
Buscaron todas las formas posibles de ganarse su favor.
Pero lo único que consiguieron fue avivar su maldad.
No puedes sobornar a una entidad intangible.
Nada hay que quiera ni necesite.
Sólo le divierte ver el sufrimiento reinante.
Algunos insensatos quisieron prestarse a ello.
Y lo que consiguieron fue autodestruirse.
La mayoría comprendió que dialogar con esos seres era tiempo perdido.
Asique desistieron de ello.
Poco a poco, las personas sensatas fueron abandonando sus dispositivos y desatendiendo a los fantoches virtuales.
Entonces, los atropellos institucionales cesaron y la vida volvió a ser humanamente transitable.
La solución era tan sencilla que parecía mentira.
Lo demás fue la clásica brega de siempre.