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fin del aviso


1 de diciembre de 2016

sin resultado

8 − 5 + 6 − 3 + 9 − 1 + 4 − 7 + 2 = Sin resultado.

Cuando un niño concluye así un problema, es evidente que no ha querido hacer el trabajo requerido para darle verdadera solución.

Con la metafísica, pasa esto mismo.
Al igual que con cualquier otro aspecto de la vida.
Ante las preguntas existenciales, hay dos actitudes básicas: La aceptación o el rechazo.

Aceptar las preguntas, implica poner interés y voluntad en buscar las respuestas.
Rechazar las preguntas, se traduce en ningunearlas y/o darles respuesta rápida y tramposa, para desentenderse de ellas.

Esto, traducido en etiquetas, sería:
Teísmo, agnosticismo, ateísmo y nihilismo.

Obviamente, ateísmo y nihilismo son las dos posturas negativas.
El ateísmo dice: Dios no existe.
Y con ese enunciado cree librarse de la cuestión, pero no es así.
Al ateo no le gusta la idea de Dios. Así que intenta eliminarla expulsándola de la ecuación. Pero esa pretensión tiene un alcance muy corto y precario.
Por más que se esfuerce en presentar la vida de acuerdo a esquemas empiristas-exclusivistas, lo metafísico pervive y abunda por doquier.

Da igual lo rígido y estrecho del paradigma que se intente establecer, la conciencia siempre va a poder alcanzar la idea de Dios.
La idea de Dios es inextinguible.
Los ideales son insecuestrables.

Por eso, el ateo se ve obligado a enunciar su negación.
Vano recurso que nada logra, pues, si fuese cierta tal afirmación, estaría incurriendo en absurda redundancia contraproducente, ya que lo inexistente no necesita ser inexistencializado.
Es superfluo adoptar un enunciado irrelevante.
Da igual que pocos ni muchos defiendan la no existencia del Kjgwdberdfiqu.
Es un triste desperdicio de inteligencia, tiempo y energía sostener la nulidad de la nada.
La vida trabaja con lo positivo, con lo que es.

El empeño ateo, casi parecería albergar una motivación de dudoso cariz. Nacido de una ignorancia irresponsable, o de una rebeldía malévola. O quizás una mezcla de ambas.

Sea como sea, la verdad siempre se ve en los actos, más que en las palabras. Por eso, al final las etiquetas poco importan.
Lo que cuenta es el comportamiento.

Quien persigue tener poder sobre otros, mal va y daño hará, si se le sigue el juego. Quien obra movido por codicia y egoísmo, ídem.
Los argumentos de sujetos semejantes, es evidente que van a ser tan viles y deficientes como su conciencia.
Y eso conviene saber reconocerlo clara y prontamente, para no dejarse enredar en falacias explotacionistas inhumanizadoras alienantes.

El ateísmo, parte de un despropósito bastante lamentable.
Defiende la no existencia de un concepto mal definido y peor entendido.
Su conclusión es evidentemente errónea y de nula repercusión.
Por eso, el ateísmo se vale de otras sucias añagazas para ostentar una pretendida preponderancia que per se no tendría.

La idea de Dios, es muy diferente en cada cultura y en cada persona.
La idea de Dios, depende totalmente del voluntario y laborioso proceso de crecimiento y maduración de la conciencia.
Quien considera lo metafísico y reflexiona sobre lo trascendental, se forma un esbozo aproximativo de la idea de Dios.
Y esa labor de descubrimiento, continúa eternamente.
Nadie puede decir: Ya está, ya sé toda la verdad de la vida y de Dios.
Quien dice eso, es un loco o un farsante.
La verdad absoluta nos queda un poco lejos todavía.
Aunque, no por ello se ha de caer en relativismos deleznables, que tanto mal traen.

Y hablando de relativismos, valga ahora un repasito al nihilismo.
El nihilismo es el colmo de la estupidez humana.
Su lema: Todo = Nada. Tiene el mérito de ser lo más equivocado que puede parir mente alguna. No existe ninguna otra idea que supere el índice de erroneidad de ésta. Lo cual hace que resulte hasta chistosa, en su estrambótica grotesquidad.
El nihilismo puede perfectamente considerarse una pose fingida y residual. Su existencia, probablemente, solo se debe a una estrategia histórico-contextual ya obsoleta.

El nihilismo es un ejemplo perfecto de falsedad ideológica.
Creer que el nihilista cree de verdad en el nihilismo, sería pecar de ingenuo.
Algún botarate habrá que se trague semejante necedad, pero está claro que los más lo adoptan por otros motivos. Por moda, por diferenciarse o cosas así.
A fin de cuentas, poco importa eso. Dedicarle más disquisiciones, no va a mejorar la escoria que supone tal pamema.

Por otra parte, el agnosticismo se parece a la luz ámbar del semáforo. El agnosticismo debe ser un estado breve y transitorio.
Está muy bien que el agnóstico tenga la decencia de no pronunciarse negativamente respecto a una idea de Dios que todavía no tiene, pero está muy mal el agnóstico que no trabaja para formarse su idea de Dios.
Ese agnosticismo inoperante, esconde un sutil egoísmo perverso.
Ante la bifurcación, tal pseudo-neutro no opta por el camino hacia el Cielo ni por el camino hacia el infierno.
Pobre insensato, no comprende que esa supuesta equidistancia, implica su propio autolastramiento y condenación.

Volviendo al ateísmo.
Cuál es la idea de Dios que está rechazando el ateo?
Todas y ninguna. Al ateo le da igual cómo ni qué idea de Dios sea la que los demás tengan. El ateo ha elegido no tener ninguna idea de Dios.

El ateo es un árbol que ha decidido prescindir de la fotosíntesis.
Con su mentalidad objetivista-utilitarista, se cree autosuficiente.
Inhibe su producción de clorofila y se deshoja, haciendo de su vida un invierno inclemente y tortuoso, llenando sus venas de negrura y contemplando la existencia con ojos atroces y despedazadores.

Y aún diría más. El ateismo se acerca bastante al nihilismo, cuando alegremente enuncia que la vida viene de la nada. Olé el placebo de birlibirloque y la estulticia de sus adscriptores. Tan magnas eminencias, cuán altas cúspides no habrán de coronar con sus proezas sapienciales y su agudeza sin par...

Ejem.

Sarcasmos aparte.
Desechar la metafísica, acarrea terrible hundimiento y tiniebla.
Porque lo espiritual es parte imprescindible de la existencia.
Al ateo no le gusta la fe.
El ateo no comprende que hay muchas maneras y niveles de fe.
El ateo arguye que la fe es un ejercicio de ceguera.
Ahí se equivoca por completo.
La fe es estar abierto a lo que el corazón percibe.
Escuchar el susurro estremecedor de la vida.
Asomarse a la maravilla de lo inefable.

Todos los corazones tienen la capacidad de intuir, así como todos los bebés saben bucear.
Cierto es, que hay factores y circunstancias que pueden llevar a que los corazones se blinden y cierren. Pero jamás la tiniebla será total. Cosa que se aprecia muy bien en el símbolo del Yin-Yang.

La directriz negativa, perjudica ante todo y sobre todo a quien la porta y adopta. A pesar de lo cual, siempre hay esperanza.
Ya lo he dicho antes, por muy enrevesadas y constreñidas que sean las ecuaciones con las que uno elija trabajar, el verdadero trabajo siempre lleva al verdadero fruto.
La clave no está en la conclusión mecánico-resultante, la clave está en saber ver y estimar, en alcanzar una comprensión profunda del conjunto.

La verdad profunda, no es domeñable.
Esto es lo que saca de quicio a los malvados. Nada les gustaría más que apropiarse del poder divino. Nada les gustaría más que matar a Dios y ocupar su lugar.
Pobres incautos, cuán lejos están de entender la vida.

En fin.

Vamos ahora con los teístas.
Tener una idea de Dios es imprescindible. Pero esa idea debe nacer como resultado de la propia y auténtica reflexión. Tomar prestada la idea de Dios de otros, no funciona bien. Eso significa que la persona no está en contacto directo con lo metafísico. Eso significa que la persona ha adoptado un papel acomodaticio y subordinado. Eso significa que algún tercero ejerce de intermediario. Y cuando se entra en esa dinámica, todo se adultera y desvirtúa.
Esa vicaria desidia, para nada es compatible con el ineludible deber y trabajo que requiere el crecimiento espiritual.

Por eso, ser teísta no es automática garantía de estar cumpliendo adecuadamente para con la vida.
Desdichado desgraciado, aquel cuya idea de Dios es tan paupérrima y superficial, que es mera patética parodia, apenas mejor que nada.
Aunque, aquí tal vez me he excedido un poco. Probablemente, importa más lo poco conseguido que lo mucho por conseguir. Siempre y cuando, la idea inspire y motive a seguir avanzando en la buena dirección, merece consideración por ello. Siempre y cuando.

Aquel que no crece progresivamente en amor, comprensión y conciencia respecto a la existencia y todo lo que significa y contiene, da síntoma de insuficiente profundización y escasa maduración de su idea de Dios, menguada síntesis y exigua asimilación, nimia conexión, etc.

En resumen:
La ecuación, sea o no resoluble, sirve para alcanzar nociones trascendentales, si la conciencia aprecia y atiende, con buen espíritu y mejor corazón, a lo que se le ofrece.
Quien crea que con un "sin resultado" arregla el asunto, sus problemas no acaban sino de comenzar.