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13 de mayo de 2016

retrato de la corrupción

Pues había una vez un artista que tenía ganas de llamar la atención, y se le ocurrió una obra bastante provocativa.
Aprovechando la coyuntura, ya que la corrupción estaba tan de moda y los hipócritas trajeados parecían postureo-decididos a quitar de la circulación el billete de quinientos, el artista ideó una creación maquiavélica.
Con no poco esfuerzo y astucia, preparó todo para presentar su obra justo el día en que oficialmente dicho billete comenzaba su camino hacia la extinción.

Su creación era insultantemente sencilla, a la par que epatante.
Titulada "Retrato de la corrupción", consistía en un lienzo de dos metros de alto y cuatro metros de ancho, toda su superficie repleta con billetes de quinientos, que se comban grácilmente, cual tapiz peludo. Este efecto lo producen exactamente dos mil billetes, repartidos uniformemente en cincuenta filas horizontales, cada una compuesta de cuarenta billetes, pinzados por su menor lado, para pender más ostensible y tentadoramente.

El valor de la obra era sencillo de calcular: Dos mil billetes de a quinientos, igual a un milloncejo de ná. Pero este precio era lo de menos, porque había otro detallito que hacía prácticamente impracticable su adquisición. El origen de ese dinero era manifiestamente desconocido, y por lo tanto caía una enorme sospecha sobre el mismo, de tal manera que cualquier insensato que osara comprar semejante obra, se abocaba a serio delito ipso facto.

Sería tedioso detallar las triquiñuelas legales que eximían al artista de responsabilidad respecto a la materia prima de su obra. Digamos que había sabido explotar a su favor los archiconocidos agujeros fiscales de los que se valían los impunes evasores de este asqueroso mundo. 

Así pues, tal osada creación, exigía tremendas medidas de seguridad, pero sorprendentemente esto no arredró a los museos, sino todo lo contrario. Resultaba un reclamo estupendo, que supieron aprovechar al máximo.

La polémica realimentaba el debate, y todos sacaban tajada de un modo u otro.
El artista disfrutaba de lo lindo soltando insinuaciones confusas y oscuras que no llevaban a nada. Azuzando la curiosidad y regodeándose en su secreto.

Los teóricos discutían si esa obra representaba la cumbre de la genialidad o el colmo de la ignominia.

El público se dividía, se fanatizaba a favor y en contra. Unos la adoraban y otros deseaban destruirla.

Muchos la ignoraban y no comprendían nada.

Pocos, decían que el arte había muerto.

Y todos tenían razón.