"Sin amor no hay libertad, sino egoísmo que es el infierno."

aviso

Este blog no está recomendado para menores, así que tú mismo con tu mecanismo.

fin del aviso



29 de mayo de 2013

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Estoy en la escuela de arte, de nuevo como alumno. El profe nos ha explicado el ejercicio que tenemos que hacer ahora. No me he enterado muy bien, le pregunto al compañero. Me dice, pero tampoco lo ha pillado del todo. El profe está en la mesa de al lado, así que ponemos la oreja y ya parece que por fin nos enteramos.

Hay que dibujar una página de cómic donde el exterior de las viñetas potencie, refuerce o acompañe al contenido de las mismas. Al momento se me ocurre lo que quiero hacer. Voy a dividir la página en cuatro franjas horizontales. En la primera saldrán pterodáctilos volando. En la segunda, dinosaurios caminando. En la tercera, trogloditas en una caverna subterránea, sentados en un sofá, viendo la tele. Y en la cuarta, lava incandescente.

No voy a poner nada por fuera de las viñetas, pero aun así me parece que la idea es apropiada, y divertida.

Empiezo pues con la tarea. El profe ha salido. Hay muy buen ambiente en la clase. Todos charlan y cantan. Se asoma una profe de otra clase para comentar algo sobre nuestro jolgorio. Sus palabras son bien recibidas y no alteran el clima.

Ahora me pongo a desmantelar una estantería de madera que hay en un rincón de la clase, para poder seguir dibujando mi página justo en la pared que queda tras ella. Los estantes son cortezas de árbol puras y rudas, no están clavadas ni nada, se separan con facilidad.

Cuando llego al último de arriba, descubro que hay una especie de gusano en el rincón. Dos palmos de largo y un pulgar de grueso, más o menos. Se revuelve y trata de esconderse entre listones y maderos. Su tono es pardo y por toda su piel asoman pulposidades rojo vivo, como cuernos de caracol o algo así.

Lo más extraño de todo es que al reptar se vuelve de dentro afuera, como un guante. Cuando está así vuelto, su cuerpo es totalmente blanco y liso y abulta como cuatro veces más que del derecho.

Verlo me produce bastante inquietud y respeto. Se trata de una especie extraña y desconocida, así que aviso al profe para que haga algo. Y el tío va y lo coge tan tranquilo, como si nada, y lo mete en un pozal. Vuelvo a lo mío, pero no dejo de darle vueltas a esa cosa y de dónde habrá salido. De tanto en tanto miro hacia el cubo. Y no tardo en ver cómo el gusano se escapa, transformado en una gata persa que sale del aula caminando altiva y solemne.

La sigo hasta una cocina, justo al lado. La gata parece molesta por mi intriga. Prepara un cazo de agua hirviendo en el fuego y se mete en el congelador. Todo esto confirma mis sospechas de que no es de este mundo. Al instante se ha transformado en una mujer y aparecen otros hombres que le acompañan. Algo en sus caras permite adivinar que son extraterrestres, a pesar de tener una apariencia completamente normal.

Ahora estoy en el patio, durante el rato del recreo. Estoy hablando con mis amigos de lo que he descubierto. Trato de transmitirles la alarma que esas presencias insólitas me sugieren e inspiran. De repente, todos se transforman de golpe en ellos. Se habían mimetizado para ver mi reacción.

Los visitantes, o invasores o lo que sean, me apresan, me comprimen hasta el tamaño de una pelota de golf y me meten por un agujero del césped. No han perdido el tiempo, bajo tierra han creado una red de microtúneles cuadrangulares con los que desplazarse a todos los rincones que les interesan de la zona. No es la primera vez que me llevan por aquí. Me desagrada la sensación de estar bajo tierra y oprimido. Noto la rugosidad de la tierra rozándome velozmente por los cuatro costados mientras viajamos así.

Llegamos a su cuartel general, que es una habitación cualquiera de la residencia de estudiantes. La jefa es la mujer de antes, con pelo blanco y cara enfadada. No hay comunicación verbal. Su actitud autoritaria y desafiante dice a las claras que estoy en su poder, más o menos.

Me dejan ir, pero ahora mi ser aloja a uno de ellos. La simbiosis es extraña, no sé exactamente qué parte es mía o suya o qué. El caso es que esto me da algunos poderes, que quiero aprovechar. Así que me dirijo hacia unos compañeros, con ganas de liarla y tal. Mi huésped se rebela, pero no puede hacer nada para impedirlo.

Tras una pequeña trifulca con uno cualquiera, se acerca un coche de la policía y pasa una cosa curiosa. De golpe mi cuerpo se transforma en un paraguas tumbado en el suelo, pero yo quedo invisible y flotando frente a la escena. Pasa el coche, toco el paraguas y recobro mi integridad.

Entro en la facultad. Me miro en el reflejo de un cristal y veo mi rostro deformado, sobre el que se superpone el negra faz semblante de mi inquilino. Es inquietante, y a la vez un aviso. 

Me encuentro por los pasillos con una compañera. Vamos a una sala de conferencias, donde está dando una charla alguien importante. Nos sentamos en primera fila, en calidad de reporteros. Mi grabadora se pone a emitir música y canciones, que nacen de mi mente o algo así. La gente lo encuentra curioso, pero nada más.

Luego me reúno con el conferenciante, que ahora es mi tutor de siempre. Me enseña una tableta electrónica donde se muestran los resultados de una encuesta. Resulta que alguien, los oscuros estos o yo qué sé, está llevando de tapadillo un sondeo sobre la población, para luego sacar una ley perniciosa a más no poder. Básicamente preguntan si están a favor de un permiso universal de uso indiscriminado de las armas de fuego.

Los datos de yanquilandia son abrumadores, casi la totalidad están a favor. La cifra es de nueve dígitos. El contraste es brutal, porque las cifras del resto del mundo son todas de tres dígitos o menos.

Y con este delirio de chanchullos y manejos ya me despierto y parece tan importante que lo apunte y escriba y no se me olvide. Pero esta flipada ya no me dice nada y suerte si no termina en la papelera.