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fin del aviso


20 de enero de 2012

el hombre que rozó la perfección

Pues resulta que la gente estaba ya aburrida de las olimpiadas, porque se habían degenerado ya todo lo que podían dar de sí y más. Ahora tenían tropecientas categorías para competir, a cuál más absurda y ridícula. Samba, punto de cruz, cata de horchata y todo lo que te puedas imaginar y más.

Pues bien, entonces se les ocurrió ya la rematadera, el colmo, el no va más de la estupidez. Se trataba de ver a ver quién llegaba a la perfección o lo más parecido a ella que se pudiera. Y claro, eso no es tan fácil de comprobar como parece. Ya de primeras no es fácil ni definirla ni saber cómo reconocerla.

Pero a ellos se lo vas a contar. Estaban ahí todo ilusionaos con la idea y que ya no la querían cambiar, para nada. Total, que hubo que poner un poco de orden en semejante sandez y se inventaron unas bases de lo más esperpénticas, pero claro, qué te vas a esperar si no.

Pues eso, que los participantes tenían que inscribirse ya antes de nacer y todo, o sea que era cosa de los padres apuntarlos y eso. Entonces ya se les asignaba un supervisor y ya venga ahí a vigilarlo bien al sujeto, sin ni parpadear siquiera, para ver bien si era perfecto de verdad o no.

Así durante toda su vida, y luego ya, cuando el aspirante espiraba y la palmaba, pues ya los evaluadores le ponían la puntuación final y a ver quién había sacado la nota más alta.

Y no te lo pierdas, que había empates y todo. Y entonces había que celebrar una especie de juicio con jurado, jueces y todo, para repasar bien las notas y afinar mejor las puntuaciones, con todos los decimales que hicieran falta hasta encontrar al ganador.

Con esto se lo pasaban tan ricamente, venga ahí a perder tiempo y más tiempo en infinitos debates, tertulias y demás zarandajas.

Al final ya, pues como que se habían pasado muchos años y la gente quería saber quién había ganado o algo. Y le dieron el premio a uno que había muerto ya ni sé la de años que hacía. Y mira tú qué gracia tiene eso. Ninguna, ya lo ves.

Pero es que así de idiotas o peor eran las olimpiadas, hasta ese extremo habían llegado.

Y no contentos con eso, va un mindundi delegado piltrafilla y dice que mire usted, que no está de acuerdo con el veredicto y que hay que impugnarlo. Y ya se liaron otra vez a discutir y a darle mil vueltas al asunto, hasta que se hartaron y dijeron, a la porra, que no se lo damos a nadie y se acabó, que no queremos saber nada más de esta historia, que mejor cada uno se está en su casa tan tranquilo viendo el júrgol o lo que sea y que salga el sol por ande sea, como dicen los de allende.

Y así fue como fue. Que tampoco tiene más la historia, ya ves tú. Una tontería como una catedral. Casi nada, menuda pamplina. Se superaron, vamos.